Friday, November 23, 2018

Soy una mejor mamá cuando me dejo ayudar




Siempre pensé que crecer con una nana era una cosa de gente rica o de tiempos muy antiguos. Las nanas -no las muchachas encargadas de la limpieza y el servicio de una casa que además ayudan a cuidar niños, sino mujeres cuyo trabajo exclusivo es cuidar y atender a los pequeños- son una figura extraña en nuestros tiempos. Como salidas de una serie tipo Downton Abbey o algo así.

Por eso me pareció tan raro cuando alguien me sugirió contratar a una, hace un par de años. Juan Carlos todavía era un bebé y yo luchaba todos los días por dar clases, trabajar en mi empresa, tener mi casa medianamente habitable, atender a mi hijo (al cual estaba amamantando) y mantener mi cordura. Llegó un momento en el que tuve que admitir que no podía con todo.

Recuerdo cómo exploté en desesperación y empecé a desahogarme con uno de mis socios. "Voy a tener que renunciar a la empresa", le dije derrotada. "Ya no puedo más."

Me acuerdo de cómo me miró, pensativo.

"¿Qué necesitas, Emilia?"

"Dejar algo, renunciar. No puedo hacer todo. Ni modo, no es humanamente posible." Y seguí con mi desesperación y mi frustración.

"No, a ver", me interrumpió, "lo que necesitas no es renunciar, sólo necesitas ayuda."

Fue entonces cuando me propuso buscar a una nana para mi hijo. Al principio rechacé la idea. ¿Por qué iba a darle a alguien más la responsabilidad de cuidar a mi propio hijo? ¿Qué clase de madre sería si no pudiera hacerme cargo de él?

La imagen de una señora nice con chofer, servicio y una nana cuidando a los pequeños malcriados mientras ella salía de la casa todo el día me vino a la mente. Un completo y absurdo prejuicio, lo admito, pero esa era mi idea de lo que era una mamá que contrataba a una nana: una mujer privilegiada económicamente y hasta cierto punto egoísta que no se hacía responsables del cuidado de sus hijos (y he descubierto que no era la única en pensar así). Mis hijos no iban a ser criados por otra persona, para eso estaba yo, su madre.

Después de unos días de escuchar a mi insistente amigo  de luchar con mis prejuicios y dramas mentales, decidí hacer la prueba. Me permití contratar a una nana, pero sólo por medio tiempo, tenía que estar siempre en el mismo lugar en el que estaba yo, jamás se iba a quedar sola con mi hijo... y un largo etcétera de reglas autoimpuestas.

Las voces de otras mujeres cercanas a mí resonaban en mi cabeza.

"¿Por qué una nana? ¿No sería mejor una muchacha que te ayudara con la casa para que tú puedas encargarte de tu hijo?"

"¿No sería mejor renunciar al trabajo? Al fin que no tienes la necesidad y tu hijo te necesita"

"Ahorita te toca estar en tu casa. Ya que tengas a tus hijos grandes regresas a trabajar, no te preocupes."

Me sentía la peor madre, pero al mismo tiempo sabía que no estaba lista para dejar de trabajar y dedicarme completamente a la casa y a mi hijo. Me habría enloquecido más que el caos de balancearlo todo.

Así es que seguí con mi nana. Y poco a poco, fui descubriendo muchas cosas que me ayudaron a superar mis prejuicios. Lo primero y más importante, es que tener una persona que me ayude a cuidar a mis hijos no necesariamente implica dejar de estar presente para ellos. La nana no tiene que ser esta figura lejana que se lleva a los niños para que no "molesten" a mamá. Puede ser ser tu aliada para que tú puedas ser una mejor madre y que de hecho lo disfrutes. Puede ser un par de manos más para ayudarte a cargar con el peso -en ocasiones abrumador- de la maternidad. Puede convertirse en tu amiga y compañera diaria, quien te ayude a formar una comunidad para el cuidado y la crianza de tus hijos.

Hay muchas historias y aprendizajes que me gustaría compartir sobre esta experiencia, pero hoy tan sólo quiero dejarles esta idea: ser una buena mamá no significa sacrificarte todo el tiempo para poder hacerlo todo tú sola, sino buscar ayuda y el apoyo necesario para cubrir tus necesidades y las de tu familia. En mi caso ese apoyo era una nana, pero puede haber tantos tipos de ayuda como tipos de familias. Sólo hay que permitirnos entender que no tenemos que estar solas en esto.



Monday, September 17, 2018

Recordándome



Cada vez es un poco más fácil aceptar -y disfrutar- el enorme cambio de vida que he tenido en estos últimos seis años. Han sido cambios radicales, veloces y en muchos aspectos de mi vida. De pronto, tengo que volver a conocerme. Reconocer mi nueva piel, sus pliegues, sus cicatrices, su nueva forma. Volver a conocer cosas tan básicas como mis gustos; ¿hace cuánto que no compro un libro nuevo, me dejo sorprender por músca nueva o elijo una serie de Netflix para ver yo solita?

¿Qué me define ahora? Antes me sabía empresaria, profesora, escritora. A eso eventualmente le agregué "esposa" y "mamá". Y de repente, sin más, la vida me deja en claro que no puedo ser todo al mismo tiempo, pues mis circunstancias personales me reclaman que elija. Por supuesto, elijo a mi familia. La decisión fue clara y evidente para mí desde el inicio, pero no por eso dejó de ser difícil. Sigue doliendo, sigue siendo una lucha constante.

Ser esposa y madre me ha enseñado muchísimo sobre mí misma, me ha hecho darme cuenta de lo fuerte que puedo ser y de lo satisfactorio que es vivir para otros. Me ha hecho consciente de la alegría tan grande que se puede encontrar en los detalles pequeños y de que el sentido de esta vida se encuentra más en las aventuras cotidianas que en un enorme ideal a largo plazo. Y sigo aprendiendo un montón.

Ahora estoy aprendiendo a ser esta nueva "yo", porque, honestamente, en esta loca carrera que es la creación de una familia, me perdí un poco. Me siento diluida entre las necesidades de otros; las horas se me escapan entre la lista del súper que hay que pedir, el uniforme que tengo que lavar, el llanto que no puedo dejar desatendido, el lunch que tengo que dejar listo para el día siguiente, la llamada al doctor que no debo postergar...

Me he descuidado en mis necesidades simplemente porque es más fácil y más cómodo que trabajar para dejarme un huequito en mi ocupada agenda. Esto es nuevo para mí: aprender que darme tiempo también es una tarea que no siempre se me antoja, pero que debo hacer. ¿Quién lo diría? A uno le puede dar pereza cuidar de sí mismo. No tenía idea que existía tal grado de cansancio y flojera. Pero lo fácil no necesariamente es lo mejor ni lo más sano. Por eso estoy aquí, obligándome a escribir unas pocas líneas para vaciar mi mente y mi alma antes de regresar al trajín.

Hay tantas ideas que quiero abordar, tantos posts que quiero escribir... Pero mi mente y mis dedos también se sienten un poco oxidados. La falta de sueño y de práctica tienen un efecto catastrófico en el intelecto. Me sé inteligente, pero me siento tonta, atrofiada mentalmente. Otro aspecto de esta nueva "yo" al que me tengo que acostumbrar. 

Releo mis líneas y las siento inconexas, un tanto torpes. Es normal. Es como cuando uno empieza a ir al gimnasio después de mucho tiempo de no ejercitarse. Poco a poco iré robusteciendo mis ideas, las palabras saldrán con mayor fluidez, volveré a sentirme apta para pensar y compartir lo pensado. Mientras tanto, sólo puedo ofrecer este torpe ejercicio literario.

Monday, July 30, 2018

En en interior





'I'm waiting for the call, the hand on the chest
I'm ready for the fight, and fate' -Woodkind


Es natural rechazar la guerra. La violencia no es algo bueno. Pero después de conocer a Juanjo y de escucharlo hablar incansablemente sobre la Ilíada, comencé a comprender un poco mejor la virtud humana que florece en los momentos de lucha. No es que la guerra en sí sea buena, pero sí hay cierta gloria en enfrentarla y lucharla. Hay virtudes como la valentía y la fortaleza que no conoceríamos de otra manera. 

Desde joven tenía la intuición de que la vida humana no puede ser pacífica todo el tiempo, al menos no aquí. Este mundo nos reta todo el tiempo. Lo curioso es la paradoja: la guerra se debe vivir en serenidad. La verdadera guerra siempre es interna. Lo que sucede afuera se conquista desde adentro. 

San Agustín también lo descubrió y lo expresa de maneras muy bellas. 

"Tarde te amé, hermosura tan antigua y tan nueva, tarde te amé. Y tú estabas dentro de mí y yo afuera, y así por de fuera te buscaba; y, deforme como era, me lanzaba sobre estas cosas que tú creaste. Tú estabas conmigo, mas yo no estaba contigo. Reteníanme lejos de ti aquellas cosas que, si no estuviesen en ti, no existirían. Me llamaste y clamaste, y quebraste mi sordera; brillante y resplandeciente, y curaste mi ceguera; exhalaste tu perfume, y lo aspiré, y ahora te anhelo; gusté de ti, y ahora siento hambre y sed de ti; me tocaste, y deseo con ansia la paz que procede de ti."

Tardé años en entenderlo, y sigo meditando sus palabras y encontrando nuevos significados, pero ahora comprendo la sensación. Entiendo que abrazar el dolor es posible cuando uno está en paz, porque la vida no es pacífica, pero el interior puede estarlo. 

"¿Qué obsesión tan rara tienen los católicos con el sufrimiento?" me preguntó un querido amigo una vez. No recuerdo exactamente qué le contesté en su momento, pero estoy segura de que fue algo sumamente intelectual. Hoy le contestaría algo más cercano a mi experiencia personal. Hoy le diría que el sufrimiento es inevitable, que dejar que las cosas "fluyan" o "decidir ser feliz" son expresiones en el fondo vacías e imposibles. El dolor está ahí, siempre lo estará. Huir de él lastima más que aceptarlo con los brazos abiertos. La clave es hacerlo desde la fe, desde un alma llena de gracia. Ahí está la dificultad, la verdadera lucha. 

Sentir dolor no es lo más difícil. Estar rodeado de obscuridad es relativamente sencillo (y, curiosamente, tentador). Ser luz en el abismo es lo realmente difícil. 

Ese breve instante de vértigo, esa arcada antes de sumergirme en el dolor... ése es mi punto débil, es cuando tengo la opción de rebelarme o de someterme a algo que sé más grande y mejor que yo. Ahí está la guerra. Y es ahí en donde temo perder. 



Thursday, May 24, 2018

Consentir el alma

Otra vez tengo ganas de belleza y alegría. No tanto de crearla como de recibirla. Estoy cansada. Mi espíritu necesita maravillarse, conmoverse, engrandecerse. Estoy abierta. Afortunadamente lo logré pronto. Ya no estoy enojada. Pero el agotamiento sigue ahí, físico y espiritual.

Necesito darme permiso de recibir. Sigo dando, porque no hacerlo empeora mi estado, pero también tengo que recibir más. Dejarme cuidar, amar, proteger.

No estoy fuerte para la guerra, y las batallas ya empezaron.

Tuesday, May 22, 2018

Riega mis desiertos



Estoy mortalmente herida de sinsentido. Sólo es una herida, sé que no me va a poseer por completo. Le esperanza es demasiado fuerte en mí. Pero aún así es dolorosa. 

Cuando pienso que ya te lo di todo, me pides más. Cuando siento que ya no puedo aprender nada nuevo, vuelves a retarme. Cuando mi alma vuelve a adormecerse por la cotidianidad, permites que el dolor me estremezca y la despierte. 

Me pregunto, ¿habrá algún modo en este mundo de sentir tu presencia clara y fuerte sin necesidad del sufrimiento? ¿Es mi vocación la del dolor? ¿Son los momentos de alegría breves pausas de paz entre tormentas?

No quiero vivir atormentada, quiero ser feliz y brindar felicidad a otros. Siento el espíritu cansado, ya no puedo (no quiero) luchar más. Sé que contigo lo puedo todo. Sin ti, hace mucho que me habría dejado vencer. Sé que voy a poder con esto también. Sólo te pido, ayúdame a querer. 

Mi voluntad es mía y sólo mía. Es lo que más respetas de mí, y te lo agradezco. Pero, por favor, hoy te pido que la muevas hacia ti, porque estoy muy enojada. Me siento herida, traicionada. Entiendo, entiendo en verdad, pero no lo siento. Mi corazón se rebela por alguna razón desconocida para mi mente. Quizás sólo sea cansancio. Estoy cansada de ser dócil, de aceptar tus planes, de renunciar a mis deseos mundanos y pasajeros. Tengo ganas de ser como los demás, de poder ilusionarme, de ir a un centro comercial a escoger ropita linda, de discutir nombres, de ser el centro de atención y de alegría en un baby shower...

Tonterías, tal vez, pero son bonitas. ¿Habrá modo de compaginar ese tipo de cosas con las visitas al hospital, con los momentos de angustia, con la incansable oración, con la inevitable lástima de la gente? Debe poderse. 

Hace menos de una semana vi a una familia llena de tu gracia celebrar la muerte de su mamá. Era una familia que sufría, evidentemente. La misa fue solemne y fue un momento doloroso, pero no fue un momento triste ni gris. Hubo risa. Hubo música. Hubo recuerdo, cariño, incluso alegría. Me sorprendió mucho, no lo puedo negar. Sobre todo porque no fue chocante. No me molestó ni me hizo sentir incómoda. Al contrario, me sentí consolada, esperanzada. 

Quiero ser así. Quiero esa gracia, esa capacidad de vivir alegría dentro del dolor y de contagiarla a otros. Pero cuando examino mi alma me doy cuenta de lo lejos que estoy de llegar ahí. El dolor está mermando mi capacidad de amor y apertura. Por favor, ayúdame a usarlo como un arma a mi favor y no en mi contra. Ayúdame, porque sólo tú puedes hacerlo. Yo ya estoy muy débil. Te lo dejo a ti. 

Hoy te entrego esta herida, este enojo y estos sentimientos tan confusos. Haz lo que tengas que hacer con ellos. Haz en mí según tu voluntad. 

Thursday, February 05, 2015

¿Madurez?

Estoy empezando a entender que la vida nunca va a ser fácil. Y eso no está mal.

Thursday, January 29, 2015

El peor mal

Es mucho peor cometer un mal que recibirlo. Al ser víctima, al menos te queda tu integridad. El dolor puede ser terrible, pero la conciencia queda tranquila. En cambio, cuando uno cede ante la debilidad, la cobardía o el vicio y genera dolor a otros, uno se rompe un poco por dentro. 

Asquearse de uno mismo es el peor tipo de dolor que he experimentado.

Tuesday, January 13, 2015

Escribirle a Dios

"Creo que he alcanzado, si no cierta sabiduría, quizá cierto sentido común. Me considero un escritor. ¿Qué significa para mí ser escritor? Significa simplemente ser fiel a mi imaginación. Cuando escribo algo no me lo planteo como objetivamente verdadero (lo puramente objetivo es una trama de circunstancias y accidentes), sino como verdadero porque es fiel a algo más profundo. Cuando escribo un relato, lo escribo porque creo en él: no como uno cree en algo meramente histórico, sino, más bien, como uno cree en un sueño o en una idea."
-Jorge Luis Borges

Estas vacaciones he vuelto a escribir mucho. No en blogs, sino en mis diarios personales. "Diarios" en plural, porque, por alguna razón, nunca he podido tener nada más uno. Tengo diferentes cuadernos de diferentes estilos y escribo en ellos según se me antoja. Hay días en los que siento ganas de escribir en hoja blanca con pluma fuente; hay días en los que me expreso mejor en las líneas con un poco de tinta china; y hay días en los que el papel reciclado y un simple bolígrafo son lo más adecuado. Supongo que depende del ánimo y de cierto placer físico que se obtiene al escribir sobre y con materiales diferentes.

He notado que últimamente mis escritos parecen más oraciones que reflexiones personales: estoy dialogando con Dios en mis cuadernos. Desde que lo hice por primera vez, me volví adicta a esta forma de usar mis letras. Ya no me gusta escribir sin un interlocutor, y Dios es muy bueno para escuchar mis desvaríos. Incluso a veces me contesta a través de mi propia pluma.

Originalmente no fue un ejercicio consciente, pero ahora se está volviendo una costumbre, esto de rezar por escrito. Le encuentro muchos beneficios. Uno de ellos, es que me ayuda a confiar en la providencia. Cuando leo diarios viejos, en los que cuento mis problemas e incertidumbres de hace algunos meses, me doy cuenta de que las cosas terminaron por solucionarse mucho más rápido y fácil de lo que pensaba en su momento. Escribirle a Dios me abre mucho, también. Me he vuelto muy sincera con mis letras. Como dice el buen Borges, ya no escribo para reproducir hechos nada más, sino principalmente para ser fiel a la verdad, para ser fiel a lo que creo.

Otra de las bondades de este ejercicio, y quizás la que más disfruto, es que me ayuda a recordar que Dios es persona. Dedicarle mis letras -y recibir sus respuestas por escrito- me ayuda a profundizar en mi relación con él y a evitar la tentación de pensarlo como un ente abstracto y alejado de mi vida cotidiana. Me siento acompañada, escuchada, comprendida... amada. 

La única desventaja que le encuentro a esto es que ahora se me está complicando rezar de otras formas, sobre todo con oraciones "hechas", como el Padrenuestro. Las digo, pero no las siento ni pienso demasiado. A lo mejor si las escribo podrían volver a significar algo. Habrá que hacer el experimento. 

Tuesday, November 25, 2014

Pensamiento random

La verdad, no me gusta para nada "El segundo sexo" de Simone de Beauvoir. Entre más lo leo, más errores científicos y argumentativos le encuentro. Sin embargo, reconozco que los problemas que plantea no sólo son legítimos, sino que fueron puerta de apertura a la discusión.

Éste es uno de esos libros cuya importancia histórica no radica en su calidad como producto final, sino en términos de su influencia. Si este libro no se hubiera escrito, quizás hoy yo no estaría aquí en el aula, dando clases a universitarios con una panza de seis meses de embarazo.

Monday, October 27, 2014

Exigencias de infinito




Me molesta sobremanera esa manía que tengo por juzgar mi trabajo cotidiano como si fuera poco. Diario termino el día sintiendo que "no hice nada"o que "me falta mucho", pero si me tomo la molestia de hacer una lista con todo lo que empecé y terminé desde que me levanté hasta que mi cuerpo decidió que ya no quería seguir funcionando, me doy cuenta de que mi juicio está bastante equivocado. Las horas del día no alcanzan para todo lo que considero que debería hacer. 

Tengo que aprender a darme más tiempo para mí sin estarme juzgando. Me salía bien cuando estaba en la prepa: pasaba tardes enteras leyendo felizmente en mi cama, escuchando música o escribiendo algo por gusto, y no por obligación. 

No sé cuándo perdí la capacidad de descansar y de estar de ociosa sin remordimientos. 

Tuesday, October 14, 2014

Ver con el alma

Esta sensación es horrible: saber que algo está roto, pero sentir la responsabilidad de arreglarlo, aunque todo mundo (hasta tu propio sentido común) te digan que ya no puedes ni debes hacer nada.

He tenido esta sensación antes. En algunos casos me ha durado incluso años y he sufrido con la ruptura abierta. Pero no he renunciado -no sé renunciar- y la experiencia me ha enseñado que algunas veces esta espera y este aguante me permiten encontrar el camino de la reparación. 

No sé si de verdad soy tonta, necia o "demasiado inocente". Pero sigo creyendo que es lo correcto. Se siente correcto, por más confuso y doloroso que sea. 

Temo equivocarme y crear más rupturas que ni venían al caso por empecinarme en remendar ésta, pero sé que no podría vivir tranquila si no siguiera intentándolo. 


Tuesday, September 30, 2014

Sentir culpa

Este mundo me sorprende por despreciar la culpa. Constantemente se me invita a vivir sin culpa de nada, sin reconocer las consecuencias de mis acciones, sin juzgar mis acciones ("las cosas no son buenas ni malas, simplemente son..."). Pero eso no funciona; me consta. 

Sentir culpa no es algo malo. Lo malo (o lo bueno) es lo que hacemos con ella. 

Después de haber vivido muchas culpas, me he dado cuenta que hay de dos tipos:

1. Las merecidas
2. Las inventadas

Las inventadas son las peores. Yo les llamo demonios, porque hay que exorcizarlas. Son fáciles de identificar porque suelen ser obsesivas, destructivas y denigrantes, pero sobre todo, son mentirosas. Nos dicen cosas que no son verdad y que nos hacen sentir mal. Provocan que nos juzguemos a nosotros mismos y no a las acciones; porque verán: nadie tiene derecho a juzgar a una persona, ni siquiera ella misma. El juicio moral recae únicamente sobre la acción, no sobre quien la realiza.

Una vez identificada una culpa de este tipo, hay que desenmascararla. A los demonios les gusta actuar en la oscuridad porque su poder depende de sus mentiras, pero una vez descubiertos y puestos en evidencia, su amenaza se desvanece. Pasa lo mismo con las culpas inventadas.

Con las merecidas se procede diferente. Lo primero que hay que hacer es reconocerlas, porque si nos empeñamos en ignorarlas, como nos insiste el mundo, lo más probable es que crezcan con malformaciones y se conviertan en demonios. Ya una vez reconocidas, hay que expiarlas. Se necesita llorar el dolor que sentimos por haber hecho algo malo. Hay dolores que se lloran más y otros menos, pero la expiación es un paso necesario que no debemos saltarnos. Finalmente, hay que perdonarnos. Perdonarse no es ignorar, no es "disculparse" [quitarse la culpa], no es borrar: se trata de hacer lo bueno.

Un buen amigo me enseñó que perdonar se trata de pagar un mal con un bien, y creo que ya lo entendí. Se trata de generar un bien que supere al mal, que lo haga insignificante. El mal sigue ahí, pero ya no importa, porque es tan pequeñito y tan irrelevante que ya no puede causar daño y se nos olvida. Es algo así como arrancarse una verruga: dependiendo de qué tan grande sea, el proceso duele y la cicatriz queda, pero con el tiempo se nos olvida que alguna vez estuvo ahí.

No está mal sentir culpa. Simplemente hay que saber lidiar con ella. 




Friday, September 26, 2014

Una amiga feliz

Hoy me tomé un té con una buena amiga. Es refrescante estar con ella, porque es una persona a la que le gusta ser feliz. Y digo que "le gusta" porque es una persona que elige ser feliz. No es que no tenga problemas; tiene y ha tenido tiempos de mucho dolor en su vida. Pero quiere ser feliz y, por lo tanto, lo es. 

Lo notas desde que la saludas: te ve con una sonrisa, abre los brazos para abrazarte y cuando le preguntas "¿Cómo estás?" su respuesta inmediata es "¡Muy bien!, ¿y tú?". 

Es una respuesta común, casi esperada por mera educación, pero a ella se la crees, porque lo dice también con los ojos. 

Creo que es un buen hábito contestar siempre "muy bien" a la pregunta de cómo estás, porque la verdad es que nunca estás completamente bien ni completamente mal. Todas las vidas tienen cosas muy buenas y cosas terribles. En el fondo esa pregunta no es acerca de tus circunstancias personales de vida, sino sobre una elección. Esa pregunta te da la opción de decidir estar bien o mal; depende de a qué decidas remitirte cuando contestas. 

Gracias por el té, por la sonrisa, por escucharme y por compartir conmigo. Pero, sobre todo, gracias por recordarme que no debo cargar con las tristezas de nadie (ni siquiera las mías). Gracias por ser un recordatorio viviente de que la vida es hermosa, sin importar lo que elijan los demás.

Thursday, September 25, 2014

Vanidad

"Aun cuando lo hacen bien, los cristianos deben evitar la tentación de aparentar, de hacerse ver."


Como el Papa Francisco es todo un rockstar, no es difícil encontrar sus homilías publicadas mil veces en las redes sociales. Si debo ser sincera, rara vez le presto atención a esas publicaciones porque son demasiadas y porque suelen ser bastante cursis (no por culpa del Papa, sino por la interpretación que le dan).

Sin embargo, hoy me dio curiosidad una nota que hablaba de su homilía de hoy sobre la vanidad. En ella, Francisco no se limitó a criticar la hipocresía cristiana (la típica crítica del que se da golpes de pecho y presume que es muy bueno, pero no tiene una relación real con Dios ni busca hacer el bien), sino que también se puso a hilar fino y encontró otro huequito peligroso por el cual la vanidad puede carcomer nuestras almas: el reconocimiento externo de cuando de hecho hacemos algo bien.

Me llamó la atención porque es algo que en lo personal me preocupa. Es muy agradable que a uno se le reconozca la bondad, y a veces uno puede caer en el deseo de hacer algo bueno no por el acto en sí mismo, sino por la aprobación social que genera. 

Lo he sentido, incluso en los peores momentos de mi vida, incluso con el dolor de la muerte de José Miguel y de mi intenso deseo de ampararme en Dios y de fortalecer mi alma verdaderamente. Entonces llegaron las voces: "¡Qué admirables son Juanjo y tú!, yo no podría", "¿Cómo le hacen? Se nota que están muy unidos", "Son un ejemplo para todos nosotros"...

Mi instinto principal al escuchar esta clase de cosas fue rechazar el mérito (porque, de verdad no es nuestro mérito; esa paz definitivamente no vino de nosotros). Pero, poco a poco, la imagen de la heroína (de la "santa", como le gusta decirme al Oso), empezó a tentarme. Y me di cuenta de que está mal. Empecé a querer ser fuerte no por la fortaleza misma, no por el amor a la vida y la confianza en Dios, sino porque empecé a querer "ser ejemplo" para otros. Eso es vanidad. Y es de la peor, porque es fácilmente ocultable, porque hay acciones que "respaldan" el reconocimiento y que te hacen creerte tu papel de importancia. 

Finalmente, caer en eso te quita todo lo bueno que podías tener. Creer que "eres fuerte" te hace olvidar que la fortaleza es una virtud que tienes que cultivar todos los días y que para eso debes ser humilde. Entonces vuelve a llegar el dolor, y te encuentra desnudo y sin preparación. Los golpes de realidad nos recuerdan lo frágiles y débiles que somos; nos recuerdan la necesidad de reconocer que nuestra bondad no depende enteramente de nosotros. De eso se trata ser cristiano. 

Tuesday, September 02, 2014

Thursday, August 14, 2014

Ser cuerpo



Estoy intentando ser fuerte. Emocionalmente creo estarlo logrando bastante bien. Dios siempre ha sido muy amable y rápido conmigo a ese respecto. Cuando le pido fe, esperanza y fuerza espiritual, suele responder de inmediato. Mi problema ahorita es más bien físico. La burda materia limitada... Cada vez me molesta más.

Me gusta tener (ser) cuerpo, no me mal interpreten. El problema no es el cuerpo en sí, sino su estado decadente. Recuerdo haber leído a Sor Faustina quejándose de esto. Ella decía que cada vez veía más la descomposición de su propio cuerpo, cada vez se percataba más de que estamos más cercanos a la muerte de lo que pensamos. Normalmente, en el día a día, no nos damos cuenta de nuestra decadencia corporal. En especial cuando somos jóvenes (porque soy achacosa, pero todavía soy joven y más fuerte que muchos). Pero hay días en los que empiezo a entender las palabras de Sor Faustina, días en los que siento que mi cuerpo avanza, irremediablemente, a su putrefacción. 

Suena muy duro y quizás extraño para alguien que sepa que tan sólo cuento con 27 años. Pero es algo que no tiene que ver con la edad, ni siquiera con la enfermedad. Simplemente se trata de una sensación, de una consciencia momentánea de la limitación y la decadencia corporal a la que estamos sujetos. Es en estos instantes cuando más sentido encuentro en la explicación del pecado original: no estábamos hechos para esto. Nuestros cuerpos no estaban pensados para podrirse. 

Pero aquí estamos, lidiando con nuestro maravilloso y miserable cuerpecito cansado y adolorido. Mundo transitorio de materia burda y limitada... pero finalmente es el lugar que conozco como mi hogar. Algún día tendré otro, algún día me liberaré de esta miseria. Mientras tanto, hay que trabajar para conseguirlo. 

A juntar fuerzas donde las encuentre.

Thursday, July 31, 2014

Renacimientos cotidianos



Ayer me invadió una tristeza profunda en la tarde. La palabra "invadir" está muy choteada en esta expresión, pero no me importa que una frase esté demasiado usada siempre y cuando exprese bien lo que uno quiere decir. El problema del uso repetido es que, a fuerza de escucharse, la frase pierde fuerza y, por lo tanto, la precisión de su significado. 

Entonces hay que ponerse a pensar cómo decirlo. Podría ser algo como: "ayer por la tarde fui atacada por una tristeza profunda." Quizás "atacar" suena más violento que "invadir". El punto es que quiero decir eso: que la tristeza fue violenta conmigo y no me dio tregua. 

En esos momentos de tristeza profunda y repentina no me quedan fuerzas para pelear contra ella y prefiero entregarme a un rato de completa melancolía. Es más fácil asquearme de tristeza que forzarme a ser feliz; de este modo el asco actúa en mí y me ayuda a dar el paso de la melancolía a la esperanza de un modo mucho más natural. 

A veces me pregunto si no llevo un par de años deprimida. Según yo me siento normal, pero a penas bajo un poco la guardia, la tristeza amenaza con "invadirme-atacarme". En esos ataques repentinos me parece que la tristeza siempre a estado ahí. Lo que pasa es que en mi día a día estoy tan ocupada viviendo que se me olvida que estoy triste. Pero entonces tengo un prolongado momento de silencio y soledad... y entonces me percato de ella. 

A lo mejor sí estoy deprimida, o "enferma de melancolía", como decían los medievales; suena más bonito, menos farmacológico y algo nostálgico, lo cual me viene bien, pues así es como se siente mi tristeza. No es una tristeza romántica, de esas devastadoras que te desgarran por dentro; tampoco es una tristeza gris y aburrida que se mantiene al margen a punta de Prozac; más bien es una tristeza tranquila y abrumadora. Me llena completa en un segundo y se queda ahí, como un gran perro gordo echado en el sillón con el que prefieres sentarte a ver la tele en lugar de pelarte y forcejear con él para bajarlo. 

Pues esa melancolía me atacó ayer, y la dejé ser. Puse una de las películas más emotivas que encontré en mi colección y pasé tres horas viéndola y llorando a moco tendido en mi cama mientras tomaba un cafecito con leche. Me agoté de tanto llorar y me quedé dormida. Hoy desperté con una sed insoportable, los ojos hinchados y el corazón ligero. No había rastros de la tristeza. 

Santo Tomás recomendaba combatir la melancolía con baños de agua caliente, comidas ricas y abundantes y compañía de los amigos. Creo que es un buen consejo (me ha servido en algunas ocasiones), pero a veces es mejor optar por una catarsis cruda y grosera. Tengo muchos dolores que exorcizar todavía. 

Wednesday, July 16, 2014

Re-aprendiendo a esperar

Nunca pensé que sentir esperanza fuera un ejercicio tan difícil. A mí siempre se me ha dado de manera natural; pasara lo que pasara, sufriera lo que sufriera, la esperanza siempre surgía rebelde de mi pecho acongojado para gritarme con violencia y ardor: "¡hay sentido!"

Lo sigo creyendo con la misma firmeza de siempre, pero, por primera vez en mi vida, me está costando trabajo experimentarlo. La esperanza no está viniendo a buscarme como de costumbre, sino que tengo que detenerme en mi día a día para buscarla, cuidarla y protegerla del miedo.  

Este cambio no es algo casual; evidentemente tiene que ver con que cargo con un corazón roto que no sé cuántas veces más pueda remendar. ¿Habrá límites para los remiendos? Me gusta pensar que siempre quedará un pedacito de carne limpia para poder meter la aguja y sostener el resto con un hilito. Deforme y desaliñado, mi pobre corazón, pero palpitante. Eso debe ser suficiente para alojar a la ardiente esperanza.

Lo bueno de esta nueva experiencia -de tener que salir a buscar algo que antes daba por sentado- es que me ha hecho pensar mucho.

Hace poco leí la historia de una mujer que hablaba sobre la infertilidad y el dolor que le produjo darse cuenta de que no podía tener hijos. Ella escribió que "la esperanza no es la presuntuosa anticipación de una realización, sino el poder de aceptar pacientemente un ‘aún no’." Esta frase hizo un sentido muy profundo en mí. Quizás la esperanza ya no viene solita a mí porque ya no necesito esa esperanza rebelde y gritona de mi adolescencia. A lo mejor tengo que encontrar una esperanza más paciente y adulta, una que sepa mantenerme tranquila ante el miedo y la incertidumbre. 

Creo que el tipo de esperanza que estoy buscando se parece más a la confianza o a la paz. 

Tuesday, June 03, 2014

Historias de mujeres

Tengo varias amigas. Todas son personas muy normales, con problemas, retos, logros, alegrías y tristezas, como cualquier mortal. Sin embargo, dentro de esas amigas tengo algunas con unas historias realmente duras. Sus dolores no son los dolores normales; cargan con historias de violencia, con mucho silencio y con una profunda confusión mental y emocional.
No lo saben, pero se conocen entre ellas. Y se ven las unas a las otras como mujeres perfectamente normales. No saben que están hermanadas por su dolor. 

Si supieran la esperanza que me dan... Son mujeres admirables, pues salen adelante a pesar de sus heridas y sin que nadie las vea. Son las verdaderas humildes, las que saben guardar silencio, las que no se ven tentadas a sentirse víctimas. 

Es muy cómodo que el mundo sepa de tus dolores, porque todos te cuidan y te ven como ejemplo de virtud cada vez que te levantas a vivir y a sonreír. Pero vivir como viven ellas... eso es más duro. 

Guardo sus historias como tesoros. Las quiero y las admiro mucho por su fortaleza, pero en realidad me gustaría que pasaran desapercibidas por tener una de esas vidas normales, triviales y tranquilas. 

Monday, May 12, 2014

Cuando el amor se confunde con la obsesión



Por lo general no me enojan tanto los ataques de personas que no comparten mi fe ni comprenden mi religión, porque entiendo que sus críticas muchas veces son resultado de ignorancia (o de malas experiencias con católicos incoherentes, que viene a ser lo mismo). Lo que sí no puedo tolerar es el ataque frontal y negativo a la institución de la Iglesia (entendida en toda la extensión de la palabra, para quien entienda) por parte de personas que están dentro de la misma, que conocen la fe y dicen vivir conforme a las enseñanzas de Cristo. 

La crítica es crítica, nada más. La denuncia no cambia al mundo: ciertamente hay que tener la valentía de apuntar los problemas, pero eso es nada más el primer pasito. Es verdaderamente valiente el que se atreve a ver lo bueno del mundo y a tratar de transmitirlo, el que no se queda en la denuncia, el que sabe ver más allá. 

El santo es el que se vuelve transparente para que la luz de Cristo ilumine a los que lo rodean, no el que se dedica a ensombrecer la vida y la fe de los demás. "Pobre de aquél que escandalice el alma de un inocente", dijo nuestro Señor a Sor Faustina. Y sí, pobre de él, porque se pierde la parte más hermosa de ser católico.