Monday, November 16, 2009

Aún no

Me duele el ánimo, el espíritu me pesa y el hartazgo me corroe, pero esa estúpida esperanza no me deja en paz.

Friday, November 13, 2009

Cuando Tolkien habla de Dios

La primera vez que leí El señor de los anillos, la parte que más disfruté fue la que acontece en las casas de curación. Tristemente, en las películas a penas y le dedicaron un breve instante (y tan sólo en las versiones extendidas, porque en el cine se la saltaron olímpicamente). Sin embargo, en el libro está narrada de una manera preciosa, valdría la pena que lo leyeran (o que lo repasaran, los que ya lo leyeron).

Me gusta mucho porque el regreso del rey no es un momento de gloria y resplandor deslumbrante, sino un momento de oscuridad atravezado por un humilde rayito de luz. Aragorn siempre temió caer ante la tentación de la soberbia y la sed de poder, pero cuando llega su momento, deja el miedo atrás. Es un instante hermoso, pues él se hace el rey legítimo no porque sea grande, famoso, temido o reconocido, sino porque cura. Los hombres lo reconocen como su rey porque cumple con la profesía, porque él tiene "las manos que sanan" las heridas del cuerpo y del espíritu.

Es bellísima la escena en la que sana a Faramir y éste despierta, cual Lázaro, y le dice: "Me has llamado, mi Señor, He venido. ¿Qué ordena mi rey?". Es el primero en reconocerlo y el primero en recibir un mandato: "No sigas caminando en las sombras. ¡Despierta!"

Entonces llega con Éowyn, y logra sanar su cuerpo y despertarla "del valle de las sombras", pero Aragorn se preocupa, pues sabe que él no puede sanarla de su desesperanza. Éowyn desea morir, y él no conoce la cura para eso. Éowyn tarda mucho en curarse. Sólo hasta que se da cuenta de su pequeñez (y, por lo tanto, de su grandeza), es que vuelve a abrirse al mundo.

La Dama Blanca soñaba con un abismo negro frente a ella y no podía voltear hacia atrás. Sentía que lo único que le quedaba era abandonase a la oscuridad. Sin embargo, se encuentra con Faramir y ese pequeño rayo de luz la ilumina. Ella decide romper su orgullo, renuncia a sus aspiraciones de princesa guerrera y le dice a Faramir: "Ya no deso ser una reina".

En el momento en el que abraza la paz, Éowyn se libera y puede amar a Faramir y comienza a preocuparse por su gente. Me encanta, pues descubre que la verdadera libertad no está en la independencia y la rebeldía, sino en la entrega a los demás. La valentía de una auténtica dama guerrera no consiste en arrojarse a la muerte, sino en arriesgarse a vivir.

Tuesday, October 06, 2009

Confesión de libertad

Veis aquí mi corazón,
Yo le pongo en vuestra palma
Mi cuerpo, mi vida y alma,
Mis entrañas y afición;
Dulce Esposo y redención,
Pues por vuestra me ofrecí
¿Qué mandáis hacer de mí?

Dadme muerte, dadme vida:
Dad salud o enfermedad,
Honra o deshonra me dad,
Dadme guerra o paz cumplida,
Flaqueza o fuerza a mi vida,
Que a todo digo que sí.
¿Qué mandáis hacer de mí?

(...) Vuestra soy, para Vos nací,
¿Qué mandáis hacer de mí?

- Santa Teresa de Jesús


Me falta humildad, me falta fe. ¿Quién soy yo para sentirme importante, para pensar que mi dolor es especial y que me hace diferente? ¿Por qué creí tener la facultad para juzgarme, para ser tan dura conmigo misma, para pedirme perfección? ¿Cuándo me dejé morder por la serpiente y me permití ver a los demás con ojos críticos y sedientos de fría y cruel legalidad?

Tan sólo soy yo, con mi complejidad, llena de carencias y remiendos de virtudes. Soy tan pequeña, tan contingente... ¿cómo es que esperé tanto de un ser tan frágil?

Abandoné la gracia buscando ser modelo de santidad. Soberbia... maldito demonio que me sigue y que, a penas bajo la guardia, me carcome el alma.

He recibido una lección. He aprendido a abandonarme en los brazos de Dios. Yo no puedo sola, nadie puede. Duele reconocerlo, el orgullo quema, el demonio se retuerce... pero el espíritu descansa.

Dios no respondía ante mi desesperación, pero lo ha hecho ante mi fe, y se lo agradezco.




Monday, September 28, 2009

Una mujer admirable

Todavía me acuerdo muy bien de ella en la prepa. La palabra "misterio" la definía perfectamente (o, al menos así se lo parecía a esta romántica empedernida). Su piel blanca, su esbelta silueta y sus movimientos finos la hacían ver etérea, casi fantasmal. Pero, lo que más me gustaba de ella, era su abundante cabellera negra.

No hay duda de que era extraña. Su personalidad salía de lo común, pues era muy tranquila, callada y pensativa. A menudo decía ideas extrañas que se le ocurrían de repente o contaba historias fantásticas que imaginaba. Estas cualidades no eran precisamente muy apreciadas por las niñas de la escuela, por lo que no era una niña muy popular que digamos. De hecho, la molestaban mucho. Sin embargo, Tash y yo le teníamos mucho cariño.

Recuerdo que nos gustaba irnos a las tres a sentarnos al final del "bosque" (un pequeño pedazo de tierra con árboles y hierbas medio descuidadas que había en el Yaocalli) y, protegidas por la privacidad que nos brindaba la maleza, nos poníamos a debrayar. Hablábamos de la vida, nuestros sueños y de toda clase de cosas que se nos ocurrían. Eran tiempos de pasión y ambiciones a futuro.

Me acuerdo de que ella nos decía que quería ser modelo. A mí me parecía un sueño hermoso, pero tan lejano como cualquiera de los que nos planteábamos a menudo. Hubo un par de niñas crueles que se burlaron de ella por eso. No la consideraban lo suficientemente bonita ni elegante. Una modelo tenía que ser hermosa y perfecta.









Me pregunto qué pensarían si la vieran ahora. No es perfecta, pero es una mujer con un alma bellícima, y eso se refleja en su cuerpo, su mirada, sus gestos... Es simplemente hermosa (y eso que no han visto sus fotos de pasarela...).

Me encanta su trabajo y su cabello sigue pareciéndome una hermosa cascada azabache. Pero, sobre todo, me fascina su sencillez, su pureza de sentimientos y las ganas que tiene de salir adelante y crecer. Es una de las mejores personas que conozco, y me enorgullece ser su amiga.

Gracias, Gladys.

Monday, September 21, 2009

Sobre el sentido del dolor


28 de Marzo de 1941

Querido,


Estoy segura de que, de nuevo, me vuelvo loca. Creo que no puedo superar otra de aquellas terribles temporadas. No voy a curarme en esta ocasión. He empezado a oír voces y no me puedo concentrar. Por lo tanto, estoy haciendo lo que me parece mejor. Tú me has dado la mayor felicidad posible. Has sido en todo momento todo lo que uno puede ser. No creo que dos personas hayan sido más felices hasta el momento en que sobrevino esta terrible enfermedad. No puedo luchar por más tiempo. Sé que estoy destrozando tu vida, que sin mí podrías trabajar. Y lo harás, lo sé. Te das cuenta, ni siquiera puedo escribir esto correctamente. No puedo leer. Cuanto te quiero decir es que te debo toda la felicidad de mi vida. Has sido totalmente paciente conmigo e increíblemente bueno. Quiero decirte... todo el mundo lo sabe. Si alguien podía salvarme, hubieras sido tu. No queda nada en mí salvo la certidumbre de tu bondad. No puedo seguir destrozando tu vida por más tiempo.

No creo que dos personas pudieran haber sido más felices de lo que nosotros hemos sido.

28 de Marzo de 1941


Querida,

No puedes imaginarte lo mucho que me ha gustado tu carta, pero siento que he ido demasiado lejos en esta ocasión para que pueda volver. Es lo mismo que la primera vez: todo el tiempo oigo voces, y sé que no puedo superar esto ahora. Todo cuanto quiero decir es que Leonard ha sido sorprendentemente bueno cada día, siempre; no puedo pensar que alguien hubiera podido hacer más de lo que ha hecho por mí.
Hemos sido perfectamente felices hasta las últimas semanas, cuando este horror empezó. ¿Harás que esté seguro de esto? Siento que le queda mucho por hacer y que seguirá adelante, mejor sin mí, y que tú le ayudarás. Apenas si puedo pensar con claridad ya. Si pudiera te diría cuánto habéis significado tú y los niños para mí. Creo que lo sabes.

He luchado contra esto, pero ya no puedo más.


Virginia



Son las dos cartas que Virginia Woolf escribió antes de ahogarse voluntariamente en el río Ouse. La primera era para su esposo Leonard, la segunda para su hermana Vanessa.

Llevo varios días pensando en Virginia. A diferencia de muchos, no creo que haya sido una mujer deprimente y negativa. Sencillamente pienso que era una persona enormemente apasionada y sensible que sufrió la desgracia de un maltrato sexual (fue violada por su primo o hermanastro, no recuerdo bien) y una frágil salud que la atormentó durante toda su vida. Creo que ella intentó ser feliz, y lo logró. Quizás sus escritos no sean los más alegres de la literatura, pero sé muy bien que las letras no siempre definen del todo al espíritu que las crea.

He pensado en ella porque he pensado en mí también. Mi enfermedad me hizo identificarme con ella en un pequeño aspecto. Entiendo perfectamente lo que se siente no soportarse a uno mismo. Sé lo que es querer pensar, pero sentirse demasiado débil. Sé lo que es querer vivir, disfrutar, producir... y darte cuenta de que tu cuerpo no te lo permite. Ayer, mientras me retorcía de dolor en mi cama y lloraba de desesperación por el mareo que duró horas eternas, llegué a pensar: "ahora entiendo, Virginia, por qué te suicidaste".

Lo pensé, es verdad. Sin embargo, creo que jamás cederé ante la desesperación. No me lo permitiré, aunque sienta que el dolor es insoportable. Prefiero llorar, sufrir y rezar. Si Dios permite este mal, debe ser por algo. Espero que saque un gran bien de esto, pues sólo así valdría la pena; sólo así tendría sentido.

Sunday, September 20, 2009

La nariz roja no me sienta bien

Tos, fiebre, dolor de garganta, cansancio extremo... podría ser influenza, o un cuadro viral cualquiera. Sea como sea, sigo en observación. Maldita sea.

Ya he perdido todo mi fin de semana en gastar cajas de kleenex y, al parecer, tendré que faltar dos días a clases. Como si no tuviera mucho que hacer.

Hace rato decidí que iba a hacer todos mis trabajos y tareas a computadora y que los iba a entregar por mail. Una gran idea, pero me vi optimista. A duras penas puedo mantenerme en pie y escribir estas breves líneas ya me es agotador. Definitivamente mi cerebro no está como para pensar en filosofía en este momento.

Dormir... quizá. No quiero, ya me harté de mi cama. No tengo mucho que hacer. Voy a ponerme a tejer, caray. Al menos así me distraeré un poco.

Nimodo, así es la vida. Seguiré tomando líquidos y vitamina C.

Monday, August 31, 2009

Debrayes matutinos

La filosofía me ha vuelto teóloga. La he estudiado con una curiosidad genuina en los problemas del mundo. Sin embargo, no me satisface. A ratos me cansa y hasta me aburre. Hay problemas que no me interesan mucho, y los que sí me interesan, no los puedo solucionar con la mera razón.

Para mí, la filosofía culmina con la teología. Cuando me di cuenta de que la fe supera los límites de la razón, pero sin prescindir de ella, me sentí liberada.

No espero que a los demás les pase igual que a mí. Me parece completamente legítimo apacionarse por la filosofía pura. Considero que también es válido encontrar una continuidad del intelecto en el estudio de Dios.

Antes no pensaba así. Desde chica (a los doce o trece años) me interesé por conocer a Dios. Estudié varias religiones y creencias. Hasta leí el Corán (claro, no le entendí nada), pero no lograba hacer la conciliación entre fe y razón. Para mí las creencias religiosas eran absolutamente irracionales. Buscaba a Dios todo el tiempo, pero no estaba dispuesta renunciar a mi inteligencia. Quería creer, pero mi racionalidad no me permitía profundizar en ninguna religión, o al menos eso pensaba. Siempre que buscaba, se me atravezaba la cochina fe en el camino.

Después de varios años en esta tensión, llegué a la conclusión de que toda creencia basada en la fe era igual a fanatismo. Desprecié a los creyentes por borregos o por hipócritas, pues nadie que realmente piense por sí mismo podía creer tanta irracionalidad.

Así pasa con la adolescencia: uno radicaliza todo y hace un montón de reduccionismos. Poco a poco fui creciendo y me di cuenta de que el mundo es mucho más complejo. Aprendí que no todo es negro o blanco, sino que hay una enorme gama de colores y tonalidades.

Ahora no me cuesta trabajo entender que no todo tiene que ser puramente racional. Los seres humanos no somos tan simples. No sólo somos inteligentes, también tenemos inquietudes espirituales, sentimientos y deseos de trascendencia. Y, curiosamente, todas estas facetas son compatibles.

Para ser teóloga no tengo que dejar de ser filósofa. Hablar de Dios no me hace menos racional, al contrario. Aceptarme en mi complejidad me libera, me hace sentir completa.