Sunday, July 10, 2011
Wednesday, May 11, 2011
Dolor
Me duele el corazón y me hierve la sangre. Ya no soporto este mundo cobarde y decadente que me rodea. No soporto el miedo y la mirada negra de tanta gente a mi alrededor... pero sigo teniendo esperanza, porque sé que hay algo más y porque sé que los cobardes y los pesimistas, en el fondo, también desean ver la luz.
Friday, April 22, 2011
Sobre el sufrimiento

"No creo que Dios quiera exactamente que seamos felices, quiere que seamos capaces de amar y de ser amados, quiere que maduremos, y yo sugiero que precisamente porque Dios nos ama nos concedió el don de sufrir; o por decirlo de otro modo: el dolor es el megáfono que Dios utiliza para despertar a un mundo de sordos; porque somos como bloques de piedra, a partir de los cuales el escultor poco a poco va formando la figura de un hombre, los golpes de su cincel que tanto daño nos hacen también nos hacen más perfectos."
Clive Staples Lewis
Cuando no era católica criticaba mucho la noción cristiana del sufrimiento, porque no la entendía. Hoy esa misma crítica ciega me llega desde muchos lados y, aunque la comprendo porque yo también la viví, cada vez me parece más lejana.
La diferencia es sutil y a la vez profunda. Los católicos no queremos sufrir ni lo buscamos. Sencillamente lo aceptamos y le damos un sentido. Es inevitable sufrir; es imposible no hacerlo, porque no es algo que dependa de nosotros (a menos de que nos aisláramos completamente del mundo, de todo deseo y de toda persona). Por eso, nuestra salida es enfrentarlo. No nos cerramos a él, sino que lo sentimos para superarlo, pues sabemos que hay algo más por lo que vale la pena sufrir: el amor.
El amor implica sufrimiento, porque para amar y ser amado es necesario estar abiertos, y al abrirnos nos exponemos a ser lastimados, a sufrir. Sin embargo, el sufrimiento se vuelve irrelevante cuando se ama verdaderamente. Se siente, pero deja de doler tanto, porque uno no se queda en él; lo trasciende.
Es paradójico, pero entre más se huye del dolor, más se siente. Cuando estamos concentrados en evadirnos para no sufrir, es cuando más solos nos quedamos en el fondo.
El sufrimeinto es inevitable, pero podemos hacerlo pasajero, siempre y cuando no nos quedemos atrapados en él.
La diferencia es sutil y a la vez profunda. Los católicos no queremos sufrir ni lo buscamos. Sencillamente lo aceptamos y le damos un sentido. Es inevitable sufrir; es imposible no hacerlo, porque no es algo que dependa de nosotros (a menos de que nos aisláramos completamente del mundo, de todo deseo y de toda persona). Por eso, nuestra salida es enfrentarlo. No nos cerramos a él, sino que lo sentimos para superarlo, pues sabemos que hay algo más por lo que vale la pena sufrir: el amor.
El amor implica sufrimiento, porque para amar y ser amado es necesario estar abiertos, y al abrirnos nos exponemos a ser lastimados, a sufrir. Sin embargo, el sufrimiento se vuelve irrelevante cuando se ama verdaderamente. Se siente, pero deja de doler tanto, porque uno no se queda en él; lo trasciende.
Es paradójico, pero entre más se huye del dolor, más se siente. Cuando estamos concentrados en evadirnos para no sufrir, es cuando más solos nos quedamos en el fondo.
El sufrimeinto es inevitable, pero podemos hacerlo pasajero, siempre y cuando no nos quedemos atrapados en él.
Tuesday, March 29, 2011
Cuando el tiempo va más lento

Me siento extrañamente aletargada, pues aunque mi mente inquieta no deja de pensar cosas, en la vida real los minutos pasan y el reloj no me dice gran cosa. Si el tiempo es la medida del movimiento, entonces mi tiempo va más lento. A veces tanto que se vuelve irrelevante. Paty llega con la bandeja de la comida o del desayuno, mi mamá con las inyecciones diarias, la noche con su paz y fresca calma... Esos son mis indicadores. Mido mi vida a través de los momentos en los que interrumpo mi trabajo o mi soledad para comer o para ser atendida por alguien.
Extrañamente, ya me estoy acostumbrando a esto. Me pregunto si mi vida regresará a como era antes en cuanto el doctor me dé de alta. ¿Estos días de resignamiento a la inmovilidad no repercutirán en algo en mí, en mi forma de ser y de vivir? ¿Será tan sólo uno de esos períodos que pasan por la vida de alguien sin representar una importancia notoria?
Podría ser, pero si fuera así entonces no estaría escribiendo sobre esto. Las experiencias nos cambian cuando decidimos hacerlas relevantes en nuestra vida. Y al parecer estos diez días en cama son parte de cuatro años de enfermedad que me han hecho replantear y pensar mucho lo que quiero hacer con mi vida.
Extrañamente, ya me estoy acostumbrando a esto. Me pregunto si mi vida regresará a como era antes en cuanto el doctor me dé de alta. ¿Estos días de resignamiento a la inmovilidad no repercutirán en algo en mí, en mi forma de ser y de vivir? ¿Será tan sólo uno de esos períodos que pasan por la vida de alguien sin representar una importancia notoria?
Podría ser, pero si fuera así entonces no estaría escribiendo sobre esto. Las experiencias nos cambian cuando decidimos hacerlas relevantes en nuestra vida. Y al parecer estos diez días en cama son parte de cuatro años de enfermedad que me han hecho replantear y pensar mucho lo que quiero hacer con mi vida.
Wednesday, March 23, 2011
Mientras pueda seguir volando

He pasado días intentando hacer las cuentas, pero ya no puedo recordar desde hace cuánto tiempo no encuentro palabras para dirigirme a ti. Es como si hubiera una pared invisible que distorsionara el mensaje que quiero dar. O tal vez nunca sale bien de origen, en realidad.
Me pregunto, ¿te pasará a ti lo mismo? ¿Tú también ves en mis ojos esa lejanía, esa incomprensión? ¿También te carcomen la desesperación y la duda de si será que tú ya no sabes hablar, o yo ya no sé entender?
Al menos eso me consolaría, porque significaría que aún tenemos algo en común.
Me pregunto, ¿te pasará a ti lo mismo? ¿Tú también ves en mis ojos esa lejanía, esa incomprensión? ¿También te carcomen la desesperación y la duda de si será que tú ya no sabes hablar, o yo ya no sé entender?
Al menos eso me consolaría, porque significaría que aún tenemos algo en común.
Construcciones de papel

Al amor que trazamos con cuidadosas pinceladas durante años de pasión, sueños e inocencia, lo mataron con palabras. Fue demasiado fácil, pues peores que las balas son los juicios.
La punta de la pluma que razgó el papel, también atravezó el pequeño corazón del pájaro. Hoy, ese órgano diminuto que sabía latir hasta veinte veces por segundo, chorrea de tinta negra. Es una tinta amarga y oscura como noche sin luna; oscura como la decepción y el olvido.
Y, a pesar de todo, el adolorido pajarito sigue intentando volar.
¿Será necedad? ¿Será masoquismo?
Tal vez es sólo consciencia de la propia naturaleza. Tal vez el pájaro sabe que el dolor es parte del amor de este mundo, pero que no lo es todo. Y que, al final del negro túnel, simpre hay luz.
La punta de la pluma que razgó el papel, también atravezó el pequeño corazón del pájaro. Hoy, ese órgano diminuto que sabía latir hasta veinte veces por segundo, chorrea de tinta negra. Es una tinta amarga y oscura como noche sin luna; oscura como la decepción y el olvido.
Y, a pesar de todo, el adolorido pajarito sigue intentando volar.
¿Será necedad? ¿Será masoquismo?
Tal vez es sólo consciencia de la propia naturaleza. Tal vez el pájaro sabe que el dolor es parte del amor de este mundo, pero que no lo es todo. Y que, al final del negro túnel, simpre hay luz.
Tuesday, March 22, 2011
Humanidad

Acostada en mi cama alcanzo a ver las jacarandas desde mi ventana. Llamativos manchones de lila que poblan el paisaje y que anuncian con su presencia la llegada de la primavera. Me alegran un poco la vista, pero también me amargan el ánimo. El sol las alumbra, coquetas y vanidosas, rodeadas de pájaros que trinan como cualquier otro día... y siento tentación de envidiarlas. Podría envidiar su color brillante y llamativo y su aparente calma, meciendo sus hojas plácidamente al suave viento. Envidiarlas porque no sufren estando ahí, plantadas en el mismo suelo de siempre, porque por su misma naturaleza saben estarse quietas, porque no desean otra cosa que el sol y el agua de la tierra.
No llevo más de cinco horas acostada y ya me carcome la desesperación. Recuerdo haber sido floja alguna vez. Sé que en algún otro momento de mi vida esta situación se me antojaría incluso amable. Pero no hoy. Hoy me siento confinada a un reposo involuntario, a una inutilidad que me hace sentir vulnerable.
Tranquilidad que abruma y enloquece. Miembros adoloridos y adormecidos por el reposo, anclas terribles de una mente inquieta y de un espíritu que siente que le cortaron las alas.
Confío en que no durará, y esto me consuela. Por eso dejo de envidiar a las jacarandas y sonrío con desdén ante su despliegue de belleza, porque aunque guapas, quietecitas y sin deseos insatisfechos, no son capaces de la esperanza.
Thursday, March 17, 2011
Cuando la materia y el espíritu se encuentran

Me siento extrañamente etérea, tibia, pensativa, lejana...
No sabría decir si es un estado de placidez, sopor, comodidad o mera indiferencia.
No... no puede ser indiferencia, pues me gusta estar aquí, envuelta en esta efímera tranquilidad.
Es un estado de ánimo que podría describir como "suavidad de espíritu", como si al alma se le pudiera acariciar como a un gatito acurrucado en el regazo.
Tuesday, February 22, 2011
Influencias
De niña soñaba que me convertía en un cisne. No en uno negro, como los que están de moda hoy en día, sino en un cisne blanco. Y que flotaba en el agua oscura y fría. Y que podía volar.
La primera palabra que aprendí a escribir fue "Odette". La primera pieza que pedí escuchar más de diez veces seguidas fue del ballet del Lago de los cisnes. El primer cuento que me hizo llorar fue el patito feo. Mis primeros dibujos libres fueron de sirenas, cisnes y atardeceres. Algo deformes, pero me esforzaba.
El primer vestido que le pedí a mi abuelita fue el de la Bella Durmiente. La primera narración que pude leer completa fue la de Pulgarcita. Mi primera película en el cine fue la Sirenita. Mi primera vocación fue la de bailarina.
Y todo esto ocurrió antes de cumplir los seis años.
No sé cómo ocurrió, pero aparentemente Tchaikovsky y Hans Christian Andersen tuvieron un papel muy importante en mi formación temprana.
La primera palabra que aprendí a escribir fue "Odette". La primera pieza que pedí escuchar más de diez veces seguidas fue del ballet del Lago de los cisnes. El primer cuento que me hizo llorar fue el patito feo. Mis primeros dibujos libres fueron de sirenas, cisnes y atardeceres. Algo deformes, pero me esforzaba.
El primer vestido que le pedí a mi abuelita fue el de la Bella Durmiente. La primera narración que pude leer completa fue la de Pulgarcita. Mi primera película en el cine fue la Sirenita. Mi primera vocación fue la de bailarina.
Y todo esto ocurrió antes de cumplir los seis años.
No sé cómo ocurrió, pero aparentemente Tchaikovsky y Hans Christian Andersen tuvieron un papel muy importante en mi formación temprana.
Thursday, January 27, 2011
Saturday, January 01, 2011
Más allá de Terramar
Es difícil regresar a la realidad después de tantos días de evadirla. Y de qué manera, tan dulce, tan entregada, tan real...
Aún no puedo evitar el ensueño, la vista perdida, el silencio exterior lleno de ideas interiores. Y me pregunto, ¿cuál es la realidad real? ¿Cuál es la que quiero vivir? Quiero sentir esta pasión, este deseo, esta hambre de vida y estas ganas de crear sin límites... pero en el mundo de carne y hueso, el mundo en el que realmente puedo hacer las cosas, el mundo de Dios y de los hombres. El mundo en el que estás tú, en el que a veces me consumo y que a veces no me satisface.
¿Por qué es tan difícil tener ambas cosas? ¿Por qué disfrazo mi realidad con fantasías irrealizables o con altas dosis de realismo insatisfactorio?
Quiero a los magos, a los dragones, a la magia... Quiero ese sentimiento de olvido de mí misma y del mundo que me rodea cada vez que escucho música, que leo un libro, que escribo un cuento. Cada vez que miro al cielo. Lo quiero en mi vida real, no en los sueños. Quiero esa sensación de apartamiento, de que veo todo el mundo desde arriba, desde un escalón de confianza, seguridad y certeza. Pero la vida real no es así, al menos no del todo.
Pienso que es como los dos lados de un péndulo, y yo he vivido en ambos extremos. Pero también recuerdo vagamente haber vivido en el centro. Recuerdo haberme enamorado de mi vida. Me maravillaba todo lo real, lo tangible. Me enamoré de ti, de Dios y de mis propias experiencias. Vivía, ya no soñaba, con certeza y seguridad. Y nunca sentía miedo, salvo cuando pensaba en la muerte.
Hoy pienso demasiado en la muerte y me evado con una realidad que no me alimenta, sino que me consume. Antes buscaba la soledad de mis pensamientos y de mi imaginación, pero hoy le huyo al silencio, hoy deseo el barullo de la gente a mi alrededor. Y este “hoy” comienza a ser pasado.
En este preciso instante, mientras escribo con estas teclas, me siento libre de espíritu, me siento real y al mismo tiempo irreal. Siento que estoy llamada a algo más, pero acepto el lugar en el que me muevo, en el que veo mis manos de carne y hueso con una cierta extrañeza, como si no fueran mías, como si fuera un sueño, pero con la consciencia de que no es así.
Hoy, en este hoy verdaderamente presente, vuelvo a sentir esas mariposas en el estómago. ¿Estaré volviendo a la vida? Y todo se lo debo a unas deliciosas páginas que me recordaron que después de la oscuridad, siempre hay luz. Gracias, Javier.
Aún no puedo evitar el ensueño, la vista perdida, el silencio exterior lleno de ideas interiores. Y me pregunto, ¿cuál es la realidad real? ¿Cuál es la que quiero vivir? Quiero sentir esta pasión, este deseo, esta hambre de vida y estas ganas de crear sin límites... pero en el mundo de carne y hueso, el mundo en el que realmente puedo hacer las cosas, el mundo de Dios y de los hombres. El mundo en el que estás tú, en el que a veces me consumo y que a veces no me satisface.
¿Por qué es tan difícil tener ambas cosas? ¿Por qué disfrazo mi realidad con fantasías irrealizables o con altas dosis de realismo insatisfactorio?
Quiero a los magos, a los dragones, a la magia... Quiero ese sentimiento de olvido de mí misma y del mundo que me rodea cada vez que escucho música, que leo un libro, que escribo un cuento. Cada vez que miro al cielo. Lo quiero en mi vida real, no en los sueños. Quiero esa sensación de apartamiento, de que veo todo el mundo desde arriba, desde un escalón de confianza, seguridad y certeza. Pero la vida real no es así, al menos no del todo.
Pienso que es como los dos lados de un péndulo, y yo he vivido en ambos extremos. Pero también recuerdo vagamente haber vivido en el centro. Recuerdo haberme enamorado de mi vida. Me maravillaba todo lo real, lo tangible. Me enamoré de ti, de Dios y de mis propias experiencias. Vivía, ya no soñaba, con certeza y seguridad. Y nunca sentía miedo, salvo cuando pensaba en la muerte.
Hoy pienso demasiado en la muerte y me evado con una realidad que no me alimenta, sino que me consume. Antes buscaba la soledad de mis pensamientos y de mi imaginación, pero hoy le huyo al silencio, hoy deseo el barullo de la gente a mi alrededor. Y este “hoy” comienza a ser pasado.
En este preciso instante, mientras escribo con estas teclas, me siento libre de espíritu, me siento real y al mismo tiempo irreal. Siento que estoy llamada a algo más, pero acepto el lugar en el que me muevo, en el que veo mis manos de carne y hueso con una cierta extrañeza, como si no fueran mías, como si fuera un sueño, pero con la consciencia de que no es así.
Hoy, en este hoy verdaderamente presente, vuelvo a sentir esas mariposas en el estómago. ¿Estaré volviendo a la vida? Y todo se lo debo a unas deliciosas páginas que me recordaron que después de la oscuridad, siempre hay luz. Gracias, Javier.
Tuesday, December 28, 2010
Propósitos para el año viejo
Todavía me queda una semana antes del 2011, así es que me he propuesto una tarea indispensable para iniciar este año y, con perseverancia, seguirla durante todo el que sigue. Me refiero al cuidado de mi salud, para lo cual haré lo siguiente:
1. Tomarme con disciplina y sin falta mis miles de productos de GNLD
2. No perderme mis citas con la china
3. Hacer al menos una hora de ejercicio todos los días (menos los fines de semana)
4. Intentar no desvelarme más de lo extrictamente necesario
5. Desayunar
6. Tener al menos una actividad al día que no sea trabajo y que me distraiga y me relaje
Ustedes están de testigos ;)
So, let's beguin!
1. Tomarme con disciplina y sin falta mis miles de productos de GNLD
2. No perderme mis citas con la china
3. Hacer al menos una hora de ejercicio todos los días (menos los fines de semana)
4. Intentar no desvelarme más de lo extrictamente necesario
5. Desayunar
6. Tener al menos una actividad al día que no sea trabajo y que me distraiga y me relaje
Ustedes están de testigos ;)
So, let's beguin!
Friday, December 10, 2010
El arte de brindar sentido a un escrito con la última frase
-Me gustan mucho los niños -dijo la luna-. Sobre todo los pequeños; son muy graciosos. Cuando menos piensan en mí suelo asomarme entre las cortinas y el marco de una ventana para mirar su habitación. Es divertido ver cómo les ayudan a desvestirse. Primero salen del traje los hombritos, redondos y desnudos; luego, el brazo aparece poco a poco, o les veo quitarse las medias y aparecer una preciosa piernecita blanca y firme, hay que besar esos pies, y ylos beso -dijo la lua.
Esta noche, ¡te lo tengo que contar! Esta noche estuve mirando por una ventana que no tenía las cortinas corridas del todo, porque no hay vecinos en la casa de enfrente. Vi un tropel de pequeños, hermanos y hermanas. Había una niña de sólo cuatro años, aunque se sabe el padrenuestro tan bien como los demás, y la madre se sienta todas las noches al borde de su cama y la oye rezarlo, luego le da un beso, y la madre no se va hasta que la niña se queda dormida; todo sucede en un abrir y cerrar de ojos. Esta noche los mayores estaban algo traviesos, uno saltaba a la pata coja vestido con su blanco camisón largo, el otro estaba de pie encima de una silla, rodeado por la ropa de todos los demás; decía que era un cuadro, y los demás tenían que adivinarlo. El tercero y el cuarto ponían ordenadamente los juguetes en el cajón, que es lo que se debe hacer. Pero la madre estaba en la cama del más pequeño y les dijo a todos que guardaran silencio y estuvieran calladitos, porque la pequeña estaba rezando el padrenuestro.
-Miré al otro lado de la lámpara -dijo la luna-. La niña de cuatro años estaba en su cama de blancas y finas sábanas y tenía las manitas juntas y en la carita una expresión muy solemne, estaba rezando el padrenuestro. "Pero, ¿qué dices -preguntó la madre, interrumpiéndola a la mitad de la oración-, después de "nuestro pan de cada día dánosle hoy"? Dices algo más, pero no consigo oírlo bien. ¿Qué es? Tienes que decírmelo". Y la niñita calló y miró cohibida a su madre. "¿Qué es eso que dices además de "nuestro pan de cada día dánosle hoy?"" "No te enfades, mamita -dijo la pequeña-. Pedí que tuviera también mucha mantequilla".
Esta noche, ¡te lo tengo que contar! Esta noche estuve mirando por una ventana que no tenía las cortinas corridas del todo, porque no hay vecinos en la casa de enfrente. Vi un tropel de pequeños, hermanos y hermanas. Había una niña de sólo cuatro años, aunque se sabe el padrenuestro tan bien como los demás, y la madre se sienta todas las noches al borde de su cama y la oye rezarlo, luego le da un beso, y la madre no se va hasta que la niña se queda dormida; todo sucede en un abrir y cerrar de ojos. Esta noche los mayores estaban algo traviesos, uno saltaba a la pata coja vestido con su blanco camisón largo, el otro estaba de pie encima de una silla, rodeado por la ropa de todos los demás; decía que era un cuadro, y los demás tenían que adivinarlo. El tercero y el cuarto ponían ordenadamente los juguetes en el cajón, que es lo que se debe hacer. Pero la madre estaba en la cama del más pequeño y les dijo a todos que guardaran silencio y estuvieran calladitos, porque la pequeña estaba rezando el padrenuestro.
-Miré al otro lado de la lámpara -dijo la luna-. La niña de cuatro años estaba en su cama de blancas y finas sábanas y tenía las manitas juntas y en la carita una expresión muy solemne, estaba rezando el padrenuestro. "Pero, ¿qué dices -preguntó la madre, interrumpiéndola a la mitad de la oración-, después de "nuestro pan de cada día dánosle hoy"? Dices algo más, pero no consigo oírlo bien. ¿Qué es? Tienes que decírmelo". Y la niñita calló y miró cohibida a su madre. "¿Qué es eso que dices además de "nuestro pan de cada día dánosle hoy?"" "No te enfades, mamita -dijo la pequeña-. Pedí que tuviera también mucha mantequilla".
Hans Christian Andersen
Sunday, December 05, 2010
Caminos de papel

Sería bonito que hubiera un caminito trazado en la tierra, en el aire, en el mar... incluso en la propia piel. Un caminito reconocible por sus colores y su brillo, que pudiéramos encontrarlo siempre y no perdernos nunca...
Sería bonito, pero no es. Sólo hay lienzos en blanco y los caminitos los dibujamos con las tintas y colores que encontramos por la vida. No hay caminos inconclusos, todos llevan hacia alguna parte. Tampoco hay dos iguales. Y todos los que ya trazaron hermosos caminos llenos de curvas, montañas y profundidades, nos llaman a seguir el de ellos. Lo he intentado con un par, pero la verdad es que nunca podré llegar al final. Son caminos hechos para verse, para disfrutarse como una película o un libro en una lluviosa tarde de encierro. Incluso para pensarse y para tomar nuevos colores y texturas. Pero no para seguirse, porque los caminos se trazan. Siempre se trazan...
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Wednesday, December 01, 2010
Vocación de amar

Había una vez, un pequeño director de orquesta. Y digo pequeño porque a penas tenía escasos cinco años, pero incluso a esa edad ya se tomaba su vida y sus decisiones con bastante seriedad. Le pedía a su papá que le prendiera el radio en la estación de música clásica y se ponía a escuchar atentamente. También le gustaba poner a sus juguetes en posición de orquesta: los soldaditos eran las cuerdas, los peluches los alientos y la enorme pelota tocaba las percusiones. Y cuando había piano o alguna voz humana, entonces tomaba una de las muñecas de su hermanita y la ponía como la estrella principal, en medio de todos los demás juguetes. Entonces el pequeño director alzaba las manos, cerraba los ojos y dirigía a su improvisada orquesta al ritmo de lo que fuera que tocaran en el radio. Sus bonitos rizos negros se movían con las melodías de Mozart, Bach, Beethoven, Mahler, Tchaikovsky...
Cuando cumplió ocho años, el pequeño director decidió dar un paso más e incursionar en el mundo de la composición. Se sentaba durante horas frente al desafinado piano de la casa e improvisaba sencillas canciones acerca de los bichitos, de sus amigos y de las cosas que le pasaban en la escuela. Pero su mayor fuente de inspiración, era su mamá. A ella le dedicaba sus mejores obras y se las tocaba él mismo entusiasmado, y ella, conmovida por el interés musical de su hijo, decidió meterlo a clases de piano. A esa edad, el pequeño director supo que de grande sería un músico famoso.
Veinte años después, el pequeño director ya no era pequeño. Seguía teniendo unos brillantes rizos negros que se movían al compás de la música, pero ahora dirigía a una orquesta con músicos de carne y hueso. Como lo había predicho de niño, se había convertido en un director afamado y reconocido. Viajaba por todo el mundo con su orquesta y enloquecía al público de todos los países con sus maravillosas interpretaciones. Pero, precisamente el día de su cumpleaños número veintinueve, mientras dirigía el grandioso Mesías de Händel, se dio cuenta de que le faltaba algo a su música. Las notas, los sonidos, el tiempo, la melodía... todo estaba ahí. Sonaba magnífico, pero le faltaba algo. Y entonces, el famoso director se dio cuenta de que lo que le faltaba a la interpretación no era nada en la música, sino que le faltaba algo en su interior.
Terminó el concierto, agradeció al alborotado público y se encerró en su camerino. Al día siguiente, ante la sorpresa y el estupor de todos, anunció con voz grave y seria que dejaría la música durante un tiempo y se dedicaría a viajar. Por más que le rogaron y le pidieron que no hiciera semejante locura, el famoso director estaba decidido. En un último intento de convencerlo, le dijeron que no tenía sentido irse a viajar, cuando en realidad ya conocía todo el mundo por sus giras y sus conciertos. Y entonces él contestó que, a pesar de haber pisado casi todos los países de la Tierra, lo único que conocía de ellos era sus salas de conciertos. “Ahora quiero conocer lo demás.” Y con estas palabras, desapareció de la vista de todos.
El director, que ya no era director, cumplió su cometido y se dedicó a viajar. Seguía siendo famoso, sin embargo, porque los periodistas y reporteros lo asediaban para preguntarle sus motivos para haber abandonado una carrera tan brillante, pero después de un tiempo se cansaron de su silencio y lo dejaron en paz. Así fue como el mundo olvidó al famoso director.
Disfrutando de su nueva libertad, conoció muchos lugares y a mucha gente, comió toda clase de platillos, aspiró un sinnúmero de aromas y vivió grandes experiencias. Pero el hueco que sentía en su interior, aunque se había hecho más pequeño, no había desaparecido del todo.
Un día, mientras caminaba por las calles de un pueblito, del cual no recuerdo el nombre, el ex-famoso ex-director vio a una muchacha. Era una joven de unos veintitantos, con el cabello castaño y una sonrisa bonita. Francamente, era una chica normal, pero para el ex-director no había mujer más hermosa sobre la faz de la Tierra. Se le acercó y se puso a platicar con ella. Como tenía una gran experiencia y conocía muchos lugares, encantó a la muchacha con sus anécdotas y sus ocurrencias. La invitó a salir y ella aceptó. Durante los siguientes días siguió cortejándola, escuchándola y conociéndola. Cada día se enamoraba más de ella, de su sonrisa y de su voz dulce y suave. Y ella también se enamoró de él. Y así fue como el viajero se convirtió en un amante.
Entonces decidió dejar de viajar, porque había encontrado su hogar con ella. Por un momento, olvidó el vacío que había sentido en su interior y se entregó completamente a la felicidad que le producía su nueva vida. La muchacha y el ex-viajero aprendieron muchas cosas juntos. Él le enseñó a cantar y a cocinar los deliciosos platillos que conocía. Ella le enseñó a andar en bicicleta, a besar y a acariciar sus cuerpos acostados en la hierba. Y ambos se enseñaron a hacerse el amor. Así fue como el ex-viajero se convirtió en padre, y jamás volvió a sentir un hueco en su interior.
El pequeñito que nació de esta singular pareja también tenía unos rizos preciosos, pero él no quería ser director. A sus escasos cinco años, se la pasaba mirando las estrellas con sus ojitos bien abiertos. Muchos decían que de grande sería un astrónomo famoso... o tal vez tan sólo era un gran soñador...
Wednesday, November 24, 2010
Vanity, thy name is human
El camino de la bondad es peligroso. No tanto por los obstáculos y las envidias que vienen de fuera, sino por los demonios que uno alberga adentro. Ya lo había dicho Cristo: no es lo que entra en el hombre lo que lo daña, sino lo que sale de él. Y uno de mis peores demonios internos, es la soberbia.
He luchado contra ella desde que soy consciente de que la tengo, y ha sido una lucha exhaustiva y agotadora. Y es que es tan difícil ser humilde... en especial cuando te enfocas tanto en conseguirlo. A veces incluso siento que estoy encerrada en un círculo infinito, pues cuando más creo haber logrado actuar con humildad, descubro que el móvil de mis acciones no es el amor, sino la vanidad.
Ser humilde no es hacerse pequeño por el deseo interno de que los demás reconozcan que eres grande. Ser humilde es reconocer desde un inicio que nuestra naturaleza está llamada a ser mucho más de lo que somos ahora e intentar engrandecerse. Amar no es sacrificarse siempre y ser un mártir viviente; es disfrutar dando y recibiendo. Es decir, compartiendo.
Lo único que uno logra yéndose al otro extremo del péndulo por miedo a ser soberbio, es terminar con una autoestima hecha puré y con una salud física peor. Y, al menos en mi caso, eso provoca un pésimo humor y un desquite emocional con los que te quieren, lo cual te causa remordimientos, menos autoestima y el círculo vicioso vuelve a empezar.
Necesito acordarme de la grandeza que hay en mí, necesito darme tiempo para mí misma, cuidarme, mimarme y consentirme un poco más y, lo más importante: dejar de tener miedo.
El miedo, aunque se le tenga a un pecado, es la peor de las enfermedades. Y ya me estoy cansando de padecerla.
¿En dónde dejé mi espada?
He luchado contra ella desde que soy consciente de que la tengo, y ha sido una lucha exhaustiva y agotadora. Y es que es tan difícil ser humilde... en especial cuando te enfocas tanto en conseguirlo. A veces incluso siento que estoy encerrada en un círculo infinito, pues cuando más creo haber logrado actuar con humildad, descubro que el móvil de mis acciones no es el amor, sino la vanidad.
Ser humilde no es hacerse pequeño por el deseo interno de que los demás reconozcan que eres grande. Ser humilde es reconocer desde un inicio que nuestra naturaleza está llamada a ser mucho más de lo que somos ahora e intentar engrandecerse. Amar no es sacrificarse siempre y ser un mártir viviente; es disfrutar dando y recibiendo. Es decir, compartiendo.
Lo único que uno logra yéndose al otro extremo del péndulo por miedo a ser soberbio, es terminar con una autoestima hecha puré y con una salud física peor. Y, al menos en mi caso, eso provoca un pésimo humor y un desquite emocional con los que te quieren, lo cual te causa remordimientos, menos autoestima y el círculo vicioso vuelve a empezar.
Necesito acordarme de la grandeza que hay en mí, necesito darme tiempo para mí misma, cuidarme, mimarme y consentirme un poco más y, lo más importante: dejar de tener miedo.
El miedo, aunque se le tenga a un pecado, es la peor de las enfermedades. Y ya me estoy cansando de padecerla.
¿En dónde dejé mi espada?
Saturday, October 02, 2010
Un ejemplo a seguir
Paty nos cayó del cielo. Cuando todos habíamos perdido la esperanza de tener un hogar tranquilo y amable para vivir, llegó ella con su sonrisa tímida y sus ojos chispeantes. Es una mujer joven y sencilla. Siempre tiene su cabello negro atado en una cola de caballo, sus uñas cortas y limpias y le gusta vestirse con jeans y tennis para trabajar. Mi mamá la contrató después de una muy mala experiencia con Lucía, nuestra muchacha anterior. Lucía y mi mamá nunca se entendieron. A mí tampoco me era del todo agradable, pues era muy callada, arisca y tenía una mirada fea. Siempre he pensado que el alma de las personas se refleja en sus ojos, y los de Lucía eran terriblemente opacos y desconfiados. En cambio los de Paty son brillantes, limpios y sinceros, por lo que me dan la impresión de que es una persona honesta y que puedo confiar en ella.
Me cayó bien desde el principio. Al entrevistarla por teléfono, le dijo una frase a mi mamá que me gustó mucho: “Señora, sé que no soy perfecta y que cometo errores, así es que le pido que por favor me diga cuando algo no le guste para cambiarlo.” Es una actitud preciosa, pues es muy rara hoy en día. Por lo general, a la gente no le gusta que la corrijan y prefieren tapar sus errores que aprender de ellos.
Además de humilde, Paty demostró ser trabajadora y de mente inquieta. Le gusta mucho aprender cosas nuevas y perfeccionar lo que hace. En especial, le encanta cocinar y siempre está buscando aprender recetas nuevas. Puede parecer una nimiedad, pero es impresionante cómo nos mejoró el humor a todos en mi familia desde que podemos llegar a una casa limpia a comer rico y variado. Y es que una sopa de fideos grasosa e insípida puede amargarle el día a cualquiera.
Todos hemos aprendido a querer a Paty y a reconocer la gran ayuda que nos da, pero en especial yo le he tomado un cariño particular. Como ahora paso la mayor parte de mi tiempo en la casa, he tenido la oportunidad de convivir con ella y de conocerla. En las ocasiones en las que como yo sola en la casa, le gusta platicarme cosas de su vida mientras lava los trastes y limpia la cocina. Yo, por mi parte, agradezco la compañía y disfruto escuchándola. Ha tenido una vida realmente interesante. Es una niña de pueblo, hija de una madre religiosa y extraordinariamente conservadora (casi puritana), y de un padre ex-alcohólico converso al cristianismo. Tiene tres hermanos varones, dos de ellos militares, y un hijo que está por cumplir cuatro años: el pequeño Orlando. Curiosamente fue ella la que dejó al papá del niño, pues se dio cuenta de que era un hombre que no la amaba y que no la entendía.
“La gente aquí en la ciudad es más abierta, pero en mi pueblo piensan diferente”, me dice a veces. “Allá no entienden por qué decidí trabajar y mantenerme yo en lugar de casarme con el papá de Orlando. Mi mamá me dice que este es el destino que me tocó vivir y que debería conformarme con lo que tengo, pero es que yo quiero hacer algo por mí misma y darle un futuro a mi hijo.”
Paty siempre quiso estudiar una carrera. Le gustaba mucho la escuela y era muy buena, pero tuvo que dejarla en la prepa, pues su papá tuvo un accidente y ya no pudo pagársela. Ella insiste en que quiere aprovechar que es joven (a penas tiene mi edad) y ahorrar dinero para poder mantener a su hijo y darle estudios. Tiene el sueño de abrir una pizzería en su pueblo y vivir de su trabajo. Le duele estar separada de su hijo y a veces se pregunta si algún día Orlando le va a recriminar que lo dejara con sus abuelos para irse a trabajar. Incluso una vez se le salieron unas cuantas lágrimas, pero las escondió por orgullo. Yo le insisto en que no sea tan dura con ella misma, pues su situación no es nada fácil y es bastante loable que quiera salir adelante contra viento y marea.
“¿Y nunca has pensado en conocer a alguien más y casarte?”, le pregunté alguna vez. Al principio me dijo que no, que ya había tenido suficiente de los hombres. Pero hace poco me confesó que aún no ha perdido la esperanza de encontrar a alguien que comparta su forma de pensar y que quiera construir algo en conjunto. Creo, por todo lo que me ha contado, que lo que más le molesta es que quieran cortarle las alas y obligarla a quedarse en su casa y ser mantenida por un esposo. Es una Éowyn, un espíritu guerrero que teme que la encierren en una jaula.
Admiro mucho a Paty y trato de ayudarla en lo que esté a mi alcance. Ya no la considero solamente una empleada, sino que la reconozco como una amiga. Agradezco tenerla con nosotros, pero espero sinceramente que algún día pueda abrir su pizzería e irse a su pueblo, a estar con su hijo y a disfrutar de una tranquilidad bien merecida.
Me cayó bien desde el principio. Al entrevistarla por teléfono, le dijo una frase a mi mamá que me gustó mucho: “Señora, sé que no soy perfecta y que cometo errores, así es que le pido que por favor me diga cuando algo no le guste para cambiarlo.” Es una actitud preciosa, pues es muy rara hoy en día. Por lo general, a la gente no le gusta que la corrijan y prefieren tapar sus errores que aprender de ellos.
Además de humilde, Paty demostró ser trabajadora y de mente inquieta. Le gusta mucho aprender cosas nuevas y perfeccionar lo que hace. En especial, le encanta cocinar y siempre está buscando aprender recetas nuevas. Puede parecer una nimiedad, pero es impresionante cómo nos mejoró el humor a todos en mi familia desde que podemos llegar a una casa limpia a comer rico y variado. Y es que una sopa de fideos grasosa e insípida puede amargarle el día a cualquiera.
Todos hemos aprendido a querer a Paty y a reconocer la gran ayuda que nos da, pero en especial yo le he tomado un cariño particular. Como ahora paso la mayor parte de mi tiempo en la casa, he tenido la oportunidad de convivir con ella y de conocerla. En las ocasiones en las que como yo sola en la casa, le gusta platicarme cosas de su vida mientras lava los trastes y limpia la cocina. Yo, por mi parte, agradezco la compañía y disfruto escuchándola. Ha tenido una vida realmente interesante. Es una niña de pueblo, hija de una madre religiosa y extraordinariamente conservadora (casi puritana), y de un padre ex-alcohólico converso al cristianismo. Tiene tres hermanos varones, dos de ellos militares, y un hijo que está por cumplir cuatro años: el pequeño Orlando. Curiosamente fue ella la que dejó al papá del niño, pues se dio cuenta de que era un hombre que no la amaba y que no la entendía.
“La gente aquí en la ciudad es más abierta, pero en mi pueblo piensan diferente”, me dice a veces. “Allá no entienden por qué decidí trabajar y mantenerme yo en lugar de casarme con el papá de Orlando. Mi mamá me dice que este es el destino que me tocó vivir y que debería conformarme con lo que tengo, pero es que yo quiero hacer algo por mí misma y darle un futuro a mi hijo.”
Paty siempre quiso estudiar una carrera. Le gustaba mucho la escuela y era muy buena, pero tuvo que dejarla en la prepa, pues su papá tuvo un accidente y ya no pudo pagársela. Ella insiste en que quiere aprovechar que es joven (a penas tiene mi edad) y ahorrar dinero para poder mantener a su hijo y darle estudios. Tiene el sueño de abrir una pizzería en su pueblo y vivir de su trabajo. Le duele estar separada de su hijo y a veces se pregunta si algún día Orlando le va a recriminar que lo dejara con sus abuelos para irse a trabajar. Incluso una vez se le salieron unas cuantas lágrimas, pero las escondió por orgullo. Yo le insisto en que no sea tan dura con ella misma, pues su situación no es nada fácil y es bastante loable que quiera salir adelante contra viento y marea.
“¿Y nunca has pensado en conocer a alguien más y casarte?”, le pregunté alguna vez. Al principio me dijo que no, que ya había tenido suficiente de los hombres. Pero hace poco me confesó que aún no ha perdido la esperanza de encontrar a alguien que comparta su forma de pensar y que quiera construir algo en conjunto. Creo, por todo lo que me ha contado, que lo que más le molesta es que quieran cortarle las alas y obligarla a quedarse en su casa y ser mantenida por un esposo. Es una Éowyn, un espíritu guerrero que teme que la encierren en una jaula.
Admiro mucho a Paty y trato de ayudarla en lo que esté a mi alcance. Ya no la considero solamente una empleada, sino que la reconozco como una amiga. Agradezco tenerla con nosotros, pero espero sinceramente que algún día pueda abrir su pizzería e irse a su pueblo, a estar con su hijo y a disfrutar de una tranquilidad bien merecida.
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Wednesday, September 22, 2010
Pensamiento recurrente
Se sentó en su banca favorita del parque, la que daba al estanque de los patos. Su nana solía llevarla ahí cuando era niña. Hacía años que no regresaba, pero todo seguía igual. Incluso la banca seguía rechinando con el mismo sonido metálico de antaño. Pero la experiencia se sentía diferente. Era como observar un cuadro, como si ella estuviera fuera de la escena y tan sólo la estuviera contemplando.
Alicia vio sus manos. Estaban arrugadas y manchadas. Su cabello, alguna vez negro azabache, ahora era completamente blanco. ¿Cuándo había envejecido tanto? En ese momento le pareció que su vida había pasado muy precipitadamente. Había hecho tantas cosas, conocido a tanta gente, visitado tantos lugares... Había amado mucho, quizás demasiado.
-¿Será posible? -se dijo Alicia. -¿Se puede amar “demasiado”?
Tal vez tan sólo había amado lo suficiente, lo que había podido. Ser lastimado es parte del proceso, y ella lo sabía muy bien. Sin embargo, en ese momento, sentada en su banca favorita, tuvo la certeza de que cada cicatriz había valido la pena.
-¡Pero qué cosas piensas! -exclamó de pronto para sí. -Pareciera que te estás despidiendo, pero no deberías hacerlo. Aún tienes muchos planes y cosas que hacer.
Alicia se levantó, acompañada por ese rechinido metálico que la llenaba de recuerdos, y tomó el camino de regreso a su hotel. Su corazón viejo y remendado aún funcionaba y, escondido bajo la mata de cabello plateado, aún había un cerebro con una mente activa y ocupada.
-Si es verdad que la muerte es inevitable, -pensó Alicia- entonces quiero que me sorprenda viviendo.
Alicia vio sus manos. Estaban arrugadas y manchadas. Su cabello, alguna vez negro azabache, ahora era completamente blanco. ¿Cuándo había envejecido tanto? En ese momento le pareció que su vida había pasado muy precipitadamente. Había hecho tantas cosas, conocido a tanta gente, visitado tantos lugares... Había amado mucho, quizás demasiado.
-¿Será posible? -se dijo Alicia. -¿Se puede amar “demasiado”?
Tal vez tan sólo había amado lo suficiente, lo que había podido. Ser lastimado es parte del proceso, y ella lo sabía muy bien. Sin embargo, en ese momento, sentada en su banca favorita, tuvo la certeza de que cada cicatriz había valido la pena.
-¡Pero qué cosas piensas! -exclamó de pronto para sí. -Pareciera que te estás despidiendo, pero no deberías hacerlo. Aún tienes muchos planes y cosas que hacer.
Alicia se levantó, acompañada por ese rechinido metálico que la llenaba de recuerdos, y tomó el camino de regreso a su hotel. Su corazón viejo y remendado aún funcionaba y, escondido bajo la mata de cabello plateado, aún había un cerebro con una mente activa y ocupada.
-Si es verdad que la muerte es inevitable, -pensó Alicia- entonces quiero que me sorprenda viviendo.
Wednesday, September 15, 2010
Hermanas del arte
Las grandes escritoras del mundo escribieron igual que yo: mirando por la ventana de su cuarto especial, sintiendo y deseando lo mismo, soñando con transformarse a través de sus propias letras.
Mis heroínas como Jane Austen, Virginia Woolf, Sor Juana... escribieron lo que sabían; lo que vivían día a día y les interesaba y preocupaba. Concibieron sus mejores obras cuando escribieron para complacerse a ellas mismas, cuando dejaron de compararse y aprendieron a ser auténticas; cuando entendieron que los asuntos de cocina y de amores son los que al final valen la pena contar.
Me las imagino sentadas en su escritorio, como yo en este momento, vaciando su alma en el papel y dejándose llevar por el agradable murmullo de sus palabras resonando en su cabeza.
Las imagino disfrutando de un breve instante perdido en la eternidad, exclusivamente dedicado a ellas mismas. Y también las imagino despertando de su ejercicio de pasión desbordada, siendo reclamadas por ese mundo que veían con mirada inquisitiva y al que comprendían con una inteligencia aguda y un corazón despierto, pero al cual no podían adaptarse del todo.
Nunca las conocí y sin embargo me dejaron sus letras para leer a través de ellas, para sobrepasar los conceptos y las ideas y comprender los anhelos que las motivaron. No las conocí, pero me reconozco en ellas y espero, cuando el tiempo ponga a prueba mis letras, ser digna de compartir su pluma.
Mis heroínas como Jane Austen, Virginia Woolf, Sor Juana... escribieron lo que sabían; lo que vivían día a día y les interesaba y preocupaba. Concibieron sus mejores obras cuando escribieron para complacerse a ellas mismas, cuando dejaron de compararse y aprendieron a ser auténticas; cuando entendieron que los asuntos de cocina y de amores son los que al final valen la pena contar.
Me las imagino sentadas en su escritorio, como yo en este momento, vaciando su alma en el papel y dejándose llevar por el agradable murmullo de sus palabras resonando en su cabeza.
Las imagino disfrutando de un breve instante perdido en la eternidad, exclusivamente dedicado a ellas mismas. Y también las imagino despertando de su ejercicio de pasión desbordada, siendo reclamadas por ese mundo que veían con mirada inquisitiva y al que comprendían con una inteligencia aguda y un corazón despierto, pero al cual no podían adaptarse del todo.
Nunca las conocí y sin embargo me dejaron sus letras para leer a través de ellas, para sobrepasar los conceptos y las ideas y comprender los anhelos que las motivaron. No las conocí, pero me reconozco en ellas y espero, cuando el tiempo ponga a prueba mis letras, ser digna de compartir su pluma.
Wednesday, September 08, 2010
Hoy sería tu cumpleaños
51 años, para ser exactos. Es curioso cómo tu imagen de un hombre joven de 38 se ha quedado atrapada en mi memoria. No soy capaz de imaginarte más viejo, aunque lo he intentado. ¿Te verías como todos los demás papás? ¿Te estarías quedando calvo? ¿Habrías engordado un poco?
Te imagino sonriente, eso sí. Siempre fuiste muy simpático y juguetón... muy niño. Te gustaba molestarnos y hacernos renegar, competías con nosotros y te metías en nuestras discusiones infantiles y triviales como si fueran de la mayor importancia. Ahora, en ocasiones, me pregunto si realmente nos educabas o si sencillamente jugabas con nosotros. Era tu modo de descansar de esa seriedad tan severa que te caracterizaba en el mundo exterior.
Hace mucho que no lloraba por ti, que no te extrañaba tanto. Supongo que tiene que ver con que yo misma estoy creciendo y construyendo mi propia vida. Como en mi mente sigues siendo el mismo, poco a poco me acerco más a ti. Me pregunto cómo será cumplir 38 años y poder ponerme en tus zapatos. O, incluso, lo que será cumplir 51 y seguir recordándote como ese gran niñote, lleno de sueños y planes de vida por cumplir.
Memento mori... Es una idea que me ha acompañado desde que te fuiste, hace ya 12 años. A veces me da miedo hacer planes a futuro, de querer vivir mucho. Pero me da todavía más miedo saber que tú no fuiste el último contacto que voy a tener con la muerte. Temo perder y temo ser perdida por alguien más. Y, finalmente, sólo me queda seguir aquí, intentando vencer el miedo sin olvidarte del todo.
Supongo al final lo que va a importar no van a ser mis planes insatisfechos (porque los va a haber), sino lo que realmente hice con mi vida. Tu muerte no fue tan mala, para ser francos. Fue trnquila y tuviste la oportunidad de despedirte. Te veías en paz, y esa última imagen de ti me ha adyudado mucho a aceptar tu ausencia.
Me gustaría preguntarme a mí misma ante mi propia muerte: "¿Cuánto fuiste capaz de amar?", y que la respuesta me fuera por completo satisfactoria, como seguramente fue la tuya. También, confieso, le he pedido a Dios que me permita irme de aquí escuchando algo de música. La pieza concreta se la dejo a su elección, pues confío en su buen gusto. Ya te contaré cuál fue.
Te imagino sonriente, eso sí. Siempre fuiste muy simpático y juguetón... muy niño. Te gustaba molestarnos y hacernos renegar, competías con nosotros y te metías en nuestras discusiones infantiles y triviales como si fueran de la mayor importancia. Ahora, en ocasiones, me pregunto si realmente nos educabas o si sencillamente jugabas con nosotros. Era tu modo de descansar de esa seriedad tan severa que te caracterizaba en el mundo exterior.
Hace mucho que no lloraba por ti, que no te extrañaba tanto. Supongo que tiene que ver con que yo misma estoy creciendo y construyendo mi propia vida. Como en mi mente sigues siendo el mismo, poco a poco me acerco más a ti. Me pregunto cómo será cumplir 38 años y poder ponerme en tus zapatos. O, incluso, lo que será cumplir 51 y seguir recordándote como ese gran niñote, lleno de sueños y planes de vida por cumplir.
Memento mori... Es una idea que me ha acompañado desde que te fuiste, hace ya 12 años. A veces me da miedo hacer planes a futuro, de querer vivir mucho. Pero me da todavía más miedo saber que tú no fuiste el último contacto que voy a tener con la muerte. Temo perder y temo ser perdida por alguien más. Y, finalmente, sólo me queda seguir aquí, intentando vencer el miedo sin olvidarte del todo.
Supongo al final lo que va a importar no van a ser mis planes insatisfechos (porque los va a haber), sino lo que realmente hice con mi vida. Tu muerte no fue tan mala, para ser francos. Fue trnquila y tuviste la oportunidad de despedirte. Te veías en paz, y esa última imagen de ti me ha adyudado mucho a aceptar tu ausencia.
Me gustaría preguntarme a mí misma ante mi propia muerte: "¿Cuánto fuiste capaz de amar?", y que la respuesta me fuera por completo satisfactoria, como seguramente fue la tuya. También, confieso, le he pedido a Dios que me permita irme de aquí escuchando algo de música. La pieza concreta se la dejo a su elección, pues confío en su buen gusto. Ya te contaré cuál fue.
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