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Monday, July 30, 2018

En en interior





'I'm waiting for the call, the hand on the chest
I'm ready for the fight, and fate' -Woodkind


Es natural rechazar la guerra. La violencia no es algo bueno. Pero después de conocer a Juanjo y de escucharlo hablar incansablemente sobre la Ilíada, comencé a comprender un poco mejor la virtud humana que florece en los momentos de lucha. No es que la guerra en sí sea buena, pero sí hay cierta gloria en enfrentarla y lucharla. Hay virtudes como la valentía y la fortaleza que no conoceríamos de otra manera. 

Desde joven tenía la intuición de que la vida humana no puede ser pacífica todo el tiempo, al menos no aquí. Este mundo nos reta todo el tiempo. Lo curioso es la paradoja: la guerra se debe vivir en serenidad. La verdadera guerra siempre es interna. Lo que sucede afuera se conquista desde adentro. 

San Agustín también lo descubrió y lo expresa de maneras muy bellas. 

"Tarde te amé, hermosura tan antigua y tan nueva, tarde te amé. Y tú estabas dentro de mí y yo afuera, y así por de fuera te buscaba; y, deforme como era, me lanzaba sobre estas cosas que tú creaste. Tú estabas conmigo, mas yo no estaba contigo. Reteníanme lejos de ti aquellas cosas que, si no estuviesen en ti, no existirían. Me llamaste y clamaste, y quebraste mi sordera; brillante y resplandeciente, y curaste mi ceguera; exhalaste tu perfume, y lo aspiré, y ahora te anhelo; gusté de ti, y ahora siento hambre y sed de ti; me tocaste, y deseo con ansia la paz que procede de ti."

Tardé años en entenderlo, y sigo meditando sus palabras y encontrando nuevos significados, pero ahora comprendo la sensación. Entiendo que abrazar el dolor es posible cuando uno está en paz, porque la vida no es pacífica, pero el interior puede estarlo. 

"¿Qué obsesión tan rara tienen los católicos con el sufrimiento?" me preguntó un querido amigo una vez. No recuerdo exactamente qué le contesté en su momento, pero estoy segura de que fue algo sumamente intelectual. Hoy le contestaría algo más cercano a mi experiencia personal. Hoy le diría que el sufrimiento es inevitable, que dejar que las cosas "fluyan" o "decidir ser feliz" son expresiones en el fondo vacías e imposibles. El dolor está ahí, siempre lo estará. Huir de él lastima más que aceptarlo con los brazos abiertos. La clave es hacerlo desde la fe, desde un alma llena de gracia. Ahí está la dificultad, la verdadera lucha. 

Sentir dolor no es lo más difícil. Estar rodeado de obscuridad es relativamente sencillo (y, curiosamente, tentador). Ser luz en el abismo es lo realmente difícil. 

Ese breve instante de vértigo, esa arcada antes de sumergirme en el dolor... ése es mi punto débil, es cuando tengo la opción de rebelarme o de someterme a algo que sé más grande y mejor que yo. Ahí está la guerra. Y es ahí en donde temo perder. 



Tuesday, September 02, 2014

Monday, May 12, 2014

Cuando el amor se confunde con la obsesión



Por lo general no me enojan tanto los ataques de personas que no comparten mi fe ni comprenden mi religión, porque entiendo que sus críticas muchas veces son resultado de ignorancia (o de malas experiencias con católicos incoherentes, que viene a ser lo mismo). Lo que sí no puedo tolerar es el ataque frontal y negativo a la institución de la Iglesia (entendida en toda la extensión de la palabra, para quien entienda) por parte de personas que están dentro de la misma, que conocen la fe y dicen vivir conforme a las enseñanzas de Cristo. 

La crítica es crítica, nada más. La denuncia no cambia al mundo: ciertamente hay que tener la valentía de apuntar los problemas, pero eso es nada más el primer pasito. Es verdaderamente valiente el que se atreve a ver lo bueno del mundo y a tratar de transmitirlo, el que no se queda en la denuncia, el que sabe ver más allá. 

El santo es el que se vuelve transparente para que la luz de Cristo ilumine a los que lo rodean, no el que se dedica a ensombrecer la vida y la fe de los demás. "Pobre de aquél que escandalice el alma de un inocente", dijo nuestro Señor a Sor Faustina. Y sí, pobre de él, porque se pierde la parte más hermosa de ser católico. 

Saturday, October 26, 2013

Ante el abismo



"We wish to live inside the safety of the laws. We fear to choose. Jesus insists on choice. The one thing he condemns utterly is avoiding the choice. To choose is to commit yourself. And to commit yourself is to run the risk, is to run the risk of failure, the risk of sin, the risk of betrayal. But Jesus can deal with all of those. Forgiveness he never denies us. The man who makes a mistake can repent. But the man who hesitates, who does nothing, who buries his talent in the earth, with him he can do nothing."
Terrence Malick, To the Wonder


Las elecciones que hacemos nos permiten vivir. El que no se arriesga a elegir, no vive. Identificar la libertad con la indeterminación es un error frecuente de nuestro tiempo, pero la realidad es que la indeterminación no nos aporta nada. Estamos hechos para elegir y para vivir con las consecuencias de nuestras acciones. Estamos hechos para arriesgarnos, para ser vulnerables, para estar abiertos al mundo, eligiendo constantemente. Eso es vivir.

El miedo es la enfermedad del estatismo. Y estar estáticos nos destruye. Estamos hechos para danzar con la luz, para explorar nuestras capacidades, para maravillarnos con la posibilidad de entrega y recepción que tenemos. 

Me acuerdo de otra película, muy diferente tanto en su estilo como en su contenido, pero que también toca este tema y cuyas palabras se quedarán para siempre en mi memoria: "So, my little Amélie, you don't have bones of glass. You can take life's knocks. If you let this chance pass, eventually, your heart will become as dry and brittle as my skeleton."

Elegir es dar el paso hacia el abismo, pero como bien dice Victor Hugo, hay abismos que salvan.



Wednesday, October 19, 2011

Mi nueva vieja camiseta

"Uno pensaría que en un seminario las cosas son diferentes, que todos nos tratamos como hermanos, pero la verdad es que no es así".

"Los muchachos vienen porque sienten la vocación, pero no quieren estudiar, no les interesa la filosofía."

"Aquí hay gente de muchos lados, y pues no todos se llevan los unos con los otros. Hay muchas rivalidades."

"No sé si es porque no he estudiado en otro lado, pero siento que éste no es un ambiente universitario."


Podría llenar un post completo con todas las frases derrotistas y negativas que he escuchado estos últimos tres meses. Desde que llegué a dar clases al seminario, absolutamente todos, desde el director de la facultad, los alumnos y demás profesores, no han dejado de quejarse de lo mal que están las cosas. Y lo que es peor: todos culpan al otro. Nadie hace nada por mejorar el ambiente, sino que se tiran entre todos.

Cuando entré a dar clases me invitaron a la primera asamblea de profesores del año (a la fecha sigo esperando la "segunda"). Ingenuamente, pensé que ahí iba a conocer a todos los demás. Si fuimos cinco, éramos muchos. El director de la facultad nos pidió nuestro apoyo y participación en las actividades del instituto, que impulsáramos a los jóvenes en los estudios filosóficos, que les mostráramos la importancia de los mismos para la teología... Nos pasaron un calendario con las actividades del semestre. Todos asentían y comentaban que teníamos que fomentar el estudio y la unión, empezando por los mismos profesores, etc. Fue una reunión que me hizo sentir responsable y que me dio ánimos. Quise ponerme la camiseta, pertenecer a esta nueva institución e impulsarla, y me sentí a gusto al pensar que había más que pensaban como yo.

Eso fue en agosto. Acaba de ser el Día del ISEE, es decir, el día especial en el que se celebra el aniversario del instituto. Se nos había pedido a todos los profesores que asistiéramos y que participáramos en las actividades con los estudiantes. Ese día se me complicaba, pero no me importó, dejé todo para estar, pues me había comprometido desde que acepté el trabajo. Llegué a la misa en la capilla y me sorprendió darme cuenta de que yo era la única de los profesores de filosofía. Bueno no, también estaba la de italiano, pero se fue temprano.

Pasé toda la mañana con los estudiantes. Me sentía como el frijolito en el arroz; un puntito rosa mexicano (el color de mi suéter) en medio de sotanas y sacos negros. Fui al concierto, a la presentación de la sociedad de alumnos, a los torneos de básket y fútbol, comí con ellos, canté y aplaudí cuando llegaron los mariachis... y todos me preguntaban con sorpresa cuando me veían: "¿se va a quedar a todo, profesora?".

Ayer en la mañana me llamó muy preocupado el director de la facultad para preguntarme por qué había ido al instituto. "¿Necesitaba algo?", me preguntó con su acento italiano. "No, fue el Día del ISEE", contesté desconcertada. "¡Ah, es verdad!", dijo el director. "Es que yo no la vi ahí, como yo no fui...". Francamente, no supe qué contestar.

Me pregunto si se darán cuenta de que el "ambiente" del que tanto se quejan todos lo están haciendo ellos solitos. El día de la celebración, después del concierto, uno de los miembros de la sociedad de alumnos se acercó con los músicos a regalarles el Anuario Filosófico del ISEE, un libro con artículos de filosofía hecho por profesores, alumnos y ponentes externos. Uno de mis alumnos, sentado a mi lado, se tapó la cara con vergüenza y se empezó a burlar de la situación. Yo me volteé, lo miré molesta y le dije:

-¿Por qué te da vergüenza?, es lo que ustedes hacen.

Él me vio extrañado y me dijo:

-Porque es muy aburrido, hasta a mí me da flojera leerlo.

-¡Pero es lo que ustedes hacen! Ellos hacen música y se las comparten; ustedes hacen filosofía y teología, lo más lógico es que la compartan también.

Se quedó en silencio unos momentos y luego me dijo:

-He notado que tienes opiniones muy positivas y muy firmes al respecto de muchas cosas.

-¿Y eso qué tiene?

-Pues que es muy raro, no es lo común. Si sabes eso, ¿no?

No pude evitar sonreír.

-Pues precisamente aquí no debería ser raro.

Él se rió.

-No me vengas con eso- se quejó. -Los seminaristas somos humanos también.

-Y precisamente por eso están llamados a algo más.

Después de eso se quedó callado un rato. No volvió a burlarse de nada.


Causé conmoción ese día sin saberlo. Hasta el final capté lo extrañados y sorprendidos que estaban todos por el hecho de que me había quedado. También debo reconocer que los muchachos de la sociedad de alumnos se pusieron mucho las pilas. Se nota que ellos también quieren cambiar la situación. Cuando llegaron los mariachis, escuché a un alumno decir: "este es el mejor Día del ISEE en el que he estado".

Alguna vez un amigo escribió en un post que las instituciones no pueden esperar que su gente quiera ponerse su camiseta si se les da una que está sucia y fea. Es curioso, pero yo estoy enamorada de esta vieja camiseta, medio sucia y raída. No me asusta esta mugre, porque sé que en el fondo a los demás tampoco, y que se la quieren limpiar. Quiero usar mi vieja camiseta, y por eso intento lavarla y remendarla. Espero, algún día, lucirla con sus colores originales.






Friday, April 22, 2011

Sobre el sufrimiento


"No creo que Dios quiera exactamente que seamos felices, quiere que seamos capaces de amar y de ser amados, quiere que maduremos, y yo sugiero que precisamente porque Dios nos ama nos concedió el don de sufrir; o por decirlo de otro modo: el dolor es el megáfono que Dios utiliza para despertar a un mundo de sordos; porque somos como bloques de piedra, a partir de los cuales el escultor poco a poco va formando la figura de un hombre, los golpes de su cincel que tanto daño nos hacen también nos hacen más perfectos."
Clive Staples Lewis


Cuando no era católica criticaba mucho la noción cristiana del sufrimiento, porque no la entendía. Hoy esa misma crítica ciega me llega desde muchos lados y, aunque la comprendo porque yo también la viví, cada vez me parece más lejana.

La diferencia es sutil y a la vez profunda. Los católicos no queremos sufrir ni lo buscamos. Sencillamente lo aceptamos y le damos un sentido. Es inevitable sufrir; es imposible no hacerlo, porque no es algo que dependa de nosotros (a menos de que nos aisláramos completamente del mundo, de todo deseo y de toda persona). Por eso, nuestra salida es enfrentarlo. No nos cerramos a él, sino que lo sentimos para superarlo, pues sabemos que hay algo más por lo que vale la pena sufrir: el amor.

El amor implica sufrimiento, porque para amar y ser amado es necesario estar abiertos, y al abrirnos nos exponemos a ser lastimados, a sufrir. Sin embargo, el sufrimiento se vuelve irrelevante cuando se ama verdaderamente. Se siente, pero deja de doler tanto, porque uno no se queda en él; lo trasciende.

Es paradójico, pero entre más se huye del dolor, más se siente. Cuando estamos concentrados en evadirnos para no sufrir, es cuando más solos nos quedamos en el fondo.

El sufrimeinto es inevitable, pero podemos hacerlo pasajero, siempre y cuando no nos quedemos atrapados en él.

Wednesday, December 01, 2010

Vocación de amar



Había una vez, un pequeño director de orquesta. Y digo pequeño porque a penas tenía escasos cinco años, pero incluso a esa edad ya se tomaba su vida y sus decisiones con bastante seriedad. Le pedía a su papá que le prendiera el radio en la estación de música clásica y se ponía a escuchar atentamente. También le gustaba poner a sus juguetes en posición de orquesta: los soldaditos eran las cuerdas, los peluches los alientos y la enorme pelota tocaba las percusiones. Y cuando había piano o alguna voz humana, entonces tomaba una de las muñecas de su hermanita y la ponía como la estrella principal, en medio de todos los demás juguetes. Entonces el pequeño director alzaba las manos, cerraba los ojos y dirigía a su improvisada orquesta al ritmo de lo que fuera que tocaran en el radio. Sus bonitos rizos negros se movían con las melodías de Mozart, Bach, Beethoven, Mahler, Tchaikovsky...

Cuando cumplió ocho años, el pequeño director decidió dar un paso más e incursionar en el mundo de la composición. Se sentaba durante horas frente al desafinado piano de la casa e improvisaba sencillas canciones acerca de los bichitos, de sus amigos y de las cosas que le pasaban en la escuela. Pero su mayor fuente de inspiración, era su mamá. A ella le dedicaba sus mejores obras y se las tocaba él mismo entusiasmado, y ella, conmovida por el interés musical de su hijo, decidió meterlo a clases de piano. A esa edad, el pequeño director supo que de grande sería un músico famoso.

Veinte años después, el pequeño director ya no era pequeño. Seguía teniendo unos brillantes rizos negros que se movían al compás de la música, pero ahora dirigía a una orquesta con músicos de carne y hueso. Como lo había predicho de niño, se había convertido en un director afamado y reconocido. Viajaba por todo el mundo con su orquesta y enloquecía al público de todos los países con sus maravillosas interpretaciones. Pero, precisamente el día de su cumpleaños número veintinueve, mientras dirigía el grandioso Mesías de Händel, se dio cuenta de que le faltaba algo a su música. Las notas, los sonidos, el tiempo, la melodía... todo estaba ahí. Sonaba magnífico, pero le faltaba algo. Y entonces, el famoso director se dio cuenta de que lo que le faltaba a la interpretación no era nada en la música, sino que le faltaba algo en su interior.

Terminó el concierto, agradeció al alborotado público y se encerró en su camerino. Al día siguiente, ante la sorpresa y el estupor de todos, anunció con voz grave y seria que dejaría la música durante un tiempo y se dedicaría a viajar. Por más que le rogaron y le pidieron que no hiciera semejante locura, el famoso director estaba decidido. En un último intento de convencerlo, le dijeron que no tenía sentido irse a viajar, cuando en realidad ya conocía todo el mundo por sus giras y sus conciertos. Y entonces él contestó que, a pesar de haber pisado casi todos los países de la Tierra, lo único que conocía de ellos era sus salas de conciertos. “Ahora quiero conocer lo demás.” Y con estas palabras, desapareció de la vista de todos.

El director, que ya no era director, cumplió su cometido y se dedicó a viajar. Seguía siendo famoso, sin embargo, porque los periodistas y reporteros lo asediaban para preguntarle sus motivos para haber abandonado una carrera tan brillante, pero después de un tiempo se cansaron de su silencio y lo dejaron en paz. Así fue como el mundo olvidó al famoso director.

Disfrutando de su nueva libertad, conoció muchos lugares y a mucha gente, comió toda clase de platillos, aspiró un sinnúmero de aromas y vivió grandes experiencias. Pero el hueco que sentía en su interior, aunque se había hecho más pequeño, no había desaparecido del todo.

Un día, mientras caminaba por las calles de un pueblito, del cual no recuerdo el nombre, el ex-famoso ex-director vio a una muchacha. Era una joven de unos veintitantos, con el cabello castaño y una sonrisa bonita. Francamente, era una chica normal, pero para el ex-director no había mujer más hermosa sobre la faz de la Tierra. Se le acercó y se puso a platicar con ella. Como tenía una gran experiencia y conocía muchos lugares, encantó a la muchacha con sus anécdotas y sus ocurrencias. La invitó a salir y ella aceptó. Durante los siguientes días siguió cortejándola, escuchándola y conociéndola. Cada día se enamoraba más de ella, de su sonrisa y de su voz dulce y suave. Y ella también se enamoró de él. Y así fue como el viajero se convirtió en un amante.

Entonces decidió dejar de viajar, porque había encontrado su hogar con ella. Por un momento, olvidó el vacío que había sentido en su interior y se entregó completamente a la felicidad que le producía su nueva vida. La muchacha y el ex-viajero aprendieron muchas cosas juntos. Él le enseñó a cantar y a cocinar los deliciosos platillos que conocía. Ella le enseñó a andar en bicicleta, a besar y a acariciar sus cuerpos acostados en la hierba. Y ambos se enseñaron a hacerse el amor. Así fue como el ex-viajero se convirtió en padre, y jamás volvió a sentir un hueco en su interior.

El pequeñito que nació de esta singular pareja también tenía unos rizos preciosos, pero él no quería ser director. A sus escasos cinco años, se la pasaba mirando las estrellas con sus ojitos bien abiertos. Muchos decían que de grande sería un astrónomo famoso... o tal vez tan sólo era un gran soñador...

Wednesday, November 24, 2010

Vanity, thy name is human

El camino de la bondad es peligroso. No tanto por los obstáculos y las envidias que vienen de fuera, sino por los demonios que uno alberga adentro. Ya lo había dicho Cristo: no es lo que entra en el hombre lo que lo daña, sino lo que sale de él. Y uno de mis peores demonios internos, es la soberbia.

He luchado contra ella desde que soy consciente de que la tengo, y ha sido una lucha exhaustiva y agotadora. Y es que es tan difícil ser humilde... en especial cuando te enfocas tanto en conseguirlo. A veces incluso siento que estoy encerrada en un círculo infinito, pues cuando más creo haber logrado actuar con humildad, descubro que el móvil de mis acciones no es el amor, sino la vanidad.

Ser humilde no es hacerse pequeño por el deseo interno de que los demás reconozcan que eres grande. Ser humilde es reconocer desde un inicio que nuestra naturaleza está llamada a ser mucho más de lo que somos ahora e intentar engrandecerse. Amar no es sacrificarse siempre y ser un mártir viviente; es disfrutar dando y recibiendo. Es decir, compartiendo.

Lo único que uno logra yéndose al otro extremo del péndulo por miedo a ser soberbio, es terminar con una autoestima hecha puré y con una salud física peor. Y, al menos en mi caso, eso provoca un pésimo humor y un desquite emocional con los que te quieren, lo cual te causa remordimientos, menos autoestima y el círculo vicioso vuelve a empezar.

Necesito acordarme de la grandeza que hay en mí, necesito darme tiempo para mí misma, cuidarme, mimarme y consentirme un poco más y, lo más importante: dejar de tener miedo.

El miedo, aunque se le tenga a un pecado, es la peor de las enfermedades. Y ya me estoy cansando de padecerla.

¿En dónde dejé mi espada?

Wednesday, April 21, 2010

Husmeando en las intimidades de Heidegger

"Querida Hannah:

¿Por qué es el amor tan rico, superando todas las dimensiones de las otras posibilidades humanas, y por qué supone una carga dulce para aquellos a quienes afecta? Porque nos convertimos en aquello que amamos y, no obstante, seguimos siendo nosotros mismos. Querríamos dar entonces las gracias al amado y no encontramos nada que satisfaga este deseo.

Sólo podemos dar las gracias dándonos a nosotros mismos. El amor transforma la gratitud en fidelidad a nosotros mismos y en fe incondicional en el otro. De este modo aumenta el amor continuamente su misterio más propio."

Este es un fragmento de una carta que el filósofo alemán Martin Heidegger le escribió a Hannah Arendt, alumna suya, gran filósofa también, y con quien mantuvo una relación amorosa, a pesar de que él le llevaba 17 años y que estaba casado y con hijos.

Zoon encontró un maravilloso libro con la correspondencia de estos dos en la biblioteca de la UP. Ya sabía que existía, pero en la facultad corría el rumor de que era un libro muy aburrido porque no eran cartas de amor, sino de pura filosofía (y Heidegger tiene fama -porque se la ha ganado- de ser un filósofo pesado y difícil de leer).

Sin embargo, como podrán ver, el rumor resultó falso. Efectivamente hablan de filosofía, pero filosofan sobre el amor, sobre las relaciones humanas, sobre el dolor, el arrepentimiento y muchas otras cosas interesantes y cercanas a cualquiera de nosotros. Realmente es una delicia leerlo. En especial porque se trata de la correspondencia de toda una vida, desde que eran jóvenes amantes, pasando por su separación y los horrores de la Segunda Guerra Mundial (Hannah era judía) y el reencuentro que tienen, cuando ella ya está casada con otro hombre y Heidegger le confiesa su infidelidad a su esposa (y al parecer ella lo perdona y hasta pide hablar con Hannah, lo cual ella relata sorprendida y conmovida en una de sus cartas). En su vejez se siguen escribiendo, ya como amigos y colegas, hasta que ella muere unos meses después de su última carta.

Siempre me he preguntado si alguien algún día leerá mis cartas cuando yo ya haya muerto. No creo que sean tan interesantes como la de estos dos grandes filósofos, pero ciertamente he escrito y recibido una cantidad de cartas importantes en mi vida. Y eso que a penas tengo 23 años y todavía pienso escribir muchas más... (¿o será que para ese entonces se hagan recopilaciones de blogs? jajaja).





Saturday, December 26, 2009

Signos visibles



Como bien saben los que me conocen, tengo problemas con el sacramento de la confesión. Creo en ella, la entiendo, me gusta la idea teórica... pero me cuesta un trabajo enorme confesarme en la práctica. No es que no quiera que un sacerdote escuche mis pecados; no es por vergüenza. Es, más bien, porque no siento que el sacerdote pueda dedicarme suficiente tiempo para profundizar en lo que quiero confesar. Juanjo dice que debo pensar que es Dios el que me está perdonando, no el ministro. Es Dios el que entiende la profundidad de mis acciones y el sacerdote no tiene que entenderlo a la perfección, pues él es tan sólo un instrumento.

Con esto en mente, decidí confesarme hoy. Previsoramente, me formé en la cola antes de que empezara la misa, para no perderme mucho. Sin embargo, las personas tardaban mucho en salir. Cuando llegó mi turno, entré y me hinqué en la celosía, pero el padre me dijo que tomara asiento en frente de él. Era un viejito que a penas y podía oír y que hablaba muy bajito. Me preguntó mis pecados, me escuchó atentamente y después comenzó a hablar. Me platicó anécdotas, me contó chistes que me hicieron reír, me preguntó un montón de cosas y me aconsejó otras tantas.

La misa transcurría afuera del confesionario, mientras que el simpático padre se tomaba todo el tiempo del mundo conmigo. Sin que yo lo notara, el hombre me dio toda una cátedra de teología. finalmente, me dio la absolución, me dio la mano y salí radiante y alegre directo a comulgar. El padre había dedicado toda la misa a mi confesión.

¿Nunca han sentido que Dios les manda un mensaje? Hoy me lo pareció a mí.

Thursday, August 06, 2009

Reflexiones de carretera


Se llama Mario, pero Tash y yo le decíamos Marius (por romántico) o simplemente "El loco" (porque así era su apodo). Atravezó brevemente nuestras vidas y la llenó de poesía, pasión desbordada, misterio y un cierto toque de amargura. Nos hacía reír con sus ocurrencias, nos cautivaba con su voz envolvente al leer fragmentos de Les Misèrables y en ocasiones era meláncolico y francamente pesado. Todo un personaje.

El problema de Mario es que nunca pudimos conocerlo realmente. El Mario real estaba escondido detrás de una camiseta negra con la máscara del Fantasma de la Ópera y una mirada azulada y escurridiza que no terminaba de decir lo que había en sus profundidades.

Mario vivía enamorado del amor. Y, evidentemente, sufría muchas desilusiones constantes.

Recuerdo una discusión que tuvieron él y Tash cuando estábamos leyendo unos fragmentos de Romeo y Julieta. Ella decía que el supuesto amor de esta joven pareja no podría ser verdadero y profundo. Era un enamoramiento apasionado y vertiginoso, exacervado por el odio de las dos familias y la emoción de verse a escondidas. Marius, por otra parte, defendía con vehemencia que no había amor más puro y real que el de dos jóvenes apasionados e inocentes.

¿Por qué les cuento todo esto? Pues bien, hace poco recordé este episodio de mi vida y me di cuenta de que ya tengo una respuesta para esto. En aquél entonces, racionalmente apoyaba lo que decía Tash, pero por otro lado, mi espíritu se inclinaba por el fogoso discurso del Loco. Sin saberlo concientemente, pasé mucho tiempo buscando esa pasión desbordada que no me permitiera respirar y me acelerara el corazón. Creí haberla encontrado en un par de ocasiones, pero duraba muy poco y al final me dejaba vacía y exhausta.

Con el tiempo decidí hacerle caso a mi cerebro y busqué relaciones "inteligentes" y estimulantes a nivel intelectual. Fue interesante por un tiempo, pero obviamente terminé hartándome. En el fondo seguía deseando que las ilusiones de nuestro soñador amigo se hicieran realidad algún día.

Hace poco, me acordé de la discusión de Tash y Marius. Y entonces también saltaron a mi mente las palabras que un buen amigo me escribió un día en una carta: "No confundas el amor con la mera atracción física o intelectual".

El amor no es seco y frío como una ciencia exacta, pero tampoco es un fuego desbordado que lo consume todo. Creo que el amor, más que en pasión, consiste en paz. El amor nos da felicidad y tranquilidad. El torbellino de emociones que describía el buen amigo Marius es más bien, en mi opinión, una confusión bestial. El que ama verdaderamente está en paz consigo mismo y con las personas que quiere.

Creo que, después de todo, Romeo y Julieta seguían siendo un par de adolescentes.

Thursday, July 23, 2009

Stand up for your love


"Hemos creído en el amor de Dios"
: así puede expresar el cristiano la opción fundamental de su vida. No se comienza a ser cristiano por una decisión ética o una gran idea, sino por el encuentro con un acontecimiento, con una Persona, que da un nuevo horizonte a la vida y, con ello, una orientación decisiva.

- Benedicto XVI

Yo siempre he dicho que la fe me entró por la razón. En parte es cierto, pues desde adolescente tuve una gran necesidad de entender la religión. Comencé a cuestionarme muchas cosas y me di cuenta de que no podía creer cuando algo me parecía ilógico. Fue con las clases de teología de la carrera y las largas pláticas con Zoon en el parque del kiosko de la UP, que por fin pude saciar esa cosquilla intelectual y pude convertirme al catolicismo.

De este modo, puedo decir que la fe me entró por la razón. Sin embargo, las palabras del Papa me hacen mucho sentido también. Yo no empecé a creer porque me convencí racionalmente de algo. Creo que en el fondo siempre tuve fe. Siempre creí que había algo más, algo grande y bueno. No sabía exáctamente a qué ponerle el apelativo de "Dios", pero tenía la seguridad de que existía. La experiencia personal la tenía; me faltaba poder ponerle palabras.

En el momento en el que reconcilié la experiencia con la doctrina, pude abrirme. Fue entonces cuando tuve ese encuentro con Dios del que habla Benedicto. No sólo lo entendí, no sólo era lógico, sino que también hacía sentido vivencialmente. Me volví católica porque encontré una fe que satisfizo mis deseos internos y mi necesidad de entender la religión con la razón. Ya no eran dos cosas opuestas, sino que hacían sentido juntas.

Ser católico no es una decisión ética. Tampoco es una ideología. No es algo que se defiende como una causa social o política, aunque éstas deriven de la creencia. Es algo que se vive porque llena, porque nos hace sentir completos y felices. Es algo que se experimenta en todos sentidos. Por eso ya no importa que un misterio sea respondido con la frase: "es cuestión de fe." ¡Cómo me chocaba esa frase en la secundaria! Ahora la entiendo; ahora la vivo.

Este fragmeno de Benedicto me hizo recordar la canción de "Stand up comedy" de U2: stop helping God across like a little old lady. Dios no es un partido ni ideología, la caridad no es proselitismo y el bien no es activismo.

Como alguna vez me dijo el Padre Coronel, mi profesor de teología, "ser católico es ser testigo de la vida de Cristo." No hace falta llevar estandartes, hacer grandes marchas o crear asociaciones regidas por numerosos principios. Ser católico consiste en vivir como Cristo. La caridad cristiana nace del amor y de la necesidad de actuar consecuentemente.

C' mon on ye people, stad up for your love.