Sunday, May 24, 2009

Mañana migrañosa

No es un dolor estático, sino que se mueve. A segundos duele más, a segundos menos. A veces duele con la misma intensidad, pero de modo distinto. Es palpitante, molesto y va en aumento constante.

Se siente como si un líquido corrosivo se paseara tranquilamente por un hemisferio del cerebro. Se parece al ardor, pero con un eco extraño que lo multiplica incontables veces. Es más bien como una ola que va y regresa, pero nunca desaparece.

Cansa, atonta, duele, desespera, pero se niega a irse. Lo bueno es que hoy sólo duele. Hay días en los que marea e inutiliza. Hay remedios parciales que traen un ligero alivio temporal, pero todo aquél que la haya sufrido sabe que, por más que uno intente evitarla, ella hace lo que se le da la gana. El mejor remedio es tratar de dormir. A veces, incluso ni siquiera permite conciliar el sueño, pero vale la pena intentarlo.

Sin embargo, tampoco es garantía, pues uno puede despertar renovado y tranquilo o sentir el punzante dolor desde el momento en el que abre el ojo. Ese es mi caso el día de hoy.

Esta constante molestia ha sido mi fiel compañera durante el día. Ya no la soporto. Me gustaría poder abrir mi cabeza y sacarla por la fuerza. ¿Agresivo?, tal vez, pero no puede ser peor que esto…

Thursday, May 14, 2009


Ya no quería dar clases. Estoy conciente de que el próximo semestre voy a estar muy atareada por la universidad, la tesis y los preparativos para la boda y la maestría. No quería echarme encima otra responsabilidad. Sin embargo, hace unos días fui a dar mi última sesión del curso. Siempre me pongo nerviosa antes de empezar, pero cuando comienza la clase y logro que mis alumnos se interesen, entren en conflicto, discutan y se pregunten cosas, cualquier inseguridad desaparece.

Me encanta ver sus rostros de sorpresa cuando descubren algo nuevo y me divierte la expresión que ponen cuando algo que digo no los convence. Me fascina formar una actitud crítica en ellos, despertarlos por un momento de la rutina cotidiana y hacer que se olviden del tiempo y del mundo para tratar de entenderse a sí mismos.

Me gusta mucho enseñarles lo que sé, transmitirles algo de mi experiencia y mi conocimiento, aconsejarles y guiarlos cuando me lo piden. También me encanta descubrir que yo también puedo sorprenderme y aprender muchísimo de ellos. No creo que se den cuenta, pero me han aportado quizás más de lo que yo les he enseñado a ellos.

Disfruto cambiando de ambiente unas cuantas horas a la semana y romper la rutina del diario. Me llena hablar de teología y reafirmar mi fe en un ambiente en el cual es socialmente aceptado ser católico convencido. No me molesta la diversidad de credos, pero me gusta convivir con personas que creen lo mismo que yo de vez en cuando. Curiosamente el ambiente de la UP no es tan amigable con el creyente, aunque cualquiera pensaría que por ser una universidad católica no habría problema. Sin embargo, hay una sutil tensión constante al respecto. Pareciera que se exigiera una separaración del ámbito religioso del académico y del social, cuando en realidad lo ideal sería que se dieran en conjunto en todos los aspectos de la vida.

Es impresionante el efecto benéfico que tiene en mí dar estas clases. Cuando voy de regreso manejando en el tráfico, voy contenta, tranquila y satisfecha. Y es algo que siempre me pasa. En ese tiempo sola, me vuelvo a descubrir y encuentro fácilmente las respuestas a los problemas que tenía. El mundo cambia para mí y la vida se siente ligera. ¿Quién, en su sano juicio, dejaría algo que lo hace tan feliz?

Definitivamente, yo no.

Monday, May 04, 2009

En busca del príncipe azul




Tres meses. Ese era mi límite. El enamoramiento decaía brutalmente, el hechizo se rompía y mi bellícimo príncipe azul se convertía en un mortal más, común y corriente.

Desde niña supe que quería enamorarme y vivir una historia maravillosa con un hombre que me hiciera feliz. Al principio soñaba con los héroes de mis cuentos de hadas y me imaginaba como una princesa que necesitaba ser encontrada. Después fui creciendo y cambié un poco mi visión de las cosas. Prefería ser una joven valiente, fuerte e independiente y toparme, casi por error, al hombre que quisiera acompañarme en mis aventuras. Sea como sea, quería sentir el cosquilleo en el estómago, sentir cómo se me desbordaba el corazón del pecho y mirar al cielo con una mirada apasionada.

Lo logré. Un día pude personalizar mis ilusiones en un niño hermoso y sentí las delicias de mi primer enamoramiento. A pesar de que era una adolescente orgullosa que se consideraba muy independiente y que despreciaba la cursilería, me permití ser dulce, detallista y tierna. Era completamente feliz y me imaginaba un futuro idílico con mi príncipe de cuento de hadas.

Un día, después de casi tres meses de feliz noviazgo, la burbujita se rompió. Ya no sentía la emoción del principio, la pasión me abandonó y mi niño ya no me parecía tan maravilloso. Me di cuenta de los múltiples defectos que tenía y descubrí, con sorpresa, que nuestras expectativas de la vida eran completamente diferentes. No tenía nada de malo; seguía siendo el mismo de siempre, pero ya no estaba enamorada de él.

El patrón se repitión la siguiente vez. A los tres meses, toda mi alegría desapareció y me di cuenta de que mi novio ya no me gustaba como antes. Seguía soñando con mi príncipe azul, pero ya no me sentía tan segura. Me empezó a dar miedo que la vida no fuera lo que yo pensaba y que todas mis esperanzas no fueran más que vanas fantasías.

Un buen día, conocí a otro príncipe. En esta ocasión fui mucho más precavida. Me aseguré de conocerlo bien y no idealizarlo. Identifiqué sus puntos flacos e intenté ser objetiva todo el tiempo. Finalmente, decidí arriesgarme una vez más. Me enamoré y disfruté el momento. Sin embargo, los temidos tres meses se acercaban. Efectivamente, me pasó lo mismo que las veces anteriores. Me sentía desesperada y confundida. Comencé a preguntarme si realmente la vida era así y tenía que aprender a conformarme con ella o si debía seguir adelante y no rendirme hasta encontrar a mi hombre ideal.

Estaba tan asustada, tan perdida, que tomé una decisión extremadamente arriesgada: le confesé lo que sentía a mi novio. Descubrí, con sorpresa, que él sentía lo mismo. Después de hablar con él, me atrevía a darnos otra oportunidad. No pensaba rendirme, el amor no podía ser tan gris, tan conformista.

Poco a poco, fui dándome cuenta de muchas cosas. El amor verdadero existe, pero no es tan fácil como en los cuentos. El príncipe azul es un ideal inexistente, pero eso no significa que el amor deba ser falto de pasión y emociones intensas. Aprendí a ser paciente, a conocer a profundidad y a fortalecer mi relación. Me volví a enamorar, ya no de un príncipe, sino de un caballero, de un ser humano, un hombre de carne y hueso que se equivoca, que se cae y sangra, pero que también es alcanzable. Entendí que el amor es la entrega entre dos personas, no la persecusión de un ideal encarnado. Aprendí a besar las heridas de mi guerrero y lo ayudé a levantarse cuando lo necesitó. También me di cuenta de que yo tampoco soy ninguna princesa y que también necesito que me tiendan la mano de vez en cuando.

Hoy soy capaz de comprometerme y de atarme a mi novio sin temer que no sea "el hombre ideal". Sé, de hecho, que no lo es, y precisamente en eso radica mi seguridad.




Sunday, April 26, 2009

Limpiándome las cenizas

Hace un par de semanas escribí esto. Olvidé publicarlo, pero hoy lo volví a encontrar.

Es reconfortante leer esto en retrospectiva y darme cuenta de la fuerza que puedo encontrar en mí cuando lo busco. La vida puede ahogarnos a veces y, aunque no veamos claro por la basura que nos rodea, siempre que lo decidamos, podemos salir a tomar aire fresco.





"Ya no puedo leer, no puedo escribir, no puedo hacer nada. Estoy como bloqueada. Empiezo un libro, pero después no encuentro en interés para seguirlo. Quiero publicar en mis blogs y se me ocurren varias ideas, pero no las desarrollo. Me encuentro en un estado de “idez” que me aísla de la profundidad. Voy como sedada por la vida.

Estoy demasiado metida en el mundo. Me importa comer, dormir, arreglarme, pasarla bien y cumplir mis obligaciones indispensables. Cuando tengo tiempo libre no soy capaz de producir nada. Antes dejaba de hacer tarea por dedicarme a mis manualidades y a mis escritos, pero ahora a penas termina mi día y tan sólo quiero dormir o meterme a facebook.

¿Cuándo me volvía tan aburrida, tan frívola? Me niego. No quiero perderme en lo cotidiano y superficial. Quiero pensar, sentir, producir. Quiero encontrar mi pasión, romper este tedio, esta odiosa pereza que me arrastra y me sumerge. Necesito aire fresco para despertar.

Este post es una confesión, un intento de salir de mi estado actual. Me tengo que obligar a matar al demonio de mi flojera y comodidad. Me acosa desde siempre, pero pensé que había logrado deshacerme de él. Me equivoqué. Nunca hay que bajar la guardia.
Así, pues, aquí estoy. Desenfundo mi espada."

Wednesday, April 15, 2009

Interrupciones cotidianas

Ayer llegué a mi casa en la noche y me senté con Zoon en el comedor a hacer mis trabajos de la universidad. Estábamos los dos muy tranquilos escuchando música y disfrutando de la pasividad del momento, cuando de pronto mi estómago rugió notoriamente. En lo que me paré a la cocina para prepararme un poco de botana para picar, bajó mi hermana y se rompió el silencio. Se puso a platicar con nosotros y nos pusimos a cenar. En el ínter llegó mi madre y Zoon y yo la acompañamos un rato.

De repente mi madre gritó: "¡Eso es una rata!"

No era rata, sino ratón, pero de todos modos fue alarmante la situación, porque estaba caminando por los muebles de la cocina. Nos paramos todos rápidamente y sin darme cuenta le torcí el pie a Zoon con la silla. Llamamos a mi hermano y a mi primo que estaban arriba y nos dedicamos a cazar al intruso roedor.

Fueron cerca de tres o cuatro horas intentando sacar al animalillo de la cocina. Cuando descubríamos su escondite, salía corriendo a otro mueble. Tuvimos que mover toda la cocina, sacamos los trastes para poder mover los muebles, usamos escobas, periódico, agua y hasta la aspiradora.

El pobre del Zoon estaba con su pie cucho en medio de todo el caos sin poder hacer nada. Se tuvo que ir a la mitad de la empresa y los demás continuamos con la cacería. Al final el mugre ratón se salió solito al jardín y nosotros nos quedamos con una cocina sumamente desordenada y con el piso mojado. Después de limpiar mi madre resolvió ir a cenar tacos con mi hermano, mientras que yo me subí a trabajar. A penas leí unos minutos y me quedé dormida. No he terminado mi trabajo y es para hoy.

Definitivamente, ser estudiante de filosofía e hija de familia son dos cosas altamente incompatibles.

Thursday, March 26, 2009

Angustia Heideggeriana

Hoy presencié una revolución en mi salón. Desde que llegué a clase, lo primero que me dijeron fue: "Emilia, ¿ya sabes qué vas a hacer con tu vida después de la carrera?"

Creo que fui una de las pocas personas que contestó afirmativamente, y creo que, lejos de ayudar, agobié un poco más a mis compañeros.

Entiendo la angustia, entiendo la perspectiva de un "tener que hacer" en un futuro carente de significado. El sentido lo damos nosotros, y lo damos desde el presente, desde nuestra actualidad.

Sin embargo, es una posición en la que estamos todos. En realidad, aunque tengo mis planes, nunca sabré qué vendrá, hasta que venga. Vivir es un constante riesgo, una constante apertura, y es algo que no podemos evitar. Cerrarnos al futuro no evitará que éste llegue.

Coincido con Heidegger, pero, a diferencia de él, yo no me quedo en la ontología. Yo me contesto con algo más, con una trascendencia. No soy tan original en ese sentido, pero por lo mismo, vivo más tranquila.

Saturday, March 21, 2009

Sigo aquí sentada...




Hay que aprender a esperar, aunque cueste.

Me considero una persona paciente. No siempre lo fui, pero me oblogué a aprender. De todos modos, me pesa todavía la espera. Saber lo que sigue, pero no poder alcanzarlo todavía. Estar lista desde hace horas y ver cómo el resplandor de hace un momento se normaliza.

El tiempo hace estragos. Cuando me vestí hacía calor, pero ahora el ambiente está más fresco. Cuando terminé de bañarme tenía la cara blanca, suave y limpia: ahora está como siempre.

Tal vez exagero. No es tanto tiempo, en realidad. Pero es horrible tener que esperar, en especial cuando tienes ganar de salir.

¿Si quiera estoy diciendo algo? Quién sabe, pero eso sí: desvariar en mi blog ayuda bastante.

Friday, March 13, 2009

Para filósofos y tvfilos

Está en portugués, pero igual se entiende.

Monday, March 09, 2009

Un día como cualquier otro



Se levantó una mañana como cualquier otra. Se metió a bañar, se vistió, se puso los lentes de contacto y se peinó. Luego salió a vivir. 

El día siguiente fue lo mismo. El que le vino a ese también. Pasaron muchos días, quizás años. Cada vez, se miraba al espejo para arreglarse, para pintarse o depilarse las cejas. Constantemente tenía cuidados para que su rostro se viera agradable y estético. 

También veía su cuerpo, todos los días, en el enorme espejo del baño. 

Un día, sin embargo, mientras se peinaba frente al espejo, se le ocurrió verse a los ojos. No fue un "verse" como cualquier otro día, sino que se descubrió a sí misma dentro de sus pupilas. Se quedó estática durante unos minutos, mirándose. Por un instante, se sintió desnuda. Incluso le dio un poco de miedo, pero no quería dejar de verse. Estaba como hechizada. 

Nunca sabremos qué fue lo que vio aquél día, pero desde entonces ve más allá de las cosas. Es como si hubiese obtenido una especie de poder de penetrarlo todo. 

Desde ese día, Emilia ve a los ojos de las personas como si fueran espejos. 

Wednesday, March 04, 2009

El "pero" ya es carencia

Si tienes aunque sea un "pero", no te acerques a mí. 

Estoy dispuesta a conocerte y a esperarte. No tengo reparos en confiar y soñar contigo, en planear un futuro y comprometer mi presente. Pero no me pidas que adelante lo que está llamado a ser pleno. 

Te quiero completo, seguro. Aunque tan sólo falte un pequeñísimo aspecto, si no te tengo todo, mejor no te tomo. Prefiero sufrir la espera que sufrir el desencanto. No quiero conformarme con una probadita cuando puedo comer un opíparo festín. 

Si tienes aunque sea un "pero", no eres libre para mí. La entrega es absoluta, el amor sólo es uno. 

No me pidas que trunque lo mejor que tengo para darte. No arrebates los que quiero regalarte libremente. 

Ven conmigo. Caminemos lado a lado. Superemos juntos ese "pero". 

Friday, February 20, 2009

Divagando con las ojeras puestas

Soy una de esas personas privilegiadas que "lo tienen todo". Nunca he pasado hambre, jamás se me ha negado nada y disfruto de una vida relativamente tranquila y sana. Sin embargo, independientemente de la esfera de bienestar que me rodea, la vida sigue siendo dura. Me cuesta trabajo, al igual que a todos, levantarme temprano todas las mañanas, hacer lo que tengo que hacer aunque esté cansada, aunque duela o moleste. Me cuesta encontrar el sentido de mi vida al día a día. Hay momentos en los que es más sencillo y puedo verlo todo con claridad. Pero hay semanas, como ésta, en la que la vida me pesa terriblemente.

Sé quién soy, sé qué quiero y qué me mueve. Pero también soy ser humano y tengo mis límites, tanto físicos, como mentales.

Hoy, viernes por la noche, es el único día en el que he podido sentarme tranquilamente a escribir un poco en mis blogs. Toda la semana la he pasado trabajando hasta tarde. Ni siquiera he tenido tiempo para estudiar, ya no digamos para tener vida social o momentos de ocio. El único día que salí fue ayer a la reunión de una prima por su cumpleaños y lo hice más por ella que por mí. Me la pasé bien, no lo niego, pero llevaba tantos días de desvelo y estrés que terminé a las doce de la noche en mi cama con una migraña insoportable. Ni siquiera pude estudiar para mi examen de historia.

Por favor, no me malinterpreten. Me gusta mi carrera, me fascina dar clases, me encanta compartir con otras personas, pensar, discutir y trabajar mi mente. Sé que esta semana me he enriquecido mucho, he conocido personas nuevas y aprendido muchas cosas. Sin embargo, me gustaría no sentirme tan cansada. Me gustaría poder llegar al viernes con energía para salir al cine con esa amiga que no veo hace mucho y con la cual he intentado hacer planes desde hace más de un mes. Me gustaría no sentir que me pesa el cuerpo como un pedazo de plomo y que mi alma a penas puede sostenerse más. Me gustaría que fueran más considerados en mi universidad y no se les hubiera ocurrido la brillante idea de obligarnos a trabajar a los becados. Me gustaría que no hubiera tanto tráfico, tanta contaminación y tanto ruido. Me gustaría poder dormir doce horas seguidas y despertarme fresca y tranquila.

Creo que tengo el malestar del citadino defeño, y eso es algo que desgraciadamente no se cura con puro tri-en-en.

Sé que todos nosotros lo tenemos y sé que eventualmente saldremos de este lugar con la esperanza de tener una mejor calidad de vida. Lo único que me entristece es saber que voy a extrañar a muchas personas, a mi familia, a mis amigos, las martineadas, los cafés, la vida que conozco, a ustedes... pero no debo permitir que nada de esto me detenga para seguir adelante, crecer y buscar lo mejor en la medida de mis posibilidades. Luis ya se nos fue, seguimos nosotros.

Salgamos adelante, todos. Tal vez, en unos cuantos años, podamos reunirnos a contarnos nuestras aventuras. Tal vez de verdad exista una vida en la que no me sienta tan cansada.

Wednesday, February 04, 2009

"Mocha" y "Cursi"

Si pudiera viajar en el tiempo y encontrarme conmigo misma en el pasado, cuando tenía unos dieciséis o diecisiete años, mi versión más joven se habría sorprendido bastante al conocerme. Supongo que no le encantaría del todo, pues ahora represento todo lo que despreciaba profundamente en esos tiempos. Tal vez habría tachado mi actitud actual como lo que yo denominaba “mochería cursi”.

En estos dos últimos años cambié radicalmente. Lo primero fue darme cuenta de que ya no estaba enojada con el mundo. De algún modo, había conseguido un poco de paz conmigo misma y con el ambiente yaocalliano que me rodeaba. Ya no odiaba mi medio social y, aunque no me consideraba parte de él, incluso llegué a sentir cierta comodidad. Descuidé mis defensas y mi coraza impenetrable se debilitó un poco. Fue entonces cuando recordé cómo llorar.

Al principio fueron unas cuantas lagrimitas. Pasó mucho tiempo antes de que pudiera deshacer el nudo en la garganta y llorar desde el pecho, pero cuando lo logré ya no pude parar. Lloraba por todo, pues mi espíritu estaba demasiado sensible y expuesto por primera vez en mucho tiempo. Mi familia y amigos estaban sorprendidos y algo fastidiados, pues parecía que estaba viviendo una especie de adolescencia tardía. Poco a poco fui recuperando el control de mis emociones y fui capaz de encararme con mis sentimientos. Ya no lloro por cualquier cosa, pero ahora puedo desahogarme cuando lo necesito.

El siguiente gran cambio fue la aceptación abierta de las manifestaciones de cariño. Siempre supe que la naturaleza humana está inclinada al amor, pero me incomodaba escucharlo en voz alta. Por eso descubrí con sorpresa que ahora me daban ganas de tener gestos cariñosos con las personas que me rodeaban. Recuerdo que un día me senté a ver la tele con mi hermano y, distraídamente, le acaricié la cabeza. Edgar me volteó a ver como si me hubiera vuelto loca y me dijo: “¿Qué quieres?, ¿me vas a pedir algo?”.

Suavicé mucho mi trato, dejé de usar el sarcasmo de una forma afilada y descubrí que muchas de las personas que alguna vez desprecié por no compartir mi capacidad intelectual, en realidad podían aportarme cosas muy valiosas. Me di cuenta de que todavía tenía mucho que aprender y que mi inteligencia era tan sólo un medio de conocimiento y no un distintivo de superioridad.

Entonces me permití amar y creer. Me abrí al mundo y me di el lujo de sentirme contenta y feliz.

Un día me levanté y me di cuenta de que creía en el pecado. Eso me llevó a interesarme por la religión católica y empecé a estudiar teología. Mi concepción pagana y mágica de la espiritualidad fue desapareciendo y comencé a usar palabras como "perdón", "gracia" y "providencia". Entendí a profundidad la diferencia entre religiosidad y fanatismo. Descubrí, maravillada, que la fe no consiste en renunciar al intelecto, sino que más bien es otra forma de racionalidad. Me atreví a hablar con sacerdotes y me llevé gratas sorpresas al descubrir que no todos eran unos obtusos dictadores de reglas y normas, sino que la gran mayoría tenían inquietudes intelectuales parecidas a las mías. Entendí que Dios es persona, y yo también.

Ahora sé que para ser feliz tan sólo tengo que aceptarme en mi radicalidad personal y actuar en consecuencia. Soy un ser creado para amar libremente. Estoy hecha para sentir paz. He despertado a la vida, y tengo mucho que hacer…

Friday, January 30, 2009

Rompiendo el silencio



(Advertencia: no lean este post si no han visto la película, porque voy a hablar de ella abiertamente y no se la quiero echar a perder a nadie).

Nerea ya nos ganó a todos, como de costumbre. Larisa también publicó algo al respecto, así es que me toca.

Seven Pounds. Me fascinó, en el estricto sentido de la palabra. No he podido dejar de pensar en ella desde que la vimos. Recuerdo constantemente las escenas, las palabras, los colores…

Concuerdo con Nerea en que la historia necesitaba terminar con la muerte de Ben Thomas, de otro modo el argumento no habría calado suficientemente y la obra se quedaría coja en el sentido artístico. También me gustó el aire de esperanza que dejó en el ambiente al final, pero desde un inicio supe que no estaba de acuerdo con que se suicidara.

El primer argumento que se me vino a la mente (y se lo dije a Zoon cuando recuperé el habla) es que Emily no ya no quería sobrevivir; quería un corazón para compartir su vida con Ben. Él le dio el medio, pero no le sirvió para lo que ella quería.

Es absolutamente admirable reparar un daño dando tu vida para salvar a otras personas. Pero dar la vida no es lo mismo que quitártela. Ben tenía mucho más que dar que un corazón o unos ojos. Entregó su cuerpo, pero no todo lo demás. Se sentía indigno de vivir, de amar a Emily. Prefirió morir que abrirse a ser querido por ella, acompañarla, darle esperanza y soportar el dolor de la posibilidad de perderla.

Al igual que Larisa, no estoy segura de poder llamarlo “cobarde”, pues lo que hizo implica valentía y mucha fuerza, pero, por otro lado, sí creo que le faltó humildad. No pudo permitirse el perdón. No pudo pagar el mal con un bien mayor: sencillamente hizo un intercambio equilibrado entre bien y mal.

No estoy segura, Larisa, de que el tiempo lo cure todo, pero estoy convencida de que el amor sí lo hace. Lo único que tienes que hacer es abrirte y permitirlo entrar.




Wednesday, January 28, 2009

Pedacito de pensamientos aislados sobre la soberbia

Detesto todos los sistemas que desprecian la naturaleza humana. Si es una ilusión que haya algo en la constitución del hombre que sea venerable y digno de su Autor; permítaseme vivir y morir con esa ilusión, en vez de abrir los ojos y contemplar a mi especie bajo una luz humillante y desagradable. A todo buen hombre le hierve la sangre cuando alguien desacredita sus parientes o su nación; ¿por qué no debería hervirle también cuando se menosprecia a su especie?


Thomas Reid. Carta a Lord Kames, 27 de febrero a 1778.


Es una cita que puso un profesor mío al principio de su libro. No sé por qué escogió este pasaje en particular, pues no veo que venga mucho al caso con el tema del libro, pero me llamó la atención. Thomas Reid le dice al mundo que lo dejen vivir en la ilusión de la verdad en vez de abrir los ojos a la mentira.


Me imagino que no era su intención original, pero esta frase presenta mucha humildad. El ser humano puede saber cosas sin necesidad de tener pruebas. La Verdad es una y la fe es otro tipo de racionalidad.

Friday, January 23, 2009

La ferapupra

Al pequeño laniparino le daba miedo la ferapupra. Era espantosa y tenía muy mal carácter. Hasta su nombre sonaba feo. A ella no le gustaban las aventuras y los deportes extremos. Prefería quedarse todo el día sentada, observando a los juguetones laniparinos con desaprobación.

La mayoría no le prestaba atención, pero el pequeño laniparino de pecho rojo no era más grande que la cabeza de un alfiler y se sentía cohibido por la feroz mirada de la ferapupra. Era tanto el temor que le causaba, que a veces incluso tenía pesadillas con ella. Soñaba que era un gorgodonte enorme y peludo que se lo quería comer.

Ese día el laniparino decidió no tirarse al vacío. Se escondió detrás de un grano de mostaza y esperó a que la ferapupra se marchara. Siempre habría otro rayito de sol por el cual deslizarse.

Tuesday, January 20, 2009

El laniparino

El laniparino es una animalito muy curioso. Es del tamaño de un conejo adulto, pero tiene la cara parecida a la de un mapache. Sus orejas son muy amplias y grandes, lo que le da un cierto aire de comicidad. Pertenece a la familia de los marsupiales, o tal vez de los mamíferos. Todavía no se sabe. Su cola es larga y sus ojos amarillos. También tiene unas garritas que semejan manos. Parece más un chango orejón que otra cosa. Realmente no tiene semejanza alguna con un conejo.

Los laniparinos que más me gustan tienen una manchita roja en el pecho. Sólo algunos machos la presentan, pero aún no sabemos si tiene alguna función especial. Por lo pronto, las hembras parecen no darles mayor importancia.

Cazan de noche, por lo que tienen muy buen oído, pero, curiosamente, su vista es muy mala. Comen insectos, nada más, pero al parecer es muy buen alimento, porque son extremadamente activos.

No duermen para nada. Siempre están alertas. No sé cómo un ser vivo puede subsistir sin descansar, pero yo, por lo menos, nunca he visto a un laniparino durmiendo.

Tal vez ustedes nunca hayan conocido a uno de estos simpáticos animalillos. Es muy posible, pues sólo habitan en las selvas. No son domesticables y su venta está prohibida. Tampoco es que a alguien le interese tener uno, pues no tienen ninguna utilidad. No sirven de mascotas, no se comen y no pueden amaestrarse. No existen en los zoológicos porque cuando los encierras, se dejan morir. Tienen que vivir libres, en espacios abiertos y en pequeñas comunidades.

Busqué en google una imagen de un laniparino para mostrárselas, pero al parecer son animales tan escurridizos que nunca se han dejado fotografiar.

Friday, January 16, 2009

Vivir mi fe

Me considero católica, creo en el perdón, creo en los sacramentos, creo en la gracia, creo en la redención... ¿entonces por qué me cuesta tanto trabajo confesarme?

Ahora que Nerea ha escrito sobre las contradicciones de la fe, me siento aún más llamada a ser coherente en ese aspecto. Ya llevo mucho tiempo dándole vueltas al asunto, pero es un tema que se ha vuelto recurrente en mi entorno: la vivencia de las convicciones.

Supongo que a nadie le gusta contar sus metidas de pata a un extraño, pero siento que a mí en particular me cuesta mucho trabajo. Tal vez sea porque no lo he entendido a profundidad.

El otro día, platicando sobre esto con Zoon, él me dijo: "es verdad que el sacerdote es un extraño, pero recuerda que te estás confesando con Cristo. Él es el que te perdona, no el confesor como particular" (o algo así).

Me falta humildad, ese es mi problema. No tengo reparos en reconocer que soy falible, pero tengo que aprender a decir mis errores en voz alta.

Friday, January 09, 2009

Extraña visita a mi subconciente

Anoche no pude dormir bien. Mi cerebro me jugó rudo y me atrapó en un estado mental previo a la inconciencia.

Soñé con una preciosa niña de unos ocho o nueve años con el cabello castaño, los ojos cafés y chispeantes de ilusión. A pesar de que han pasado varias horas desde que me levanté, todavía la recuerdo con claridad. Llevaba un vestido sencillo blanco sin mangas y unos zapatitos rojos muy llamativos. Traía un globo que cambiaba de colores; a veces era azul, luego cambiaba a turquesa, de pronto sacaba destellos verdosos y se transformaba en amarillo…

Era un globo fantástico y la niña lo sabía. Por eso, cuando de repente estalló sin ninguna razón aparente, la pequeña empezó a llorar desconsolada. De la nada, como sucede en los sueños, apareció una mujer muy guapa y elegante. Estaba vestida toda de blanco y traía un cinturón plateado que sujetaba una daga con una incrustación de opalina. También recuerdo que tenía el cabello largo y rubio, pero no me acuerdo de su rostro, aunque dentro del sueño yo la conocía bien. Era un personaje imponente y transmitía una sensación de fuerza y frialdad, pero al mismo tiempo era agradable.

Sin decir nada, esta maravillosa aparición arrancó violentamente la piedra azul de su daga y se la ofreció con gentileza a la niña. Ésta tomó la piedra, que ahora era un amuleto con una cadenita dorada, y se lo colocó alrededor del cuello.

Entonces el sueño cambió drásticamente. De repente estaban la mujer misteriosa y la misma niña, pero un poco más grande, como de catorce años, paradas en un lugar pedregoso y oscuro. Frente a ellas se abría un precipicio enorme que terminaba en un río de corriente rápida y agresiva. Entonces las dos se lanzaron por él y, cuando cayeron en el río, yo tomé la perspectiva de la niña y sentí cómo me zambullía rápidamente en el agua y sentía esa molestia desagradable de cuando a uno le entra líquido por la nariz.

Me desperté a la mitad de la madrugada con un ardor espantoso en la cabeza. Me había acostado con un poco de migraña, pero había esperado que se me quitara durmiendo. Temiendo que aumentara, tomé una pastilla y me volví a acostar. Recordaba vívidamente el sueño que acababa de tener y pensé mucho en él mientras me volvía a quedar dormida, un poco mareada y atolondrada por el dolor.

No sé cuánto tiempo pasó hasta que perdí el sentido, pero no alcancé a dormirme profundamente, sino que seguí soñando con imágenes que ahora tengo muy revueltas. Sin embargo me acuerdo de una parte del sueño. Yo era yo. Estaba vestida con un camisón de tela muy delgada y sentía mucho frío. Estaba en una especie de gruta oscura y húmeda y sentía las piedras frías y mojadas bajo mis pies descalzos. Estaba sola y tenía un poco de miedo porque casi no veía nada, pero de repente me acordé de mi amuleto y lo saqué. Era el mismo amuleto azul que la mujer le había dado a la niña de mi sueño, pero por alguna razón me pareció muy lógico y normal que yo lo tuviera.

La piedra despedía una luz intensa y alumbraba cada rincón de la gruta. No se me quitó el miedo, pero al menos ya podía ver por dónde pisaba. Caminé buscando una salida, pero mi amuleto comenzaba a fallar. Parecía que se le estuviera acabando la energía o algo así. Su luz era cada vez suave y yo me empecé a desesperar. Corrí para apurarme y salir antes de que se acabara la luz, pero no lo logré y me quedé a oscuras a la mitad de la nada.
Me detuve en seco y esperé a que mis ojos se acostumbraran a la oscuridad con la esperanza de poder ver algo, pero por más que lo intentaba no lograba distinguir absolutamente nada. No había ni un mísero hoyito desde el que pudiera colarse algo de luz. Todo estaba negro. Y yo estaba aterrada.

Intenté caminar tanteando el camino con mis pies y extendí las manos para no chocar con nada. Estaba completamente perdida y desorientada. Empecé a marearme y a sentir náuseas. Entonces desperté.

Abrí los ojos y una luz muy fuerte me lastimó. Ya estaba amaneciendo y yo todavía tenía migraña. Cerré los ojos y me tapé la cara con la almohada. Cualquiera que haya padecido este mal, sabe que la luz provoca mucho sufrimiento, al igual que el ruido.

Lo peor no era el dolor, sino el mareo. La cabeza me daba vueltas y yo no me atrevía a levantarme por miedo a caerme. Intenté dormirme, pero me pasó lo mismo que la vez pasada: entré en un sopor nebuloso y extraño. No estaba conciente ni dormida y el dolor seguía.

Ahora estaba parada sobre pasto fresco y muy verde. Frente a mí había una grieta enorme y negra. Sabía que tenía que atravesarla de algún modo para llegar al otro lado del campo, pero era demasiado ancha para brincarla y temía caer en ella. Entonces vi a la mujer de blanco. Estaba parada en el otro extremo de la grieta, pero ya no era la misma. Ahora pude reconocer su rostro: sus ojos azules, su nariz, sus labios…

No me dijo nada, pero me sonrió y yo empecé a llorar. Fue un llanto profundo, que salía de mi pecho. También fue liberador. Me sentí más fuerte y, aunque el dolor aumentaba, tomé la decisión de dar un paso al frente. Caí por la grieta sin fondo, pero ya no tenía miedo, aunque sabía que el golpe me iba a lastimar.

Abrí los ojos. Natalia ya se había levantado y yo estaba sola en el cuarto. La cabeza me seguía doliendo, pero había disminuido el mareo. Desde entonces no he podido dejar de pensar en esta noche. Fue horrible porque no descansé nada, pero por otro lado me dio mucho que pensar.

Tal vez debo dejar de cenar tanto, jeje.

Thursday, January 08, 2009

Limpieza

Estrenando año, amigos, trabajo... ¿Por qué no estrenar también un nuevo look de blog?

Es tiempo de hacer limpieza, de deshacerme de todo lo que ya no quiero, de lo que me sobra, como bien dice el estimadísimo Zoon Romanticón. Y el exceso de verde ya me era molesto. Sigue y seguirá formando parte de mi rinconcito de expresión (después de todo, es mi color favorito), pero creo que es más sano para la vista y para el ánimo despejar un poquito el panorama.

Y también será bueno que le dedique más tiempo, lo he tenido francamente abandonado. Espero que mis amigos de la blogósfera sigan dándose una vuelta por estos lares a pesar de todo y no dejen de comentar.

Bienvenidos a mi renovado espacio de inspiración nocturna ;)

Friday, January 02, 2009

Una simple lección de jardinería



El desierto era enorme, árido y seco. No había nada más que arena blanca y fina en muchos kilómetros a la redonda. El sol dejaba caer sus ardientes rayos sobre el insípido paraje tornándolo aún más sofocante, pues ya de por sí la soledad era asfixiante. No había ni una sola nube asomándose por el cielo. Ni siquiera un triste animalillo o insecto pasaban por ahí. Todo estaba sumido en un silencio absoluto.

De pronto, una figura salió desde detrás de una duna. Era una mujer anciana, flaca y decrépita. Cargaba una pronunciada joroba en la espalda y su piel estaba tan surcada por las arrugas que parecía la corteza de un árbol. Sus cabellos grises y sucios caían desordenadamente por sus hombros, y vestía con ropas viejas y en muy mal estado. Avanzaba lentamente con la ayuda de un bastón de madera que se hundía en la arena a cada paso. Tenía los ojos vidriosos y caminaba errante sin encontrar su camino.

La sola visión de esta mujer era repulsiva e y atemorizante. Parecía sacada de una tumba o de un cuento de horror. No hacía otra cosa más que caminar, pues no tenía otra opción. Caminaba lastimeramente, dejando sus huellas perdidas en la inmesidad del desierto.

Pasó así varias horas, tantas que parecían eternas. Entonces, se detuvo. Frente a ella, salido de la nada, se hallaba un hombre joven de unos treinta y tantos años. Estaba vestido con una túnica del color de la arena y su piel estaba dorada por el sol. Tenía el cabello oscuro y una barba poblada cubría su rostro, pero su frente y ojos estaban descubiertos. La anciana no podía ver el camino, pero sí podía ver con claridad a aquel hombre. Podía ver sus ojos y la profundidad de la mirada que le dirigían. La mujer sintió como si esos ojos pudieran atravezarla y ver su interior.

El hombre no dijo nada. Su semblante era serio, pero no severo, sino más bien suave. Extendió una mano en la que llevaba una pequeña semillita y se la ofreció a la anciana. Ella se rió con una carcajada cascada y desagradable. Tomó la semilla y la sostuvo en su mano. Con agilidad y soltura obligó a la semilla a crecer. Al pincipio ésta se resistió, pero la anciana era diestra en su arte y pronto logró que la semilla se transformara en una flor. Sus pétalos eran transparentes y puntiagudos, duros al tacto. Era una flor bella, sin duda, pero fría y carente de vida.

La anciana sonrió con amargura y le mostró al hombre su creación con jactancia. Él no sonrió. Sacó otra semilla igual de su túnica y sin grandes ceremonias, la puso en el suelo árido. Después colocó su mano encima. Poco a poco, unas gotitas de agua cristalina resbalaron por sus dedos y cayeron encima de la semillita. Después el hombre se sentó a esperar. La anciana se sentó también. Esperaron mucho tiempo. La muejer no estaba segura de si habían sido días o semanas. Poco a poco, la semilla germinó. Un pequeño brote salió de ella, creciendo a cada instante. Llegó un momento en el que el brote se transformó en una planta que comenzó a florecer. La anciana no parecía sorprendida, sino más bien aburrida. Se burló del hombre y colocó su dura flor en el piso. De nuevo la forzó a crecer hasta que ésta alcanzó el tamaño y la forma de un árbolillo. Era un árbol extraño, pues todo él era transparente y duro, como de hielo. Sus ramas crecían retorcidas en varias direcciones y sus flores eran todas iguales: duras y puntiagudas.

El hombre lo vio y no se inmutó. Siguió sentado en la arena, pendiente de su arbusto que seguía creciendo lentamente. La mujer ya estaba cansada, pero por alguna razón no quiso separarse de él. Había estado muy sola por demasiado tiempo y este hombre era la primera persona que veía en mucho tiempo. Se sentó a su lado y se quedó dormida.

Cuando despertó vio al hombre sentado en la misma posición. Entonces la anciana miró hacia el arbusto y se dio cuenta con sorpresa que ahora era un árbol robusto y sano. El hombre volteó a verla y por primera vez le sonrió. La anciana no reaccionó por la impresión. Entonces él se paró y se dirigió a su árbol. Extendió una mano y cortó uno de sus frutos. Era grande, brillante y apetitoso.

El hombre se lo ofreció a la anciana que lo aceptó con júbilo. Mordió el fruto y su delicioso jugo resbaló por sus labios. La mujer fue presa de un hambre repentina y comió del fruto hasta saciarse. Mientras tanto, el hombre se acercó hacia el raquítico árbol de la anciana. Ella levantó la mirada y vio con horror que el hombre estaba repleto de heridas. Su piel estaba llena de llagas y rasguños que sangraban abundantemente. Él levantó su mano y, como lo había hecho con su semilla, dejó caer unas cuantas gotas desde sus dedos. Sin embargo, ya no eran cristalinas, sino de un rojo escarlata.

La anciana estaba sorprendida y no sabía qué hacer. Vio cómo su árbol se teñía con el color de la sangre y poco a poco se iba rompiendo con un crujido estremecedor. Los pedazos cayeron al suelo y se hundieron en la arena. Entonces la mujer sintió un terrible dolor en el estómago. Comenzó a toser con violencia y sintió como si su cuerpo fuera a estallar. Se tiró al piso y cerró los ojos. Soportó lo que le pareció una eternidad de sufrimiento hasta que de pronto, el dolor cesó.

La mujer abrió los ojos para encontrarse con el hombre de la túnica. Ya no tenía heridas y no había rastros de sangre. La anciana tocó sus propias manos y sus mejillas. Ya no estaban arrugadas. Su piel era suave y sus cabellos brillantes. Ya no tenía la joroba y sus miembros eran fuertes y jóvenes. Sus ojos estaban limpios, como los de una niña. El hombre le extendió una mano y la ayudó a levantarse. Entonces se dio cuenta de que en el lugar en donde había estado su arbolillo ahora crecía una pequeña flor de pétalos rojos. Era lo más hermoso que jamás había visto en su vida.

El hombre sacó un saquito lleno de semillas de su túnica y se lo dio a la niña de ojos brillantes. Ella entendió y se llenó de una felicidad casi incontenible.

Comenzaron a caminar juntos. El desierto era grande y quedaban muchas semillas por sembrar.