Sunday, June 29, 2008

Recuerdos de un jardín olvidado: respuesta a un post de Artemisia



-Amiga, mía- le dijo una anciana orquídea- Recuerda quién eres en verdad. Tú no eres una flor azul de campo, sino una hermosa rosa blanca. Tus pétalos compiten con el resplandor nocturno de la Luna y tu belleza contrasta con las espinas guerreras que te han acompañado en tus aventuras.

La pequeña flor levantó la mirada de la tierra vio a su amiga la orquídea.

-No soy quien tu recuerdas- le contestó. -He conocido otro mundo, mucho más grande que mi pequeño jardín. Ahora sé que hay seres más grandes y hermosos que yo. He aprendido a ser humilde.

-¿Es eso verdad?, ¿entonces por qué te deshojas, florecita? Acuérdate que la verdadera humildad es saberte digna por quien eres, aun cuando en este enorme mundo haya flores mucho más bellas y grandes que tú. No te apagues, mejor muéstrales cómo brillas tú y enséñales a buscar su propio color. No quieras esconder tus pétalos tas otro color: la sencillez de tu blanco y la delicadeza de tu textura son los dones que tienes para regalar a este mundo. Si los escondes, serás una planta estéril.

La florecilla comprendió. Le costó trabajo, pero recordó cómo brillar y lo hizo mucho mejor que antes, pues había conocido el valor de la humildad.

Saturday, June 21, 2008

Una vida en un trayecto (Tercera parte)


La estación del tren estaba llena de gente, pero el ánimo general era sombrío. Afuera estaba lloviendo y hacía frío. Las personas caminaban de un lado a otro, llevando maletas y revisando los horarios de llegada de los trenes. Había señores vestidos de trajes oscuros y con sombrero que cargaban portafolios, mujeres llevando a sus hijos de la mano, jóvenes que subían a los vagones con impaciencia y ancianos que regresaban cansados y con la nostalgia pintada en sus rostros.

Los guardias de la estación, vistiendo sus pulcros uniformes, se paseaban lentamente por el lugar, revisando que todo estuviera en orden. Constantemente se detenían a dar indicaciones a algún viajero perdido o a ayudar a alguna viejita con su equipaje, pero inmediatamente después regresaban a sus puestos de siempre.

A veces pasaba algún conserje, también uniformado, aunque de manera diferente, llevando un carrito con una cubeta de agua, una escoba, un trapeador y demás objetos de limpieza. Las personas caminaban apuradas a su alrededor, esquivándolos en su carrera por encontrar el número de tren que los llevaría a su destino.

También había algunos vendedores ambulantes, llevando cajas con cigarros, dulces y otras chucherías. Los mendigos, con sus ropas sucias y rasgadas, se sentaban a los pies de las columnas y pedían dinero a los transeúntes. El sonido de la lluvia golpeando el techo laminado se mezclaba con el ruido metálico de los trenes, los frenos al enfriarse, y su característico silbido. Todo esto, con las voces y las pisadas de las personas, formaba un ambiente general que se escuchaba con eco en todos los rincones de la estación.

Virginia observaba todo este movimiento parada en uno de los andenes de la estación. Estaba cubierta por una gabardina y con una de sus manos enguantadas cargaba un paraguas negro que escurría en el piso. Su sedoso cabello estaba recogido recatadamente y descansaba debajo de un elegante, pero sencillo sombrero de dama. Llevaba zapatos de tacón, medias y una cartera a juego. Se había pintado la boca de rojo y se veía muy guapa y formal, pero no sonreía. Tenía la mirada perdida en la multitud que pasaba y estaba pensativa. Entonces una vocecita aguda la sacó de sus reflexiones.

-¡Mamá!- exclamó un pequeño niño sonriente que caminaba hacia ella. En una de sus manitas llevaba un cono con una enorme bola de helado de chocolate, el cual también se alojaba alrededor de su boca manchada, y con la otra tomaba de la mano a un hombre alto y de porte elegante.

Virginia le devolvió la sonrisa al pequeño y levantó sus ojos tristes para encontrar la mirada de su esposo. Él también le sonrió, pero era más un gesto de comprensión que uno de alegría. Se miraron directamente a los ojos durante unos segundos. Era una mirada cargada de sentimientos, de miedo, tristeza y amor. El niño, por su lado, se encontraba ajeno a la difícil situación por la que pasaban los adultos y se dedicaba a chupar su golosina con gran satisfacción. Su mundo aún se componía de cosas sencillas y estaba llena de pequeños placeres, como observar con fascinación las enormes ruedas de los ferrocarriles o regocijarse con el maravilloso sabor del chocolate. Él aún no entendía lo que significaba una despedida, no había sentido el vacío de la soledad ni comprendía los intereses y problemas que desataban una guerra. Tan sólo estaba ahí, en la estación de trenes, viendo cómo sus padres se unían en un largo abrazo y cómo una lágrima caía silenciosa por la mejilla de su madre. Entonces su padre se acercó a él, le acarició la cabeza y le dedicó una sonrisa. En ese momento no se dio cuenta, pero años después recordaría ese sencillo gesto como la despedida de su padre, la primera de su vida.

El silbato anunció la hora y el hombre vestido con su ropa de viaje abordó el tren. Volteó una última vez para mirar a su familia y desapareció por la puerta que lo llevaría a su vagón. Virginia se quedó parada en la estación mientras la locomotora comenzaba a trabajar, las llantas rechinaban contra el acero de los rieles y el vapor salía a presión por la gran chimenea. La gente seguía pasando a su alrededor, totalmente indiferente a su dolor y al miedo que sentía y que amenazaba con hacerle un nudo en el estómago. Los vagones empezaron a avanzar, primero lentamente, acelerando poco a poco y alejándose de ella. Buscó a su esposo con la mirada, esperando poder verlo en alguna de las ventanillas, pero el movimiento de los vagones confundía las siluetas de los pasajeros y no logró distinguirlo de los demás.

Cuando el tren se perdió de vista, la mujer, que ahora se parecía más a una sombra, tomó al niño de su pequeña mano y se dispuso a dejar la estación. Iba con la mirada perdida y vidriosa, mientras que el pequeño avanzaba a su lado en silencio, pues intuía que su madre necesitaba estar sola. Pero entonces vio algo que le llamó la atención y no pudo evitar decírselo a su madre. Le dio un tironcito a su falda y señaló hacia una de las puertas de la estación.

-¡Mira, mamá!- dijo con sorpresa.

Virginia volteó a donde le indicaba su hijo y se paró en seco.

Parado, bajo la oscuridad, se encontraba un muchacho flaco y desgarbado, vestido de negro, con el cabello despeinado y los ojos claros observándolos desde lejos. Virginia no dijo nada, pero se dirigió hacia él, con el niño tomado de su mano. El extraño personaje no se inmutó y cuando ambos llegaron a donde se encontraba, se agachó para mirar al niño. Éste se sintió un poco intimidado y se escondió detrás de la falda de su madre, lo que provocó una sonrisa en el rostro el muchacho.

-Tiene tus ojos -le dijo a Virginia.

Ella sonrió, pero esta vez lo hizo con la mirada también.

El muchacho comenzó a hurgar en uno de sus bolsillos, buscando algo que al parecer no podía encontrar. Hizo varios movimientos y gesticulaciones graciosas, logrando que el niño riera y saliera, aunque no del todo, de la protección de su madre. Entonces el joven pareció recordar en dónde había guardado el misterioso objeto que buscaba y, con una de sus manos enguantadas, sacó una pelotita roja de la oreja del pequeño y se la ofreció. El niño volvió a reír y aceptó el regalo, el cual comenzó a botar de inmediato. Entonces, el joven se paró y volteó hacia Virginia.

-¿Esta vez no vamos a bailar? –preguntó ella en un susurro.

El muchacho negó con la cabeza.

-No esta vez –dijo con suavidad.

Entonces le tendió uno de sus brazos. Virginia vio que en el codo de su gabardina tenía un parche y que su sombrero seguía tan viejo como siempre. Por un momento, la escena le recordó a un momento de su infancia, cuando él le ofreció su mano para invitarla a bailar. Durante un instante le pareció volver a sentir la magia fluyendo por sus venas. Era una sensación cálida y protectora.

Aceptó el brazo, gustosa, y llamó a su hijo, el cual se unió a ellos corriendo, feliz con su nuevo juguete.

El extraño personaje tomó el paraguas negro de Virginia y lo abrió con cierta ceremonia.

-Vamos –dijo. –Que ahora es cuando más me necesitas.

Y entonces los tres salieron de la estación, enfrentándose a la lluvia e internándose en la niebla que los envolvía. Por un breve instante, tanto la madre como su hijo, sintieron que todo estaría bien.

Sunday, June 15, 2008

Una vida en un trayecto (Segunda parte)




Las notas del piano volvieron a sonar. Ya no venían de aquel piano blanco de cola, sino de uno un poco más pequeño y viejo. Sin embargo, la intérprete aún era la misma. Virginia movía sus dedos con mayor suavidad y lentitud, pero sin haber perdido su agilidad. Era unos años mayor, con lo rasgos finos, pero marcados y unos ojos vivos y despiertos. Su cabello seguía siendo igual de hermoso, pero ahora lo llevaba atado en una trenza un poco despeinada y algunos cabellos le caían por delante de las orejas. Ya no llevaba su vestido blanco, sino que una sábana la cubría de la cintura para abajo, dejando sus hombros, pecho y espalda desnudos. Su cuerpo y su alma eran los de una mujer y, aunque ya no vivía en el enorme caserón de su infancia, el extraño personaje de la ventana se las había ingeniado para dar con ella. Se acercó y puso una mano en el hombro de Virginia. La joven, sin dejar de tocar, sonrió ante el cálido contacto del muchacho. Seguía siendo igual que cuando lo había visto por primera vez; su cabello despeinado, el sombrero de copa y su bastón.

-¿Esta vez también me llevarás a bailar?- preguntó sin despegar la mirada de las teclas, pero el extraño personaje siguió escuchándola sin contestar.

La melodía flotaba en el ambiente como el recuerdo de su primer encuentro, pero, por alguna razón, no se sentía igual. Había un cierto dejo de nostalgia que lo cambiaba todo.

La casa en donde se encontraban era mucho más pequeña, pero más cálida que la anterior. Era toda de madera, con los muebles mucho más sencillos y pocos adornos. El piano en donde tocaba Virginia estaba en la sala, donde había una ventana adornada con macetas de flores rojas que daba al mar. A un lado había una pequeña chimenea de piedra y más allá estaba la puerta sencilla que daba a la cocina. Del otro lado estaban las estrechas escaleras y la entrada de la casa, de la cual salía un camino marcado en la hierba verde por las llantas de un coche. Era un lugar hermoso, solitario y tranquilo.

-¿No bailaremos esta vez?- insistió Virginia.

El extraño personaje permaneció en silencio y se quitó los guantes blancos de las manos. Entonces pasó con suavidad uno de sus dedos por el cuello de la joven y tocó su espalda desnuda.

Virginia sintió el contacto en su piel, pero siguió tocando como si nada hubiera sucedido. Después el extraño muchacho se sentó en una silla a un lado del piano y miró por la ventana. Vio el azul del mar y luego se fijó en las flores rojas de las macetas: estaban abiertas y resplandecían al sol.

Entonces se oyeron unos pasos amortiguados por la música y pronto apareció una persona bajando por las escaleras. Era un hombre joven, muy atractivo, con el cabello castaño y la piel bronceada. Traía puesta una bata y bostezaba y restiraba como si se acabara de levantar. Al llegar a la sala miró a Virginia con una sonrisa, se acercó a ella por detrás y se agachó para darle un beso en la mejilla. No se fijó en el muchacho que seguía sentado a un costado del piano y se dirigió arrastrando los pies a la cocina.

-Parece un buen hombre. ¿Te trata bien?- preguntó el joven.

Virginia sonrió y asintió sin levantar la mirada. Su voz era tal y como la recordaba, a pesar de los años.

Los dedos de Virginia seguían moviéndose sobre el teclado y el muchacho los veía como hipnotizado. Entonces alargó una mano, abrió un poco la ventana y arrancó una de las flores rojas de una de las macetas. Se paró con tranquilidad y la puso en los negros cabellos de la joven.

-Sólo vine a visitarte, pero veo que estás bien. Hoy no bailaremos porque he escuchado cómo tocas y sé que ya no me necesitas.

Las notas murieron lentamente conforme Virginia iba terminando hasta que sólo hubo silencio. El muchacho tomó una de sus manos y la besó con suavidad. Ella lo miró a los ojos y sonrió. Entonces él desapareció.

Wednesday, June 04, 2008

Una vida en un trayecto: cuento en cuatro entregas

Hace mucho, cuando todavía hacía largos trayectos en el camión escolar del Yaocalli, mientras escuchaba una canción de piano, se me ocurrió una historia. Desde ese momento comencé a escribirla, pero la dejé incompleta. Años después la encontré y decidí continuarla, pero con un toque diferente al que había pensado originalmente. Ahora, después de algún tiempo más, he decidido terminarla y publicarla. Sin embargo, a pesar de que es un cuento completo, me parece que es mejor publicarlo poco a poco, al igual que su elaboración. Por lo tanto, quien quiera leer este cuento deberá hacerlo en fragmentos, los cuales iré publicando semanalmente.

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UNA VIDA EN UN TRAYECTO


Era muy tempranito en la mañana. El sol apenas se filtraba por las delgadas cortinas del salón. Era una casa grande con las paredes color crema, las puertas y los marcos de las ventanas blancos y los muebles de maderas finas. Grandes estatuas de un blanco inmaculado que representaban a algún personaje mitológico adornaban las esquinas de los grandes salones con alfombras finas y candiles dorados. El piso estaba cubierto por lozas de mármol y en los muros colgaban grandes cuadros y algunos espejos con marcos de hoja de oro. Toda la casa estaba en silencio, a excepción de un pequeño salón ubicado en una esquina del edificio, en donde se podían escuchar las notas de una delicada melodía.

Desde este salón, igualmente pintado y amueblado, se podían ver los verdes árboles del jardín central y un pequeño estanque en donde nadaban peces de colores luminosos. La estancia era de las más pequeñas de la casa, pero aunque había muchas otras de mayor tamaño dentro del enorme caserón, ésta era la más tranquila y agradable. Además, en una esquina de la habitación había un precioso piano de cola, lo que la hacía la preferida de Virginia. Ésta era la señorita de la casa. Siendo hija única y estando sus padres de viaje frecuentemente, la muchacha había aprendido a hacer de la música su única compañera. Esa mañana, como cualquier otra, se hallaba sentada al piano acariciando las teclas con sus delgadas y ágiles manos. Sus dedos se movían con precisión al interpretar una alegre melodía. Era una niña muy hermosa con la piel blanca, los labios encarnados y una larga cabellera de un negro brillante que caía ondulada por su espalda. Sus facciones eran finas y delicadas, tenía unas pestañas largas y fuertes y unos ojos cristalinos desde los que se asomaba una ilusión infantil. Aún no había cumplido los quince años, pero en su pequeño cuerpo ya comenzaban a insinuarse sutilmente las formas de una mujer. Llevaba un vestido blanco de varias capas de tela vaporosa que le llegaba hasta debajo de las rodillas, dejando ver unas piernas delgadas y bien formadas que terminaban en unas zapatillas igualmente blancas.

Todo en ella era hermoso, pero no era su belleza, sino la música que tocaba, lo que tenía embelezado al extraño personaje que la miraba desde la ventana del salón. Era un joven alto y muy delgado de cabello rubio despeinado, ojos claros y piel bronceada. Vestía un traje totalmente negro con camisa de puño y llevaba un sombrero de copa y un bastón de madera recargado contra el piso. Cualquiera que lo hubiera visto habría pensado que era un muchacho común y corriente vestido de una manera inusual, pero había algo en su mirada, tan vacía y llena a la vez, que lo volvía inhumano.

Levantó una de sus manos enguantadas y tocó ligeramente en el vidrio de la ventana que se abrió con un ligero rechinido. Virginia no le prestó atención y siguió tocando, mientras el joven se introducía a la habitación por la ventana. Entonces se acercó al piano y permaneció detrás de la muchacha, observando cómo sus blancas manos se movían con rapidez a lo largo del tablero. Así permaneció un buen rato, escuchándola simplemente, mientras ella continuaba sin dar señas de que notaba su presencia. Después de varios minutos que transcurrieron en la más apacible serenidad, el extraño personaje sacó algo de la bolsa del saco. Mantuvo el puño cerrado y caminó tranquilamente hacia el centro del salón, en donde dejó caer un polvo brillante que se fue esparciendo lentamente por la estancia formando una nebulosa. La nube de polvo fue creciendo hasta llegar al techo y a las paredes de la habitación. Poco a poco, de una manera casi imperceptible, el salón fue cambiando en tamaño y apariencia. Los muebles se deformaron y alargaron hasta convertirse en enormes y poderoso árboles que traspasaron el techo con facilidad, del cual comenzaron a caer pedazos que se convertían en tierra mojada antes de caer al suelo. Las paredes se oscurecieron y cambiaron su textura a una más áspera y rugosa, semejando rocas, mientras que las alfombras se fueron alargando y desvaneciendo hasta formar parte de un suelo frío y húmedo al que le crecían hierbas y flores de un rojo brillante. Lentamente, la habitación entera se fue transformando en un pequeño bosque abovedado. Incluso brotó un pequeño manantial del piso que fue marcando un surco por la tierra hasta formar un riachuelo. Lo único que permaneció en su lugar fue el elegante piano de cola en donde la pequeña Virginia aún tocaba. La melodía había adoptado un tono histérico, mientras los dedos de la joven seguían moviéndose con impresionante agilidad. Sus ojos azules estaban fijos en las teclas, concentrada en los últimos movimientos de la pieza.

El techo del salón había desaparecido por completo, dejando al descubierto un cielo que se había oscurecido de pronto. Varias estrellas empezaron a brillar, al mismo tiempo que la luna dejaba caer sus rayos plateados.
El extraño personaje se encontraba parado en medio del bosque, observando su obra con complacencia y admiración. Entonces se sacudió un poco el traje del que salió un poco de polvo plateado, y se acomodó su sombrero. Volvió hacia Virginia justo cuando ésta terminaba las últimas notas…

El silencio tomó la habitación por unos segundos y entonces Virginia despertó de su ensoñación. Levantó la mirada y el extraño muchacho le sonrió y le hizo una reverencia. Después se enderezó y le tendió una de sus manos enguantadas. Virginia dudó unos segundos, pero pronto le regresó la sonrisa y tomó su mano con familiaridad. Nunca lo había visto en su vida, pero pareciera que lo conocía desde siempre.

Las notas de un hermoso vals comenzaron a sonar y a llenar la habitación transformada en la que se encontraban.

-Acompáñame a bailar –dijo el muchacho, que tenía una voz suave y áspera.

El joven guió a Virginia hasta el centro del pequeño bosque y ambos comenzaron a bailar. Un paso a la derecha, otro a la izquierda… poco a poco se fueron sumiendo en un mundo encantado y lleno de fantasía. Entonces sus cuerpos empezaron a flotar, dando pasos en el aire, como si todo lo demás no importara. Lo único que existía era el baile.

A su alrededor, las cosas comenzaron a cambiar de nuevo. Los árboles empezaron a mecerse de un lado a otro, siguiendo el compás de la música y formando un círculo, en cuyo centro las figuras de la niña y el joven se deslizaban en el aire. Hadas y duendes aparecieron de la nada, desde detrás de las plantas y las flores. Eran criaturas pequeñas y curiosas que observaban a la pareja que bailaba, mientras brincaban de un lado a otro con sus ligeros pies. Soltaban polvos de colores que hacían que los capullos se abrieran lentamente. Entonces, de entre los pétalos de las flores recién levantadas, salían más de esos pequeños seres, que reían con sus vocecitas alegres y se trepaban a los árboles que seguían moviéndose con la música.
También había luciérnagas, las cuales volaban por todo el lugar, iluminando a su alrededor con sus pequeñas luces azuladas y verdosas. Parecían pedacitos de estrellas flotantes, que se mantenían suavemente en el aire cálido de esa noche mágica.

Pero, de pronto, los cuerpos de Virginia y el extraño personaje comenzaron a perder altura, bajando lentamente hasta que sus pies tocaron el suelo. El joven sonrió y se separó de la niña, haciéndole, de nuevo, una profunda reverencia. Virginia estaba embelezada con toda la magia que la rodeaba y ella también se inclinó ante su peculiar visitante. Entonces el muchacho, sin quitar la sonrisa de su rostro, abrió el saquito del cual había sacado el polvo momentos antes. Poco a poco, los árboles, las flores y las hierbas fueron disminuyendo su tamaño, soltando un polvo colorido que se iba flotando hasta el saco que sostenía el joven. Los elfos y hadas se apresuraron a esconderse, perdiéndose de vista de inmediato. El cielo abovedado volvió a ser el techo de una elegante estancia, pintado de color blanco y sosteniendo un candelabro dorado. Las luciérnagas desaparecieron y las paredes volvieron a aparecer a su alrededor, con los acostumbrados cuadros y retratos colgados en sus respectivos lugares. El piano estaba donde siempre y la habitación estaba iluminada por la luz tenue de la mañana, como si nada hubiera pasado.

Virginia volteó hacia donde estaba el extraño personaje, buscando una explicación, pero no lo vio por ningún lado. Buscó a su alrededor, pero había desaparecido.

Entonces la joven escuchó su nombre. Su nana la llamaba para ir a desayunar. Virginia salió del cuarto corriendo y sus pasos resonaron por las paredes del antiguo caserón.

Wednesday, May 21, 2008

Con otra mirada



Este cuadro me gusta desde que lo conozco porque me parece bonito y con un toque de misterio. Sin embargo, no sabía todo el significado ideológico que trae consigo.

Vermeer era un hombre que vivía rodeado de puritanismo. Los puritanos creen que es indecente que una mujer muestre su cabello (es casi peor a que muestre su cuerpo desnudo). También era considerado inmoral que llevaran joyas o atuendos muy llamativos, pues es una manera de darse importancia y mostrarse como objeto de deseo.

En este cuadro, que hasta hace poco me parecía de lo más normal y decente, se esconde una fuerte crítica contra el puritanismo. Vermeer muestra una muchacha con el cabello tapado, como acostumbraban las mujeres puritanas, pero en vez de hacerlo con una cofia trae una pañoleta de tela colorida que cae coquetamente por su espalda. No la pintó de frente, sino de lado, como invitando al observador a pasar con ella. También tiene los labios sensualmente abiertos, al mismo tiempo que mira con una intención lasciva. Por si fuera poco, el tema central del cuadro es el arete de la muchacha, el cual el un símbolo ostentoso de su inmoralidad.

Nunca antes se me había ocurrido ver este cuadro con estos ojos, pero me pareció muy interesante. Tal vez Artemisia nos podrá decir algo más al respecto.

Tuesday, May 13, 2008

"Emilia, ya no sonríes."




Hace algunos años, aunque parecen muchos, cuando aún veía hadas y duendes detrás de los árboles y todavía escuchaba la voz de las plantas y la tierra, yo era una niña alegre de ojos brillantes y espíritu soñador.

Creía indiscutiblemente en la magia, me sabía una niña bonita y buena y mi paradigma de felicidad eran los finales de los cuentos de las princesas Disney. Después crecí y me di cuenta de que la adultez no llega con los dieciséis años y que no existe el príncipe azul que te salva de todas tus dificultades y te soluciona la vida por el resto de la existencia. Sin embargo, no perdí la confianza en el mundo y en mí misma. En vez de soñarme como princesa, me sabía una bruja: fuerte, poderosa, independiente y conocedora de la magia que habitaba en la naturaleza.

Los árboles me hablaban y me mostraban que hay un orden en el mundo y que yo era capaz de comprenderlo y de poseer su belleza y su bondad. Me sentía grande y orgullosa de mí misma, pues aunque estaba sola, me encontraba conectada con el universo. ¿Para qué necesitaba a las demás personas si ya tenía el cosmos entero?

Durante toda mi adolescencia ardí interiormente, consumiéndome en mi propia pasión. Me di cuenta de que cada vez me enorgullecía más de mí y a cada paso que daba me parecía comprender mejor al mundo, pero también mi insatisfacción crecía. El universo era mío, pero tenía que haber algo más allá, algo que terminara de llenar el huequito que había en mi alma y que se estaba convirtiendo en un enorme cráter. Entonces volví a crecer y me percaté de lo pequeña que soy. Me avergoncé de mi soberbia y renuncié al cosmos para encontrarme con el resto de la humanidad. Me supe tan sólo un individuo en una infinita pluralidad de seres. Fue entonces cuando me permití volver a soñar con la felicidad, pero en vez de imaginarme como una princesa, deseé convertirme en mujer.

El problema fue que, en mi afán de destruir mi soberbia, apagué mi propia luz. Me hice realmente insignificante en aras de una malentendida humildad. Reconocí todos mis defectos, pero también negué mis bondades. Me volví gris y dejé de sonreír.

Ahora, después de haber hablado con personas que quiero y de entender algunas cosas, me sé especial, aunque no superior. Me sé única, irrepetible e insustituible. Me siento amada y elegida para llevar a cabo una tarea en este mundo. La naturaleza me sigue hablando. Ahora me cuenta acerca de Dios, un Dios de amor, y me sigue mostrando mi pequeñez, más no mi insignificancia.

Es verdad que he cambiado y ya no sonrío con los labios, como lo hacía antes, pues llevo la alegría en mi interior y se manifiesta día a día a través de otros gestos. La pasión ya no me consume, sino que me impulsa. Es cierto que me canso más, pero es normal. A fin de cuentas, estoy aprendiendo a brillar sin cegarme.

Monday, March 24, 2008

Pluma Entintada está de regreso



Últimamente me ha costado mucho trabajo escribir. Mis cuadernos "elegantes" (los que no son rayados o cuadriculados para la escuela) están prácticamente abandonados. A penas publico algo en los blogs que no sean videos o imágenes, y los personajes de mis cuentos ya perdieron sus rostros.

Es extraño. De pronto, ya no me interesa tanto producir, sino aprender. Todo este tiempo de "bloqueo de escritor" lo he pasado leyendo, viendo películas y pensando mucho. Ha sido un tiempo de invierno, como dice Artemisia. Me he dedicado a invernar.

Pero ya llegó la primavera, según tengo entendido. Las jacarandas ya alfombraron la ciudad de lila y el mundo parece estar urgido de producción. Los pájaros hacen sus nidos, las plantas dan sus frutos y el filósofo sigue en la contemplación. No tengo nada en contra de la contemplación filosófica, pero en el fondo no soy tan aristotélica como parezco. Por eso decidí que ya es momento de sacudir la escarcha de mi pluma y dedicarme a lo mío: la escritura.

Desde muy niña descubrí la adictiva sensación de deslizar la pluma sobre el papel en blanco. Es como colorear un paisaje invisible o darle sabor a un objeto insípido. Es darle significado a un universo inmenso e infinito en posibilidades. Es como jugar ajedrez: las fichas y el tablero ya existen, pero lo demás es indeterminado.

Así, pues, denme la bienvenida de regreso, que ya no pienso dejar que mis letras se oxiden.

Friday, February 29, 2008

Me puse de nostálgica

Tengo que reconocerlo: soy niña disney. Crecí con estas películas animadas que, aunque no suelen ser muy apegadas a las historias originales, aportaron un nuevo punto de vista y diferentes formas de arte visual. Aquí les pongo algunas de mis escenas favoritas desde que soy chiquita. A ver qué opinan.












Friday, February 15, 2008

Comentario a post de Artemisia



A penas hoy pude ver por fin el post de Artemisia sobre las geishas y me interesó mucho la controversia que se armó en los comentarios. No concuerdo en reaccionar cuasi-santificando a Mineko y odiando a Arthur Golden, pues en el fondo no podemos saber qué fue exactamente lo que hablaron y los acuerdos a los que llegaron en privado. También hay que tomar en cuenta que Golden no habla japonés y se comunicó con Mineko por medio de una intérprete, por lo que sería comprensible que hubiera habido mal entendidos. Esto me parece muy factible porque de hecho Golden le agradece mucho a Mineko en su libro. De verdad no creo que una persona que quisiera ganar dinero con un libro tuviera que escribir el nombre de una persona en los agradecimientos. Incluso, mercadológicamente hablando, le convenía dejar a Mineko en el anonimato y decir que una “geisha misteriosa” le proporcionó información. Por eso creo que es muy probable que Golden no haya entendido que Mineko quería ocultar su identidad.

Por otro lado, piensen en la diferencia de culturas. Mineko es una mujer que se crió en un mundo de arte, cultura y espiritualidad. Arthur Golden es norteamericano y está acostumbrado a un mundo mucho menos misterioso y más abierto en la comunicación. No digo que uno sea mejor que el otro, pero estoy segura de que Golden estaba pensando en algo completamente diferente que Mineko al querer saber sobre las geishas. Él quería compartir una experiencia y develar un misterio, mientras que ella quería salvar su mundo (las geishas se están extinguiendo y ella misma dice en su libro que su intención era atraer a occidente a Kyoto y a toda esa cultura que agoniza lentamente).

Los dos pensaron que se estaban ayudando, pero Golden no tuvo la sensibilidad necesaria para comprender que, precisamente, la maravilla de las geishas es el misterio y la sutileza que las envuelve. Es un hombre con mente occidental que piensa en transmitir algo que le parece exótico y, si nosotros fuéramos sinceros con nosotros mismos, nos daríamos cuenta de que lo criticamos mucho, pero gracias a él sabemos lo que sabemos sobres las geishas (después de todo, el libro de Mineko no existiría sin Golden).

Ahora, en cuanto a los libros, debo admitir que el libro de Golden me chocó. Cuando lo leí aún no sabía casi nada sobre las geishas. Siempre me gustaron y me llamaron la atención y sabía que eran una clase de artistas y damas de compañía, pero es cierto que nunca estuvo claro si las geishas eran prostitutas o no, pues ellas mismas nunca lo aclararon. Sin embargo, la razón por la que rechacé el libro no fue por el contenido sexual, sino por lo mal escrito que estaba. Golden es muy malo desarrollando el personaje de Sayuri, pues, intentando meterse en la mente y sensibilidad de una mujer, la hizo muy tonta, cursi e irreal. Durante todo el libro Sayuri se comporta como una niña de diez años y nunca le desarrolla verdaderamente un carácter ni una evolución de madurez. Simplemente es una niña sin chiste que sufre mucho porque vive eternamente enamorada de un ideal de hombre.

La película, por otro lado, rescató al libro, pues ahí se desarrolla mucho más a los personajes y disfrutas las artes audiovisuales sin tenerte que fletar la pobre narración de Golden.

Jaja, acabo de leer lo que escribí arriba y me di cuenta de que destrocé al pobre hombre. No es mi intención, pues sé lo difícil que es escribir una obra de esa magnitud y yo misma tengo muchos problemas para desarrollar a mis personajes, pero, a favor de Golden, puedo decir que tiene cosas muy rescatables, en especial con su insistencia en plasmar la vida dura y disciplinada de las geishas y su devoción al arte. Así que, si quieren leer su libro, no se queden con una mala idea por mi culpa. Es sólo mi opinión como literata.

Continuando con lo anterior, sí es cierto que Golden le faltó al respeto al mundo de las geishas. No las pintó como prostitutas en estricto sentido, pues él mismo aclara en su libro que algunas falsas geishas son las que llevan a cabo esta clase de prácticas, pero sí puede prestarse a mal interpretaciones, porque el personaje de Sayuri es una geisha que vende su virginidad y eso es como decir que todas las geishas lo hacen. Digamos que como novela está en su derecho de hacer a su personaje como a él se le antoje, pero políticamente hablando fue ofensivo con las geishas que se toman en serio su profesión y, evidentemente, las perjudicó para con sus clientes.

El libro de Mineko, por otro lado, me encantó, pues por fin pude saber exactamente qué es una geisha, cuál es su filosofía de vida y los sacrificios tan duros que hacen. Son mujeres que dedican sus vidas enteras a la belleza. Son, por decirlo rápido y mal, como “monjas” del arte. Por supuesto que cultivan mucho su aspecto y buscan agradar, tanto a hombres como a mujeres, pues su trabajo es proporcionar placer y agrado (pero no de naturaleza sexual necesariamente).

De verdad, les recomiendo mucho el libro de Mineko. Es una lástima que su obra haya sido producto de un pleito que le costó gran parte de su respeto y amistades, pero debo reconocer que agradezco que el misterio de las geishas se haya aclarado, porque yo pasé la mayor parte de mi vida dudando si eran prostitutas o no, cuando en realidad forman parte de una cultura milenaria que ahora admiro profundamente.

Wednesday, January 30, 2008

El amor según Paulino





Paulino es una de esas personas que saben amar. Es un hombre sesenta y siete años con una mirada profunda, cabello gris y una sonrisa alegre y jovial. Paulino fue el mentor de mi padre y, cuando murió, fue él el que protegió a mi familia. Mis hermanos y yo lo queremos tanto que le decimos "abuelo".

Hace algunos años, mi abuelo me escribió una carta en donde me hablaba del amor. Me gustó mucho cuando la leí y me enterneció profundamente. Sin embargo, aunque desde un inicio reconocí la belleza de sus palabras, nunca me habían hecho tanto sentido como ahora. Quisiera, pues, compartir un pequeño fragmento con ustedes.

“Primeramente, querida niña, debo decir a usted que la esencia de la vida, de la justicia, de la religión, de la felicidad y aún de la esperanza es, sin duda, el amor. Bella niña, quien es bendecida por el amor y sus felices consecuencias, debe considerarse como un ser particularmente favorecido, porque quien experimenta el amor, tiene el alma fértil a la bondad y a la felicidad. Sepa que un corazón limpio vale más que los honores y las riquezas. Quien ama, es perdonado. Quien ama descubre en sí una capacidad única de vivir felizmente. ¡Consérvela! ¡Enriquézcala!

Sin embargo, piense que quien es objeto de su amor podría no corresponder a ese sentimiento necesariamente. Pero no se aflija usted: el amor vale por sí mismo. La llenará de alegría, le permitirá respirar mejor, su tez será más luminosa, los días serán más hermosos y todos parecerán más buenos. Ame, ame usted. Nunca se arrepentirá."


Sunday, January 06, 2008

El ciclo de la vida



Ahora sí, lo siento, voy a hacer propaganda, pero créanme que vale la pena. Hace dos días fui a ver el musical de "The lion king". No lo pongo en inglés por payasa, sino porque así fue como lo vi. Lo trajeron en original de Broadway, con los actores originales, por lo que, evidentemente, tan sólo estará durante poco tiempo (como dos semanas, más o menos). Si les gustan los musicales les va a encantar, así que no se cuestionen demasiado y vayan (tienen subtítulos en español para los que no dominen el idioma).



Es una obra muy interesante, porque utilizan una técninca japonesa llamada "bunraku", que es el término general para referirse al teatro con marionetas. En esta técnica el titiritero está a la vista de la audiencia, siempre camuflajeado al vestirse de negro o del color de la escenografía. Los creadores de este musical se inspiraron en esta antigua técnica e hicieron algo muy novedoso, pues hicieron las marionetas de los personajes, pero también maquillaron y arreglaron a los actores, de manera que en la obra los personajes son representados por las personas, pero se distinguen por medio de las marionetas. Es una manera muy inteligente de representar esta obra, porque así no pierdes a los personajes animales de la película y se pone de manifiesto que esta historia es una historia humana.




Además, la escenografía está increíble. Es una obra muy visual, pues tiene una gran variedad de texturas, colores y contrastes. También las voces de los artistas son muy fuertes e impactantes (tenían que ser negros: ¡mugres, cantan increíble!).

Si tienen la oportunidad, se las recomiendo ampliamente. A mí me fascinó. Y si no pueden, al menos escuchen el soundtrack, porque hay canciones muy buenas que no salen en la película.

¡Cuídense mucho y sigan disfrutando sus vacaciones!



Saturday, December 15, 2007

Los clásicos

Hace tiempo, conocí a un señor grande que trabajaba en un Mixup. Estaba en la zona de clásicos y sabía mucho sobre música o, al menos, lo que él consideraba música. No sé si todavía sigue ahí, pero todavía recuerdo perfectamente de lo que hablamos. Yo estaba buscando un cd de Maksim, un intérprete de piano joven y, a mi juicio, muy bueno. La señorita que me atendió me mandó con este señor, el cual me dio el disco que estaba buscando, pero me miró con una mezcla de desprecio y conmiseración. Francamente, me molestó mucho y, aunque en cualquier otra ocasión lo hubiera dejado pasar, decidí enfrentarme a esa mirada.

-¿Lo ha escuchado?-le pregunté.
El señor pareció complacido de que lo hubiera retado así. Sonrió con un toque de ironía en sus labios y me contestó.
-Sí, pero no vale la pena.
Me pareció bien. El hombre estaba dispuesto a seguirme el juego.
-¿No le parece un buen intérprete?
-No. Ni siquiera sé por qué debo tenerlo en esta sección. Ahorita están de moda los muchachos como Maksim. Hacen algunas modificaciones a la música que otros compusieron y se hacen famosos por eso. Para ustedes los jóvenes que no tienen oído musical están bien: al menos por este medio se acercan un poco a los clásicos.

Definitivamente este viejito no tenía pelos en la lengua.

-¿Con qué criterio califica usted a los clásicos?-le pregunté.
-Un clásico es aquel que nació con una habilidad y una sensibilidad superior a las de los demás-dijo él. Los ojos le brillaban de emoción. -Un clásico es aquel que trasciende el tiempo. Por eso su música se sigue escuchando durante la historia de la humanidad. La múscia pop que oyen ustedes se pone de moda por un ratito, pero no dura ni un año completo.

El "ustedes" que empleó me dolió en lo más hondo de mi orgullo, pero no quise sacarlo de su error. Dejé que pensara que yo era uno de esos "jóvenes" a los que se refería tan despectivamente. La verdad me caía mal, pero no podía evitar seguir escuchándolo. Me molestó lo cerrado y prejuicioso que se mostró conmigo de entrada, pero sentí que había algo en él de lo que podía aprender algo y me dije a mí misma: "no cometas el mismo error que él, dale una oportunidad".

El señor siguió hablando. Estaba encantado de poder darme una lección de música. Su actitud cambió un poco al ver que lo escuchaba y, en vez de dedicarse a bajarme la moral, se puso a darme un tour por su sección. Me enseñó varios discos y me habló de sus compositores favoritos. Estaba muy orgulloso, como un niño de cinco años que me presumía su juguete preferido. Hubo un momento en el que me dio mucha ternura, pero, a pesar de todas las cosas que aprendí de él y de la pasión tan desbordante que me transmitía, había algo con lo que todavía no estaba de acuerdo.

-Oiga, ¿y no cree que uno de estos músicos jóvenes que experimentan con los clásicos podrían llegar a componer algo que también trascienda al tiempo?
-No.
De nuevo, tajante y franco.
-¿Por qué?
-Porque un genio se hace desde la cuna. Uno puede llegar a ser un excelente intérprete sin ser un genio, porque uno puede conocer al autor y entender su música, pero un Beetoven, por ejemplo, nace con un don. Es gente que ya es así y desde pequeños empiezan a desarrollar su talento.

Hablamos de muchas otras cosas y finalmente no compré el cd de Maksim, pero me quedé pensando en todo esto. Es cierto que hay genios, pero no me parece que por eso debamos descalificar a los que no lo son. Se puede ser un gran artista sin ser Beethoven, de la misma manera que se puede ser un buen físico sin ser Einstein. Además, el arte es tan versátil, tan cambiante y llena de vida...

Puede ser que la historia del arte se resuma en los clásicos, pues son los que se recuerdan, pero hay algo que el señor olvidó: los clásicos trascienden el tiempo porque hubo gente que los admiró por hacer cosas nuevas y por romper esquemas. Estoy segura de que el mismo Beethoven experimentó con la música que ya había en su época: por más genios que sean, no pueden sacar sus obras ex nihilo. Deben tener una influencia previa.

¿Saben?, me dio gusto haber hablado con ese viejito, pero me parece que él no es un artista, a persar de que reconoce el arte. Si lo fuera, habría entendido que el arte es como un deporte de alto riesgo: uno tiene que atreverse a jugar y a experimentar. Estoy segura de que el mismo Beethoven habría hecho unas verdaderas maravillas con una guitarra eléctrica.


Tuesday, November 27, 2007

Breve carta a mi madre (va también para ustedes)




El tiempo es un jugador engañoso. Nos permite vivir, nos deja aprender, divertirnos y mejorarnos. Por él es que podemos pensar, cambiar y amar a los demás. Sin embargo, al igual que nos da, nos lo quita todo. Nos hace perder nuestra fuerza, nos quita la juventud, los sueños y hasta aquéllos a los que amamos.

El tiempo es nuestro más grande aliado y nuestro peor enemigo, pero somos nosotros los que decidimos qué hacer con él. Depende de nosotros aprovechar la vida y nunca perder la pasión, aunque ya estemos viejor y cansados.

Vivir no es correr ni "ahorrar tiempo", pues él no se deja acumular como el dinero en un banco. El tiempo es escurridizo, Se nos escapa como arena de las manos y, entre más nos aferramos a él, más rápido se acaba.

El tiempo se vive, se aprovecha en cada instante. Por favor, no lo olvides.

Monday, November 19, 2007

Sin convicciones, no somos nada.




Hace algunos días, una compañera de clase me dijo, bastante molesta, que ya no le gustaba la carrera de filosofía en la universidad en la que estamos. Yo le pregunté por qué y me dijo que la actitud de algunos profesores era muy "cerrada". "¿En qué aspecto?" quise saber yo, y ella me contestó: "Es que son muy mochos. Creen en una cosa y están llenos de prejuicios. Ya no pueden dar una clase sin salirse desde el punto de vista de la religión, y eso está mal".

Después de pensarlo, a mí no me parece que esté mal. Yo, en lo personal, no comparto muchas de las visiones de mis profesores, pero creo son congruentes con lo que piensan y lo que nos enseñan.

¿Saben?, creo que no es malo tener prejuicios. Estamos demasiado traumados con respecto a esa palabra: "prejuicio". Como el mismo nombre lo dice, se trata simplemente de un juicio previo, lo que significa que tenemos una manera de ver el mundo y de conocer las cosas. Yo creo que tener un juicio anterior no es malo, siempre y cuando tengamos la apertura para escuchar otras formas de pensar, pero, si nadie nos demuestra que estamos mal, podemos seguir creyendo lo que queramos.

Me parece que sería una contradicción no enseñar lo que se cree como verdadero. Un buen maestro no enseña un plan de estudios al pie de la letra, sino que da un interpretación. De este modo hay que vivir en todos los ámbitos de la vida: con pasión y convicción (mas no imposición).

Lo malo no es tener prejuicios, sino carecer de la humildad para reconocer que nos equivocamos o que tenemos la razón. Quitarse el miedo a los prejuicios es liberarse del relativismo enmascarado de tolerancia en el que vivimos. Hoy en día hay grupos de personas que se ostentan como "racionales" y de vanguardia, atacando, supuestamente, lo que es obsoleto, radical e "irracional" (como la ética, las creencias religiosas, etc.), cuando en realidad ellos son los radicales, pues nos prohíben pensar y nos imponen sus creencias, las cuales ni siquiera son impulsadas por una convicción personal, sino por intereses políticos y económicos.

Quien no esté de acuerdo con lo que digo, refúteme, pero, si van a defender algo, háganlo fundamentándose verdaderamente. Seguir una ideología porque "me suena" o "me late" es absurdo, ridículo y mediocre. No tengan flojera de pensar un poquito y cuestionarse. Y si ni siquiera dan este mínimo, entonces cállense y absténganse de opinar, pues solamente se están burlando de la inteligencia de los que sí se interesan. Una opinión dicha sin pensar es una pédida de tiempo y de saliva. Mejor ahórrensela.

Sunday, November 11, 2007

Gracias...

Me encanta Dios. Es un viejo magnifico que no se toma en serio. A él le gusta jugar y juega. Y a veces se le pasa la mano y nos rompe una pierna y nos aplasta definitivamente. Pero esto sucede porque es un poco cegatón y bastante torpe de las manos.
Nos ha enviado a algunos tipos excepcionales como Buda, o Cristo o Mahoma, o mi tía Chofi, para que nos digan que nos portemos bien. Pero eso a él no le preocupa mucho: nos conoce. Sabe que el pez grande se traga al chico, que la lagartija grande se traga a la pequeña, el hombre se traga al hombre. Y por eso inventó la muerte: para que la vida -no tú ni yo- la vida sea para siempre.
Ahora los científicos salen con su teoría del Bing Bang... Pero ¿qué importa si el universo se expande interminablemente o se contrae? Esto es asunto sólo para agencias de viajes.
A mi me encanta Dios. Ha puesto orden en las galaxias y distribuye bien el tránsito en el camino de las hormigas. Y es tan juguetón y travieso que el otro día descubrí que ha hecho -frente al ataque de los anbióticos- ¡bacterias mutantes!
Viejo sabio o niño explorador, cuando deja de jugar con sus soldaditos de plomo y de carne y hueso, hace campos de flores o pinta el cielo de manera increíble.
Mueve una mano y hace el mar, mueve otra y hace el bosque. Y cuando pasa por encima de nosotros, quedan las nubes, pedazos de su aliento.
Dicen que a veces se enfurece y hace terremotos, manda tormentas, caudales de fuego, vientos desatados, aguas alevosas, castigos y desastres. Pero esto es mentira.
Es la tierra que cambia -y se agita y crece- cuando Dios se aleja.
Dios siempre esta de buen humor. Por eso es el preferido de mis padres, el escogido de mis hijos, el más cercano de mis hermanos, la mujer más amada, el perrito y la pulga, la piedra más antigua, el pétalo más tierno, el aroma más dulce, la noche insondable, el borboteo de luz, el manantial que soy.
A mi me gusta, a mi me encanta Dios.
Que Dios bendiga a Dios.





(Proporcionado por el sr. Zoon Romanticón).

Monday, October 29, 2007

Another sabotage

Debo comenzar con un: lo siento. Diría que no deseaba sabotearte, pero sería mentir.

Me pregunto, qué puedo publicar en este ahora, que sea interesante para tus múltiples lectores y que, a la vez, funcione como una broma de buen gusto... entonces, recordando mi ánimo, se me ocurre publicar esto:




Tuesday, October 23, 2007

Una primera impresión


Hoy fui al doctor, pues ya llevaba un buen rato sintiéndome muy mal: me daban bajas de azúcar frecuentes, dolores de cabeza, mareos y mucho cansancio. Mi querida madre me propuso ir a ver a su ginecólogo, pues le preocupaba que tuviera un transtorno hormonal. Yo acepté y me pasó a recoger a la universidad para irnos las dos juntas.

Durante el camino me habló un poco del doctor, pues yo no lo conocía. Me contó que era un hombre muy serio, pero que había cambiado bastante desde la primera consulta que tuvo con él. Me dijo que era un muy buen médico que, después de muchos años de practicar la medicina tradicional, empezó a tomar algunos cursos de medicina alternativa y desde entonces lee mucho sobre los productos naturistas y trata de combinar los remedios tradicionales con los que él ha ido descubriendo. Me interesó bastante todo esto, pues me gusta que las personas (en especial los profesionistas) nunca pierdan la curiosidad y el criterio, y se sigan actualizando sobre las cosas que les interesan, sin dejar de lado todo aquello que es criticado por la sociedad sólo por ser diferente.

Estaba pensando en todo eso, cuando llegamos al consultorio. La sala de espera era un cuarto normal, con unos sillones bastante cómodos y una canastita con revistas. No había nada raro ni fuera de lo común. Por ser mi primera consulta, me hicieron llenar un expediente, el cual hacía las clásicas preguntas como "¿Es usted alérgico a algún medicamento?" y ese tipo de cosas. Pero al llegar al final había una pregunta que decía: "¿Estaría usted dispuesto a utilizar alguna clase de método naturista o acupuntura?" Yo puse que sí, pero me hizo gracia este detalle. Entonces llegó mi turno de pasar a consulta.

Mi mamá ya me había advertido sobre el "cambio" del doctor, pero no pude evitar sorprenderme al entrar. Más que un consultorio médico, la estancia parecía ser una mezcla de estudio y bazar exótico. Era un lugar bastante agradable y acogedor, he de reconocer, pero me llamó la atención que estuviera lleno de adornos y esculturas de todas clases (hindúes, africanas, sudamericanas, una virgen europea, etc.). También había un tapete muy colorido en el piso, un alebrije y un par de jarrones que adornaban la parte superior de un librero de madera rústica (repleto de libros y fotografías de su familia, por cierto). En uno de los extremos de la habitación, había un sillón de dos orejas de color blanco, en donde se encontraba sentado un señor de unos cincuenta y tantos años, chaparro, regordete y muy serio. Se paró para saludarnos y no pude evitar notar que traía puestas unas chanclas y que tenía el pelo chino y canoso largo y despeinado. Soy de mente muy abierta, pero creo que nada en el mundo puede prepararte para algo así. A menos de que te digan que vas con un chamán, la verdad creo que todos esperaríamos ver a un señor con bata blanca y con un estetoscopio alrededor del cuello. No digo que este doc sea malo, pero debo reconocer que sí me sorprendió.

Me senté en uno de los sillones de estampado alegre que tenía y esperé a que se me diera alguna instrucción. Sin embargo, el médico no me movió de lugar, no me tocó ni me revisó con ninguna clase de aparato. Se limitó sencillamente a preguntarme por qué iba a verlo. Le expliqué mis síntomas y él, después de escucharme antentamente, me explicó, con pelos y señales, las razones por las cuales yo podía padecer tres cosas: diabetes, ovario poloquístico o simplemente estrés. Yo me estremecí ante las dos primeras opciones, pero el doc no pareció alterarse en lo absoluto. Me contó toda clase de posibles remedios a las tres opciones, siempre mencionando a algún doctor chino, a algún experimento de un francés o a un cinetífico egipcio que había logrado x cosa. Me di cuenta de que me estaba dando mucha información (bastante interesante, por cierto), pero en realidad no me estaba diciendo nada acerca de mi estado. Me desesperé un poco, pues tengo el mal hábito de pensar que los doctores deberían ser como una especie de magos, los cuales te revisan, diagnostican y te dan un par de pastillas para acabar con tu problema. Pero este hombre se dedicó a informarme y a darme a entender que él no me iba a arreglar la vida, sino enseñarme a cuidarme por mí misma. Yo estaba enojada. Pensé para mis adentros: "este señor habla mucho, pero no me dice nada. Me está dejando en las mismas".

Creo que él se dio cuenta de mi molestia, porque en algún momento de la plática me dijo: "Si quieres puedo ser como cualquier otro médico y darte unos medicamentos para quitarte el dolor de cabeza y regularte. Tenemos la tecnología para hacerlo y no habría ningún problema." Yo lo miré por un momento, entendiendo que me lo decía con ironía. "Si eso es lo que quieres puedo hacerlo,-continuó-pero creo que sería mejor ver qué es lo que te está causando todo esto y ver si lo puedes corregir de otro modo". Me quedé callada, pues me habían dejado en mi lugar.

A continuación me recomendó que me hiciera unos estudios para tratar de descartar la diabetes y el ovario poliquístico, pero también me dijo que, en cualquiera de los tres casos, tenía que evitar estresarme tanto y que procurara cambiar mi dieta y comer más sano. Realmente se tomó la consulta con calma, utilizó todo el tiempo que le pareció necesario y cuando consideró que había hecho su trabajo, se despidió. Me llamó la atención que en todo el tiempo no mirara al reloj ni pareciera preocuparle cumplir con un horario.

Saliendo mi madre me preguntó: "¿Qué te parece?"
"Es un verdadero hippie" le contesté.

Es verdad. Pero es el primer hippie que realmente se preocupa por mi salud.

Saturday, October 06, 2007

Para pensar un rato

Francamente, no soy fan de Arjona (de hecho, no me gusta su música), pero encontré este video en youtube y creo que vale la pena compartirlo.





Yo sé que hay muchas cosas terribles en nuestra sociedad y que es muy difícil juzgar a una persona en una situación como esta. Sin embargo, yo no creo que el asesinato sea una solución, en especial cuando se trata de un inocente.

Tristemente, en nuestro mundo el aborto se ha convertido en un negocio y, nuestra ley, en mercadotecnia.

Thursday, October 04, 2007

Recordando por qué la vida vale la pena...





And now, the end is here
And so I face the final curtain
My friend, I'll say it clear
I'll state my case, of which I'm certain
I've lived a life that's full
I traveled each and ev'ry highway
And more, much more than this, I did it my way

Regrets, I've had a few
But then again, too few to mention
I did what I had to do and saw it through without exemption
I planned each charted course, each careful step along the byway
And more, much more than this, I did it my way

Yes, there were times, I'm sure you knew
When I bit off more than I could chew
But through it all, when there was doubt
I ate it up and spit it out
I faced it all and I stood tall and did it my way

I've loved, I've laughed and cried
I've had my fill, my share of losing
And now, as tears subside, I find it all so amusing
To think I did all that
And may I say, not in a shy way,
"Oh, no, oh, no, not me, I did it my way"

For what is a man, what has he got?
If not himself, then he has naught
To say the things he truly feels and not the words of one who kneels
The record shows I took the blows and did it my way!

[instrumental]

Yes, it was my way

Wednesday, September 26, 2007

Ahora es mi turno de hablarles sobre mi castillo

Mi castillo es bastante peculiar. Está construido sobre una saliente elevada que da al mar. No tiene un estilo determinado ni está compuesto de un mismo material. Hay partes que son de piedra, otras de madera, metales de diferentes aleaciones, ladridos, adobe, cemento y muchas otras cosas. Tampoco tiene una estructura común, sino que todas las habitaciones, de diferentes tamaños, están repartidas desordenadamente, construidas unas encima de las otras. Pero lo más característico de mi castillo es que desde su centro crece un árbol gigante, el más grande que haya existido jamás: lleno de hojas verdes y sanas, hermoso, frondoso y con unas ramas tan largas y anchas que se puede caminar por ellas como si fueran pasillos. Para subir a la copa, hay una serie de elevadores de madera atados con cuerdas, parecidos a los columpios, pero mucho más espaciosos. Suben muy despacio, de modo que uno puede admirar todo el castillo, el mar y los alrededores. Al verlo por fuera te da la impresión de ser una ciudad amurallada que rodea al fabuloso árbol.

El lugar en donde se levanta, es hermoso y tranquilo. Desde él se puede escuchar el sonido de las olas al romperse contra la saliente de piedra. Sin embargo, desde otro lado de la extraña construcción, uno puede ver un hermoso campo cubierto con geranios rojos que resplandecen al sol. Un camino de tierra atraviesa el campo, alejándose de la altura de la saliente y adentrándose en un bosque profundo y misterioso, tan antiguo que sus árboles de cortezas arrugadas se alzan infinitamente hacia las alturas, aunque nunca como mi adorado árbol. A veces, cuando quiero estar sola y pensar un poco, camino por ahí, escuchando el silencio del bosque, respirando el olor de la tierra húmeda, y sintiendo la vida que muere y se renueva a mi alrededor. También acostumbro visitar a mi flor azul; la que vive debajo de un sabio roble y que me habla acerca de Dios y del Amor. Por eso es que mi castillo no tiene jardines en su interior: no los necesito.

Mi castillo está lleno de puertas y ventanas de todos los tipos, tamaños y colores. Las hay grandes, pequeñas, feas, torcidas, elegantes, viejas, nuevas… Absolutamente todas están abiertas, pero no se puede entrar por cualquiera. Cada quien tiene que buscar un poco para encontrar la puerta indicada, la que tiene el tamaño y las características apropiadas para poder pasar por ella. Ya una vez adentro, el visitante podrá darse cuenta de que el interior de la extravagante fortaleza es bastante agradable. No es perfecto, pues es un lugar muy grande y siempre hay algún rinconcito que debe limpiarse mejor y algunas esquinas que necesitan ser pulidas, pero, en general, yo lo encuentro bastante acogedor. No hay una sala principal, como una especie de recibidor o algo así, porque cada persona entra por una puerta que lo lleva a una sala diferente, de modo que todos los que han entrado tienen una impresión diferente del lugar, pues conocen tan sólo algunos aspectos. Hay visitantes más frecuentes que han podido visitar más salas y conocerlo mejor. También los hay, aunque más escasos, que han decidido quedarse como huéspedes indefinidos en mi castillo. Por ellos es que intento tener todas las recámaras arregladas, limpias y en orden, pues quiero que se sientan cómodos y bien atendidos.

Entre las muchas curiosidades que tiene mi castillo, hay una biblioteca enorme en donde guardo mis conocimientos. Sin embargo, no es una biblioteca convencional: no hay libros ni estantes, sino un montón de hojas sueltas y dobladas a la mitad, las cuales vuelan tranquilamente utilizando sus extremos a modo de alas. Cada hoja es de un material diferente (pergamino, amate, papel…) y cada una tiene escrito algún pensamiento, recuerdo o aprendizaje que obtuve de al leer un libro, viendo una película o escuchando el consejo de algún amigo. Por lo general, las hojas son dóciles y se dejan leer sin problemas, pero también pasa que algún pensamiento desagradable te hace una cortada en la piel con sus afiladas esquinas cuando intentas acercarte. Lo bueno es que esos papeles son de muy mala calidad y se deshacen fácilmente con el tiempo.

También tengo una sala de música, en donde se puede escuchar de todo. No tengo discos ni reproductores de sonido, pero basta con pensar en alguna melodía para poder escucharla en vivo. Puede ser de alguna canción existente o tan sólo de una melodía improvisada por la inquieta mente de algún visitante. En ese cuarto, la música se llena de colores y las melodías vuelan por el aire, como ondas de pintura, y forman hermosas imágenes en las paredes blancas.

Mi cocina, curiosamente, es muy pequeña y de un estilo muy mexicano y conservador. Me encantan el barro y los azulejos, pero cuando cocino lo hago con los instrumentos propios de mi época (tengo que admitirlo: soy hija del teflón). No tengo chef ni ratas cocineras, pues prefiero cocinar yo, en especial cuando tengo invitados.

Otro lugar que visito con frecuencia, es el observatorio, desde donde puedo divertirme viendo los astros. Pero si de estrellas se trata, prefiero ir a mi lugar favorito de todo el castillo: la estancia que se encuentra en torre más alta. Para llegar a ella hay que subir una enorme escalera de piedra que rodea por dentro la pared de la torre circular conforme va subiendo. El centro de la torre es hueco, por lo que al subir uno se puede asomar al centro y ver la oscuridad del abismo interminable que uno va dejando atrás. Al llegar hasta arriba, uno se encuentra con una estancia casi en ruinas. No hay techo y las paredes están cubiertas casi por completo por una enredadera que se coló por entre las piedras y que creció con el transcurrir del tiempo. Lo único que hay en ese lugar es un enorme colchón de plumas, cubierto por una tela suave y agradable al tacto. Es casi como un edredón gigante, pero mucho más grueso y esponjado. Es tan grande que cubre casi todo el piso de la estancia. Ahí me gusta acostarme, a veces sola y a veces con mis amigos, a mirar las estrellas. Es un lugar que todos los que han entrado en mi castillo conocen y respetan. Incluso mi árbol suele quitar sus ramas de esa parte para no obstruirme la vista. Puedo pasar horas enteras en ese lugar, observando la bóveda celeste y platicando con la gente que quiero. En ocasiones hablamos de cosas serias, en otras reímos juntos y también nos consolamos, pero casi siempre compartimos sueños y promesas, hablamos de la vida, de países lejanos y de nuestras aventuras cotidianas. También es un lugar que funciona como santuario, en el cual descansamos del mundo y de las cosas que no nos gustan.

El único problema de ese cuarto es que no hay escaleras para bajar, pues los escalones de piedra sólo sirven para acercarse al cielo. Por eso hay que aventarse por el obscuro abismo del centro de la torre. Es difícil y da bastante miedo (a mí, en especial, me da mucho vértigo), pero vale la pena hacerlo, pues siempre que uno baja de esa torre, regresa transformado.