Wednesday, January 30, 2008

El amor según Paulino





Paulino es una de esas personas que saben amar. Es un hombre sesenta y siete años con una mirada profunda, cabello gris y una sonrisa alegre y jovial. Paulino fue el mentor de mi padre y, cuando murió, fue él el que protegió a mi familia. Mis hermanos y yo lo queremos tanto que le decimos "abuelo".

Hace algunos años, mi abuelo me escribió una carta en donde me hablaba del amor. Me gustó mucho cuando la leí y me enterneció profundamente. Sin embargo, aunque desde un inicio reconocí la belleza de sus palabras, nunca me habían hecho tanto sentido como ahora. Quisiera, pues, compartir un pequeño fragmento con ustedes.

“Primeramente, querida niña, debo decir a usted que la esencia de la vida, de la justicia, de la religión, de la felicidad y aún de la esperanza es, sin duda, el amor. Bella niña, quien es bendecida por el amor y sus felices consecuencias, debe considerarse como un ser particularmente favorecido, porque quien experimenta el amor, tiene el alma fértil a la bondad y a la felicidad. Sepa que un corazón limpio vale más que los honores y las riquezas. Quien ama, es perdonado. Quien ama descubre en sí una capacidad única de vivir felizmente. ¡Consérvela! ¡Enriquézcala!

Sin embargo, piense que quien es objeto de su amor podría no corresponder a ese sentimiento necesariamente. Pero no se aflija usted: el amor vale por sí mismo. La llenará de alegría, le permitirá respirar mejor, su tez será más luminosa, los días serán más hermosos y todos parecerán más buenos. Ame, ame usted. Nunca se arrepentirá."


Sunday, January 06, 2008

El ciclo de la vida



Ahora sí, lo siento, voy a hacer propaganda, pero créanme que vale la pena. Hace dos días fui a ver el musical de "The lion king". No lo pongo en inglés por payasa, sino porque así fue como lo vi. Lo trajeron en original de Broadway, con los actores originales, por lo que, evidentemente, tan sólo estará durante poco tiempo (como dos semanas, más o menos). Si les gustan los musicales les va a encantar, así que no se cuestionen demasiado y vayan (tienen subtítulos en español para los que no dominen el idioma).



Es una obra muy interesante, porque utilizan una técninca japonesa llamada "bunraku", que es el término general para referirse al teatro con marionetas. En esta técnica el titiritero está a la vista de la audiencia, siempre camuflajeado al vestirse de negro o del color de la escenografía. Los creadores de este musical se inspiraron en esta antigua técnica e hicieron algo muy novedoso, pues hicieron las marionetas de los personajes, pero también maquillaron y arreglaron a los actores, de manera que en la obra los personajes son representados por las personas, pero se distinguen por medio de las marionetas. Es una manera muy inteligente de representar esta obra, porque así no pierdes a los personajes animales de la película y se pone de manifiesto que esta historia es una historia humana.




Además, la escenografía está increíble. Es una obra muy visual, pues tiene una gran variedad de texturas, colores y contrastes. También las voces de los artistas son muy fuertes e impactantes (tenían que ser negros: ¡mugres, cantan increíble!).

Si tienen la oportunidad, se las recomiendo ampliamente. A mí me fascinó. Y si no pueden, al menos escuchen el soundtrack, porque hay canciones muy buenas que no salen en la película.

¡Cuídense mucho y sigan disfrutando sus vacaciones!



Saturday, December 15, 2007

Los clásicos

Hace tiempo, conocí a un señor grande que trabajaba en un Mixup. Estaba en la zona de clásicos y sabía mucho sobre música o, al menos, lo que él consideraba música. No sé si todavía sigue ahí, pero todavía recuerdo perfectamente de lo que hablamos. Yo estaba buscando un cd de Maksim, un intérprete de piano joven y, a mi juicio, muy bueno. La señorita que me atendió me mandó con este señor, el cual me dio el disco que estaba buscando, pero me miró con una mezcla de desprecio y conmiseración. Francamente, me molestó mucho y, aunque en cualquier otra ocasión lo hubiera dejado pasar, decidí enfrentarme a esa mirada.

-¿Lo ha escuchado?-le pregunté.
El señor pareció complacido de que lo hubiera retado así. Sonrió con un toque de ironía en sus labios y me contestó.
-Sí, pero no vale la pena.
Me pareció bien. El hombre estaba dispuesto a seguirme el juego.
-¿No le parece un buen intérprete?
-No. Ni siquiera sé por qué debo tenerlo en esta sección. Ahorita están de moda los muchachos como Maksim. Hacen algunas modificaciones a la música que otros compusieron y se hacen famosos por eso. Para ustedes los jóvenes que no tienen oído musical están bien: al menos por este medio se acercan un poco a los clásicos.

Definitivamente este viejito no tenía pelos en la lengua.

-¿Con qué criterio califica usted a los clásicos?-le pregunté.
-Un clásico es aquel que nació con una habilidad y una sensibilidad superior a las de los demás-dijo él. Los ojos le brillaban de emoción. -Un clásico es aquel que trasciende el tiempo. Por eso su música se sigue escuchando durante la historia de la humanidad. La múscia pop que oyen ustedes se pone de moda por un ratito, pero no dura ni un año completo.

El "ustedes" que empleó me dolió en lo más hondo de mi orgullo, pero no quise sacarlo de su error. Dejé que pensara que yo era uno de esos "jóvenes" a los que se refería tan despectivamente. La verdad me caía mal, pero no podía evitar seguir escuchándolo. Me molestó lo cerrado y prejuicioso que se mostró conmigo de entrada, pero sentí que había algo en él de lo que podía aprender algo y me dije a mí misma: "no cometas el mismo error que él, dale una oportunidad".

El señor siguió hablando. Estaba encantado de poder darme una lección de música. Su actitud cambió un poco al ver que lo escuchaba y, en vez de dedicarse a bajarme la moral, se puso a darme un tour por su sección. Me enseñó varios discos y me habló de sus compositores favoritos. Estaba muy orgulloso, como un niño de cinco años que me presumía su juguete preferido. Hubo un momento en el que me dio mucha ternura, pero, a pesar de todas las cosas que aprendí de él y de la pasión tan desbordante que me transmitía, había algo con lo que todavía no estaba de acuerdo.

-Oiga, ¿y no cree que uno de estos músicos jóvenes que experimentan con los clásicos podrían llegar a componer algo que también trascienda al tiempo?
-No.
De nuevo, tajante y franco.
-¿Por qué?
-Porque un genio se hace desde la cuna. Uno puede llegar a ser un excelente intérprete sin ser un genio, porque uno puede conocer al autor y entender su música, pero un Beetoven, por ejemplo, nace con un don. Es gente que ya es así y desde pequeños empiezan a desarrollar su talento.

Hablamos de muchas otras cosas y finalmente no compré el cd de Maksim, pero me quedé pensando en todo esto. Es cierto que hay genios, pero no me parece que por eso debamos descalificar a los que no lo son. Se puede ser un gran artista sin ser Beethoven, de la misma manera que se puede ser un buen físico sin ser Einstein. Además, el arte es tan versátil, tan cambiante y llena de vida...

Puede ser que la historia del arte se resuma en los clásicos, pues son los que se recuerdan, pero hay algo que el señor olvidó: los clásicos trascienden el tiempo porque hubo gente que los admiró por hacer cosas nuevas y por romper esquemas. Estoy segura de que el mismo Beethoven experimentó con la música que ya había en su época: por más genios que sean, no pueden sacar sus obras ex nihilo. Deben tener una influencia previa.

¿Saben?, me dio gusto haber hablado con ese viejito, pero me parece que él no es un artista, a persar de que reconoce el arte. Si lo fuera, habría entendido que el arte es como un deporte de alto riesgo: uno tiene que atreverse a jugar y a experimentar. Estoy segura de que el mismo Beethoven habría hecho unas verdaderas maravillas con una guitarra eléctrica.


Tuesday, November 27, 2007

Breve carta a mi madre (va también para ustedes)




El tiempo es un jugador engañoso. Nos permite vivir, nos deja aprender, divertirnos y mejorarnos. Por él es que podemos pensar, cambiar y amar a los demás. Sin embargo, al igual que nos da, nos lo quita todo. Nos hace perder nuestra fuerza, nos quita la juventud, los sueños y hasta aquéllos a los que amamos.

El tiempo es nuestro más grande aliado y nuestro peor enemigo, pero somos nosotros los que decidimos qué hacer con él. Depende de nosotros aprovechar la vida y nunca perder la pasión, aunque ya estemos viejor y cansados.

Vivir no es correr ni "ahorrar tiempo", pues él no se deja acumular como el dinero en un banco. El tiempo es escurridizo, Se nos escapa como arena de las manos y, entre más nos aferramos a él, más rápido se acaba.

El tiempo se vive, se aprovecha en cada instante. Por favor, no lo olvides.

Monday, November 19, 2007

Sin convicciones, no somos nada.




Hace algunos días, una compañera de clase me dijo, bastante molesta, que ya no le gustaba la carrera de filosofía en la universidad en la que estamos. Yo le pregunté por qué y me dijo que la actitud de algunos profesores era muy "cerrada". "¿En qué aspecto?" quise saber yo, y ella me contestó: "Es que son muy mochos. Creen en una cosa y están llenos de prejuicios. Ya no pueden dar una clase sin salirse desde el punto de vista de la religión, y eso está mal".

Después de pensarlo, a mí no me parece que esté mal. Yo, en lo personal, no comparto muchas de las visiones de mis profesores, pero creo son congruentes con lo que piensan y lo que nos enseñan.

¿Saben?, creo que no es malo tener prejuicios. Estamos demasiado traumados con respecto a esa palabra: "prejuicio". Como el mismo nombre lo dice, se trata simplemente de un juicio previo, lo que significa que tenemos una manera de ver el mundo y de conocer las cosas. Yo creo que tener un juicio anterior no es malo, siempre y cuando tengamos la apertura para escuchar otras formas de pensar, pero, si nadie nos demuestra que estamos mal, podemos seguir creyendo lo que queramos.

Me parece que sería una contradicción no enseñar lo que se cree como verdadero. Un buen maestro no enseña un plan de estudios al pie de la letra, sino que da un interpretación. De este modo hay que vivir en todos los ámbitos de la vida: con pasión y convicción (mas no imposición).

Lo malo no es tener prejuicios, sino carecer de la humildad para reconocer que nos equivocamos o que tenemos la razón. Quitarse el miedo a los prejuicios es liberarse del relativismo enmascarado de tolerancia en el que vivimos. Hoy en día hay grupos de personas que se ostentan como "racionales" y de vanguardia, atacando, supuestamente, lo que es obsoleto, radical e "irracional" (como la ética, las creencias religiosas, etc.), cuando en realidad ellos son los radicales, pues nos prohíben pensar y nos imponen sus creencias, las cuales ni siquiera son impulsadas por una convicción personal, sino por intereses políticos y económicos.

Quien no esté de acuerdo con lo que digo, refúteme, pero, si van a defender algo, háganlo fundamentándose verdaderamente. Seguir una ideología porque "me suena" o "me late" es absurdo, ridículo y mediocre. No tengan flojera de pensar un poquito y cuestionarse. Y si ni siquiera dan este mínimo, entonces cállense y absténganse de opinar, pues solamente se están burlando de la inteligencia de los que sí se interesan. Una opinión dicha sin pensar es una pédida de tiempo y de saliva. Mejor ahórrensela.

Sunday, November 11, 2007

Gracias...

Me encanta Dios. Es un viejo magnifico que no se toma en serio. A él le gusta jugar y juega. Y a veces se le pasa la mano y nos rompe una pierna y nos aplasta definitivamente. Pero esto sucede porque es un poco cegatón y bastante torpe de las manos.
Nos ha enviado a algunos tipos excepcionales como Buda, o Cristo o Mahoma, o mi tía Chofi, para que nos digan que nos portemos bien. Pero eso a él no le preocupa mucho: nos conoce. Sabe que el pez grande se traga al chico, que la lagartija grande se traga a la pequeña, el hombre se traga al hombre. Y por eso inventó la muerte: para que la vida -no tú ni yo- la vida sea para siempre.
Ahora los científicos salen con su teoría del Bing Bang... Pero ¿qué importa si el universo se expande interminablemente o se contrae? Esto es asunto sólo para agencias de viajes.
A mi me encanta Dios. Ha puesto orden en las galaxias y distribuye bien el tránsito en el camino de las hormigas. Y es tan juguetón y travieso que el otro día descubrí que ha hecho -frente al ataque de los anbióticos- ¡bacterias mutantes!
Viejo sabio o niño explorador, cuando deja de jugar con sus soldaditos de plomo y de carne y hueso, hace campos de flores o pinta el cielo de manera increíble.
Mueve una mano y hace el mar, mueve otra y hace el bosque. Y cuando pasa por encima de nosotros, quedan las nubes, pedazos de su aliento.
Dicen que a veces se enfurece y hace terremotos, manda tormentas, caudales de fuego, vientos desatados, aguas alevosas, castigos y desastres. Pero esto es mentira.
Es la tierra que cambia -y se agita y crece- cuando Dios se aleja.
Dios siempre esta de buen humor. Por eso es el preferido de mis padres, el escogido de mis hijos, el más cercano de mis hermanos, la mujer más amada, el perrito y la pulga, la piedra más antigua, el pétalo más tierno, el aroma más dulce, la noche insondable, el borboteo de luz, el manantial que soy.
A mi me gusta, a mi me encanta Dios.
Que Dios bendiga a Dios.





(Proporcionado por el sr. Zoon Romanticón).

Monday, October 29, 2007

Another sabotage

Debo comenzar con un: lo siento. Diría que no deseaba sabotearte, pero sería mentir.

Me pregunto, qué puedo publicar en este ahora, que sea interesante para tus múltiples lectores y que, a la vez, funcione como una broma de buen gusto... entonces, recordando mi ánimo, se me ocurre publicar esto:




Tuesday, October 23, 2007

Una primera impresión


Hoy fui al doctor, pues ya llevaba un buen rato sintiéndome muy mal: me daban bajas de azúcar frecuentes, dolores de cabeza, mareos y mucho cansancio. Mi querida madre me propuso ir a ver a su ginecólogo, pues le preocupaba que tuviera un transtorno hormonal. Yo acepté y me pasó a recoger a la universidad para irnos las dos juntas.

Durante el camino me habló un poco del doctor, pues yo no lo conocía. Me contó que era un hombre muy serio, pero que había cambiado bastante desde la primera consulta que tuvo con él. Me dijo que era un muy buen médico que, después de muchos años de practicar la medicina tradicional, empezó a tomar algunos cursos de medicina alternativa y desde entonces lee mucho sobre los productos naturistas y trata de combinar los remedios tradicionales con los que él ha ido descubriendo. Me interesó bastante todo esto, pues me gusta que las personas (en especial los profesionistas) nunca pierdan la curiosidad y el criterio, y se sigan actualizando sobre las cosas que les interesan, sin dejar de lado todo aquello que es criticado por la sociedad sólo por ser diferente.

Estaba pensando en todo eso, cuando llegamos al consultorio. La sala de espera era un cuarto normal, con unos sillones bastante cómodos y una canastita con revistas. No había nada raro ni fuera de lo común. Por ser mi primera consulta, me hicieron llenar un expediente, el cual hacía las clásicas preguntas como "¿Es usted alérgico a algún medicamento?" y ese tipo de cosas. Pero al llegar al final había una pregunta que decía: "¿Estaría usted dispuesto a utilizar alguna clase de método naturista o acupuntura?" Yo puse que sí, pero me hizo gracia este detalle. Entonces llegó mi turno de pasar a consulta.

Mi mamá ya me había advertido sobre el "cambio" del doctor, pero no pude evitar sorprenderme al entrar. Más que un consultorio médico, la estancia parecía ser una mezcla de estudio y bazar exótico. Era un lugar bastante agradable y acogedor, he de reconocer, pero me llamó la atención que estuviera lleno de adornos y esculturas de todas clases (hindúes, africanas, sudamericanas, una virgen europea, etc.). También había un tapete muy colorido en el piso, un alebrije y un par de jarrones que adornaban la parte superior de un librero de madera rústica (repleto de libros y fotografías de su familia, por cierto). En uno de los extremos de la habitación, había un sillón de dos orejas de color blanco, en donde se encontraba sentado un señor de unos cincuenta y tantos años, chaparro, regordete y muy serio. Se paró para saludarnos y no pude evitar notar que traía puestas unas chanclas y que tenía el pelo chino y canoso largo y despeinado. Soy de mente muy abierta, pero creo que nada en el mundo puede prepararte para algo así. A menos de que te digan que vas con un chamán, la verdad creo que todos esperaríamos ver a un señor con bata blanca y con un estetoscopio alrededor del cuello. No digo que este doc sea malo, pero debo reconocer que sí me sorprendió.

Me senté en uno de los sillones de estampado alegre que tenía y esperé a que se me diera alguna instrucción. Sin embargo, el médico no me movió de lugar, no me tocó ni me revisó con ninguna clase de aparato. Se limitó sencillamente a preguntarme por qué iba a verlo. Le expliqué mis síntomas y él, después de escucharme antentamente, me explicó, con pelos y señales, las razones por las cuales yo podía padecer tres cosas: diabetes, ovario poloquístico o simplemente estrés. Yo me estremecí ante las dos primeras opciones, pero el doc no pareció alterarse en lo absoluto. Me contó toda clase de posibles remedios a las tres opciones, siempre mencionando a algún doctor chino, a algún experimento de un francés o a un cinetífico egipcio que había logrado x cosa. Me di cuenta de que me estaba dando mucha información (bastante interesante, por cierto), pero en realidad no me estaba diciendo nada acerca de mi estado. Me desesperé un poco, pues tengo el mal hábito de pensar que los doctores deberían ser como una especie de magos, los cuales te revisan, diagnostican y te dan un par de pastillas para acabar con tu problema. Pero este hombre se dedicó a informarme y a darme a entender que él no me iba a arreglar la vida, sino enseñarme a cuidarme por mí misma. Yo estaba enojada. Pensé para mis adentros: "este señor habla mucho, pero no me dice nada. Me está dejando en las mismas".

Creo que él se dio cuenta de mi molestia, porque en algún momento de la plática me dijo: "Si quieres puedo ser como cualquier otro médico y darte unos medicamentos para quitarte el dolor de cabeza y regularte. Tenemos la tecnología para hacerlo y no habría ningún problema." Yo lo miré por un momento, entendiendo que me lo decía con ironía. "Si eso es lo que quieres puedo hacerlo,-continuó-pero creo que sería mejor ver qué es lo que te está causando todo esto y ver si lo puedes corregir de otro modo". Me quedé callada, pues me habían dejado en mi lugar.

A continuación me recomendó que me hiciera unos estudios para tratar de descartar la diabetes y el ovario poliquístico, pero también me dijo que, en cualquiera de los tres casos, tenía que evitar estresarme tanto y que procurara cambiar mi dieta y comer más sano. Realmente se tomó la consulta con calma, utilizó todo el tiempo que le pareció necesario y cuando consideró que había hecho su trabajo, se despidió. Me llamó la atención que en todo el tiempo no mirara al reloj ni pareciera preocuparle cumplir con un horario.

Saliendo mi madre me preguntó: "¿Qué te parece?"
"Es un verdadero hippie" le contesté.

Es verdad. Pero es el primer hippie que realmente se preocupa por mi salud.

Saturday, October 06, 2007

Para pensar un rato

Francamente, no soy fan de Arjona (de hecho, no me gusta su música), pero encontré este video en youtube y creo que vale la pena compartirlo.





Yo sé que hay muchas cosas terribles en nuestra sociedad y que es muy difícil juzgar a una persona en una situación como esta. Sin embargo, yo no creo que el asesinato sea una solución, en especial cuando se trata de un inocente.

Tristemente, en nuestro mundo el aborto se ha convertido en un negocio y, nuestra ley, en mercadotecnia.

Thursday, October 04, 2007

Recordando por qué la vida vale la pena...





And now, the end is here
And so I face the final curtain
My friend, I'll say it clear
I'll state my case, of which I'm certain
I've lived a life that's full
I traveled each and ev'ry highway
And more, much more than this, I did it my way

Regrets, I've had a few
But then again, too few to mention
I did what I had to do and saw it through without exemption
I planned each charted course, each careful step along the byway
And more, much more than this, I did it my way

Yes, there were times, I'm sure you knew
When I bit off more than I could chew
But through it all, when there was doubt
I ate it up and spit it out
I faced it all and I stood tall and did it my way

I've loved, I've laughed and cried
I've had my fill, my share of losing
And now, as tears subside, I find it all so amusing
To think I did all that
And may I say, not in a shy way,
"Oh, no, oh, no, not me, I did it my way"

For what is a man, what has he got?
If not himself, then he has naught
To say the things he truly feels and not the words of one who kneels
The record shows I took the blows and did it my way!

[instrumental]

Yes, it was my way

Wednesday, September 26, 2007

Ahora es mi turno de hablarles sobre mi castillo

Mi castillo es bastante peculiar. Está construido sobre una saliente elevada que da al mar. No tiene un estilo determinado ni está compuesto de un mismo material. Hay partes que son de piedra, otras de madera, metales de diferentes aleaciones, ladridos, adobe, cemento y muchas otras cosas. Tampoco tiene una estructura común, sino que todas las habitaciones, de diferentes tamaños, están repartidas desordenadamente, construidas unas encima de las otras. Pero lo más característico de mi castillo es que desde su centro crece un árbol gigante, el más grande que haya existido jamás: lleno de hojas verdes y sanas, hermoso, frondoso y con unas ramas tan largas y anchas que se puede caminar por ellas como si fueran pasillos. Para subir a la copa, hay una serie de elevadores de madera atados con cuerdas, parecidos a los columpios, pero mucho más espaciosos. Suben muy despacio, de modo que uno puede admirar todo el castillo, el mar y los alrededores. Al verlo por fuera te da la impresión de ser una ciudad amurallada que rodea al fabuloso árbol.

El lugar en donde se levanta, es hermoso y tranquilo. Desde él se puede escuchar el sonido de las olas al romperse contra la saliente de piedra. Sin embargo, desde otro lado de la extraña construcción, uno puede ver un hermoso campo cubierto con geranios rojos que resplandecen al sol. Un camino de tierra atraviesa el campo, alejándose de la altura de la saliente y adentrándose en un bosque profundo y misterioso, tan antiguo que sus árboles de cortezas arrugadas se alzan infinitamente hacia las alturas, aunque nunca como mi adorado árbol. A veces, cuando quiero estar sola y pensar un poco, camino por ahí, escuchando el silencio del bosque, respirando el olor de la tierra húmeda, y sintiendo la vida que muere y se renueva a mi alrededor. También acostumbro visitar a mi flor azul; la que vive debajo de un sabio roble y que me habla acerca de Dios y del Amor. Por eso es que mi castillo no tiene jardines en su interior: no los necesito.

Mi castillo está lleno de puertas y ventanas de todos los tipos, tamaños y colores. Las hay grandes, pequeñas, feas, torcidas, elegantes, viejas, nuevas… Absolutamente todas están abiertas, pero no se puede entrar por cualquiera. Cada quien tiene que buscar un poco para encontrar la puerta indicada, la que tiene el tamaño y las características apropiadas para poder pasar por ella. Ya una vez adentro, el visitante podrá darse cuenta de que el interior de la extravagante fortaleza es bastante agradable. No es perfecto, pues es un lugar muy grande y siempre hay algún rinconcito que debe limpiarse mejor y algunas esquinas que necesitan ser pulidas, pero, en general, yo lo encuentro bastante acogedor. No hay una sala principal, como una especie de recibidor o algo así, porque cada persona entra por una puerta que lo lleva a una sala diferente, de modo que todos los que han entrado tienen una impresión diferente del lugar, pues conocen tan sólo algunos aspectos. Hay visitantes más frecuentes que han podido visitar más salas y conocerlo mejor. También los hay, aunque más escasos, que han decidido quedarse como huéspedes indefinidos en mi castillo. Por ellos es que intento tener todas las recámaras arregladas, limpias y en orden, pues quiero que se sientan cómodos y bien atendidos.

Entre las muchas curiosidades que tiene mi castillo, hay una biblioteca enorme en donde guardo mis conocimientos. Sin embargo, no es una biblioteca convencional: no hay libros ni estantes, sino un montón de hojas sueltas y dobladas a la mitad, las cuales vuelan tranquilamente utilizando sus extremos a modo de alas. Cada hoja es de un material diferente (pergamino, amate, papel…) y cada una tiene escrito algún pensamiento, recuerdo o aprendizaje que obtuve de al leer un libro, viendo una película o escuchando el consejo de algún amigo. Por lo general, las hojas son dóciles y se dejan leer sin problemas, pero también pasa que algún pensamiento desagradable te hace una cortada en la piel con sus afiladas esquinas cuando intentas acercarte. Lo bueno es que esos papeles son de muy mala calidad y se deshacen fácilmente con el tiempo.

También tengo una sala de música, en donde se puede escuchar de todo. No tengo discos ni reproductores de sonido, pero basta con pensar en alguna melodía para poder escucharla en vivo. Puede ser de alguna canción existente o tan sólo de una melodía improvisada por la inquieta mente de algún visitante. En ese cuarto, la música se llena de colores y las melodías vuelan por el aire, como ondas de pintura, y forman hermosas imágenes en las paredes blancas.

Mi cocina, curiosamente, es muy pequeña y de un estilo muy mexicano y conservador. Me encantan el barro y los azulejos, pero cuando cocino lo hago con los instrumentos propios de mi época (tengo que admitirlo: soy hija del teflón). No tengo chef ni ratas cocineras, pues prefiero cocinar yo, en especial cuando tengo invitados.

Otro lugar que visito con frecuencia, es el observatorio, desde donde puedo divertirme viendo los astros. Pero si de estrellas se trata, prefiero ir a mi lugar favorito de todo el castillo: la estancia que se encuentra en torre más alta. Para llegar a ella hay que subir una enorme escalera de piedra que rodea por dentro la pared de la torre circular conforme va subiendo. El centro de la torre es hueco, por lo que al subir uno se puede asomar al centro y ver la oscuridad del abismo interminable que uno va dejando atrás. Al llegar hasta arriba, uno se encuentra con una estancia casi en ruinas. No hay techo y las paredes están cubiertas casi por completo por una enredadera que se coló por entre las piedras y que creció con el transcurrir del tiempo. Lo único que hay en ese lugar es un enorme colchón de plumas, cubierto por una tela suave y agradable al tacto. Es casi como un edredón gigante, pero mucho más grueso y esponjado. Es tan grande que cubre casi todo el piso de la estancia. Ahí me gusta acostarme, a veces sola y a veces con mis amigos, a mirar las estrellas. Es un lugar que todos los que han entrado en mi castillo conocen y respetan. Incluso mi árbol suele quitar sus ramas de esa parte para no obstruirme la vista. Puedo pasar horas enteras en ese lugar, observando la bóveda celeste y platicando con la gente que quiero. En ocasiones hablamos de cosas serias, en otras reímos juntos y también nos consolamos, pero casi siempre compartimos sueños y promesas, hablamos de la vida, de países lejanos y de nuestras aventuras cotidianas. También es un lugar que funciona como santuario, en el cual descansamos del mundo y de las cosas que no nos gustan.

El único problema de ese cuarto es que no hay escaleras para bajar, pues los escalones de piedra sólo sirven para acercarse al cielo. Por eso hay que aventarse por el obscuro abismo del centro de la torre. Es difícil y da bastante miedo (a mí, en especial, me da mucho vértigo), pero vale la pena hacerlo, pues siempre que uno baja de esa torre, regresa transformado.

Tuesday, September 18, 2007

"Pero jamás te cures de quererme,
pues el amor es como Don Quijote:
sólo recobra la cordura
para morir.
Quiéreme en mi locura,
pues mi camisa de fuerza eres tú,
y eso me calma,
y eso me cura..."

Sunday, August 26, 2007






"¿Qué más necesitaba aquel anciano, que compartía los ocios de su vida, en la que había tan poco lugar para este ocio, entre cuidar su jardín de día, y la contemplación de la noche? ¿Aquel estrecho cercado, que tenía por bóveda los cielos, no era bastante para poder adorar a Dios, ya en sus obras más hermosas, ya en las cosas más sublimes?
¿Qué más podía desear? Un pequeño jardín para pasearse y la inmensidad para soñar. A sus pies, lo que podía cultivar y recoger; sobre su cabeza, lo que podía estudiar y meditar; algunas flores sobre la tierra y todas las estrellas del cielo."


Victor Hugo,
Les Misérables

Monday, August 20, 2007

Los ángeles sí existen




Alguna vez, una amiga me dijo que los ángeles son señores vestidos con camisas azules que uno se encuentra en la calle cuando tiene problemas. No sé si sea del todo cierto, pero es algo que funciona para ella. Y me consta.

Yo nunca me había encontrado con un ángel. Siempre pensé que eran seres imaginarios que representaban algunos sueños y deseos humanos y que se ponían de adorno en las iglesias. Jamás se me ocurrió que los ángeles pudieran existir y que fueran, como su nombre lo indica, mensajeros reales. ¿De quién o de qué? Aún tengo mis dudas, pero me gusta creer que de la verdad.

Hace poco conocí a un ángel. No tenía alas ni portaba una espada. Tampoco bajó del cielo ni estaba rodeado de un resplandor dorado. Sencillamente fue alguien que llegó a mi vida en el momento preciso y me dijo justamente lo que necesitaba escuchar.

El domingo pasado fui a casa de mi tía a una comida familiar. Algo aparentemente cotidiano y normal, pero en realidad fue algo tremendamente fuerte para mí, pues no había asistido a una de esas comidas en varios años por una serie de problemas familiares muy duros por los que me separé de la familia. No voy a entrar en detalles, pero durante mucho tiempo viví algo dolida y molesta por la situación. Sin embargo, después de tanto escuchar hablar del famoso perdón, pensé que valdría la pena intentar recuperar algo de la relación que perdí hace tantos años.

Estaba sentada en la sala de la casa, viendo cómo todos platicaban entre ellos y sintiéndome profundamente incómoda. Me sentía como un intruso. Yo ya no pertenecía a ese lugar, ya no conocía a las personas que me rodeaban y no sabía de qué hablar con ellos. Incluso había varios primos míos que nunca había visto, pues habían nacido y crecido durante el tiempo de mi ausencia.

Estaba en esas, pensando para mis adentros en lo mucho que deseaba desaparecer, cuando una pequeñita se me acercó de la nada y se sentó en mis piernas. Era una niña preciosa e inquieta, con unos ojos brillantes y curiosos que me recordaron mucho a los de mi hermana cuando era chiquita.

-Tú eres Emilia, ¿verdad?

Era más una afirmación que una pregunta. Yo le dije que sí y no pude evitar sonreírle. Pero ella no me devolvió el gesto, sino que permaneció seria. No era una seriedad que denotara enojo o preocupación. Más bien era de esos semblantes que demuestran una gran inteligencia y capacidad de reflexión. Me sorprendió bastante en una niña tan pequeña (tan sólo tiene siete años), pero también me tranquilizó mucho. De todas las personas que estaban presentes ese día, ella era la única que parecía comprender mi situación.

Me hizo muchas preguntas. Quería saber cosas de mí, conocerme. También le preocupaba el hecho de que fuéramos primas y que nunca nos hubiéramos visto. Me platicó de su vida, de sus juguetes y de las peleas infantiles con su hermana mayor. Hablamos de cosas sencillas como Harry Potter, la escuela y los juegos; pero también me preguntó sobre la vida, la adolescencia, el amor y la muerte.

En algún punto de la conversación me preguntó sobre mi papá. Es posible que a cualquier otra niña no le hubiera alcarado tanto la situación, pero, por alguna razón, pensé que ella se merecía la verdad.

-Murió hace muchos años, cuando yo era chiquita -le dije.

Ella guardó silencio por un momento. No fue un silencio incómodo, como esos que surgen cuando le digo esto a un adulto, sino que era más bien un breve momento de reflexión. No sé qué clase de cosas puedan pasar por una mente con tan poca experiencia, pero estoy segura de que eran pensamientos realmente profundos.

De repente, mi pequeña prima salió sus reflexiones y me miró. Me dijo, con su vocecita infantil, que mi papá era un ángel. Me llamó la atención la seguridad con la que hizo esta afirmación, así que le pregunté:

-¿Cómo sabes?

Ella reflexionó por un momento.

-Porque lo vi en una foto de mi mamá y tenía unas alas que le salían por detrás -me dijo al fin.

No sé a qué se refería ni de qué foto hablaba, pero, curiosamente, esa respuesta fue suficiente para mí. Por un breve instante, tuve la seguridad de que los ángeles existían.

No sé si mi pequeña prima se dio cuenta de todo lo que logró mover dentro de mí ese día, pero estoy absolutamente segura de que no me voy a perder la próxima comida familiar.

Tuesday, August 07, 2007

Determination...




"Determinación". ¿Qué significado tiene esta palabra para nosotros? Para mí es seguridad, pero no en el sentido de protección, sino más bien en el de convicción. Es llevar una creencia hasta sus últimas consecuencias. Es una forma de vida, un ideal.

Hace poco me pregunté si valía la pena sacrificarlo todo por un ideal. Al principio repelía la idea, pero ahora me doy cuenta de que no se trata de las cosas a las que vas a renunciar, sino el porqué de esta renuncia.

Después de muchas vueltas llegué a una conclusión: el único ideal por el cual valdría la pena morir (y vivir) es el amor. El amor a la vida, al conocimiento, a las personas, a la belleza... a todo cuanto nos rodea. Ahora entiendo a San Agustín: "ama y has lo que quieras"...

El amor nos hace libres.

Monday, July 16, 2007

Dualis





“Al emplear el dualis introducimos unas reglas completamente nuevas. <<¡Vamos a dar un paseo!>> Así de sencillo, Georg, nada más que cinco palabras, que, sin embargo, describen un proceso cargado de contenido y que interviene profundamente en la vida de dos seres sobre la Tierra. Y no sólo se trata de ahorro en número de palabras, sino también de un ahorro energético. <<¡Vamos a darnos una ducha!>>, decía Verónica. <<¡Vamos a comer!>>, <<¡Vamos a dormir!>>. Cuando se habla así no se necesita más que una sola ducha, cocina o cama.


Ese nuevo empleo del pronombre y de la forma del verbo me impactó. "Nosotros", era como si se hubiera cerrado un círculo. Era como si el mundo entero se hubiera fundido en una unidad superior.”



Jostein Gaarder, La joven de las naranjas.

Friday, June 29, 2007

Un ideal infantil




La Dama de los Lupinos vive en una casita con vista al mar. Entre las rocas alrededor de su casa, crecen flores azules, moradas y color de rosa. La Dama de los Lupinos es chiquita y viejita. Pero no siempre fue así. Ella es mi tía abuela y me lo contó.

Hace muchos años, ella era una niña. Se llamaba Carmen Emilia y vivía en una ciudad junto al mar. Desde el primer escalón, podía ver los muelles y los altos mástiles de los veleros.

Hacía muchos años, su abuelo había llegado a América en un gran barco de vela. En su taller hacía mascarones de proa para los barcos y tallaba indios de madera para poner enfrente de las tiendas de cigarros. Porque el abuelo de Carmen Emilia era un artista. También pintaba cuadros de veleros y de tierras lejanas al otro lado del mar. Cuando estaba muy ocupado, Carmen Emilia lo ayudaba a pintar los cielos.

En las noches, Carmen Emilia se sentaba en las piernas del abuelo y escuchaba sus cuentos de tierras lejanas. Cuando los cuentos terminaban, Carmen Emilia le decía:

-Cuando yo sea grande, también voy a visitar otras tierras, y cuando sea vieja, también voy a vivir a lado del mar.

-Eso está muy bien, mi pequeña Emilia –dijo su abuelo-, pero hay una tercera cosa que debes hacer.

-¿Qué será? –preguntó Carmen Emilia.

-Debes hacer algo para que el mundo sea más hermoso.

-Está bien –dijo Carmen Emilia.

Pero no sabía que podía hacer.

Carmen Emilia se levantó, se lavó la cara, tomó el desayuno, fue a la escuela, volvió a casa e hizo sus tareas. Y muy pronto, creció.

Entonces, mi tía abuela Carmen Emilia, salió a hacer las tres cosas que le había prometido a su abuelo. Dejó su casa y fue a vivir a otra ciudad lejos del mar y del aire salado. Allí trabajó en una biblioteca, desempolvando libros, evitando que se mezclaran, ayudando a la gente a encontrar los que buscaban. Y también ella leía los libros de la biblioteca; algunos contaban de tierras lejanas.

La gente la llamaba la señorita Emilia.

Algunas veces, iba al invernadero que quedaba en el medio del parque. Cuando entraba en los días de invierno, el aire caliente y húmedo se enrollaba alrededor de ella y el perfume de los jazmines llenaba su nariz.

-Esto es casi como una isla tropical –dijo la señorita Emilia-, pero no del todo.

Entonces, la señorita Emilia se fue a una isla tropical de verdad, donde la gente tenía guacamayas y monos amaestrados. Caminaba por largas playas, recogiendo bellos caracoles. Un día, conoció al Bapa Raja, rey de un pueblo de pescadores.

-Debes estar cansada –le dijo-. Ven a mi casa y descansa.

La señorita Emilia entró y conoció la casa del Bapa Raja. El recogió un coco verde y le hizo un hueco para que la señorita Emilia pudiera beber el agua dulce. Al despedirse de ella, el Bapa Raja le regaló un concha de madreperla donde había pintado un ave del paraíso y las palabras: “Siempre estarás en mi corazón”.

-Tú también estarás siempre en mi corazón –dijo la señorita Emilia.

Mi tía abuela Carmen Emilia escaló altas montañas donde la nieve nunca se derrite. Atravesó junglas y desiertos. Vio leones jugando y canguros brincando. Y en todas partes encontró amigos que nunca olvidaría. Finalmente, llegó a la tierra donde crecen los lotos, y allí, bajándose de un camello, se maltrató la espalda.

-Qué tontería –dijo la señorita Emilia-. Bueno, ciertamente he conocido tierras lejanas. Tal vez ya sea hora de encontrar mi lugar junto al mar.

Y así era. Y lo encontró.

Desde el porche de su nueva casa, la señorita Emilia veía el amanecer; veía al sol cruzar los cielos y brillar en el agua; y lo veía ocultarse lleno de colores en las tardes. Sembró semillas de flores en la tierra pedregosa para hacer un pequeño jardín entre las rocas que rodeaban su casa. La señorita Emilia era casi totalmente feliz.

-Pero todavía hay una cosa que debo hacer –se dijo-. Tengo que hacer algo para que el mundo sea más hermoso. ¿Pero qué? El mundo ya es bastante bueno –pensó, mirando hacia el océano.

Esa primavera, la señorita Emilia no se encontraba muy bien. Su espalda la estaba molestando otra vez y tuvo que quedarse en cama casi todos los días.

Las flores que había sembrado en el verano habían crecido y florecido, a pesar de la tierra pedregosa. Las podía ver desde su ventana: azules, moradas y de color de rosa.

-Lupinos –dijo la señorita Emilia contenta-. Siempre me han gustado mucho los lupinos. Ojalá pueda sembrar más semillas este verano para tener más flores el próximo año.

Pero no pudo hacerlo.

Después de un recio invierno, llegó la primavera. La señorita Emilia se sentía mucho mejor. Ahora podía salir a caminar otra vez. Una tarde, salió y subió a la colina, donde hacía tiempo que no iba.

-No puedo creer lo que veo –dijo mientras se arrodillaba encantada-. Fue el viento que trajo las semillas desde mi jardín hasta aquí. Y los pájaros deben haber ayudado.

Entonces la señorita Emilia tuvo una gran idea.

Corrió a su casa y sacó sus catálogos de semillas. Mandó pedir cinco barriles de semillas de lupinos.

Todo ese verano, con los bolsillos llenos de semillas, la señorita Emilia paseó por praderas y colinas, sembrando lupinos. Esparció semillas por las carreteras y los caminos. Las dejó caer alrededor de la escuela y detrás de la iglesia. Las lanzó entre las cañadas y las paredes de piedra.

Su espalda ya no le dolía.

Alguna gente la llamaba la Viejita Titriloca.

Cuando llegó la primavera, había lupinos por todas partes. Las praderas y colinas estaban cubiertas de flores azules, moradas y de color de rosa. Florecían a los lados de las carreteras y los caminos. Había manchas luminosas alrededor de la escuela y detrás de la iglesia. En las cañadas y entre las paredes de piedra, crecían las bellas flores.

Y, finalmente, la señorita Emilia había hecho la tercera cosa, la más difícil de todas.

Mi tía abuela Carmen Emilia, la señorita Emilia, ya está muy viejita. Su pelo es muy blanco. Todos los años hay más y más lupinos. Ahora la llaman la Dama de los Lupinos. Algunas veces, mis amigos se paran conmigo frente a su reja. Quieren ver a la viejita, tan viejita, que sembró lupinos en las praderas. Cuando nos invita a entrar, pasan en silencio y lentamente. Ellos creen que es la mujer más vieja del mundo. A menudo, nos cuenta cuentos de tierras lejanas.

-Cuando sea grande –le digo., yo también voy a visitar tierras lejanas, y luego regresaré a casa a vivir junto al mar.

-Eso está muy bien, mi pequeña Emilia –me dice-. Pero hay una tercera cosa que debes hacer.

-¿Qué será? –pregunto.

-Debes hacer algo para que el mundo sea más hermoso.

-Está bien –digo.

Pero todavía no sé qué puedo hacer.


-Barbara Cooney

Saturday, June 09, 2007

Nocturne de Chopin

Hace mucho que no escribo cuentos. El otro día me puse a leer algunos de los que tengo guardados. Entonces encontré uno que me gusta mucho y que ya casi se me había olvidado. Creo que, incluida yo misma, solamente hay tres o cuatro personas que lo han leído. Ahora quiero compartirlo con ustedes. A ver qué opinan.



El eco de una sola nota resonó por las paredes del vacío auditorio del museo. Después le siguieron otras y poco a poco se fue formando una delicada melodía. Un joven pálido y desgarbado se hallaba inclinado sobre el viejo piano. Sus blancas y delgadas manos se deslizaban con agilidad por las teclas amarillentas, mientras que su cuerpo se movía suavemente con la música. Tenía los ojos cerrados y una mata de cabello negro despeinado que le cubría la frente. Todo en él era tétrico; su tez cenicienta, sus enormes ojeras y su saco negro de aspecto descuidado. Sin embargo, mientras tocaba, tenía un semblante de absoluta paz y tranquilidad.


El viejo Artemio lo veía escondido desde detrás de una de las cortinas del salón. No era la primera vez que veía y escuchaba al talentoso muchacho. Había sido intendente del museo por más de veinte años y él había sido el único en descubrir las visitas nocturnas del joven pianista. Su deber como empleado del lugar era correr al intruso, pero su gran sensibilidad musical se lo impedía. En su casa guardaba con orgullo su preciada colección de discos de óperas y obras de los grandes clásicos de la música. Su esposa, una mujer práctica y ligeramente obsesionada con la limpieza y el orden, había intentado deshacerse de los valiosos discos de su marido en varias ocasiones, alegando que ya estaban muy viejos y que se oían como los lamentos de un gato atropellado. Pero Artemio siempre había logrado salvarlos de ese destino nefasto y, a veces, cuando su mujer dormía, se ponía a escucharlos con gran deleite. Él comprendía el amor del muchacho por la música y por eso se había hecho de la vista gorda cada vez que lo descubría tocando en el auditorio. Todas las noches, el joven interpretaba unas cinco o seis canciones diferentes, se inclinaba ante un público inexistente y abandonaba el auditorio con el sonido de sus pasos siguiéndolo.


Artemio nunca lo había interrumpido ni le había hablado y el joven sencillamente lo ignoraba. A veces al viejo intendente se le cruzaba por la mente que el pálido pianista era un fantasma, pues aún no había logrado verlo entrar o salir del museo, donde todas las puertas permanecían cerradas por las noches. Pero pronto desechaba sus ocurrencias descabelladas y seguía acudiendo al auditorio para escuchar el siguiente repertorio. Era como ir a un concierto diario, pero gratis y en primera fila.


Sin embargo, en esa ocasión, el muchacho sólo tocó una canción. Cuando terminó se quedó sentado unos minutos frente al piano. Acarició las teclas con sus finos dedos y recorrió el auditorio con la mirada. Entonces reparó en el anciano que lo observaba desde una cortina y fijó sus oscuros ojos en él. Artemio se sintió como un niño descubierto en medio de una travesura, lo cual era muy extraño, pues en realidad había sido el muchacho y no él, el que había entrado al museo sin permiso. Pero los ojos del joven denotaban tanta autoridad que el pobre intendente no pudo hacer nada más que permanecer parado en su lugar. Entonces el pianista se levantó sin decir nada y, lentamente, se inclinó ante el sorprendido Artemio. Al terminar la reverencia le sonrió con semblante infantil y acto seguido se puso a correr hacia la salida del auditorio. El viejo intendente reaccionó y lo siguió con dificultad. Al salir del recinto vio la silueta del muchacho internándose por los oscuros corredores del museo.

-¡Oiga joven, no puede entrar ahí!- gritó con voz ronca, al tiempo que corría detrás de él.

Podía oír las pisadas del muchacho en la madera y su risa burlona resonando por las salas del museo.

-Escuincle malcriado…- se quejó el viejo Artemio, mientas entraba a revisar las distintas salas.

Entonces, súbitamente, las pisadas y las risas se extinguieron. Artemio entró en la última sala que quedaba y prendió su linterna: era un saloncito de pequeñas proporciones con unos cuantos cuadros colgados en sus respectivos lugares. No había señales del muchacho por ningún lado.

El viejo intendente se rascó la nuca confundido y se dispuso a salir de la estancia, pero entonces, algo llamó su atención. Se acercó a uno de los cuadros de la sala y lo alumbró con su linterna. La imagen mostraba el retrato de un joven con el rostro pálido y ojos profundos. Tenía el cabello desordenado, un saco viejo y unas manos blancas y delicadas.

El anciano soltó una exclamación ahogada y salió del salón lo más rápido que sus viejas articulaciones le permitieron. Cerró la puerta de la estancia con manos temblorosas y permaneció en silencio durante unos segundos. Lo único que se escuchaba era su agitada respiración y los latidos desbocados de su corazón. Pasaron unos minutos y Artemio recobró su sentido de la lógica. Seguramente alguien le estaba jugando una broma. Con este pensamiento, se armó de valor y volvió a entrar en la sala con lámpara en mano. El retrato del muchacho seguía en su lugar, mirándolo con sus ojos de pintura desde la pared. El viejo intendente se acercó con cautela y examinó el cuadro a la luz de su linterna. Eran exactamente los mismos rasgos del joven pianista; las mismas ojeras, los mismos labios delgados, el mismo aspecto grisáceo y triste. Pero era imposible…

De pronto, el pobre Artemio retrocedió asustado de un golpe. No estaba seguro, pero podría jurar que el joven del cuadro acababa de guiñarle un ojo.

-Esto es demasiado para mí- se dijo el anciano.

Al día siguiente, después de veinte años de fiel servicio, el señor Artemio presentó su renuncia. Nadie supo por qué y él no dio explicaciones. El director del museo contrató a otro intendente; un hombre chaparro y calvo de amable sonrisa y muy buena disposición, según decía su antiguo patrón.

Pasaron los años y nadie volvió a escuchar jamás música proveniente del auditorio. Pero pronto se corrió el rumor de que una niña vestida de bailarina recorría los pasillos del museo por las noches. Muchos pensaban que era un fantasma…

Wednesday, May 30, 2007

Sólo para fanáticos (Otro sabotaje más)

U2 se presentó en Cannes. U2 presentó una película en Cannes. Este video que ahora les comparto es el concierto que dieron el 24 de mayo pasado por allá. Como verán, no tienen gran espectáculo detrás: son sólo ellos y una escalera. Neta netaribus sunt! Jajajaja. Espero que lo disfruten tanto como yo.



P.S. This is war, remember?, jajaja.

Friday, May 25, 2007

Versos sin sentido. Sabotaje III (Hasta a mí me saboteé...(?))


Se metió cual vencedor

en la panza de un caballo,

a si el fuego prendió antaño,

hoy lo llamo valedor.


Sus saetaz consumieron

tempestades y calmas concretas

y destrozando endechas

hoy lo llaman trovador.


¿Es que nadie recuerda,

el tino heredado de Apolo,

el lance no más doloroso,

deste afán consolador?


Lo confunden con un verso,

lo cantan tan cotidiano:

creen que con decir "te a...lgo"

han provado su admisión.


Y es seguro que encuentren,

caóticas y sin sentido las líneas,

tan torpes y tan altivas

como de romanticón.


Y no duden siquiera,

que esta redondilla sincera

es un modo de cariño:

un saboteaje respondón.