Thursday, June 11, 2009

Más presentaciones: Leo, Kaptha y Yamal

- Bueno, ¡ya es suficiente! He pasado las últimas dos horas vagando por esta pseudo ciudad en busca de esa maldita bestia. No pienso perder ni un segundo más de mi tiempo pensando en ese camello sin cerebro.

-No sea tan duro, shabah. Los nelefá son seres del desierto, y su espíritu necesita ser libre. Es posible que se haya quedado en las afueras.

-Pues que se quede ahí, entonces.

-Alguien podría robárselo.

-Mejor para mí. Así me libro de ese animal estúpido.

Kaptha movió la cabeza con desaprobación, pero no dijo nada. Sabía que su amo extrañaba a Yamal, pero el enojo lo impulsaba a decir esas palabras tan hirientes.

-Lo mejor será buscar un lugar para pasar la noche. Ya está oscureciendo y no hemos comido nada en varias horas. Mañana compraremos otro camello y nos iremos de aquí.

Eso era lo que le gustaba a Kaptha de su joven amo: siempre utilizaba palabras refiriéndose a “nosotros” en vez de “yo”. En todos sus años de esclavo, jamás había sido tratado con tantas deferencias.

-¿Mi shabah quiere que busque una posada para descansar?

-Sí, por favor. Y de preferencia, busca una que no tenga chinches en las almohadas.

El sirviente bajó la cabeza con respeto, y se perdió entre la bulliciosa calle. Leo se sentó en un escalón desgastado por el tiempo y la arena, y tomó unos cuantos tragos de su termo hermético. Ya había pasado más de dos años en Retorian y todavía le sorprendía el fuerte contraste entre la forma de vida de las personas y la avanzada tecnología con la que contaban. Por un lado, tenían los transportes más rápidos que él había visto, pero la mayoría de la gente seguía prefiriendo a los animales de carga.

-Nunca voy a entender a este mundo tan contradictorio- se dijo a sí mismo, mientras veía cómo los vendedores comenzaban a guardar sus productos y la masa de gente disminuía poco a poco.

"Se parece a los tianguis" pensó con nostalgia.

¿Cómo sería la ciudad de México después de dos años y medio? ¿Habría cambiado algo, o todo seguiría igual?

-Sea como sea, yo no me voy a enterar sino hasta después de varios años.

Era triste imaginarse a sus padres, la escuela, los planes… ¿Qué sería de él si todavía estuviera en su casa? Lo más probable es que estudiara en la universidad y tuviera una novia y un auto para salir de antro. Aunque, en realidad, Leo nunca había sido de antros, le gustaba imaginarse como un muchacho común, viviendo una vida normal. Pero él había elegido alejarse de todo eso para seguir un sueño. Ya no estaba tan seguro de que la verdadera razón de sus estudios fuera su hermana. De hecho, ya no guardaba ninguna esperanza de encontrarla, pero seguía adelante por el simple deseo de hacer algo con su vida. Después de todo, nadie le aseguraba que algún día podría regresar a México.

Leo dejó escapar un suspiro y trató de olvidar sus temores. Observó el atardecer con los ojos entornados y la mirada perdida. Pero entonces, una lengua húmeda y desagradable lo sacó de sus pensamientos cuando le lamió la cabeza.

-¡Ahgg!

Se paró, desconcertado, y se encontró de frente con un hocico baboso y oloroso que él conocía muy bien.

-¡Maldito animal! ¡Eres un asco, me las vas a pagar!

Atrás de él, llegó Kaptha corriendo con una amplia sonrisa en el rostro.

-Mire lo que encontré, shabah, ¡es Yamal!

-Sí, ya me di cuenta.

-Lo encontré en el establo de una posada. Un viajero lo vio vagando por el desierto y se lo llevó. Se lo tuve que comprar, pero valió la pena.

-¿Lo compraste? ¡Pero si es nuestro camello!

-Yo lo sé, shabah, pero el hombre no me creyó. Pensó que me lo quería robar.

-¡Perfecto! - exclamó Leo con sarcasmo. – Primero se pierde, y luego lo tenemos que comprar otra vez. Es el animal más desesperante y estúpido que he conocido.

Pero Yamal no se dio por aludido. Se encontraba muy ocupado olisqueando la apetitosa capa de su amo.

-Ah, no. Esto no te lo vas a comer.

Leo enrolló su prenda y la abrazó con fuerza, pero el camello estaba decidido a conseguirla y comenzó a mordisquearle el brazo.

-¡Kaptha, quítame a este animal de encima!

-Ya voy, shabah.

El esclavo tomó las riendas la bestia con firmeza y le acarició el cuello.

-Vamos, Yamal. Kaptha encontró un lugar fresquecito en donde podrás comer a gusto.

Leo lo siguió murmurando maldiciones, mientras se limpiaba la baba del pelo y la ropa.

-Algún día me voy a deshacer de ese camello estúpido.

Kaptha sonrió, movió la cabeza, y siguió caminando.

Bella descripción de un hombre no bello




"Alí sufría una parálisis congénita de los músculos faciales inferiores, una enfermedad que le impedía sonreír y le confería una expresión eternamente sombría. Era muy raro ver en la cara de piedra de Alí algún matiz de felicidad o tristeza; sólo sus oscuros ojos rasgados centelleaban con una sonrisa o se llenaban de dolor. Dicen que los ojos son las ventanas del alma. Pues bien, nunca esta afirmación fue ten cierta como en el caso de Alí, a quien únicamente se le podía ver a través de los ojos."


Khaled Hosseini, The Kite Runner.

Tuesday, June 02, 2009

Heryk y Veilaug

A petición de mi buen amigo Tensai, les presento uno de los fragmentos que tengo sobre la novela que llevo escribiendo gran parte de mi vidam, para que conozcan a dos de mis personajes.

Pienso ponerme al corriente con este proyecto durante el verano, así es que es posible que pronto les toque leer más al respecto. Espero que les guste.



Heryk reunió valor y entró en la gruta con la shangana desenvainada. Algunos hombres, entre los que se encontraba Gian, lo siguieron sin dudar, pero la mayoría tuvo que esperar la enérgica orden de un Serle gruñón para convencerse del todo.

Adentro el aire era húmedo y denso. Heryk usaba la shangana como bastón para reconocer el terreno conforme la luz disminuía a sus espaldas.

-Esto es una locura- dijo Serle. –Si no logramos iluminar el camino de alguna forma, acabaremos dando vueltas hasta perdernos.

Heryk no le hizo caso, pero tuvo que detenerse al sentir el camino bloqueado. Serle se acercó y golpeó con su espada a la roca que les impedía seguir.

-No hay salida- gruñó malhumorado.

-¿Y ahora qué hacemos?- preguntó Gian en la oscuridad.

-Pues regresar, ¿qué otra?- contestó Serle.

Un montón de hombres asustados se dispusieron a salir aliviados, pero Heryk no se movió de su lugar. Estaba seguro de haber oído algo, pero por más que aguzaba el oído, con tanto movimiento de armaduras era imposible escuchar algo. Los últimos ecos de las pisadas metálicas se dejaron oír al final del angosto túnel. Entonces el guerrero guardó silencio durante unos segundos y se convenció de que no había nada en esa oscuridad profunda.
"Tal vez era sólo un murciélago", pensó.

Se dispuso a reunirse con sus compañeros, cuando un resplandor rojizo invadió el ambiente de un solo golpe. Heryk se puso en posición de combate, pero pronto se dio cuenta de que la luz provenía de sí mismo. Extrañado, metió la mano debajo de su armadura y abrió la camisa con cuidado. Sacó el amuleto escarlata que irradiaba una luz brillante y la sostuvo asombrado. Miró a su alrededor, pero sólo pudo ver piedras húmedas e inertes. Sin embargo, la roca que bloqueaba el camino era diferente. Parecía más oscura que las demás y no presentaba rastros de humead alguna.

Heryk se acercó y puso su oído en la superficie fría y áspera. Había algo dentro de esa piedra. Algo vivo.

El príncipe se alejó unos pasos para tener una visión más amplia del túnel. Entonces se frotó los ojos con la mano que tenía libre: ¡la roca acababa de parpadear!

Súbitamente, el piso empezó a temblar y la roca comenzó a moverse.

-¿Qué demonios fue eso?- exclamó Serle desde la boca de la gruta.

Heryk se echó a correr por el túnel a todo lo que daban sus pies. Con la ventaja de la luz, logró alcanzar a los demás en cuestión de segundos.

-¡Un dragón!- gritó al llegar a la salida.

Inmediatamente todos los hombres se prepararon para pelear, pero Serle tomó a Heryk de un brazo y se puso a correr.

-¡Corran todos! ¡Es imposible matar a esa bestia entre la maleza!

Nadie se hizo del rogar y todos los hombres emprendieron la huida. Heryk tropezaba con las platas y las raíces, pero Serle lo sostenía firmemente, arrastrándolo por la selva.

Algunos hombres aprovechaban la espesura para esconderse, pero Heryk y Serle llegaron hasta el campo abierto, confiados de que los demás los seguían. Gian logró darles alcance bufando como un toro.

-¡Qué pésima condición, soldado! Cuando regresemos me voy a encargar personalmente de tu entrenamiento.

-Si es que regresamos- dijo Gian casi sin aliento.

-¿Dónde están los demás?- preguntó Heryk buscando a su alrededor.

-No lograrán llegar a tiempo- repuso Gian señalando los árboles. –Ahí ya viene el dragón.

Efectivamente se veía una mole gigantesca entre los árboles. Soltó un rugido estridente y agudo que los obligó a taparse los oídos y extendió sus enormes alas negras.

-En toda mi vida, jamás he visto a una bestia semejante- dijo Serle sorprendido.

-Lo mejor será buscar refugio- propuso Heryk.

-Yo estoy de acuerdo contigo, amigo. Esos cobardes no piensan ayudarnos.

-Y yo no los culpo- dijo Gian mientras se echaba a correr hacia el bosque. Serle y Heryk lo imitaron.

El dragón logró salir a campo libre y soltó una bocanada de fuego ardiente. Heryk se tiró al piso para evitar la flama. Cuando levantó la cabeza, vio que Serle y Gian habían logrado resguardarse detrás de unas rocas a unos cuantos pasos de donde él se encontraba. Volteó la cabeza lentamente y se encontró con una bestia de tamaño descomunal. El guerrero no movió ni un músculo, confiando en que la vista del animal era tan mala como correspondía a su especie, pero este dragón negro no parecía ser tan despistado. Agachó su cabeza y lo miró fijamente con sus ojos de color violeta. Heryk se sorprendió al sentirse traspasado por esos ojos. No parecía la mirada de un dragón. Era una mirada humana.

De pronto, el amuleto de Heryk comenzó a brillar con una intensidad impresionante. El dragón cerró los ojos deslumbrado y el guerrero aprovechó el momento para refugiarse con sus compañeros. El animal se recuperó pronto y después de mirar a su alrededor una última vez, se alejó volando sin que nadie se atreviera a impedírselo.

Monday, June 01, 2009

Irrelevante relevancia

Hay un mundo enorme fuera de mí. Millones de cosas importantes están pasando ahora. Hay vidas que penden de un hilo, personas que atraviesan momentos de renovación, angustias y problemas que gritan al cielo por una solución...

De verdad hay cosas importantes, pero lo único que le importa en este instante a la pobre mortal que escibre en este blog, es que mañana tiene examen final de historia.

Sunday, May 24, 2009

Mañana migrañosa

No es un dolor estático, sino que se mueve. A segundos duele más, a segundos menos. A veces duele con la misma intensidad, pero de modo distinto. Es palpitante, molesto y va en aumento constante.

Se siente como si un líquido corrosivo se paseara tranquilamente por un hemisferio del cerebro. Se parece al ardor, pero con un eco extraño que lo multiplica incontables veces. Es más bien como una ola que va y regresa, pero nunca desaparece.

Cansa, atonta, duele, desespera, pero se niega a irse. Lo bueno es que hoy sólo duele. Hay días en los que marea e inutiliza. Hay remedios parciales que traen un ligero alivio temporal, pero todo aquél que la haya sufrido sabe que, por más que uno intente evitarla, ella hace lo que se le da la gana. El mejor remedio es tratar de dormir. A veces, incluso ni siquiera permite conciliar el sueño, pero vale la pena intentarlo.

Sin embargo, tampoco es garantía, pues uno puede despertar renovado y tranquilo o sentir el punzante dolor desde el momento en el que abre el ojo. Ese es mi caso el día de hoy.

Esta constante molestia ha sido mi fiel compañera durante el día. Ya no la soporto. Me gustaría poder abrir mi cabeza y sacarla por la fuerza. ¿Agresivo?, tal vez, pero no puede ser peor que esto…

Thursday, May 14, 2009


Ya no quería dar clases. Estoy conciente de que el próximo semestre voy a estar muy atareada por la universidad, la tesis y los preparativos para la boda y la maestría. No quería echarme encima otra responsabilidad. Sin embargo, hace unos días fui a dar mi última sesión del curso. Siempre me pongo nerviosa antes de empezar, pero cuando comienza la clase y logro que mis alumnos se interesen, entren en conflicto, discutan y se pregunten cosas, cualquier inseguridad desaparece.

Me encanta ver sus rostros de sorpresa cuando descubren algo nuevo y me divierte la expresión que ponen cuando algo que digo no los convence. Me fascina formar una actitud crítica en ellos, despertarlos por un momento de la rutina cotidiana y hacer que se olviden del tiempo y del mundo para tratar de entenderse a sí mismos.

Me gusta mucho enseñarles lo que sé, transmitirles algo de mi experiencia y mi conocimiento, aconsejarles y guiarlos cuando me lo piden. También me encanta descubrir que yo también puedo sorprenderme y aprender muchísimo de ellos. No creo que se den cuenta, pero me han aportado quizás más de lo que yo les he enseñado a ellos.

Disfruto cambiando de ambiente unas cuantas horas a la semana y romper la rutina del diario. Me llena hablar de teología y reafirmar mi fe en un ambiente en el cual es socialmente aceptado ser católico convencido. No me molesta la diversidad de credos, pero me gusta convivir con personas que creen lo mismo que yo de vez en cuando. Curiosamente el ambiente de la UP no es tan amigable con el creyente, aunque cualquiera pensaría que por ser una universidad católica no habría problema. Sin embargo, hay una sutil tensión constante al respecto. Pareciera que se exigiera una separaración del ámbito religioso del académico y del social, cuando en realidad lo ideal sería que se dieran en conjunto en todos los aspectos de la vida.

Es impresionante el efecto benéfico que tiene en mí dar estas clases. Cuando voy de regreso manejando en el tráfico, voy contenta, tranquila y satisfecha. Y es algo que siempre me pasa. En ese tiempo sola, me vuelvo a descubrir y encuentro fácilmente las respuestas a los problemas que tenía. El mundo cambia para mí y la vida se siente ligera. ¿Quién, en su sano juicio, dejaría algo que lo hace tan feliz?

Definitivamente, yo no.

Monday, May 04, 2009

En busca del príncipe azul




Tres meses. Ese era mi límite. El enamoramiento decaía brutalmente, el hechizo se rompía y mi bellícimo príncipe azul se convertía en un mortal más, común y corriente.

Desde niña supe que quería enamorarme y vivir una historia maravillosa con un hombre que me hiciera feliz. Al principio soñaba con los héroes de mis cuentos de hadas y me imaginaba como una princesa que necesitaba ser encontrada. Después fui creciendo y cambié un poco mi visión de las cosas. Prefería ser una joven valiente, fuerte e independiente y toparme, casi por error, al hombre que quisiera acompañarme en mis aventuras. Sea como sea, quería sentir el cosquilleo en el estómago, sentir cómo se me desbordaba el corazón del pecho y mirar al cielo con una mirada apasionada.

Lo logré. Un día pude personalizar mis ilusiones en un niño hermoso y sentí las delicias de mi primer enamoramiento. A pesar de que era una adolescente orgullosa que se consideraba muy independiente y que despreciaba la cursilería, me permití ser dulce, detallista y tierna. Era completamente feliz y me imaginaba un futuro idílico con mi príncipe de cuento de hadas.

Un día, después de casi tres meses de feliz noviazgo, la burbujita se rompió. Ya no sentía la emoción del principio, la pasión me abandonó y mi niño ya no me parecía tan maravilloso. Me di cuenta de los múltiples defectos que tenía y descubrí, con sorpresa, que nuestras expectativas de la vida eran completamente diferentes. No tenía nada de malo; seguía siendo el mismo de siempre, pero ya no estaba enamorada de él.

El patrón se repitión la siguiente vez. A los tres meses, toda mi alegría desapareció y me di cuenta de que mi novio ya no me gustaba como antes. Seguía soñando con mi príncipe azul, pero ya no me sentía tan segura. Me empezó a dar miedo que la vida no fuera lo que yo pensaba y que todas mis esperanzas no fueran más que vanas fantasías.

Un buen día, conocí a otro príncipe. En esta ocasión fui mucho más precavida. Me aseguré de conocerlo bien y no idealizarlo. Identifiqué sus puntos flacos e intenté ser objetiva todo el tiempo. Finalmente, decidí arriesgarme una vez más. Me enamoré y disfruté el momento. Sin embargo, los temidos tres meses se acercaban. Efectivamente, me pasó lo mismo que las veces anteriores. Me sentía desesperada y confundida. Comencé a preguntarme si realmente la vida era así y tenía que aprender a conformarme con ella o si debía seguir adelante y no rendirme hasta encontrar a mi hombre ideal.

Estaba tan asustada, tan perdida, que tomé una decisión extremadamente arriesgada: le confesé lo que sentía a mi novio. Descubrí, con sorpresa, que él sentía lo mismo. Después de hablar con él, me atrevía a darnos otra oportunidad. No pensaba rendirme, el amor no podía ser tan gris, tan conformista.

Poco a poco, fui dándome cuenta de muchas cosas. El amor verdadero existe, pero no es tan fácil como en los cuentos. El príncipe azul es un ideal inexistente, pero eso no significa que el amor deba ser falto de pasión y emociones intensas. Aprendí a ser paciente, a conocer a profundidad y a fortalecer mi relación. Me volví a enamorar, ya no de un príncipe, sino de un caballero, de un ser humano, un hombre de carne y hueso que se equivoca, que se cae y sangra, pero que también es alcanzable. Entendí que el amor es la entrega entre dos personas, no la persecusión de un ideal encarnado. Aprendí a besar las heridas de mi guerrero y lo ayudé a levantarse cuando lo necesitó. También me di cuenta de que yo tampoco soy ninguna princesa y que también necesito que me tiendan la mano de vez en cuando.

Hoy soy capaz de comprometerme y de atarme a mi novio sin temer que no sea "el hombre ideal". Sé, de hecho, que no lo es, y precisamente en eso radica mi seguridad.




Sunday, April 26, 2009

Limpiándome las cenizas

Hace un par de semanas escribí esto. Olvidé publicarlo, pero hoy lo volví a encontrar.

Es reconfortante leer esto en retrospectiva y darme cuenta de la fuerza que puedo encontrar en mí cuando lo busco. La vida puede ahogarnos a veces y, aunque no veamos claro por la basura que nos rodea, siempre que lo decidamos, podemos salir a tomar aire fresco.





"Ya no puedo leer, no puedo escribir, no puedo hacer nada. Estoy como bloqueada. Empiezo un libro, pero después no encuentro en interés para seguirlo. Quiero publicar en mis blogs y se me ocurren varias ideas, pero no las desarrollo. Me encuentro en un estado de “idez” que me aísla de la profundidad. Voy como sedada por la vida.

Estoy demasiado metida en el mundo. Me importa comer, dormir, arreglarme, pasarla bien y cumplir mis obligaciones indispensables. Cuando tengo tiempo libre no soy capaz de producir nada. Antes dejaba de hacer tarea por dedicarme a mis manualidades y a mis escritos, pero ahora a penas termina mi día y tan sólo quiero dormir o meterme a facebook.

¿Cuándo me volvía tan aburrida, tan frívola? Me niego. No quiero perderme en lo cotidiano y superficial. Quiero pensar, sentir, producir. Quiero encontrar mi pasión, romper este tedio, esta odiosa pereza que me arrastra y me sumerge. Necesito aire fresco para despertar.

Este post es una confesión, un intento de salir de mi estado actual. Me tengo que obligar a matar al demonio de mi flojera y comodidad. Me acosa desde siempre, pero pensé que había logrado deshacerme de él. Me equivoqué. Nunca hay que bajar la guardia.
Así, pues, aquí estoy. Desenfundo mi espada."

Wednesday, April 15, 2009

Interrupciones cotidianas

Ayer llegué a mi casa en la noche y me senté con Zoon en el comedor a hacer mis trabajos de la universidad. Estábamos los dos muy tranquilos escuchando música y disfrutando de la pasividad del momento, cuando de pronto mi estómago rugió notoriamente. En lo que me paré a la cocina para prepararme un poco de botana para picar, bajó mi hermana y se rompió el silencio. Se puso a platicar con nosotros y nos pusimos a cenar. En el ínter llegó mi madre y Zoon y yo la acompañamos un rato.

De repente mi madre gritó: "¡Eso es una rata!"

No era rata, sino ratón, pero de todos modos fue alarmante la situación, porque estaba caminando por los muebles de la cocina. Nos paramos todos rápidamente y sin darme cuenta le torcí el pie a Zoon con la silla. Llamamos a mi hermano y a mi primo que estaban arriba y nos dedicamos a cazar al intruso roedor.

Fueron cerca de tres o cuatro horas intentando sacar al animalillo de la cocina. Cuando descubríamos su escondite, salía corriendo a otro mueble. Tuvimos que mover toda la cocina, sacamos los trastes para poder mover los muebles, usamos escobas, periódico, agua y hasta la aspiradora.

El pobre del Zoon estaba con su pie cucho en medio de todo el caos sin poder hacer nada. Se tuvo que ir a la mitad de la empresa y los demás continuamos con la cacería. Al final el mugre ratón se salió solito al jardín y nosotros nos quedamos con una cocina sumamente desordenada y con el piso mojado. Después de limpiar mi madre resolvió ir a cenar tacos con mi hermano, mientras que yo me subí a trabajar. A penas leí unos minutos y me quedé dormida. No he terminado mi trabajo y es para hoy.

Definitivamente, ser estudiante de filosofía e hija de familia son dos cosas altamente incompatibles.

Thursday, March 26, 2009

Angustia Heideggeriana

Hoy presencié una revolución en mi salón. Desde que llegué a clase, lo primero que me dijeron fue: "Emilia, ¿ya sabes qué vas a hacer con tu vida después de la carrera?"

Creo que fui una de las pocas personas que contestó afirmativamente, y creo que, lejos de ayudar, agobié un poco más a mis compañeros.

Entiendo la angustia, entiendo la perspectiva de un "tener que hacer" en un futuro carente de significado. El sentido lo damos nosotros, y lo damos desde el presente, desde nuestra actualidad.

Sin embargo, es una posición en la que estamos todos. En realidad, aunque tengo mis planes, nunca sabré qué vendrá, hasta que venga. Vivir es un constante riesgo, una constante apertura, y es algo que no podemos evitar. Cerrarnos al futuro no evitará que éste llegue.

Coincido con Heidegger, pero, a diferencia de él, yo no me quedo en la ontología. Yo me contesto con algo más, con una trascendencia. No soy tan original en ese sentido, pero por lo mismo, vivo más tranquila.

Saturday, March 21, 2009

Sigo aquí sentada...




Hay que aprender a esperar, aunque cueste.

Me considero una persona paciente. No siempre lo fui, pero me oblogué a aprender. De todos modos, me pesa todavía la espera. Saber lo que sigue, pero no poder alcanzarlo todavía. Estar lista desde hace horas y ver cómo el resplandor de hace un momento se normaliza.

El tiempo hace estragos. Cuando me vestí hacía calor, pero ahora el ambiente está más fresco. Cuando terminé de bañarme tenía la cara blanca, suave y limpia: ahora está como siempre.

Tal vez exagero. No es tanto tiempo, en realidad. Pero es horrible tener que esperar, en especial cuando tienes ganar de salir.

¿Si quiera estoy diciendo algo? Quién sabe, pero eso sí: desvariar en mi blog ayuda bastante.

Friday, March 13, 2009

Para filósofos y tvfilos

Está en portugués, pero igual se entiende.

Monday, March 09, 2009

Un día como cualquier otro



Se levantó una mañana como cualquier otra. Se metió a bañar, se vistió, se puso los lentes de contacto y se peinó. Luego salió a vivir. 

El día siguiente fue lo mismo. El que le vino a ese también. Pasaron muchos días, quizás años. Cada vez, se miraba al espejo para arreglarse, para pintarse o depilarse las cejas. Constantemente tenía cuidados para que su rostro se viera agradable y estético. 

También veía su cuerpo, todos los días, en el enorme espejo del baño. 

Un día, sin embargo, mientras se peinaba frente al espejo, se le ocurrió verse a los ojos. No fue un "verse" como cualquier otro día, sino que se descubrió a sí misma dentro de sus pupilas. Se quedó estática durante unos minutos, mirándose. Por un instante, se sintió desnuda. Incluso le dio un poco de miedo, pero no quería dejar de verse. Estaba como hechizada. 

Nunca sabremos qué fue lo que vio aquél día, pero desde entonces ve más allá de las cosas. Es como si hubiese obtenido una especie de poder de penetrarlo todo. 

Desde ese día, Emilia ve a los ojos de las personas como si fueran espejos. 

Wednesday, March 04, 2009

El "pero" ya es carencia

Si tienes aunque sea un "pero", no te acerques a mí. 

Estoy dispuesta a conocerte y a esperarte. No tengo reparos en confiar y soñar contigo, en planear un futuro y comprometer mi presente. Pero no me pidas que adelante lo que está llamado a ser pleno. 

Te quiero completo, seguro. Aunque tan sólo falte un pequeñísimo aspecto, si no te tengo todo, mejor no te tomo. Prefiero sufrir la espera que sufrir el desencanto. No quiero conformarme con una probadita cuando puedo comer un opíparo festín. 

Si tienes aunque sea un "pero", no eres libre para mí. La entrega es absoluta, el amor sólo es uno. 

No me pidas que trunque lo mejor que tengo para darte. No arrebates los que quiero regalarte libremente. 

Ven conmigo. Caminemos lado a lado. Superemos juntos ese "pero". 

Friday, February 20, 2009

Divagando con las ojeras puestas

Soy una de esas personas privilegiadas que "lo tienen todo". Nunca he pasado hambre, jamás se me ha negado nada y disfruto de una vida relativamente tranquila y sana. Sin embargo, independientemente de la esfera de bienestar que me rodea, la vida sigue siendo dura. Me cuesta trabajo, al igual que a todos, levantarme temprano todas las mañanas, hacer lo que tengo que hacer aunque esté cansada, aunque duela o moleste. Me cuesta encontrar el sentido de mi vida al día a día. Hay momentos en los que es más sencillo y puedo verlo todo con claridad. Pero hay semanas, como ésta, en la que la vida me pesa terriblemente.

Sé quién soy, sé qué quiero y qué me mueve. Pero también soy ser humano y tengo mis límites, tanto físicos, como mentales.

Hoy, viernes por la noche, es el único día en el que he podido sentarme tranquilamente a escribir un poco en mis blogs. Toda la semana la he pasado trabajando hasta tarde. Ni siquiera he tenido tiempo para estudiar, ya no digamos para tener vida social o momentos de ocio. El único día que salí fue ayer a la reunión de una prima por su cumpleaños y lo hice más por ella que por mí. Me la pasé bien, no lo niego, pero llevaba tantos días de desvelo y estrés que terminé a las doce de la noche en mi cama con una migraña insoportable. Ni siquiera pude estudiar para mi examen de historia.

Por favor, no me malinterpreten. Me gusta mi carrera, me fascina dar clases, me encanta compartir con otras personas, pensar, discutir y trabajar mi mente. Sé que esta semana me he enriquecido mucho, he conocido personas nuevas y aprendido muchas cosas. Sin embargo, me gustaría no sentirme tan cansada. Me gustaría poder llegar al viernes con energía para salir al cine con esa amiga que no veo hace mucho y con la cual he intentado hacer planes desde hace más de un mes. Me gustaría no sentir que me pesa el cuerpo como un pedazo de plomo y que mi alma a penas puede sostenerse más. Me gustaría que fueran más considerados en mi universidad y no se les hubiera ocurrido la brillante idea de obligarnos a trabajar a los becados. Me gustaría que no hubiera tanto tráfico, tanta contaminación y tanto ruido. Me gustaría poder dormir doce horas seguidas y despertarme fresca y tranquila.

Creo que tengo el malestar del citadino defeño, y eso es algo que desgraciadamente no se cura con puro tri-en-en.

Sé que todos nosotros lo tenemos y sé que eventualmente saldremos de este lugar con la esperanza de tener una mejor calidad de vida. Lo único que me entristece es saber que voy a extrañar a muchas personas, a mi familia, a mis amigos, las martineadas, los cafés, la vida que conozco, a ustedes... pero no debo permitir que nada de esto me detenga para seguir adelante, crecer y buscar lo mejor en la medida de mis posibilidades. Luis ya se nos fue, seguimos nosotros.

Salgamos adelante, todos. Tal vez, en unos cuantos años, podamos reunirnos a contarnos nuestras aventuras. Tal vez de verdad exista una vida en la que no me sienta tan cansada.

Wednesday, February 04, 2009

"Mocha" y "Cursi"

Si pudiera viajar en el tiempo y encontrarme conmigo misma en el pasado, cuando tenía unos dieciséis o diecisiete años, mi versión más joven se habría sorprendido bastante al conocerme. Supongo que no le encantaría del todo, pues ahora represento todo lo que despreciaba profundamente en esos tiempos. Tal vez habría tachado mi actitud actual como lo que yo denominaba “mochería cursi”.

En estos dos últimos años cambié radicalmente. Lo primero fue darme cuenta de que ya no estaba enojada con el mundo. De algún modo, había conseguido un poco de paz conmigo misma y con el ambiente yaocalliano que me rodeaba. Ya no odiaba mi medio social y, aunque no me consideraba parte de él, incluso llegué a sentir cierta comodidad. Descuidé mis defensas y mi coraza impenetrable se debilitó un poco. Fue entonces cuando recordé cómo llorar.

Al principio fueron unas cuantas lagrimitas. Pasó mucho tiempo antes de que pudiera deshacer el nudo en la garganta y llorar desde el pecho, pero cuando lo logré ya no pude parar. Lloraba por todo, pues mi espíritu estaba demasiado sensible y expuesto por primera vez en mucho tiempo. Mi familia y amigos estaban sorprendidos y algo fastidiados, pues parecía que estaba viviendo una especie de adolescencia tardía. Poco a poco fui recuperando el control de mis emociones y fui capaz de encararme con mis sentimientos. Ya no lloro por cualquier cosa, pero ahora puedo desahogarme cuando lo necesito.

El siguiente gran cambio fue la aceptación abierta de las manifestaciones de cariño. Siempre supe que la naturaleza humana está inclinada al amor, pero me incomodaba escucharlo en voz alta. Por eso descubrí con sorpresa que ahora me daban ganas de tener gestos cariñosos con las personas que me rodeaban. Recuerdo que un día me senté a ver la tele con mi hermano y, distraídamente, le acaricié la cabeza. Edgar me volteó a ver como si me hubiera vuelto loca y me dijo: “¿Qué quieres?, ¿me vas a pedir algo?”.

Suavicé mucho mi trato, dejé de usar el sarcasmo de una forma afilada y descubrí que muchas de las personas que alguna vez desprecié por no compartir mi capacidad intelectual, en realidad podían aportarme cosas muy valiosas. Me di cuenta de que todavía tenía mucho que aprender y que mi inteligencia era tan sólo un medio de conocimiento y no un distintivo de superioridad.

Entonces me permití amar y creer. Me abrí al mundo y me di el lujo de sentirme contenta y feliz.

Un día me levanté y me di cuenta de que creía en el pecado. Eso me llevó a interesarme por la religión católica y empecé a estudiar teología. Mi concepción pagana y mágica de la espiritualidad fue desapareciendo y comencé a usar palabras como "perdón", "gracia" y "providencia". Entendí a profundidad la diferencia entre religiosidad y fanatismo. Descubrí, maravillada, que la fe no consiste en renunciar al intelecto, sino que más bien es otra forma de racionalidad. Me atreví a hablar con sacerdotes y me llevé gratas sorpresas al descubrir que no todos eran unos obtusos dictadores de reglas y normas, sino que la gran mayoría tenían inquietudes intelectuales parecidas a las mías. Entendí que Dios es persona, y yo también.

Ahora sé que para ser feliz tan sólo tengo que aceptarme en mi radicalidad personal y actuar en consecuencia. Soy un ser creado para amar libremente. Estoy hecha para sentir paz. He despertado a la vida, y tengo mucho que hacer…

Friday, January 30, 2009

Rompiendo el silencio



(Advertencia: no lean este post si no han visto la película, porque voy a hablar de ella abiertamente y no se la quiero echar a perder a nadie).

Nerea ya nos ganó a todos, como de costumbre. Larisa también publicó algo al respecto, así es que me toca.

Seven Pounds. Me fascinó, en el estricto sentido de la palabra. No he podido dejar de pensar en ella desde que la vimos. Recuerdo constantemente las escenas, las palabras, los colores…

Concuerdo con Nerea en que la historia necesitaba terminar con la muerte de Ben Thomas, de otro modo el argumento no habría calado suficientemente y la obra se quedaría coja en el sentido artístico. También me gustó el aire de esperanza que dejó en el ambiente al final, pero desde un inicio supe que no estaba de acuerdo con que se suicidara.

El primer argumento que se me vino a la mente (y se lo dije a Zoon cuando recuperé el habla) es que Emily no ya no quería sobrevivir; quería un corazón para compartir su vida con Ben. Él le dio el medio, pero no le sirvió para lo que ella quería.

Es absolutamente admirable reparar un daño dando tu vida para salvar a otras personas. Pero dar la vida no es lo mismo que quitártela. Ben tenía mucho más que dar que un corazón o unos ojos. Entregó su cuerpo, pero no todo lo demás. Se sentía indigno de vivir, de amar a Emily. Prefirió morir que abrirse a ser querido por ella, acompañarla, darle esperanza y soportar el dolor de la posibilidad de perderla.

Al igual que Larisa, no estoy segura de poder llamarlo “cobarde”, pues lo que hizo implica valentía y mucha fuerza, pero, por otro lado, sí creo que le faltó humildad. No pudo permitirse el perdón. No pudo pagar el mal con un bien mayor: sencillamente hizo un intercambio equilibrado entre bien y mal.

No estoy segura, Larisa, de que el tiempo lo cure todo, pero estoy convencida de que el amor sí lo hace. Lo único que tienes que hacer es abrirte y permitirlo entrar.




Wednesday, January 28, 2009

Pedacito de pensamientos aislados sobre la soberbia

Detesto todos los sistemas que desprecian la naturaleza humana. Si es una ilusión que haya algo en la constitución del hombre que sea venerable y digno de su Autor; permítaseme vivir y morir con esa ilusión, en vez de abrir los ojos y contemplar a mi especie bajo una luz humillante y desagradable. A todo buen hombre le hierve la sangre cuando alguien desacredita sus parientes o su nación; ¿por qué no debería hervirle también cuando se menosprecia a su especie?


Thomas Reid. Carta a Lord Kames, 27 de febrero a 1778.


Es una cita que puso un profesor mío al principio de su libro. No sé por qué escogió este pasaje en particular, pues no veo que venga mucho al caso con el tema del libro, pero me llamó la atención. Thomas Reid le dice al mundo que lo dejen vivir en la ilusión de la verdad en vez de abrir los ojos a la mentira.


Me imagino que no era su intención original, pero esta frase presenta mucha humildad. El ser humano puede saber cosas sin necesidad de tener pruebas. La Verdad es una y la fe es otro tipo de racionalidad.

Friday, January 23, 2009

La ferapupra

Al pequeño laniparino le daba miedo la ferapupra. Era espantosa y tenía muy mal carácter. Hasta su nombre sonaba feo. A ella no le gustaban las aventuras y los deportes extremos. Prefería quedarse todo el día sentada, observando a los juguetones laniparinos con desaprobación.

La mayoría no le prestaba atención, pero el pequeño laniparino de pecho rojo no era más grande que la cabeza de un alfiler y se sentía cohibido por la feroz mirada de la ferapupra. Era tanto el temor que le causaba, que a veces incluso tenía pesadillas con ella. Soñaba que era un gorgodonte enorme y peludo que se lo quería comer.

Ese día el laniparino decidió no tirarse al vacío. Se escondió detrás de un grano de mostaza y esperó a que la ferapupra se marchara. Siempre habría otro rayito de sol por el cual deslizarse.

Tuesday, January 20, 2009

El laniparino

El laniparino es una animalito muy curioso. Es del tamaño de un conejo adulto, pero tiene la cara parecida a la de un mapache. Sus orejas son muy amplias y grandes, lo que le da un cierto aire de comicidad. Pertenece a la familia de los marsupiales, o tal vez de los mamíferos. Todavía no se sabe. Su cola es larga y sus ojos amarillos. También tiene unas garritas que semejan manos. Parece más un chango orejón que otra cosa. Realmente no tiene semejanza alguna con un conejo.

Los laniparinos que más me gustan tienen una manchita roja en el pecho. Sólo algunos machos la presentan, pero aún no sabemos si tiene alguna función especial. Por lo pronto, las hembras parecen no darles mayor importancia.

Cazan de noche, por lo que tienen muy buen oído, pero, curiosamente, su vista es muy mala. Comen insectos, nada más, pero al parecer es muy buen alimento, porque son extremadamente activos.

No duermen para nada. Siempre están alertas. No sé cómo un ser vivo puede subsistir sin descansar, pero yo, por lo menos, nunca he visto a un laniparino durmiendo.

Tal vez ustedes nunca hayan conocido a uno de estos simpáticos animalillos. Es muy posible, pues sólo habitan en las selvas. No son domesticables y su venta está prohibida. Tampoco es que a alguien le interese tener uno, pues no tienen ninguna utilidad. No sirven de mascotas, no se comen y no pueden amaestrarse. No existen en los zoológicos porque cuando los encierras, se dejan morir. Tienen que vivir libres, en espacios abiertos y en pequeñas comunidades.

Busqué en google una imagen de un laniparino para mostrárselas, pero al parecer son animales tan escurridizos que nunca se han dejado fotografiar.

Friday, January 16, 2009

Vivir mi fe

Me considero católica, creo en el perdón, creo en los sacramentos, creo en la gracia, creo en la redención... ¿entonces por qué me cuesta tanto trabajo confesarme?

Ahora que Nerea ha escrito sobre las contradicciones de la fe, me siento aún más llamada a ser coherente en ese aspecto. Ya llevo mucho tiempo dándole vueltas al asunto, pero es un tema que se ha vuelto recurrente en mi entorno: la vivencia de las convicciones.

Supongo que a nadie le gusta contar sus metidas de pata a un extraño, pero siento que a mí en particular me cuesta mucho trabajo. Tal vez sea porque no lo he entendido a profundidad.

El otro día, platicando sobre esto con Zoon, él me dijo: "es verdad que el sacerdote es un extraño, pero recuerda que te estás confesando con Cristo. Él es el que te perdona, no el confesor como particular" (o algo así).

Me falta humildad, ese es mi problema. No tengo reparos en reconocer que soy falible, pero tengo que aprender a decir mis errores en voz alta.

Friday, January 09, 2009

Extraña visita a mi subconciente

Anoche no pude dormir bien. Mi cerebro me jugó rudo y me atrapó en un estado mental previo a la inconciencia.

Soñé con una preciosa niña de unos ocho o nueve años con el cabello castaño, los ojos cafés y chispeantes de ilusión. A pesar de que han pasado varias horas desde que me levanté, todavía la recuerdo con claridad. Llevaba un vestido sencillo blanco sin mangas y unos zapatitos rojos muy llamativos. Traía un globo que cambiaba de colores; a veces era azul, luego cambiaba a turquesa, de pronto sacaba destellos verdosos y se transformaba en amarillo…

Era un globo fantástico y la niña lo sabía. Por eso, cuando de repente estalló sin ninguna razón aparente, la pequeña empezó a llorar desconsolada. De la nada, como sucede en los sueños, apareció una mujer muy guapa y elegante. Estaba vestida toda de blanco y traía un cinturón plateado que sujetaba una daga con una incrustación de opalina. También recuerdo que tenía el cabello largo y rubio, pero no me acuerdo de su rostro, aunque dentro del sueño yo la conocía bien. Era un personaje imponente y transmitía una sensación de fuerza y frialdad, pero al mismo tiempo era agradable.

Sin decir nada, esta maravillosa aparición arrancó violentamente la piedra azul de su daga y se la ofreció con gentileza a la niña. Ésta tomó la piedra, que ahora era un amuleto con una cadenita dorada, y se lo colocó alrededor del cuello.

Entonces el sueño cambió drásticamente. De repente estaban la mujer misteriosa y la misma niña, pero un poco más grande, como de catorce años, paradas en un lugar pedregoso y oscuro. Frente a ellas se abría un precipicio enorme que terminaba en un río de corriente rápida y agresiva. Entonces las dos se lanzaron por él y, cuando cayeron en el río, yo tomé la perspectiva de la niña y sentí cómo me zambullía rápidamente en el agua y sentía esa molestia desagradable de cuando a uno le entra líquido por la nariz.

Me desperté a la mitad de la madrugada con un ardor espantoso en la cabeza. Me había acostado con un poco de migraña, pero había esperado que se me quitara durmiendo. Temiendo que aumentara, tomé una pastilla y me volví a acostar. Recordaba vívidamente el sueño que acababa de tener y pensé mucho en él mientras me volvía a quedar dormida, un poco mareada y atolondrada por el dolor.

No sé cuánto tiempo pasó hasta que perdí el sentido, pero no alcancé a dormirme profundamente, sino que seguí soñando con imágenes que ahora tengo muy revueltas. Sin embargo me acuerdo de una parte del sueño. Yo era yo. Estaba vestida con un camisón de tela muy delgada y sentía mucho frío. Estaba en una especie de gruta oscura y húmeda y sentía las piedras frías y mojadas bajo mis pies descalzos. Estaba sola y tenía un poco de miedo porque casi no veía nada, pero de repente me acordé de mi amuleto y lo saqué. Era el mismo amuleto azul que la mujer le había dado a la niña de mi sueño, pero por alguna razón me pareció muy lógico y normal que yo lo tuviera.

La piedra despedía una luz intensa y alumbraba cada rincón de la gruta. No se me quitó el miedo, pero al menos ya podía ver por dónde pisaba. Caminé buscando una salida, pero mi amuleto comenzaba a fallar. Parecía que se le estuviera acabando la energía o algo así. Su luz era cada vez suave y yo me empecé a desesperar. Corrí para apurarme y salir antes de que se acabara la luz, pero no lo logré y me quedé a oscuras a la mitad de la nada.
Me detuve en seco y esperé a que mis ojos se acostumbraran a la oscuridad con la esperanza de poder ver algo, pero por más que lo intentaba no lograba distinguir absolutamente nada. No había ni un mísero hoyito desde el que pudiera colarse algo de luz. Todo estaba negro. Y yo estaba aterrada.

Intenté caminar tanteando el camino con mis pies y extendí las manos para no chocar con nada. Estaba completamente perdida y desorientada. Empecé a marearme y a sentir náuseas. Entonces desperté.

Abrí los ojos y una luz muy fuerte me lastimó. Ya estaba amaneciendo y yo todavía tenía migraña. Cerré los ojos y me tapé la cara con la almohada. Cualquiera que haya padecido este mal, sabe que la luz provoca mucho sufrimiento, al igual que el ruido.

Lo peor no era el dolor, sino el mareo. La cabeza me daba vueltas y yo no me atrevía a levantarme por miedo a caerme. Intenté dormirme, pero me pasó lo mismo que la vez pasada: entré en un sopor nebuloso y extraño. No estaba conciente ni dormida y el dolor seguía.

Ahora estaba parada sobre pasto fresco y muy verde. Frente a mí había una grieta enorme y negra. Sabía que tenía que atravesarla de algún modo para llegar al otro lado del campo, pero era demasiado ancha para brincarla y temía caer en ella. Entonces vi a la mujer de blanco. Estaba parada en el otro extremo de la grieta, pero ya no era la misma. Ahora pude reconocer su rostro: sus ojos azules, su nariz, sus labios…

No me dijo nada, pero me sonrió y yo empecé a llorar. Fue un llanto profundo, que salía de mi pecho. También fue liberador. Me sentí más fuerte y, aunque el dolor aumentaba, tomé la decisión de dar un paso al frente. Caí por la grieta sin fondo, pero ya no tenía miedo, aunque sabía que el golpe me iba a lastimar.

Abrí los ojos. Natalia ya se había levantado y yo estaba sola en el cuarto. La cabeza me seguía doliendo, pero había disminuido el mareo. Desde entonces no he podido dejar de pensar en esta noche. Fue horrible porque no descansé nada, pero por otro lado me dio mucho que pensar.

Tal vez debo dejar de cenar tanto, jeje.

Thursday, January 08, 2009

Limpieza

Estrenando año, amigos, trabajo... ¿Por qué no estrenar también un nuevo look de blog?

Es tiempo de hacer limpieza, de deshacerme de todo lo que ya no quiero, de lo que me sobra, como bien dice el estimadísimo Zoon Romanticón. Y el exceso de verde ya me era molesto. Sigue y seguirá formando parte de mi rinconcito de expresión (después de todo, es mi color favorito), pero creo que es más sano para la vista y para el ánimo despejar un poquito el panorama.

Y también será bueno que le dedique más tiempo, lo he tenido francamente abandonado. Espero que mis amigos de la blogósfera sigan dándose una vuelta por estos lares a pesar de todo y no dejen de comentar.

Bienvenidos a mi renovado espacio de inspiración nocturna ;)

Friday, January 02, 2009

Una simple lección de jardinería



El desierto era enorme, árido y seco. No había nada más que arena blanca y fina en muchos kilómetros a la redonda. El sol dejaba caer sus ardientes rayos sobre el insípido paraje tornándolo aún más sofocante, pues ya de por sí la soledad era asfixiante. No había ni una sola nube asomándose por el cielo. Ni siquiera un triste animalillo o insecto pasaban por ahí. Todo estaba sumido en un silencio absoluto.

De pronto, una figura salió desde detrás de una duna. Era una mujer anciana, flaca y decrépita. Cargaba una pronunciada joroba en la espalda y su piel estaba tan surcada por las arrugas que parecía la corteza de un árbol. Sus cabellos grises y sucios caían desordenadamente por sus hombros, y vestía con ropas viejas y en muy mal estado. Avanzaba lentamente con la ayuda de un bastón de madera que se hundía en la arena a cada paso. Tenía los ojos vidriosos y caminaba errante sin encontrar su camino.

La sola visión de esta mujer era repulsiva e y atemorizante. Parecía sacada de una tumba o de un cuento de horror. No hacía otra cosa más que caminar, pues no tenía otra opción. Caminaba lastimeramente, dejando sus huellas perdidas en la inmesidad del desierto.

Pasó así varias horas, tantas que parecían eternas. Entonces, se detuvo. Frente a ella, salido de la nada, se hallaba un hombre joven de unos treinta y tantos años. Estaba vestido con una túnica del color de la arena y su piel estaba dorada por el sol. Tenía el cabello oscuro y una barba poblada cubría su rostro, pero su frente y ojos estaban descubiertos. La anciana no podía ver el camino, pero sí podía ver con claridad a aquel hombre. Podía ver sus ojos y la profundidad de la mirada que le dirigían. La mujer sintió como si esos ojos pudieran atravezarla y ver su interior.

El hombre no dijo nada. Su semblante era serio, pero no severo, sino más bien suave. Extendió una mano en la que llevaba una pequeña semillita y se la ofreció a la anciana. Ella se rió con una carcajada cascada y desagradable. Tomó la semilla y la sostuvo en su mano. Con agilidad y soltura obligó a la semilla a crecer. Al pincipio ésta se resistió, pero la anciana era diestra en su arte y pronto logró que la semilla se transformara en una flor. Sus pétalos eran transparentes y puntiagudos, duros al tacto. Era una flor bella, sin duda, pero fría y carente de vida.

La anciana sonrió con amargura y le mostró al hombre su creación con jactancia. Él no sonrió. Sacó otra semilla igual de su túnica y sin grandes ceremonias, la puso en el suelo árido. Después colocó su mano encima. Poco a poco, unas gotitas de agua cristalina resbalaron por sus dedos y cayeron encima de la semillita. Después el hombre se sentó a esperar. La anciana se sentó también. Esperaron mucho tiempo. La muejer no estaba segura de si habían sido días o semanas. Poco a poco, la semilla germinó. Un pequeño brote salió de ella, creciendo a cada instante. Llegó un momento en el que el brote se transformó en una planta que comenzó a florecer. La anciana no parecía sorprendida, sino más bien aburrida. Se burló del hombre y colocó su dura flor en el piso. De nuevo la forzó a crecer hasta que ésta alcanzó el tamaño y la forma de un árbolillo. Era un árbol extraño, pues todo él era transparente y duro, como de hielo. Sus ramas crecían retorcidas en varias direcciones y sus flores eran todas iguales: duras y puntiagudas.

El hombre lo vio y no se inmutó. Siguió sentado en la arena, pendiente de su arbusto que seguía creciendo lentamente. La mujer ya estaba cansada, pero por alguna razón no quiso separarse de él. Había estado muy sola por demasiado tiempo y este hombre era la primera persona que veía en mucho tiempo. Se sentó a su lado y se quedó dormida.

Cuando despertó vio al hombre sentado en la misma posición. Entonces la anciana miró hacia el arbusto y se dio cuenta con sorpresa que ahora era un árbol robusto y sano. El hombre volteó a verla y por primera vez le sonrió. La anciana no reaccionó por la impresión. Entonces él se paró y se dirigió a su árbol. Extendió una mano y cortó uno de sus frutos. Era grande, brillante y apetitoso.

El hombre se lo ofreció a la anciana que lo aceptó con júbilo. Mordió el fruto y su delicioso jugo resbaló por sus labios. La mujer fue presa de un hambre repentina y comió del fruto hasta saciarse. Mientras tanto, el hombre se acercó hacia el raquítico árbol de la anciana. Ella levantó la mirada y vio con horror que el hombre estaba repleto de heridas. Su piel estaba llena de llagas y rasguños que sangraban abundantemente. Él levantó su mano y, como lo había hecho con su semilla, dejó caer unas cuantas gotas desde sus dedos. Sin embargo, ya no eran cristalinas, sino de un rojo escarlata.

La anciana estaba sorprendida y no sabía qué hacer. Vio cómo su árbol se teñía con el color de la sangre y poco a poco se iba rompiendo con un crujido estremecedor. Los pedazos cayeron al suelo y se hundieron en la arena. Entonces la mujer sintió un terrible dolor en el estómago. Comenzó a toser con violencia y sintió como si su cuerpo fuera a estallar. Se tiró al piso y cerró los ojos. Soportó lo que le pareció una eternidad de sufrimiento hasta que de pronto, el dolor cesó.

La mujer abrió los ojos para encontrarse con el hombre de la túnica. Ya no tenía heridas y no había rastros de sangre. La anciana tocó sus propias manos y sus mejillas. Ya no estaban arrugadas. Su piel era suave y sus cabellos brillantes. Ya no tenía la joroba y sus miembros eran fuertes y jóvenes. Sus ojos estaban limpios, como los de una niña. El hombre le extendió una mano y la ayudó a levantarse. Entonces se dio cuenta de que en el lugar en donde había estado su arbolillo ahora crecía una pequeña flor de pétalos rojos. Era lo más hermoso que jamás había visto en su vida.

El hombre sacó un saquito lleno de semillas de su túnica y se lo dio a la niña de ojos brillantes. Ella entendió y se llenó de una felicidad casi incontenible.

Comenzaron a caminar juntos. El desierto era grande y quedaban muchas semillas por sembrar.

Tuesday, November 25, 2008

Sensación parmenidea

¿Saben cómo se siente el vacío? Seguramente alguna vez les ha pasado.

No es metáfora. No pienso decir nada profundo ni poético. Es la vil y contingente realidad: literalmente siento un hoyo en mi estómago. No es propiamente hambre, porque no siento ese movimiento revoltoso que gruñe, quejándose por la falta de alimento. Sé que podría calmarlo con comida, pero no tengo antojo de nada. De hecho, siento un poquito de asco cuando pienso en comer.

Siento vacío. Es la única forma que tengo para describirlo. Es como un hueco enorme que va desde mi garganta hasta mi abdomen. Sé que está ahí porque lo siento. ¿Cómo se siente un vacío, algo que no es? Ni idea, pero así pasa.

Lo que me consuela es que en algún momento este vacío horrible se hará consciente de sí mismo y se transformará en hambre. Va a ser desagradable, porque va a empezar a molestar. El inexistente vacío se va a retorcer y a doblarse sobre sí mismo, tratando de destruir algo que de hecho nunca hubo. Voy a sentir un poco de desesperación y ansiedad. Mi mente se va a nublar y sólo voy a poder pensar en la hora del descanso para correr a la cafetería a comer algo y calmar el sufrimiento. Pero será mejor sufrir, pues al menos habrá algo. El dolor molesta, pero se puede calmar. El vacío, en cambio, es un enemigo invisible. Es nada.

Pronto tendré un enemigo con el cual luchar, pero en este instante estoy inmóvil. Enfrentarse al vacío es perderse un poco en la inexistencia.

Thursday, November 06, 2008

El chocolate sabe a placer incluso cuando es amargo

Por lo general, cuando veo cine francés, salvo muy contadas excepciones, me quedo con una sensación de vacuidad muy desagradable. Las únicas dos películas francesas que me transmitieron mucha pasión, alegría y vitalidad, fueron Amélie y Cyrano de Bergerac. Será que tengo poca cultura al respecto.

Hoy vi una película francesa llamada "Todas las mañanas del mundo". Me gustó. Tuve esa sensación de vacuidad y hubo imágenes que se me antojaron trágicamente grises, pero logró su cometido. Hoy estoy conmovida y llena de un profundo dolor; pero no de un dolor que lleva al llanto ni el que oprime el pecho, sino más bien es esa clase de dolor abstracto y casi etéreo que se queda flotando en el ambiente.

El dolor que me transmitió esta película es propio de la belleza cuando se viste de tristeza. Llena en lo estético y vacía en lo moral, pero al final completa en lo conceptual.

Corriendo el riesgo de que se pueda interpretar como una patología y teniendo la certeza de que se trata de otra clase de locura, puedo decir que hoy disfruté saborear ese sufrimiento. Hoy entendí y experimenté la delicia del dolor artístico.

Sunday, October 26, 2008

Escuchando Atomic Bird

Las mujeres se unen para cantar. Es un canto profundo, triste, desgarrador. Cantan la muerte, el dolor y la pérdida. Es algo que sólo ellas saben hacer, lo han hecho desde siempre y seguirán haciéndolo.

Sufren porque aman. Podrían detenerse, podrían decidir no volver a llorar nunca más, pero no lo harán. Jamás.

Las mujeres se unen para llorar. Están juntas, pero cada una llora sus propias lágrimas y, aunque el llanto es el mismo, se siente diferente.

El canto se eleva, cada vez más. Las mujeres levantan el rostro surcado por sus lágrimas. El cielo se ve grande desde la tierra y las nubes inalcanzables, pero sus ojos ya están limpios y pueden ver mejor.

Las mujeres ya no lloran. Ahora lo saben, ahora lo sienten. El cielo no está tan lejos…

Thursday, October 16, 2008

Reflexión hacia afuera



La única manera de poseernos es renunciando a nosotros mismos. Si intentamos volvernos hacia nuestro interior y tomarnos, nos perdemos. Es como intentar retener un puñado de agua: entre más apretamos, más se escurre. Cuando la mano intenta tomarse a sí misma, se da cuenta de que ya no está en el mismo lugar, pues cuando se movió para alcanzarse, se perdió en el camino.

El egoísmo es frustrante, desgastante e infructuoso. En cambio, cuando nos dejamos ir, abrimos las puertas para que otros entren. Entonces alguien nos encuentra y, si él también está abierto, nosotros lo encontramos a él. Dejo mi yo para encontrar un tú y, paradójicamente (o milagrosamente), me encuentro a mí mismo en el otro.

El hombre está hecho para la donación. Sólo se es feliz cuando se ama y, para amarse a uno mismo, hay que amar a otro, y viceversa.

El hombre y las máquinas

Este es un video de un programa que vi hace poco con Zoon Romanticón. Lo pongo aquí porque lo recordé al leer el post de Artemisia sobre la crítica de Chaplin a la tecnoctatización. Este es un buen ejemplo de la superioridad del hombre ante las máquinas; así éstas sean precisas y más rentables, jamás podrán igualar la creatividad y el criterio del hombre (incluso cuando se trata de producción en masa).




Tuesday, October 07, 2008

Puras letras

Empecé a escribir cuando me di cuenta de que las letras eran mi modo de acceso a ese mundo de fantasía e irrealidad que tanto me gustaba. El mundo real no me satisfacía. Era feo, desagradable y muy decepcionante. Los árboles sólo eran árboles, mientras que en mi mundo eran vida pura. Aquí había muerte y corrupción, mientras que allá había sacrificio y trascendencia. Mis sueños me seducían incluso cuando estaba despierta y prefería imaginar un diálogo con un personaje ficticio que entablar una conversación con una persona verdadera.

Recuerdo perfectamente aquellos momentos en los que me encontraba en clase y, de pronto, todo a mi alrededor se cubría con un velo nebuloso y entonces la fantasía se me aparecía nítida y casi tangible. Y era emocionante, pues yo era señora y soberana de aquel lugar maravilloso que me proporcionaba infinitas posibilidades. En esos instantes mágicos escribí todos mis cuentos de temprana juventud, en hojas de cuaderno y con letra temblorosa por la impaciencia y la sensación de aventura.

Puede sonar exagerado, pero en verdad había días en los que nunca bajaba de mis nubes. Despertaba en la mañana como en un sueño y todo el día me dedicaba a evadirme en mis pensamientos. Inventaba historias, escribía, escuchaba música y dejaba todo lo demás con tal de poder seguir soñando. A diferencia de mis compañeras, a mí me encantaban los largos viajes cotidianos en el camión de la escuela, pues eran el momento perfecto para perder la mirada en la ventana y sumergirme en las delicias de mi pensamiento.

Tenía una sola musa, con la cual logré tener una verdadera amistad, pero era la única a la que dejaba entrar a mi mundo de ensueño. Y ella también se dejó atrapar por su belleza. Yo escribía pensando en ella, para que ella me leyera, nadie más. Juntas inventamos todo un universo al cual nade ha podido ni podrá tener acceso jamás, pues solamente se puede entrar a él cuando uno mismo lo construye con su propia alma.

Ese universo se convirtió en nuestro refugio, nuestro hogar. Con nuestras manos divinas creamos hadas, brujas, héroes y dragones. Poníamos nombres y colores a ideas y sentimientos, y juntas nos reíamos de ese cascarón vacío y gris que era la realidad.

Pero no todo era hermosura. Había momentos en los que bajaba la guardia y entonces me atacaba. Me sentía hueca, insatisfecha, triste y miserable. Me hundía en un hoyo profundo y oscuro del cual ni siquiera mi musa me podría sacar. Estaba sola y lo sabía, y tenía miedo.

Al principio no era muy difícil evadirlo. Seguía ahí, pero yo lo revestía con mi magia y dejaba de verlo. El problema fue que comenzó a aumentar. Entre más crecía yo, más grande se volvía el hoyo de dolor e insatisfacción. Cada vez me atrapaba con mayor frecuencia y me restregaba mis miserias en la cara.

Un día me levanté y me di cuenta de que mi magia desaparecía. No pretendo que esto parezca una metáfora, pues lo quiero decir literalmente: la magia se me escapó de las manos. Un día en específico de mi vida, me tuve que enfrentar a la realidad, porque la fantasía se negaba a ayudarme. Mi pluma se secó y mis personajes ya no me hablaban. Había despertado y no podía volver a dormirme, no podía soñar.

Entonces tuve que enfrentarme con mi soledad. Me encontraba desnuda frente ese enorme hueco, tan grande que ya era insoportable. Y seguía creciendo.

Ya no podía evadirme, así que intenté solucionar ese problema. Quise llenar el hoyo de muchas maneras, pero no me funcionaron del todo. Me volví una idealista exacerbada y me llené de metas y causas sociales. Terminé la preparatoria hundida hasta la nariz en política y en proyectos tan gigantescos que no podía cargarlos aunque lo intentaba. Pronto me di cuenta que estaba desbordando mi pasión en un vaso que nunca se iba a llenar. Me desesperé y me volví gris. Intenté entrar otra vez a mi mundo, pero no me dejaba. Mis cuentos y mis cartas cada vez eran más secos. Abandoné a mi musa sin quererlo. Cerré poco a poco esa puerta sin saber cómo evitarlo. Entonces me quedé sola del todo.

Es curioso, pero sólo cuando me hundí absolutamente y toqué fondo, fue que me encontré a mí misma. No era nada espectacular; tan sólo era yo, simple y real. Entonces fui libre de verdad para buscar un sentido. El hoyo estaba ahí, pero ya no me asustaba y me dediqué a escalarlo. En el camino me he encontrado a muchas personas que también suben conmigo. Poco a poco me he dado cuenta de que el hoyo nunca se puede llenar del todo, que siempre queda un huequito. La diferencia es que ya no lo ignoro y busco algo para rellenarlo. Sigo adentro de ese hoyo, pero detrás de mí hay un mundo de cosas que lo habitan. Cosas reales. La fantasía y la magia también están ahí y las visito de vez en cuando, pero ya sé que no alcanzan para abarcar este túnel que sigue creciendo.

Hoy sigo caminando, y veo luz al fondo. Estoy aprendiendo a escribir de nuevo.

Monday, September 22, 2008

Asalto armado a mi intimidad



Mi pluma interior está seca. No sabe qué escribir y se siente desesperada. La escritura es mi arte y, sin embargo, se me va de las manos y me deja sola, desnuda. Por eso estoy forzando a mi pobre pluma. La presiono y la torturo hasta poder arrancarle unas cuantas gotas de tinta.

Ella se queja y chilla, pero va cediendo poco a poco. Me da, de mala gana, unas pocas líneas. Luego intenta volver a ocultarse y abandonarme, pero no se lo permito. La retuerzo, la exprimo y la obligo a cooperar.

"¡Valiente escritora!", le espeto. "¡No puedes reclamar ese título si no explotas tu virtud!".

Así, pues, aquí estoy, intentando reclamar mi título por la fuerza. Pero, al parecer, hay cosas que no se pueden conseguir a punta de pistola. La inspiración es una de ellas.

Sunday, September 21, 2008

De otoño a invierno





Me desespera terriblemente el ambiente social de la segunda parte del año, es decir, los últimos meses desde septiembre hasta diciembre. Hay muchas razones para que esta temporada sea especialmente agradable para mí, pues el clima es más frío (me choca el calor asfixiante), vienen las fiestas que me gustan (día de muertos y Navidad) y se acerca mi cumpleaños (que es en diciembre). Sin embargo, no soporto la ciudad por estas fechas. El tráfico se pone insoportable, la gente comienza a ponserse agresiva sin darse cuenta y la mercadotecnia empieza a avalanzarse sobre nosotros como un monstruo hambriento e implacable. Es el colmo que antes del grito, con las banderas y las tiras tricolores colgadas por todas partes, ya había adornos de Halloween y Navidad en las tiendas departamentales.

Este año quiero promover un movimiento de recuperación de estas fechas. Le pido a todos los lectores de este blog que intenten mantener la calma y el ánimo alegre y tranquilo, en vez de caer en la histeria colectiva. No manejen como desquiciados, controlen su mal humor y procuren sonreír y transmitir algo de serenidad a la locura. No caigan en el consumismo y disfruten las fiestas que vienen con sobriedad y alegría.

Ojalá y podamos hacer algo para que los últimos meses del año vuelvan a ser agradables y tranquilos...

Friday, September 12, 2008

Monday, August 25, 2008

Por fin: Una vida en un trayecto (parte final)





Las manos de Virginia ya no eran lo que solían ser. Estaban arrugadas, manchadas y surcadas por la edad. Ya no tocaban el piano, pues tenían las articulaciones adoloridas y sus dedos ya no eran tan ágiles como antes. A pesar de todo, a Sofi le gustaban. Le parecían suavecitas y agradables cuando le acariciaban las mejillas o le hacían cariños en la cabeza.

Sofi era una niña muy bonita. Tenía el cabello rubio, como su mamá, y una boquita roja que siempre dejaba ver una sonrisa perlada. Lo que más le gustaba a Virginia de ella eran sus ojos, cristalinos y profundos, como los de su abuelo. Aunque tan sólo contaba con cuatro años, la pequeña tenía una mirada penetrante, la cual contrastaba con su aire de inocencia infantil.

Ese día se había quedado en la casa de su abuela y, mientras sus papás hacían cosas “de grandes”, ella se dedicaba a vestir a su muñeca mientras le contaba sus aventuras con el conejo que vivía en el jardín. Virginia la escuchaba desde su sillón preferido y se preguntaba a qué conejo se estaría refiriendo su nieta. Seguramente era producto de su fantasiosa imaginación, de la cual los niños siempre hablan con suma seriedad. Virginia sonrió para sus adentros y siguió leyendo el libro que tenía en su regazo. Tal vez sus manos se habían vuelto torpes, pero aún gozaba de una vista envidiable.

Afuera el cielo comenzaba a nublarse y el mar se veía agitado. Las macetas con las flores rojas seguían en su mismo lugar y ahora los pétalos se agitaban y se desprendían por el viento. A Sofi le daban miedo las tormentas y miró a su abuela, consternada. Virginia bajó su libro y vio a la asustada pequeña.

-¿Por qué no me cantas una canción? –le propuso a su nieta.

Sofi sonrió y comenzó a entonar una de las canciones de cuna que le había enseñado su madre. Tenía una voz suave, bonita y dulce y Virginia no pudo evitar sentir una gran nostalgia. Escuchando a su nieta regresaron todos los recuerdos a su mente: la casa de su infancia, su piano de cola, el vals… Había pasado tanto tiempo desde ese entonces que ya no estaba segura si en realidad había sucedido o tan sólo se lo había imaginado. Sofi terminó su canción y empezó otra sin que Virginia se lo pidiera. En esta ocasión acompañó su vocesita con aplausos y un baile improvisado. Mientras daba vueltas por la sala Virginia la veía y pensaba en su esposo y en su hijo cuando pequeño. Realmente había tenido una vida feliz, no se podía quejar.

Sofi seguía dando vueltas con los brazos extendidos, como si la acompañara un amigo invisible en su danza infantil. Entonces Virginia vio en los ojos de la pequeña y lo reconoció. Fue tan sólo por un brevísimo instante, pero estaba segura de haberlo visto: un muchacho de cabello despeinado, sombrero de copa y gabardina. Súbitamente Virginia sintió mucha alegría y comenzó a reír. Rió hasta no poder más, mientras su nieta seguía dando vueltas por la estancia.

Ella ya no podía verlo, pero no le importaba. Ahora era el turno de Sofi de bailar. 

Breve apología

No he publicado en un buen rato. Mi computadora murió dramáticamente en vacaciones y los únicos momentos en los que he tenido acceso a una computadora ha sido exclusivamente para hacer tareas. 

Ya estoy, sin embargo, de regreso. Si me vuelvo a tardar mucho en publicar, ténganme paciencia. ¡No dejen de visitar mi blog, por favor!

Sunday, June 29, 2008

Recuerdos de un jardín olvidado: respuesta a un post de Artemisia



-Amiga, mía- le dijo una anciana orquídea- Recuerda quién eres en verdad. Tú no eres una flor azul de campo, sino una hermosa rosa blanca. Tus pétalos compiten con el resplandor nocturno de la Luna y tu belleza contrasta con las espinas guerreras que te han acompañado en tus aventuras.

La pequeña flor levantó la mirada de la tierra vio a su amiga la orquídea.

-No soy quien tu recuerdas- le contestó. -He conocido otro mundo, mucho más grande que mi pequeño jardín. Ahora sé que hay seres más grandes y hermosos que yo. He aprendido a ser humilde.

-¿Es eso verdad?, ¿entonces por qué te deshojas, florecita? Acuérdate que la verdadera humildad es saberte digna por quien eres, aun cuando en este enorme mundo haya flores mucho más bellas y grandes que tú. No te apagues, mejor muéstrales cómo brillas tú y enséñales a buscar su propio color. No quieras esconder tus pétalos tas otro color: la sencillez de tu blanco y la delicadeza de tu textura son los dones que tienes para regalar a este mundo. Si los escondes, serás una planta estéril.

La florecilla comprendió. Le costó trabajo, pero recordó cómo brillar y lo hizo mucho mejor que antes, pues había conocido el valor de la humildad.

Saturday, June 21, 2008

Una vida en un trayecto (Tercera parte)


La estación del tren estaba llena de gente, pero el ánimo general era sombrío. Afuera estaba lloviendo y hacía frío. Las personas caminaban de un lado a otro, llevando maletas y revisando los horarios de llegada de los trenes. Había señores vestidos de trajes oscuros y con sombrero que cargaban portafolios, mujeres llevando a sus hijos de la mano, jóvenes que subían a los vagones con impaciencia y ancianos que regresaban cansados y con la nostalgia pintada en sus rostros.

Los guardias de la estación, vistiendo sus pulcros uniformes, se paseaban lentamente por el lugar, revisando que todo estuviera en orden. Constantemente se detenían a dar indicaciones a algún viajero perdido o a ayudar a alguna viejita con su equipaje, pero inmediatamente después regresaban a sus puestos de siempre.

A veces pasaba algún conserje, también uniformado, aunque de manera diferente, llevando un carrito con una cubeta de agua, una escoba, un trapeador y demás objetos de limpieza. Las personas caminaban apuradas a su alrededor, esquivándolos en su carrera por encontrar el número de tren que los llevaría a su destino.

También había algunos vendedores ambulantes, llevando cajas con cigarros, dulces y otras chucherías. Los mendigos, con sus ropas sucias y rasgadas, se sentaban a los pies de las columnas y pedían dinero a los transeúntes. El sonido de la lluvia golpeando el techo laminado se mezclaba con el ruido metálico de los trenes, los frenos al enfriarse, y su característico silbido. Todo esto, con las voces y las pisadas de las personas, formaba un ambiente general que se escuchaba con eco en todos los rincones de la estación.

Virginia observaba todo este movimiento parada en uno de los andenes de la estación. Estaba cubierta por una gabardina y con una de sus manos enguantadas cargaba un paraguas negro que escurría en el piso. Su sedoso cabello estaba recogido recatadamente y descansaba debajo de un elegante, pero sencillo sombrero de dama. Llevaba zapatos de tacón, medias y una cartera a juego. Se había pintado la boca de rojo y se veía muy guapa y formal, pero no sonreía. Tenía la mirada perdida en la multitud que pasaba y estaba pensativa. Entonces una vocecita aguda la sacó de sus reflexiones.

-¡Mamá!- exclamó un pequeño niño sonriente que caminaba hacia ella. En una de sus manitas llevaba un cono con una enorme bola de helado de chocolate, el cual también se alojaba alrededor de su boca manchada, y con la otra tomaba de la mano a un hombre alto y de porte elegante.

Virginia le devolvió la sonrisa al pequeño y levantó sus ojos tristes para encontrar la mirada de su esposo. Él también le sonrió, pero era más un gesto de comprensión que uno de alegría. Se miraron directamente a los ojos durante unos segundos. Era una mirada cargada de sentimientos, de miedo, tristeza y amor. El niño, por su lado, se encontraba ajeno a la difícil situación por la que pasaban los adultos y se dedicaba a chupar su golosina con gran satisfacción. Su mundo aún se componía de cosas sencillas y estaba llena de pequeños placeres, como observar con fascinación las enormes ruedas de los ferrocarriles o regocijarse con el maravilloso sabor del chocolate. Él aún no entendía lo que significaba una despedida, no había sentido el vacío de la soledad ni comprendía los intereses y problemas que desataban una guerra. Tan sólo estaba ahí, en la estación de trenes, viendo cómo sus padres se unían en un largo abrazo y cómo una lágrima caía silenciosa por la mejilla de su madre. Entonces su padre se acercó a él, le acarició la cabeza y le dedicó una sonrisa. En ese momento no se dio cuenta, pero años después recordaría ese sencillo gesto como la despedida de su padre, la primera de su vida.

El silbato anunció la hora y el hombre vestido con su ropa de viaje abordó el tren. Volteó una última vez para mirar a su familia y desapareció por la puerta que lo llevaría a su vagón. Virginia se quedó parada en la estación mientras la locomotora comenzaba a trabajar, las llantas rechinaban contra el acero de los rieles y el vapor salía a presión por la gran chimenea. La gente seguía pasando a su alrededor, totalmente indiferente a su dolor y al miedo que sentía y que amenazaba con hacerle un nudo en el estómago. Los vagones empezaron a avanzar, primero lentamente, acelerando poco a poco y alejándose de ella. Buscó a su esposo con la mirada, esperando poder verlo en alguna de las ventanillas, pero el movimiento de los vagones confundía las siluetas de los pasajeros y no logró distinguirlo de los demás.

Cuando el tren se perdió de vista, la mujer, que ahora se parecía más a una sombra, tomó al niño de su pequeña mano y se dispuso a dejar la estación. Iba con la mirada perdida y vidriosa, mientras que el pequeño avanzaba a su lado en silencio, pues intuía que su madre necesitaba estar sola. Pero entonces vio algo que le llamó la atención y no pudo evitar decírselo a su madre. Le dio un tironcito a su falda y señaló hacia una de las puertas de la estación.

-¡Mira, mamá!- dijo con sorpresa.

Virginia volteó a donde le indicaba su hijo y se paró en seco.

Parado, bajo la oscuridad, se encontraba un muchacho flaco y desgarbado, vestido de negro, con el cabello despeinado y los ojos claros observándolos desde lejos. Virginia no dijo nada, pero se dirigió hacia él, con el niño tomado de su mano. El extraño personaje no se inmutó y cuando ambos llegaron a donde se encontraba, se agachó para mirar al niño. Éste se sintió un poco intimidado y se escondió detrás de la falda de su madre, lo que provocó una sonrisa en el rostro el muchacho.

-Tiene tus ojos -le dijo a Virginia.

Ella sonrió, pero esta vez lo hizo con la mirada también.

El muchacho comenzó a hurgar en uno de sus bolsillos, buscando algo que al parecer no podía encontrar. Hizo varios movimientos y gesticulaciones graciosas, logrando que el niño riera y saliera, aunque no del todo, de la protección de su madre. Entonces el joven pareció recordar en dónde había guardado el misterioso objeto que buscaba y, con una de sus manos enguantadas, sacó una pelotita roja de la oreja del pequeño y se la ofreció. El niño volvió a reír y aceptó el regalo, el cual comenzó a botar de inmediato. Entonces, el joven se paró y volteó hacia Virginia.

-¿Esta vez no vamos a bailar? –preguntó ella en un susurro.

El muchacho negó con la cabeza.

-No esta vez –dijo con suavidad.

Entonces le tendió uno de sus brazos. Virginia vio que en el codo de su gabardina tenía un parche y que su sombrero seguía tan viejo como siempre. Por un momento, la escena le recordó a un momento de su infancia, cuando él le ofreció su mano para invitarla a bailar. Durante un instante le pareció volver a sentir la magia fluyendo por sus venas. Era una sensación cálida y protectora.

Aceptó el brazo, gustosa, y llamó a su hijo, el cual se unió a ellos corriendo, feliz con su nuevo juguete.

El extraño personaje tomó el paraguas negro de Virginia y lo abrió con cierta ceremonia.

-Vamos –dijo. –Que ahora es cuando más me necesitas.

Y entonces los tres salieron de la estación, enfrentándose a la lluvia e internándose en la niebla que los envolvía. Por un breve instante, tanto la madre como su hijo, sintieron que todo estaría bien.

Sunday, June 15, 2008

Una vida en un trayecto (Segunda parte)




Las notas del piano volvieron a sonar. Ya no venían de aquel piano blanco de cola, sino de uno un poco más pequeño y viejo. Sin embargo, la intérprete aún era la misma. Virginia movía sus dedos con mayor suavidad y lentitud, pero sin haber perdido su agilidad. Era unos años mayor, con lo rasgos finos, pero marcados y unos ojos vivos y despiertos. Su cabello seguía siendo igual de hermoso, pero ahora lo llevaba atado en una trenza un poco despeinada y algunos cabellos le caían por delante de las orejas. Ya no llevaba su vestido blanco, sino que una sábana la cubría de la cintura para abajo, dejando sus hombros, pecho y espalda desnudos. Su cuerpo y su alma eran los de una mujer y, aunque ya no vivía en el enorme caserón de su infancia, el extraño personaje de la ventana se las había ingeniado para dar con ella. Se acercó y puso una mano en el hombro de Virginia. La joven, sin dejar de tocar, sonrió ante el cálido contacto del muchacho. Seguía siendo igual que cuando lo había visto por primera vez; su cabello despeinado, el sombrero de copa y su bastón.

-¿Esta vez también me llevarás a bailar?- preguntó sin despegar la mirada de las teclas, pero el extraño personaje siguió escuchándola sin contestar.

La melodía flotaba en el ambiente como el recuerdo de su primer encuentro, pero, por alguna razón, no se sentía igual. Había un cierto dejo de nostalgia que lo cambiaba todo.

La casa en donde se encontraban era mucho más pequeña, pero más cálida que la anterior. Era toda de madera, con los muebles mucho más sencillos y pocos adornos. El piano en donde tocaba Virginia estaba en la sala, donde había una ventana adornada con macetas de flores rojas que daba al mar. A un lado había una pequeña chimenea de piedra y más allá estaba la puerta sencilla que daba a la cocina. Del otro lado estaban las estrechas escaleras y la entrada de la casa, de la cual salía un camino marcado en la hierba verde por las llantas de un coche. Era un lugar hermoso, solitario y tranquilo.

-¿No bailaremos esta vez?- insistió Virginia.

El extraño personaje permaneció en silencio y se quitó los guantes blancos de las manos. Entonces pasó con suavidad uno de sus dedos por el cuello de la joven y tocó su espalda desnuda.

Virginia sintió el contacto en su piel, pero siguió tocando como si nada hubiera sucedido. Después el extraño muchacho se sentó en una silla a un lado del piano y miró por la ventana. Vio el azul del mar y luego se fijó en las flores rojas de las macetas: estaban abiertas y resplandecían al sol.

Entonces se oyeron unos pasos amortiguados por la música y pronto apareció una persona bajando por las escaleras. Era un hombre joven, muy atractivo, con el cabello castaño y la piel bronceada. Traía puesta una bata y bostezaba y restiraba como si se acabara de levantar. Al llegar a la sala miró a Virginia con una sonrisa, se acercó a ella por detrás y se agachó para darle un beso en la mejilla. No se fijó en el muchacho que seguía sentado a un costado del piano y se dirigió arrastrando los pies a la cocina.

-Parece un buen hombre. ¿Te trata bien?- preguntó el joven.

Virginia sonrió y asintió sin levantar la mirada. Su voz era tal y como la recordaba, a pesar de los años.

Los dedos de Virginia seguían moviéndose sobre el teclado y el muchacho los veía como hipnotizado. Entonces alargó una mano, abrió un poco la ventana y arrancó una de las flores rojas de una de las macetas. Se paró con tranquilidad y la puso en los negros cabellos de la joven.

-Sólo vine a visitarte, pero veo que estás bien. Hoy no bailaremos porque he escuchado cómo tocas y sé que ya no me necesitas.

Las notas murieron lentamente conforme Virginia iba terminando hasta que sólo hubo silencio. El muchacho tomó una de sus manos y la besó con suavidad. Ella lo miró a los ojos y sonrió. Entonces él desapareció.

Wednesday, June 04, 2008

Una vida en un trayecto: cuento en cuatro entregas

Hace mucho, cuando todavía hacía largos trayectos en el camión escolar del Yaocalli, mientras escuchaba una canción de piano, se me ocurrió una historia. Desde ese momento comencé a escribirla, pero la dejé incompleta. Años después la encontré y decidí continuarla, pero con un toque diferente al que había pensado originalmente. Ahora, después de algún tiempo más, he decidido terminarla y publicarla. Sin embargo, a pesar de que es un cuento completo, me parece que es mejor publicarlo poco a poco, al igual que su elaboración. Por lo tanto, quien quiera leer este cuento deberá hacerlo en fragmentos, los cuales iré publicando semanalmente.

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UNA VIDA EN UN TRAYECTO


Era muy tempranito en la mañana. El sol apenas se filtraba por las delgadas cortinas del salón. Era una casa grande con las paredes color crema, las puertas y los marcos de las ventanas blancos y los muebles de maderas finas. Grandes estatuas de un blanco inmaculado que representaban a algún personaje mitológico adornaban las esquinas de los grandes salones con alfombras finas y candiles dorados. El piso estaba cubierto por lozas de mármol y en los muros colgaban grandes cuadros y algunos espejos con marcos de hoja de oro. Toda la casa estaba en silencio, a excepción de un pequeño salón ubicado en una esquina del edificio, en donde se podían escuchar las notas de una delicada melodía.

Desde este salón, igualmente pintado y amueblado, se podían ver los verdes árboles del jardín central y un pequeño estanque en donde nadaban peces de colores luminosos. La estancia era de las más pequeñas de la casa, pero aunque había muchas otras de mayor tamaño dentro del enorme caserón, ésta era la más tranquila y agradable. Además, en una esquina de la habitación había un precioso piano de cola, lo que la hacía la preferida de Virginia. Ésta era la señorita de la casa. Siendo hija única y estando sus padres de viaje frecuentemente, la muchacha había aprendido a hacer de la música su única compañera. Esa mañana, como cualquier otra, se hallaba sentada al piano acariciando las teclas con sus delgadas y ágiles manos. Sus dedos se movían con precisión al interpretar una alegre melodía. Era una niña muy hermosa con la piel blanca, los labios encarnados y una larga cabellera de un negro brillante que caía ondulada por su espalda. Sus facciones eran finas y delicadas, tenía unas pestañas largas y fuertes y unos ojos cristalinos desde los que se asomaba una ilusión infantil. Aún no había cumplido los quince años, pero en su pequeño cuerpo ya comenzaban a insinuarse sutilmente las formas de una mujer. Llevaba un vestido blanco de varias capas de tela vaporosa que le llegaba hasta debajo de las rodillas, dejando ver unas piernas delgadas y bien formadas que terminaban en unas zapatillas igualmente blancas.

Todo en ella era hermoso, pero no era su belleza, sino la música que tocaba, lo que tenía embelezado al extraño personaje que la miraba desde la ventana del salón. Era un joven alto y muy delgado de cabello rubio despeinado, ojos claros y piel bronceada. Vestía un traje totalmente negro con camisa de puño y llevaba un sombrero de copa y un bastón de madera recargado contra el piso. Cualquiera que lo hubiera visto habría pensado que era un muchacho común y corriente vestido de una manera inusual, pero había algo en su mirada, tan vacía y llena a la vez, que lo volvía inhumano.

Levantó una de sus manos enguantadas y tocó ligeramente en el vidrio de la ventana que se abrió con un ligero rechinido. Virginia no le prestó atención y siguió tocando, mientras el joven se introducía a la habitación por la ventana. Entonces se acercó al piano y permaneció detrás de la muchacha, observando cómo sus blancas manos se movían con rapidez a lo largo del tablero. Así permaneció un buen rato, escuchándola simplemente, mientras ella continuaba sin dar señas de que notaba su presencia. Después de varios minutos que transcurrieron en la más apacible serenidad, el extraño personaje sacó algo de la bolsa del saco. Mantuvo el puño cerrado y caminó tranquilamente hacia el centro del salón, en donde dejó caer un polvo brillante que se fue esparciendo lentamente por la estancia formando una nebulosa. La nube de polvo fue creciendo hasta llegar al techo y a las paredes de la habitación. Poco a poco, de una manera casi imperceptible, el salón fue cambiando en tamaño y apariencia. Los muebles se deformaron y alargaron hasta convertirse en enormes y poderoso árboles que traspasaron el techo con facilidad, del cual comenzaron a caer pedazos que se convertían en tierra mojada antes de caer al suelo. Las paredes se oscurecieron y cambiaron su textura a una más áspera y rugosa, semejando rocas, mientras que las alfombras se fueron alargando y desvaneciendo hasta formar parte de un suelo frío y húmedo al que le crecían hierbas y flores de un rojo brillante. Lentamente, la habitación entera se fue transformando en un pequeño bosque abovedado. Incluso brotó un pequeño manantial del piso que fue marcando un surco por la tierra hasta formar un riachuelo. Lo único que permaneció en su lugar fue el elegante piano de cola en donde la pequeña Virginia aún tocaba. La melodía había adoptado un tono histérico, mientras los dedos de la joven seguían moviéndose con impresionante agilidad. Sus ojos azules estaban fijos en las teclas, concentrada en los últimos movimientos de la pieza.

El techo del salón había desaparecido por completo, dejando al descubierto un cielo que se había oscurecido de pronto. Varias estrellas empezaron a brillar, al mismo tiempo que la luna dejaba caer sus rayos plateados.
El extraño personaje se encontraba parado en medio del bosque, observando su obra con complacencia y admiración. Entonces se sacudió un poco el traje del que salió un poco de polvo plateado, y se acomodó su sombrero. Volvió hacia Virginia justo cuando ésta terminaba las últimas notas…

El silencio tomó la habitación por unos segundos y entonces Virginia despertó de su ensoñación. Levantó la mirada y el extraño muchacho le sonrió y le hizo una reverencia. Después se enderezó y le tendió una de sus manos enguantadas. Virginia dudó unos segundos, pero pronto le regresó la sonrisa y tomó su mano con familiaridad. Nunca lo había visto en su vida, pero pareciera que lo conocía desde siempre.

Las notas de un hermoso vals comenzaron a sonar y a llenar la habitación transformada en la que se encontraban.

-Acompáñame a bailar –dijo el muchacho, que tenía una voz suave y áspera.

El joven guió a Virginia hasta el centro del pequeño bosque y ambos comenzaron a bailar. Un paso a la derecha, otro a la izquierda… poco a poco se fueron sumiendo en un mundo encantado y lleno de fantasía. Entonces sus cuerpos empezaron a flotar, dando pasos en el aire, como si todo lo demás no importara. Lo único que existía era el baile.

A su alrededor, las cosas comenzaron a cambiar de nuevo. Los árboles empezaron a mecerse de un lado a otro, siguiendo el compás de la música y formando un círculo, en cuyo centro las figuras de la niña y el joven se deslizaban en el aire. Hadas y duendes aparecieron de la nada, desde detrás de las plantas y las flores. Eran criaturas pequeñas y curiosas que observaban a la pareja que bailaba, mientras brincaban de un lado a otro con sus ligeros pies. Soltaban polvos de colores que hacían que los capullos se abrieran lentamente. Entonces, de entre los pétalos de las flores recién levantadas, salían más de esos pequeños seres, que reían con sus vocecitas alegres y se trepaban a los árboles que seguían moviéndose con la música.
También había luciérnagas, las cuales volaban por todo el lugar, iluminando a su alrededor con sus pequeñas luces azuladas y verdosas. Parecían pedacitos de estrellas flotantes, que se mantenían suavemente en el aire cálido de esa noche mágica.

Pero, de pronto, los cuerpos de Virginia y el extraño personaje comenzaron a perder altura, bajando lentamente hasta que sus pies tocaron el suelo. El joven sonrió y se separó de la niña, haciéndole, de nuevo, una profunda reverencia. Virginia estaba embelezada con toda la magia que la rodeaba y ella también se inclinó ante su peculiar visitante. Entonces el muchacho, sin quitar la sonrisa de su rostro, abrió el saquito del cual había sacado el polvo momentos antes. Poco a poco, los árboles, las flores y las hierbas fueron disminuyendo su tamaño, soltando un polvo colorido que se iba flotando hasta el saco que sostenía el joven. Los elfos y hadas se apresuraron a esconderse, perdiéndose de vista de inmediato. El cielo abovedado volvió a ser el techo de una elegante estancia, pintado de color blanco y sosteniendo un candelabro dorado. Las luciérnagas desaparecieron y las paredes volvieron a aparecer a su alrededor, con los acostumbrados cuadros y retratos colgados en sus respectivos lugares. El piano estaba donde siempre y la habitación estaba iluminada por la luz tenue de la mañana, como si nada hubiera pasado.

Virginia volteó hacia donde estaba el extraño personaje, buscando una explicación, pero no lo vio por ningún lado. Buscó a su alrededor, pero había desaparecido.

Entonces la joven escuchó su nombre. Su nana la llamaba para ir a desayunar. Virginia salió del cuarto corriendo y sus pasos resonaron por las paredes del antiguo caserón.

Wednesday, May 21, 2008

Con otra mirada



Este cuadro me gusta desde que lo conozco porque me parece bonito y con un toque de misterio. Sin embargo, no sabía todo el significado ideológico que trae consigo.

Vermeer era un hombre que vivía rodeado de puritanismo. Los puritanos creen que es indecente que una mujer muestre su cabello (es casi peor a que muestre su cuerpo desnudo). También era considerado inmoral que llevaran joyas o atuendos muy llamativos, pues es una manera de darse importancia y mostrarse como objeto de deseo.

En este cuadro, que hasta hace poco me parecía de lo más normal y decente, se esconde una fuerte crítica contra el puritanismo. Vermeer muestra una muchacha con el cabello tapado, como acostumbraban las mujeres puritanas, pero en vez de hacerlo con una cofia trae una pañoleta de tela colorida que cae coquetamente por su espalda. No la pintó de frente, sino de lado, como invitando al observador a pasar con ella. También tiene los labios sensualmente abiertos, al mismo tiempo que mira con una intención lasciva. Por si fuera poco, el tema central del cuadro es el arete de la muchacha, el cual el un símbolo ostentoso de su inmoralidad.

Nunca antes se me había ocurrido ver este cuadro con estos ojos, pero me pareció muy interesante. Tal vez Artemisia nos podrá decir algo más al respecto.

Tuesday, May 13, 2008

"Emilia, ya no sonríes."




Hace algunos años, aunque parecen muchos, cuando aún veía hadas y duendes detrás de los árboles y todavía escuchaba la voz de las plantas y la tierra, yo era una niña alegre de ojos brillantes y espíritu soñador.

Creía indiscutiblemente en la magia, me sabía una niña bonita y buena y mi paradigma de felicidad eran los finales de los cuentos de las princesas Disney. Después crecí y me di cuenta de que la adultez no llega con los dieciséis años y que no existe el príncipe azul que te salva de todas tus dificultades y te soluciona la vida por el resto de la existencia. Sin embargo, no perdí la confianza en el mundo y en mí misma. En vez de soñarme como princesa, me sabía una bruja: fuerte, poderosa, independiente y conocedora de la magia que habitaba en la naturaleza.

Los árboles me hablaban y me mostraban que hay un orden en el mundo y que yo era capaz de comprenderlo y de poseer su belleza y su bondad. Me sentía grande y orgullosa de mí misma, pues aunque estaba sola, me encontraba conectada con el universo. ¿Para qué necesitaba a las demás personas si ya tenía el cosmos entero?

Durante toda mi adolescencia ardí interiormente, consumiéndome en mi propia pasión. Me di cuenta de que cada vez me enorgullecía más de mí y a cada paso que daba me parecía comprender mejor al mundo, pero también mi insatisfacción crecía. El universo era mío, pero tenía que haber algo más allá, algo que terminara de llenar el huequito que había en mi alma y que se estaba convirtiendo en un enorme cráter. Entonces volví a crecer y me percaté de lo pequeña que soy. Me avergoncé de mi soberbia y renuncié al cosmos para encontrarme con el resto de la humanidad. Me supe tan sólo un individuo en una infinita pluralidad de seres. Fue entonces cuando me permití volver a soñar con la felicidad, pero en vez de imaginarme como una princesa, deseé convertirme en mujer.

El problema fue que, en mi afán de destruir mi soberbia, apagué mi propia luz. Me hice realmente insignificante en aras de una malentendida humildad. Reconocí todos mis defectos, pero también negué mis bondades. Me volví gris y dejé de sonreír.

Ahora, después de haber hablado con personas que quiero y de entender algunas cosas, me sé especial, aunque no superior. Me sé única, irrepetible e insustituible. Me siento amada y elegida para llevar a cabo una tarea en este mundo. La naturaleza me sigue hablando. Ahora me cuenta acerca de Dios, un Dios de amor, y me sigue mostrando mi pequeñez, más no mi insignificancia.

Es verdad que he cambiado y ya no sonrío con los labios, como lo hacía antes, pues llevo la alegría en mi interior y se manifiesta día a día a través de otros gestos. La pasión ya no me consume, sino que me impulsa. Es cierto que me canso más, pero es normal. A fin de cuentas, estoy aprendiendo a brillar sin cegarme.

Monday, March 24, 2008

Pluma Entintada está de regreso



Últimamente me ha costado mucho trabajo escribir. Mis cuadernos "elegantes" (los que no son rayados o cuadriculados para la escuela) están prácticamente abandonados. A penas publico algo en los blogs que no sean videos o imágenes, y los personajes de mis cuentos ya perdieron sus rostros.

Es extraño. De pronto, ya no me interesa tanto producir, sino aprender. Todo este tiempo de "bloqueo de escritor" lo he pasado leyendo, viendo películas y pensando mucho. Ha sido un tiempo de invierno, como dice Artemisia. Me he dedicado a invernar.

Pero ya llegó la primavera, según tengo entendido. Las jacarandas ya alfombraron la ciudad de lila y el mundo parece estar urgido de producción. Los pájaros hacen sus nidos, las plantas dan sus frutos y el filósofo sigue en la contemplación. No tengo nada en contra de la contemplación filosófica, pero en el fondo no soy tan aristotélica como parezco. Por eso decidí que ya es momento de sacudir la escarcha de mi pluma y dedicarme a lo mío: la escritura.

Desde muy niña descubrí la adictiva sensación de deslizar la pluma sobre el papel en blanco. Es como colorear un paisaje invisible o darle sabor a un objeto insípido. Es darle significado a un universo inmenso e infinito en posibilidades. Es como jugar ajedrez: las fichas y el tablero ya existen, pero lo demás es indeterminado.

Así, pues, denme la bienvenida de regreso, que ya no pienso dejar que mis letras se oxiden.