Friday, January 02, 2009

Una simple lección de jardinería



El desierto era enorme, árido y seco. No había nada más que arena blanca y fina en muchos kilómetros a la redonda. El sol dejaba caer sus ardientes rayos sobre el insípido paraje tornándolo aún más sofocante, pues ya de por sí la soledad era asfixiante. No había ni una sola nube asomándose por el cielo. Ni siquiera un triste animalillo o insecto pasaban por ahí. Todo estaba sumido en un silencio absoluto.

De pronto, una figura salió desde detrás de una duna. Era una mujer anciana, flaca y decrépita. Cargaba una pronunciada joroba en la espalda y su piel estaba tan surcada por las arrugas que parecía la corteza de un árbol. Sus cabellos grises y sucios caían desordenadamente por sus hombros, y vestía con ropas viejas y en muy mal estado. Avanzaba lentamente con la ayuda de un bastón de madera que se hundía en la arena a cada paso. Tenía los ojos vidriosos y caminaba errante sin encontrar su camino.

La sola visión de esta mujer era repulsiva e y atemorizante. Parecía sacada de una tumba o de un cuento de horror. No hacía otra cosa más que caminar, pues no tenía otra opción. Caminaba lastimeramente, dejando sus huellas perdidas en la inmesidad del desierto.

Pasó así varias horas, tantas que parecían eternas. Entonces, se detuvo. Frente a ella, salido de la nada, se hallaba un hombre joven de unos treinta y tantos años. Estaba vestido con una túnica del color de la arena y su piel estaba dorada por el sol. Tenía el cabello oscuro y una barba poblada cubría su rostro, pero su frente y ojos estaban descubiertos. La anciana no podía ver el camino, pero sí podía ver con claridad a aquel hombre. Podía ver sus ojos y la profundidad de la mirada que le dirigían. La mujer sintió como si esos ojos pudieran atravezarla y ver su interior.

El hombre no dijo nada. Su semblante era serio, pero no severo, sino más bien suave. Extendió una mano en la que llevaba una pequeña semillita y se la ofreció a la anciana. Ella se rió con una carcajada cascada y desagradable. Tomó la semilla y la sostuvo en su mano. Con agilidad y soltura obligó a la semilla a crecer. Al pincipio ésta se resistió, pero la anciana era diestra en su arte y pronto logró que la semilla se transformara en una flor. Sus pétalos eran transparentes y puntiagudos, duros al tacto. Era una flor bella, sin duda, pero fría y carente de vida.

La anciana sonrió con amargura y le mostró al hombre su creación con jactancia. Él no sonrió. Sacó otra semilla igual de su túnica y sin grandes ceremonias, la puso en el suelo árido. Después colocó su mano encima. Poco a poco, unas gotitas de agua cristalina resbalaron por sus dedos y cayeron encima de la semillita. Después el hombre se sentó a esperar. La anciana se sentó también. Esperaron mucho tiempo. La muejer no estaba segura de si habían sido días o semanas. Poco a poco, la semilla germinó. Un pequeño brote salió de ella, creciendo a cada instante. Llegó un momento en el que el brote se transformó en una planta que comenzó a florecer. La anciana no parecía sorprendida, sino más bien aburrida. Se burló del hombre y colocó su dura flor en el piso. De nuevo la forzó a crecer hasta que ésta alcanzó el tamaño y la forma de un árbolillo. Era un árbol extraño, pues todo él era transparente y duro, como de hielo. Sus ramas crecían retorcidas en varias direcciones y sus flores eran todas iguales: duras y puntiagudas.

El hombre lo vio y no se inmutó. Siguió sentado en la arena, pendiente de su arbusto que seguía creciendo lentamente. La mujer ya estaba cansada, pero por alguna razón no quiso separarse de él. Había estado muy sola por demasiado tiempo y este hombre era la primera persona que veía en mucho tiempo. Se sentó a su lado y se quedó dormida.

Cuando despertó vio al hombre sentado en la misma posición. Entonces la anciana miró hacia el arbusto y se dio cuenta con sorpresa que ahora era un árbol robusto y sano. El hombre volteó a verla y por primera vez le sonrió. La anciana no reaccionó por la impresión. Entonces él se paró y se dirigió a su árbol. Extendió una mano y cortó uno de sus frutos. Era grande, brillante y apetitoso.

El hombre se lo ofreció a la anciana que lo aceptó con júbilo. Mordió el fruto y su delicioso jugo resbaló por sus labios. La mujer fue presa de un hambre repentina y comió del fruto hasta saciarse. Mientras tanto, el hombre se acercó hacia el raquítico árbol de la anciana. Ella levantó la mirada y vio con horror que el hombre estaba repleto de heridas. Su piel estaba llena de llagas y rasguños que sangraban abundantemente. Él levantó su mano y, como lo había hecho con su semilla, dejó caer unas cuantas gotas desde sus dedos. Sin embargo, ya no eran cristalinas, sino de un rojo escarlata.

La anciana estaba sorprendida y no sabía qué hacer. Vio cómo su árbol se teñía con el color de la sangre y poco a poco se iba rompiendo con un crujido estremecedor. Los pedazos cayeron al suelo y se hundieron en la arena. Entonces la mujer sintió un terrible dolor en el estómago. Comenzó a toser con violencia y sintió como si su cuerpo fuera a estallar. Se tiró al piso y cerró los ojos. Soportó lo que le pareció una eternidad de sufrimiento hasta que de pronto, el dolor cesó.

La mujer abrió los ojos para encontrarse con el hombre de la túnica. Ya no tenía heridas y no había rastros de sangre. La anciana tocó sus propias manos y sus mejillas. Ya no estaban arrugadas. Su piel era suave y sus cabellos brillantes. Ya no tenía la joroba y sus miembros eran fuertes y jóvenes. Sus ojos estaban limpios, como los de una niña. El hombre le extendió una mano y la ayudó a levantarse. Entonces se dio cuenta de que en el lugar en donde había estado su arbolillo ahora crecía una pequeña flor de pétalos rojos. Era lo más hermoso que jamás había visto en su vida.

El hombre sacó un saquito lleno de semillas de su túnica y se lo dio a la niña de ojos brillantes. Ella entendió y se llenó de una felicidad casi incontenible.

Comenzaron a caminar juntos. El desierto era grande y quedaban muchas semillas por sembrar.

Tuesday, November 25, 2008

Sensación parmenidea

¿Saben cómo se siente el vacío? Seguramente alguna vez les ha pasado.

No es metáfora. No pienso decir nada profundo ni poético. Es la vil y contingente realidad: literalmente siento un hoyo en mi estómago. No es propiamente hambre, porque no siento ese movimiento revoltoso que gruñe, quejándose por la falta de alimento. Sé que podría calmarlo con comida, pero no tengo antojo de nada. De hecho, siento un poquito de asco cuando pienso en comer.

Siento vacío. Es la única forma que tengo para describirlo. Es como un hueco enorme que va desde mi garganta hasta mi abdomen. Sé que está ahí porque lo siento. ¿Cómo se siente un vacío, algo que no es? Ni idea, pero así pasa.

Lo que me consuela es que en algún momento este vacío horrible se hará consciente de sí mismo y se transformará en hambre. Va a ser desagradable, porque va a empezar a molestar. El inexistente vacío se va a retorcer y a doblarse sobre sí mismo, tratando de destruir algo que de hecho nunca hubo. Voy a sentir un poco de desesperación y ansiedad. Mi mente se va a nublar y sólo voy a poder pensar en la hora del descanso para correr a la cafetería a comer algo y calmar el sufrimiento. Pero será mejor sufrir, pues al menos habrá algo. El dolor molesta, pero se puede calmar. El vacío, en cambio, es un enemigo invisible. Es nada.

Pronto tendré un enemigo con el cual luchar, pero en este instante estoy inmóvil. Enfrentarse al vacío es perderse un poco en la inexistencia.

Thursday, November 06, 2008

El chocolate sabe a placer incluso cuando es amargo

Por lo general, cuando veo cine francés, salvo muy contadas excepciones, me quedo con una sensación de vacuidad muy desagradable. Las únicas dos películas francesas que me transmitieron mucha pasión, alegría y vitalidad, fueron Amélie y Cyrano de Bergerac. Será que tengo poca cultura al respecto.

Hoy vi una película francesa llamada "Todas las mañanas del mundo". Me gustó. Tuve esa sensación de vacuidad y hubo imágenes que se me antojaron trágicamente grises, pero logró su cometido. Hoy estoy conmovida y llena de un profundo dolor; pero no de un dolor que lleva al llanto ni el que oprime el pecho, sino más bien es esa clase de dolor abstracto y casi etéreo que se queda flotando en el ambiente.

El dolor que me transmitió esta película es propio de la belleza cuando se viste de tristeza. Llena en lo estético y vacía en lo moral, pero al final completa en lo conceptual.

Corriendo el riesgo de que se pueda interpretar como una patología y teniendo la certeza de que se trata de otra clase de locura, puedo decir que hoy disfruté saborear ese sufrimiento. Hoy entendí y experimenté la delicia del dolor artístico.

Sunday, October 26, 2008

Escuchando Atomic Bird

Las mujeres se unen para cantar. Es un canto profundo, triste, desgarrador. Cantan la muerte, el dolor y la pérdida. Es algo que sólo ellas saben hacer, lo han hecho desde siempre y seguirán haciéndolo.

Sufren porque aman. Podrían detenerse, podrían decidir no volver a llorar nunca más, pero no lo harán. Jamás.

Las mujeres se unen para llorar. Están juntas, pero cada una llora sus propias lágrimas y, aunque el llanto es el mismo, se siente diferente.

El canto se eleva, cada vez más. Las mujeres levantan el rostro surcado por sus lágrimas. El cielo se ve grande desde la tierra y las nubes inalcanzables, pero sus ojos ya están limpios y pueden ver mejor.

Las mujeres ya no lloran. Ahora lo saben, ahora lo sienten. El cielo no está tan lejos…

Thursday, October 16, 2008

Reflexión hacia afuera



La única manera de poseernos es renunciando a nosotros mismos. Si intentamos volvernos hacia nuestro interior y tomarnos, nos perdemos. Es como intentar retener un puñado de agua: entre más apretamos, más se escurre. Cuando la mano intenta tomarse a sí misma, se da cuenta de que ya no está en el mismo lugar, pues cuando se movió para alcanzarse, se perdió en el camino.

El egoísmo es frustrante, desgastante e infructuoso. En cambio, cuando nos dejamos ir, abrimos las puertas para que otros entren. Entonces alguien nos encuentra y, si él también está abierto, nosotros lo encontramos a él. Dejo mi yo para encontrar un tú y, paradójicamente (o milagrosamente), me encuentro a mí mismo en el otro.

El hombre está hecho para la donación. Sólo se es feliz cuando se ama y, para amarse a uno mismo, hay que amar a otro, y viceversa.

El hombre y las máquinas

Este es un video de un programa que vi hace poco con Zoon Romanticón. Lo pongo aquí porque lo recordé al leer el post de Artemisia sobre la crítica de Chaplin a la tecnoctatización. Este es un buen ejemplo de la superioridad del hombre ante las máquinas; así éstas sean precisas y más rentables, jamás podrán igualar la creatividad y el criterio del hombre (incluso cuando se trata de producción en masa).




Tuesday, October 07, 2008

Puras letras

Empecé a escribir cuando me di cuenta de que las letras eran mi modo de acceso a ese mundo de fantasía e irrealidad que tanto me gustaba. El mundo real no me satisfacía. Era feo, desagradable y muy decepcionante. Los árboles sólo eran árboles, mientras que en mi mundo eran vida pura. Aquí había muerte y corrupción, mientras que allá había sacrificio y trascendencia. Mis sueños me seducían incluso cuando estaba despierta y prefería imaginar un diálogo con un personaje ficticio que entablar una conversación con una persona verdadera.

Recuerdo perfectamente aquellos momentos en los que me encontraba en clase y, de pronto, todo a mi alrededor se cubría con un velo nebuloso y entonces la fantasía se me aparecía nítida y casi tangible. Y era emocionante, pues yo era señora y soberana de aquel lugar maravilloso que me proporcionaba infinitas posibilidades. En esos instantes mágicos escribí todos mis cuentos de temprana juventud, en hojas de cuaderno y con letra temblorosa por la impaciencia y la sensación de aventura.

Puede sonar exagerado, pero en verdad había días en los que nunca bajaba de mis nubes. Despertaba en la mañana como en un sueño y todo el día me dedicaba a evadirme en mis pensamientos. Inventaba historias, escribía, escuchaba música y dejaba todo lo demás con tal de poder seguir soñando. A diferencia de mis compañeras, a mí me encantaban los largos viajes cotidianos en el camión de la escuela, pues eran el momento perfecto para perder la mirada en la ventana y sumergirme en las delicias de mi pensamiento.

Tenía una sola musa, con la cual logré tener una verdadera amistad, pero era la única a la que dejaba entrar a mi mundo de ensueño. Y ella también se dejó atrapar por su belleza. Yo escribía pensando en ella, para que ella me leyera, nadie más. Juntas inventamos todo un universo al cual nade ha podido ni podrá tener acceso jamás, pues solamente se puede entrar a él cuando uno mismo lo construye con su propia alma.

Ese universo se convirtió en nuestro refugio, nuestro hogar. Con nuestras manos divinas creamos hadas, brujas, héroes y dragones. Poníamos nombres y colores a ideas y sentimientos, y juntas nos reíamos de ese cascarón vacío y gris que era la realidad.

Pero no todo era hermosura. Había momentos en los que bajaba la guardia y entonces me atacaba. Me sentía hueca, insatisfecha, triste y miserable. Me hundía en un hoyo profundo y oscuro del cual ni siquiera mi musa me podría sacar. Estaba sola y lo sabía, y tenía miedo.

Al principio no era muy difícil evadirlo. Seguía ahí, pero yo lo revestía con mi magia y dejaba de verlo. El problema fue que comenzó a aumentar. Entre más crecía yo, más grande se volvía el hoyo de dolor e insatisfacción. Cada vez me atrapaba con mayor frecuencia y me restregaba mis miserias en la cara.

Un día me levanté y me di cuenta de que mi magia desaparecía. No pretendo que esto parezca una metáfora, pues lo quiero decir literalmente: la magia se me escapó de las manos. Un día en específico de mi vida, me tuve que enfrentar a la realidad, porque la fantasía se negaba a ayudarme. Mi pluma se secó y mis personajes ya no me hablaban. Había despertado y no podía volver a dormirme, no podía soñar.

Entonces tuve que enfrentarme con mi soledad. Me encontraba desnuda frente ese enorme hueco, tan grande que ya era insoportable. Y seguía creciendo.

Ya no podía evadirme, así que intenté solucionar ese problema. Quise llenar el hoyo de muchas maneras, pero no me funcionaron del todo. Me volví una idealista exacerbada y me llené de metas y causas sociales. Terminé la preparatoria hundida hasta la nariz en política y en proyectos tan gigantescos que no podía cargarlos aunque lo intentaba. Pronto me di cuenta que estaba desbordando mi pasión en un vaso que nunca se iba a llenar. Me desesperé y me volví gris. Intenté entrar otra vez a mi mundo, pero no me dejaba. Mis cuentos y mis cartas cada vez eran más secos. Abandoné a mi musa sin quererlo. Cerré poco a poco esa puerta sin saber cómo evitarlo. Entonces me quedé sola del todo.

Es curioso, pero sólo cuando me hundí absolutamente y toqué fondo, fue que me encontré a mí misma. No era nada espectacular; tan sólo era yo, simple y real. Entonces fui libre de verdad para buscar un sentido. El hoyo estaba ahí, pero ya no me asustaba y me dediqué a escalarlo. En el camino me he encontrado a muchas personas que también suben conmigo. Poco a poco me he dado cuenta de que el hoyo nunca se puede llenar del todo, que siempre queda un huequito. La diferencia es que ya no lo ignoro y busco algo para rellenarlo. Sigo adentro de ese hoyo, pero detrás de mí hay un mundo de cosas que lo habitan. Cosas reales. La fantasía y la magia también están ahí y las visito de vez en cuando, pero ya sé que no alcanzan para abarcar este túnel que sigue creciendo.

Hoy sigo caminando, y veo luz al fondo. Estoy aprendiendo a escribir de nuevo.

Monday, September 22, 2008

Asalto armado a mi intimidad



Mi pluma interior está seca. No sabe qué escribir y se siente desesperada. La escritura es mi arte y, sin embargo, se me va de las manos y me deja sola, desnuda. Por eso estoy forzando a mi pobre pluma. La presiono y la torturo hasta poder arrancarle unas cuantas gotas de tinta.

Ella se queja y chilla, pero va cediendo poco a poco. Me da, de mala gana, unas pocas líneas. Luego intenta volver a ocultarse y abandonarme, pero no se lo permito. La retuerzo, la exprimo y la obligo a cooperar.

"¡Valiente escritora!", le espeto. "¡No puedes reclamar ese título si no explotas tu virtud!".

Así, pues, aquí estoy, intentando reclamar mi título por la fuerza. Pero, al parecer, hay cosas que no se pueden conseguir a punta de pistola. La inspiración es una de ellas.

Sunday, September 21, 2008

De otoño a invierno





Me desespera terriblemente el ambiente social de la segunda parte del año, es decir, los últimos meses desde septiembre hasta diciembre. Hay muchas razones para que esta temporada sea especialmente agradable para mí, pues el clima es más frío (me choca el calor asfixiante), vienen las fiestas que me gustan (día de muertos y Navidad) y se acerca mi cumpleaños (que es en diciembre). Sin embargo, no soporto la ciudad por estas fechas. El tráfico se pone insoportable, la gente comienza a ponserse agresiva sin darse cuenta y la mercadotecnia empieza a avalanzarse sobre nosotros como un monstruo hambriento e implacable. Es el colmo que antes del grito, con las banderas y las tiras tricolores colgadas por todas partes, ya había adornos de Halloween y Navidad en las tiendas departamentales.

Este año quiero promover un movimiento de recuperación de estas fechas. Le pido a todos los lectores de este blog que intenten mantener la calma y el ánimo alegre y tranquilo, en vez de caer en la histeria colectiva. No manejen como desquiciados, controlen su mal humor y procuren sonreír y transmitir algo de serenidad a la locura. No caigan en el consumismo y disfruten las fiestas que vienen con sobriedad y alegría.

Ojalá y podamos hacer algo para que los últimos meses del año vuelvan a ser agradables y tranquilos...

Friday, September 12, 2008

Monday, August 25, 2008

Por fin: Una vida en un trayecto (parte final)





Las manos de Virginia ya no eran lo que solían ser. Estaban arrugadas, manchadas y surcadas por la edad. Ya no tocaban el piano, pues tenían las articulaciones adoloridas y sus dedos ya no eran tan ágiles como antes. A pesar de todo, a Sofi le gustaban. Le parecían suavecitas y agradables cuando le acariciaban las mejillas o le hacían cariños en la cabeza.

Sofi era una niña muy bonita. Tenía el cabello rubio, como su mamá, y una boquita roja que siempre dejaba ver una sonrisa perlada. Lo que más le gustaba a Virginia de ella eran sus ojos, cristalinos y profundos, como los de su abuelo. Aunque tan sólo contaba con cuatro años, la pequeña tenía una mirada penetrante, la cual contrastaba con su aire de inocencia infantil.

Ese día se había quedado en la casa de su abuela y, mientras sus papás hacían cosas “de grandes”, ella se dedicaba a vestir a su muñeca mientras le contaba sus aventuras con el conejo que vivía en el jardín. Virginia la escuchaba desde su sillón preferido y se preguntaba a qué conejo se estaría refiriendo su nieta. Seguramente era producto de su fantasiosa imaginación, de la cual los niños siempre hablan con suma seriedad. Virginia sonrió para sus adentros y siguió leyendo el libro que tenía en su regazo. Tal vez sus manos se habían vuelto torpes, pero aún gozaba de una vista envidiable.

Afuera el cielo comenzaba a nublarse y el mar se veía agitado. Las macetas con las flores rojas seguían en su mismo lugar y ahora los pétalos se agitaban y se desprendían por el viento. A Sofi le daban miedo las tormentas y miró a su abuela, consternada. Virginia bajó su libro y vio a la asustada pequeña.

-¿Por qué no me cantas una canción? –le propuso a su nieta.

Sofi sonrió y comenzó a entonar una de las canciones de cuna que le había enseñado su madre. Tenía una voz suave, bonita y dulce y Virginia no pudo evitar sentir una gran nostalgia. Escuchando a su nieta regresaron todos los recuerdos a su mente: la casa de su infancia, su piano de cola, el vals… Había pasado tanto tiempo desde ese entonces que ya no estaba segura si en realidad había sucedido o tan sólo se lo había imaginado. Sofi terminó su canción y empezó otra sin que Virginia se lo pidiera. En esta ocasión acompañó su vocesita con aplausos y un baile improvisado. Mientras daba vueltas por la sala Virginia la veía y pensaba en su esposo y en su hijo cuando pequeño. Realmente había tenido una vida feliz, no se podía quejar.

Sofi seguía dando vueltas con los brazos extendidos, como si la acompañara un amigo invisible en su danza infantil. Entonces Virginia vio en los ojos de la pequeña y lo reconoció. Fue tan sólo por un brevísimo instante, pero estaba segura de haberlo visto: un muchacho de cabello despeinado, sombrero de copa y gabardina. Súbitamente Virginia sintió mucha alegría y comenzó a reír. Rió hasta no poder más, mientras su nieta seguía dando vueltas por la estancia.

Ella ya no podía verlo, pero no le importaba. Ahora era el turno de Sofi de bailar. 

Breve apología

No he publicado en un buen rato. Mi computadora murió dramáticamente en vacaciones y los únicos momentos en los que he tenido acceso a una computadora ha sido exclusivamente para hacer tareas. 

Ya estoy, sin embargo, de regreso. Si me vuelvo a tardar mucho en publicar, ténganme paciencia. ¡No dejen de visitar mi blog, por favor!

Sunday, June 29, 2008

Recuerdos de un jardín olvidado: respuesta a un post de Artemisia



-Amiga, mía- le dijo una anciana orquídea- Recuerda quién eres en verdad. Tú no eres una flor azul de campo, sino una hermosa rosa blanca. Tus pétalos compiten con el resplandor nocturno de la Luna y tu belleza contrasta con las espinas guerreras que te han acompañado en tus aventuras.

La pequeña flor levantó la mirada de la tierra vio a su amiga la orquídea.

-No soy quien tu recuerdas- le contestó. -He conocido otro mundo, mucho más grande que mi pequeño jardín. Ahora sé que hay seres más grandes y hermosos que yo. He aprendido a ser humilde.

-¿Es eso verdad?, ¿entonces por qué te deshojas, florecita? Acuérdate que la verdadera humildad es saberte digna por quien eres, aun cuando en este enorme mundo haya flores mucho más bellas y grandes que tú. No te apagues, mejor muéstrales cómo brillas tú y enséñales a buscar su propio color. No quieras esconder tus pétalos tas otro color: la sencillez de tu blanco y la delicadeza de tu textura son los dones que tienes para regalar a este mundo. Si los escondes, serás una planta estéril.

La florecilla comprendió. Le costó trabajo, pero recordó cómo brillar y lo hizo mucho mejor que antes, pues había conocido el valor de la humildad.

Saturday, June 21, 2008

Una vida en un trayecto (Tercera parte)


La estación del tren estaba llena de gente, pero el ánimo general era sombrío. Afuera estaba lloviendo y hacía frío. Las personas caminaban de un lado a otro, llevando maletas y revisando los horarios de llegada de los trenes. Había señores vestidos de trajes oscuros y con sombrero que cargaban portafolios, mujeres llevando a sus hijos de la mano, jóvenes que subían a los vagones con impaciencia y ancianos que regresaban cansados y con la nostalgia pintada en sus rostros.

Los guardias de la estación, vistiendo sus pulcros uniformes, se paseaban lentamente por el lugar, revisando que todo estuviera en orden. Constantemente se detenían a dar indicaciones a algún viajero perdido o a ayudar a alguna viejita con su equipaje, pero inmediatamente después regresaban a sus puestos de siempre.

A veces pasaba algún conserje, también uniformado, aunque de manera diferente, llevando un carrito con una cubeta de agua, una escoba, un trapeador y demás objetos de limpieza. Las personas caminaban apuradas a su alrededor, esquivándolos en su carrera por encontrar el número de tren que los llevaría a su destino.

También había algunos vendedores ambulantes, llevando cajas con cigarros, dulces y otras chucherías. Los mendigos, con sus ropas sucias y rasgadas, se sentaban a los pies de las columnas y pedían dinero a los transeúntes. El sonido de la lluvia golpeando el techo laminado se mezclaba con el ruido metálico de los trenes, los frenos al enfriarse, y su característico silbido. Todo esto, con las voces y las pisadas de las personas, formaba un ambiente general que se escuchaba con eco en todos los rincones de la estación.

Virginia observaba todo este movimiento parada en uno de los andenes de la estación. Estaba cubierta por una gabardina y con una de sus manos enguantadas cargaba un paraguas negro que escurría en el piso. Su sedoso cabello estaba recogido recatadamente y descansaba debajo de un elegante, pero sencillo sombrero de dama. Llevaba zapatos de tacón, medias y una cartera a juego. Se había pintado la boca de rojo y se veía muy guapa y formal, pero no sonreía. Tenía la mirada perdida en la multitud que pasaba y estaba pensativa. Entonces una vocecita aguda la sacó de sus reflexiones.

-¡Mamá!- exclamó un pequeño niño sonriente que caminaba hacia ella. En una de sus manitas llevaba un cono con una enorme bola de helado de chocolate, el cual también se alojaba alrededor de su boca manchada, y con la otra tomaba de la mano a un hombre alto y de porte elegante.

Virginia le devolvió la sonrisa al pequeño y levantó sus ojos tristes para encontrar la mirada de su esposo. Él también le sonrió, pero era más un gesto de comprensión que uno de alegría. Se miraron directamente a los ojos durante unos segundos. Era una mirada cargada de sentimientos, de miedo, tristeza y amor. El niño, por su lado, se encontraba ajeno a la difícil situación por la que pasaban los adultos y se dedicaba a chupar su golosina con gran satisfacción. Su mundo aún se componía de cosas sencillas y estaba llena de pequeños placeres, como observar con fascinación las enormes ruedas de los ferrocarriles o regocijarse con el maravilloso sabor del chocolate. Él aún no entendía lo que significaba una despedida, no había sentido el vacío de la soledad ni comprendía los intereses y problemas que desataban una guerra. Tan sólo estaba ahí, en la estación de trenes, viendo cómo sus padres se unían en un largo abrazo y cómo una lágrima caía silenciosa por la mejilla de su madre. Entonces su padre se acercó a él, le acarició la cabeza y le dedicó una sonrisa. En ese momento no se dio cuenta, pero años después recordaría ese sencillo gesto como la despedida de su padre, la primera de su vida.

El silbato anunció la hora y el hombre vestido con su ropa de viaje abordó el tren. Volteó una última vez para mirar a su familia y desapareció por la puerta que lo llevaría a su vagón. Virginia se quedó parada en la estación mientras la locomotora comenzaba a trabajar, las llantas rechinaban contra el acero de los rieles y el vapor salía a presión por la gran chimenea. La gente seguía pasando a su alrededor, totalmente indiferente a su dolor y al miedo que sentía y que amenazaba con hacerle un nudo en el estómago. Los vagones empezaron a avanzar, primero lentamente, acelerando poco a poco y alejándose de ella. Buscó a su esposo con la mirada, esperando poder verlo en alguna de las ventanillas, pero el movimiento de los vagones confundía las siluetas de los pasajeros y no logró distinguirlo de los demás.

Cuando el tren se perdió de vista, la mujer, que ahora se parecía más a una sombra, tomó al niño de su pequeña mano y se dispuso a dejar la estación. Iba con la mirada perdida y vidriosa, mientras que el pequeño avanzaba a su lado en silencio, pues intuía que su madre necesitaba estar sola. Pero entonces vio algo que le llamó la atención y no pudo evitar decírselo a su madre. Le dio un tironcito a su falda y señaló hacia una de las puertas de la estación.

-¡Mira, mamá!- dijo con sorpresa.

Virginia volteó a donde le indicaba su hijo y se paró en seco.

Parado, bajo la oscuridad, se encontraba un muchacho flaco y desgarbado, vestido de negro, con el cabello despeinado y los ojos claros observándolos desde lejos. Virginia no dijo nada, pero se dirigió hacia él, con el niño tomado de su mano. El extraño personaje no se inmutó y cuando ambos llegaron a donde se encontraba, se agachó para mirar al niño. Éste se sintió un poco intimidado y se escondió detrás de la falda de su madre, lo que provocó una sonrisa en el rostro el muchacho.

-Tiene tus ojos -le dijo a Virginia.

Ella sonrió, pero esta vez lo hizo con la mirada también.

El muchacho comenzó a hurgar en uno de sus bolsillos, buscando algo que al parecer no podía encontrar. Hizo varios movimientos y gesticulaciones graciosas, logrando que el niño riera y saliera, aunque no del todo, de la protección de su madre. Entonces el joven pareció recordar en dónde había guardado el misterioso objeto que buscaba y, con una de sus manos enguantadas, sacó una pelotita roja de la oreja del pequeño y se la ofreció. El niño volvió a reír y aceptó el regalo, el cual comenzó a botar de inmediato. Entonces, el joven se paró y volteó hacia Virginia.

-¿Esta vez no vamos a bailar? –preguntó ella en un susurro.

El muchacho negó con la cabeza.

-No esta vez –dijo con suavidad.

Entonces le tendió uno de sus brazos. Virginia vio que en el codo de su gabardina tenía un parche y que su sombrero seguía tan viejo como siempre. Por un momento, la escena le recordó a un momento de su infancia, cuando él le ofreció su mano para invitarla a bailar. Durante un instante le pareció volver a sentir la magia fluyendo por sus venas. Era una sensación cálida y protectora.

Aceptó el brazo, gustosa, y llamó a su hijo, el cual se unió a ellos corriendo, feliz con su nuevo juguete.

El extraño personaje tomó el paraguas negro de Virginia y lo abrió con cierta ceremonia.

-Vamos –dijo. –Que ahora es cuando más me necesitas.

Y entonces los tres salieron de la estación, enfrentándose a la lluvia e internándose en la niebla que los envolvía. Por un breve instante, tanto la madre como su hijo, sintieron que todo estaría bien.

Sunday, June 15, 2008

Una vida en un trayecto (Segunda parte)




Las notas del piano volvieron a sonar. Ya no venían de aquel piano blanco de cola, sino de uno un poco más pequeño y viejo. Sin embargo, la intérprete aún era la misma. Virginia movía sus dedos con mayor suavidad y lentitud, pero sin haber perdido su agilidad. Era unos años mayor, con lo rasgos finos, pero marcados y unos ojos vivos y despiertos. Su cabello seguía siendo igual de hermoso, pero ahora lo llevaba atado en una trenza un poco despeinada y algunos cabellos le caían por delante de las orejas. Ya no llevaba su vestido blanco, sino que una sábana la cubría de la cintura para abajo, dejando sus hombros, pecho y espalda desnudos. Su cuerpo y su alma eran los de una mujer y, aunque ya no vivía en el enorme caserón de su infancia, el extraño personaje de la ventana se las había ingeniado para dar con ella. Se acercó y puso una mano en el hombro de Virginia. La joven, sin dejar de tocar, sonrió ante el cálido contacto del muchacho. Seguía siendo igual que cuando lo había visto por primera vez; su cabello despeinado, el sombrero de copa y su bastón.

-¿Esta vez también me llevarás a bailar?- preguntó sin despegar la mirada de las teclas, pero el extraño personaje siguió escuchándola sin contestar.

La melodía flotaba en el ambiente como el recuerdo de su primer encuentro, pero, por alguna razón, no se sentía igual. Había un cierto dejo de nostalgia que lo cambiaba todo.

La casa en donde se encontraban era mucho más pequeña, pero más cálida que la anterior. Era toda de madera, con los muebles mucho más sencillos y pocos adornos. El piano en donde tocaba Virginia estaba en la sala, donde había una ventana adornada con macetas de flores rojas que daba al mar. A un lado había una pequeña chimenea de piedra y más allá estaba la puerta sencilla que daba a la cocina. Del otro lado estaban las estrechas escaleras y la entrada de la casa, de la cual salía un camino marcado en la hierba verde por las llantas de un coche. Era un lugar hermoso, solitario y tranquilo.

-¿No bailaremos esta vez?- insistió Virginia.

El extraño personaje permaneció en silencio y se quitó los guantes blancos de las manos. Entonces pasó con suavidad uno de sus dedos por el cuello de la joven y tocó su espalda desnuda.

Virginia sintió el contacto en su piel, pero siguió tocando como si nada hubiera sucedido. Después el extraño muchacho se sentó en una silla a un lado del piano y miró por la ventana. Vio el azul del mar y luego se fijó en las flores rojas de las macetas: estaban abiertas y resplandecían al sol.

Entonces se oyeron unos pasos amortiguados por la música y pronto apareció una persona bajando por las escaleras. Era un hombre joven, muy atractivo, con el cabello castaño y la piel bronceada. Traía puesta una bata y bostezaba y restiraba como si se acabara de levantar. Al llegar a la sala miró a Virginia con una sonrisa, se acercó a ella por detrás y se agachó para darle un beso en la mejilla. No se fijó en el muchacho que seguía sentado a un costado del piano y se dirigió arrastrando los pies a la cocina.

-Parece un buen hombre. ¿Te trata bien?- preguntó el joven.

Virginia sonrió y asintió sin levantar la mirada. Su voz era tal y como la recordaba, a pesar de los años.

Los dedos de Virginia seguían moviéndose sobre el teclado y el muchacho los veía como hipnotizado. Entonces alargó una mano, abrió un poco la ventana y arrancó una de las flores rojas de una de las macetas. Se paró con tranquilidad y la puso en los negros cabellos de la joven.

-Sólo vine a visitarte, pero veo que estás bien. Hoy no bailaremos porque he escuchado cómo tocas y sé que ya no me necesitas.

Las notas murieron lentamente conforme Virginia iba terminando hasta que sólo hubo silencio. El muchacho tomó una de sus manos y la besó con suavidad. Ella lo miró a los ojos y sonrió. Entonces él desapareció.

Wednesday, June 04, 2008

Una vida en un trayecto: cuento en cuatro entregas

Hace mucho, cuando todavía hacía largos trayectos en el camión escolar del Yaocalli, mientras escuchaba una canción de piano, se me ocurrió una historia. Desde ese momento comencé a escribirla, pero la dejé incompleta. Años después la encontré y decidí continuarla, pero con un toque diferente al que había pensado originalmente. Ahora, después de algún tiempo más, he decidido terminarla y publicarla. Sin embargo, a pesar de que es un cuento completo, me parece que es mejor publicarlo poco a poco, al igual que su elaboración. Por lo tanto, quien quiera leer este cuento deberá hacerlo en fragmentos, los cuales iré publicando semanalmente.

¡No dejen de comentar!



UNA VIDA EN UN TRAYECTO


Era muy tempranito en la mañana. El sol apenas se filtraba por las delgadas cortinas del salón. Era una casa grande con las paredes color crema, las puertas y los marcos de las ventanas blancos y los muebles de maderas finas. Grandes estatuas de un blanco inmaculado que representaban a algún personaje mitológico adornaban las esquinas de los grandes salones con alfombras finas y candiles dorados. El piso estaba cubierto por lozas de mármol y en los muros colgaban grandes cuadros y algunos espejos con marcos de hoja de oro. Toda la casa estaba en silencio, a excepción de un pequeño salón ubicado en una esquina del edificio, en donde se podían escuchar las notas de una delicada melodía.

Desde este salón, igualmente pintado y amueblado, se podían ver los verdes árboles del jardín central y un pequeño estanque en donde nadaban peces de colores luminosos. La estancia era de las más pequeñas de la casa, pero aunque había muchas otras de mayor tamaño dentro del enorme caserón, ésta era la más tranquila y agradable. Además, en una esquina de la habitación había un precioso piano de cola, lo que la hacía la preferida de Virginia. Ésta era la señorita de la casa. Siendo hija única y estando sus padres de viaje frecuentemente, la muchacha había aprendido a hacer de la música su única compañera. Esa mañana, como cualquier otra, se hallaba sentada al piano acariciando las teclas con sus delgadas y ágiles manos. Sus dedos se movían con precisión al interpretar una alegre melodía. Era una niña muy hermosa con la piel blanca, los labios encarnados y una larga cabellera de un negro brillante que caía ondulada por su espalda. Sus facciones eran finas y delicadas, tenía unas pestañas largas y fuertes y unos ojos cristalinos desde los que se asomaba una ilusión infantil. Aún no había cumplido los quince años, pero en su pequeño cuerpo ya comenzaban a insinuarse sutilmente las formas de una mujer. Llevaba un vestido blanco de varias capas de tela vaporosa que le llegaba hasta debajo de las rodillas, dejando ver unas piernas delgadas y bien formadas que terminaban en unas zapatillas igualmente blancas.

Todo en ella era hermoso, pero no era su belleza, sino la música que tocaba, lo que tenía embelezado al extraño personaje que la miraba desde la ventana del salón. Era un joven alto y muy delgado de cabello rubio despeinado, ojos claros y piel bronceada. Vestía un traje totalmente negro con camisa de puño y llevaba un sombrero de copa y un bastón de madera recargado contra el piso. Cualquiera que lo hubiera visto habría pensado que era un muchacho común y corriente vestido de una manera inusual, pero había algo en su mirada, tan vacía y llena a la vez, que lo volvía inhumano.

Levantó una de sus manos enguantadas y tocó ligeramente en el vidrio de la ventana que se abrió con un ligero rechinido. Virginia no le prestó atención y siguió tocando, mientras el joven se introducía a la habitación por la ventana. Entonces se acercó al piano y permaneció detrás de la muchacha, observando cómo sus blancas manos se movían con rapidez a lo largo del tablero. Así permaneció un buen rato, escuchándola simplemente, mientras ella continuaba sin dar señas de que notaba su presencia. Después de varios minutos que transcurrieron en la más apacible serenidad, el extraño personaje sacó algo de la bolsa del saco. Mantuvo el puño cerrado y caminó tranquilamente hacia el centro del salón, en donde dejó caer un polvo brillante que se fue esparciendo lentamente por la estancia formando una nebulosa. La nube de polvo fue creciendo hasta llegar al techo y a las paredes de la habitación. Poco a poco, de una manera casi imperceptible, el salón fue cambiando en tamaño y apariencia. Los muebles se deformaron y alargaron hasta convertirse en enormes y poderoso árboles que traspasaron el techo con facilidad, del cual comenzaron a caer pedazos que se convertían en tierra mojada antes de caer al suelo. Las paredes se oscurecieron y cambiaron su textura a una más áspera y rugosa, semejando rocas, mientras que las alfombras se fueron alargando y desvaneciendo hasta formar parte de un suelo frío y húmedo al que le crecían hierbas y flores de un rojo brillante. Lentamente, la habitación entera se fue transformando en un pequeño bosque abovedado. Incluso brotó un pequeño manantial del piso que fue marcando un surco por la tierra hasta formar un riachuelo. Lo único que permaneció en su lugar fue el elegante piano de cola en donde la pequeña Virginia aún tocaba. La melodía había adoptado un tono histérico, mientras los dedos de la joven seguían moviéndose con impresionante agilidad. Sus ojos azules estaban fijos en las teclas, concentrada en los últimos movimientos de la pieza.

El techo del salón había desaparecido por completo, dejando al descubierto un cielo que se había oscurecido de pronto. Varias estrellas empezaron a brillar, al mismo tiempo que la luna dejaba caer sus rayos plateados.
El extraño personaje se encontraba parado en medio del bosque, observando su obra con complacencia y admiración. Entonces se sacudió un poco el traje del que salió un poco de polvo plateado, y se acomodó su sombrero. Volvió hacia Virginia justo cuando ésta terminaba las últimas notas…

El silencio tomó la habitación por unos segundos y entonces Virginia despertó de su ensoñación. Levantó la mirada y el extraño muchacho le sonrió y le hizo una reverencia. Después se enderezó y le tendió una de sus manos enguantadas. Virginia dudó unos segundos, pero pronto le regresó la sonrisa y tomó su mano con familiaridad. Nunca lo había visto en su vida, pero pareciera que lo conocía desde siempre.

Las notas de un hermoso vals comenzaron a sonar y a llenar la habitación transformada en la que se encontraban.

-Acompáñame a bailar –dijo el muchacho, que tenía una voz suave y áspera.

El joven guió a Virginia hasta el centro del pequeño bosque y ambos comenzaron a bailar. Un paso a la derecha, otro a la izquierda… poco a poco se fueron sumiendo en un mundo encantado y lleno de fantasía. Entonces sus cuerpos empezaron a flotar, dando pasos en el aire, como si todo lo demás no importara. Lo único que existía era el baile.

A su alrededor, las cosas comenzaron a cambiar de nuevo. Los árboles empezaron a mecerse de un lado a otro, siguiendo el compás de la música y formando un círculo, en cuyo centro las figuras de la niña y el joven se deslizaban en el aire. Hadas y duendes aparecieron de la nada, desde detrás de las plantas y las flores. Eran criaturas pequeñas y curiosas que observaban a la pareja que bailaba, mientras brincaban de un lado a otro con sus ligeros pies. Soltaban polvos de colores que hacían que los capullos se abrieran lentamente. Entonces, de entre los pétalos de las flores recién levantadas, salían más de esos pequeños seres, que reían con sus vocecitas alegres y se trepaban a los árboles que seguían moviéndose con la música.
También había luciérnagas, las cuales volaban por todo el lugar, iluminando a su alrededor con sus pequeñas luces azuladas y verdosas. Parecían pedacitos de estrellas flotantes, que se mantenían suavemente en el aire cálido de esa noche mágica.

Pero, de pronto, los cuerpos de Virginia y el extraño personaje comenzaron a perder altura, bajando lentamente hasta que sus pies tocaron el suelo. El joven sonrió y se separó de la niña, haciéndole, de nuevo, una profunda reverencia. Virginia estaba embelezada con toda la magia que la rodeaba y ella también se inclinó ante su peculiar visitante. Entonces el muchacho, sin quitar la sonrisa de su rostro, abrió el saquito del cual había sacado el polvo momentos antes. Poco a poco, los árboles, las flores y las hierbas fueron disminuyendo su tamaño, soltando un polvo colorido que se iba flotando hasta el saco que sostenía el joven. Los elfos y hadas se apresuraron a esconderse, perdiéndose de vista de inmediato. El cielo abovedado volvió a ser el techo de una elegante estancia, pintado de color blanco y sosteniendo un candelabro dorado. Las luciérnagas desaparecieron y las paredes volvieron a aparecer a su alrededor, con los acostumbrados cuadros y retratos colgados en sus respectivos lugares. El piano estaba donde siempre y la habitación estaba iluminada por la luz tenue de la mañana, como si nada hubiera pasado.

Virginia volteó hacia donde estaba el extraño personaje, buscando una explicación, pero no lo vio por ningún lado. Buscó a su alrededor, pero había desaparecido.

Entonces la joven escuchó su nombre. Su nana la llamaba para ir a desayunar. Virginia salió del cuarto corriendo y sus pasos resonaron por las paredes del antiguo caserón.

Wednesday, May 21, 2008

Con otra mirada



Este cuadro me gusta desde que lo conozco porque me parece bonito y con un toque de misterio. Sin embargo, no sabía todo el significado ideológico que trae consigo.

Vermeer era un hombre que vivía rodeado de puritanismo. Los puritanos creen que es indecente que una mujer muestre su cabello (es casi peor a que muestre su cuerpo desnudo). También era considerado inmoral que llevaran joyas o atuendos muy llamativos, pues es una manera de darse importancia y mostrarse como objeto de deseo.

En este cuadro, que hasta hace poco me parecía de lo más normal y decente, se esconde una fuerte crítica contra el puritanismo. Vermeer muestra una muchacha con el cabello tapado, como acostumbraban las mujeres puritanas, pero en vez de hacerlo con una cofia trae una pañoleta de tela colorida que cae coquetamente por su espalda. No la pintó de frente, sino de lado, como invitando al observador a pasar con ella. También tiene los labios sensualmente abiertos, al mismo tiempo que mira con una intención lasciva. Por si fuera poco, el tema central del cuadro es el arete de la muchacha, el cual el un símbolo ostentoso de su inmoralidad.

Nunca antes se me había ocurrido ver este cuadro con estos ojos, pero me pareció muy interesante. Tal vez Artemisia nos podrá decir algo más al respecto.

Tuesday, May 13, 2008

"Emilia, ya no sonríes."




Hace algunos años, aunque parecen muchos, cuando aún veía hadas y duendes detrás de los árboles y todavía escuchaba la voz de las plantas y la tierra, yo era una niña alegre de ojos brillantes y espíritu soñador.

Creía indiscutiblemente en la magia, me sabía una niña bonita y buena y mi paradigma de felicidad eran los finales de los cuentos de las princesas Disney. Después crecí y me di cuenta de que la adultez no llega con los dieciséis años y que no existe el príncipe azul que te salva de todas tus dificultades y te soluciona la vida por el resto de la existencia. Sin embargo, no perdí la confianza en el mundo y en mí misma. En vez de soñarme como princesa, me sabía una bruja: fuerte, poderosa, independiente y conocedora de la magia que habitaba en la naturaleza.

Los árboles me hablaban y me mostraban que hay un orden en el mundo y que yo era capaz de comprenderlo y de poseer su belleza y su bondad. Me sentía grande y orgullosa de mí misma, pues aunque estaba sola, me encontraba conectada con el universo. ¿Para qué necesitaba a las demás personas si ya tenía el cosmos entero?

Durante toda mi adolescencia ardí interiormente, consumiéndome en mi propia pasión. Me di cuenta de que cada vez me enorgullecía más de mí y a cada paso que daba me parecía comprender mejor al mundo, pero también mi insatisfacción crecía. El universo era mío, pero tenía que haber algo más allá, algo que terminara de llenar el huequito que había en mi alma y que se estaba convirtiendo en un enorme cráter. Entonces volví a crecer y me percaté de lo pequeña que soy. Me avergoncé de mi soberbia y renuncié al cosmos para encontrarme con el resto de la humanidad. Me supe tan sólo un individuo en una infinita pluralidad de seres. Fue entonces cuando me permití volver a soñar con la felicidad, pero en vez de imaginarme como una princesa, deseé convertirme en mujer.

El problema fue que, en mi afán de destruir mi soberbia, apagué mi propia luz. Me hice realmente insignificante en aras de una malentendida humildad. Reconocí todos mis defectos, pero también negué mis bondades. Me volví gris y dejé de sonreír.

Ahora, después de haber hablado con personas que quiero y de entender algunas cosas, me sé especial, aunque no superior. Me sé única, irrepetible e insustituible. Me siento amada y elegida para llevar a cabo una tarea en este mundo. La naturaleza me sigue hablando. Ahora me cuenta acerca de Dios, un Dios de amor, y me sigue mostrando mi pequeñez, más no mi insignificancia.

Es verdad que he cambiado y ya no sonrío con los labios, como lo hacía antes, pues llevo la alegría en mi interior y se manifiesta día a día a través de otros gestos. La pasión ya no me consume, sino que me impulsa. Es cierto que me canso más, pero es normal. A fin de cuentas, estoy aprendiendo a brillar sin cegarme.

Monday, March 24, 2008

Pluma Entintada está de regreso



Últimamente me ha costado mucho trabajo escribir. Mis cuadernos "elegantes" (los que no son rayados o cuadriculados para la escuela) están prácticamente abandonados. A penas publico algo en los blogs que no sean videos o imágenes, y los personajes de mis cuentos ya perdieron sus rostros.

Es extraño. De pronto, ya no me interesa tanto producir, sino aprender. Todo este tiempo de "bloqueo de escritor" lo he pasado leyendo, viendo películas y pensando mucho. Ha sido un tiempo de invierno, como dice Artemisia. Me he dedicado a invernar.

Pero ya llegó la primavera, según tengo entendido. Las jacarandas ya alfombraron la ciudad de lila y el mundo parece estar urgido de producción. Los pájaros hacen sus nidos, las plantas dan sus frutos y el filósofo sigue en la contemplación. No tengo nada en contra de la contemplación filosófica, pero en el fondo no soy tan aristotélica como parezco. Por eso decidí que ya es momento de sacudir la escarcha de mi pluma y dedicarme a lo mío: la escritura.

Desde muy niña descubrí la adictiva sensación de deslizar la pluma sobre el papel en blanco. Es como colorear un paisaje invisible o darle sabor a un objeto insípido. Es darle significado a un universo inmenso e infinito en posibilidades. Es como jugar ajedrez: las fichas y el tablero ya existen, pero lo demás es indeterminado.

Así, pues, denme la bienvenida de regreso, que ya no pienso dejar que mis letras se oxiden.

Friday, February 29, 2008

Me puse de nostálgica

Tengo que reconocerlo: soy niña disney. Crecí con estas películas animadas que, aunque no suelen ser muy apegadas a las historias originales, aportaron un nuevo punto de vista y diferentes formas de arte visual. Aquí les pongo algunas de mis escenas favoritas desde que soy chiquita. A ver qué opinan.












Friday, February 15, 2008

Comentario a post de Artemisia



A penas hoy pude ver por fin el post de Artemisia sobre las geishas y me interesó mucho la controversia que se armó en los comentarios. No concuerdo en reaccionar cuasi-santificando a Mineko y odiando a Arthur Golden, pues en el fondo no podemos saber qué fue exactamente lo que hablaron y los acuerdos a los que llegaron en privado. También hay que tomar en cuenta que Golden no habla japonés y se comunicó con Mineko por medio de una intérprete, por lo que sería comprensible que hubiera habido mal entendidos. Esto me parece muy factible porque de hecho Golden le agradece mucho a Mineko en su libro. De verdad no creo que una persona que quisiera ganar dinero con un libro tuviera que escribir el nombre de una persona en los agradecimientos. Incluso, mercadológicamente hablando, le convenía dejar a Mineko en el anonimato y decir que una “geisha misteriosa” le proporcionó información. Por eso creo que es muy probable que Golden no haya entendido que Mineko quería ocultar su identidad.

Por otro lado, piensen en la diferencia de culturas. Mineko es una mujer que se crió en un mundo de arte, cultura y espiritualidad. Arthur Golden es norteamericano y está acostumbrado a un mundo mucho menos misterioso y más abierto en la comunicación. No digo que uno sea mejor que el otro, pero estoy segura de que Golden estaba pensando en algo completamente diferente que Mineko al querer saber sobre las geishas. Él quería compartir una experiencia y develar un misterio, mientras que ella quería salvar su mundo (las geishas se están extinguiendo y ella misma dice en su libro que su intención era atraer a occidente a Kyoto y a toda esa cultura que agoniza lentamente).

Los dos pensaron que se estaban ayudando, pero Golden no tuvo la sensibilidad necesaria para comprender que, precisamente, la maravilla de las geishas es el misterio y la sutileza que las envuelve. Es un hombre con mente occidental que piensa en transmitir algo que le parece exótico y, si nosotros fuéramos sinceros con nosotros mismos, nos daríamos cuenta de que lo criticamos mucho, pero gracias a él sabemos lo que sabemos sobres las geishas (después de todo, el libro de Mineko no existiría sin Golden).

Ahora, en cuanto a los libros, debo admitir que el libro de Golden me chocó. Cuando lo leí aún no sabía casi nada sobre las geishas. Siempre me gustaron y me llamaron la atención y sabía que eran una clase de artistas y damas de compañía, pero es cierto que nunca estuvo claro si las geishas eran prostitutas o no, pues ellas mismas nunca lo aclararon. Sin embargo, la razón por la que rechacé el libro no fue por el contenido sexual, sino por lo mal escrito que estaba. Golden es muy malo desarrollando el personaje de Sayuri, pues, intentando meterse en la mente y sensibilidad de una mujer, la hizo muy tonta, cursi e irreal. Durante todo el libro Sayuri se comporta como una niña de diez años y nunca le desarrolla verdaderamente un carácter ni una evolución de madurez. Simplemente es una niña sin chiste que sufre mucho porque vive eternamente enamorada de un ideal de hombre.

La película, por otro lado, rescató al libro, pues ahí se desarrolla mucho más a los personajes y disfrutas las artes audiovisuales sin tenerte que fletar la pobre narración de Golden.

Jaja, acabo de leer lo que escribí arriba y me di cuenta de que destrocé al pobre hombre. No es mi intención, pues sé lo difícil que es escribir una obra de esa magnitud y yo misma tengo muchos problemas para desarrollar a mis personajes, pero, a favor de Golden, puedo decir que tiene cosas muy rescatables, en especial con su insistencia en plasmar la vida dura y disciplinada de las geishas y su devoción al arte. Así que, si quieren leer su libro, no se queden con una mala idea por mi culpa. Es sólo mi opinión como literata.

Continuando con lo anterior, sí es cierto que Golden le faltó al respeto al mundo de las geishas. No las pintó como prostitutas en estricto sentido, pues él mismo aclara en su libro que algunas falsas geishas son las que llevan a cabo esta clase de prácticas, pero sí puede prestarse a mal interpretaciones, porque el personaje de Sayuri es una geisha que vende su virginidad y eso es como decir que todas las geishas lo hacen. Digamos que como novela está en su derecho de hacer a su personaje como a él se le antoje, pero políticamente hablando fue ofensivo con las geishas que se toman en serio su profesión y, evidentemente, las perjudicó para con sus clientes.

El libro de Mineko, por otro lado, me encantó, pues por fin pude saber exactamente qué es una geisha, cuál es su filosofía de vida y los sacrificios tan duros que hacen. Son mujeres que dedican sus vidas enteras a la belleza. Son, por decirlo rápido y mal, como “monjas” del arte. Por supuesto que cultivan mucho su aspecto y buscan agradar, tanto a hombres como a mujeres, pues su trabajo es proporcionar placer y agrado (pero no de naturaleza sexual necesariamente).

De verdad, les recomiendo mucho el libro de Mineko. Es una lástima que su obra haya sido producto de un pleito que le costó gran parte de su respeto y amistades, pero debo reconocer que agradezco que el misterio de las geishas se haya aclarado, porque yo pasé la mayor parte de mi vida dudando si eran prostitutas o no, cuando en realidad forman parte de una cultura milenaria que ahora admiro profundamente.

Wednesday, January 30, 2008

El amor según Paulino





Paulino es una de esas personas que saben amar. Es un hombre sesenta y siete años con una mirada profunda, cabello gris y una sonrisa alegre y jovial. Paulino fue el mentor de mi padre y, cuando murió, fue él el que protegió a mi familia. Mis hermanos y yo lo queremos tanto que le decimos "abuelo".

Hace algunos años, mi abuelo me escribió una carta en donde me hablaba del amor. Me gustó mucho cuando la leí y me enterneció profundamente. Sin embargo, aunque desde un inicio reconocí la belleza de sus palabras, nunca me habían hecho tanto sentido como ahora. Quisiera, pues, compartir un pequeño fragmento con ustedes.

“Primeramente, querida niña, debo decir a usted que la esencia de la vida, de la justicia, de la religión, de la felicidad y aún de la esperanza es, sin duda, el amor. Bella niña, quien es bendecida por el amor y sus felices consecuencias, debe considerarse como un ser particularmente favorecido, porque quien experimenta el amor, tiene el alma fértil a la bondad y a la felicidad. Sepa que un corazón limpio vale más que los honores y las riquezas. Quien ama, es perdonado. Quien ama descubre en sí una capacidad única de vivir felizmente. ¡Consérvela! ¡Enriquézcala!

Sin embargo, piense que quien es objeto de su amor podría no corresponder a ese sentimiento necesariamente. Pero no se aflija usted: el amor vale por sí mismo. La llenará de alegría, le permitirá respirar mejor, su tez será más luminosa, los días serán más hermosos y todos parecerán más buenos. Ame, ame usted. Nunca se arrepentirá."


Sunday, January 06, 2008

El ciclo de la vida



Ahora sí, lo siento, voy a hacer propaganda, pero créanme que vale la pena. Hace dos días fui a ver el musical de "The lion king". No lo pongo en inglés por payasa, sino porque así fue como lo vi. Lo trajeron en original de Broadway, con los actores originales, por lo que, evidentemente, tan sólo estará durante poco tiempo (como dos semanas, más o menos). Si les gustan los musicales les va a encantar, así que no se cuestionen demasiado y vayan (tienen subtítulos en español para los que no dominen el idioma).



Es una obra muy interesante, porque utilizan una técninca japonesa llamada "bunraku", que es el término general para referirse al teatro con marionetas. En esta técnica el titiritero está a la vista de la audiencia, siempre camuflajeado al vestirse de negro o del color de la escenografía. Los creadores de este musical se inspiraron en esta antigua técnica e hicieron algo muy novedoso, pues hicieron las marionetas de los personajes, pero también maquillaron y arreglaron a los actores, de manera que en la obra los personajes son representados por las personas, pero se distinguen por medio de las marionetas. Es una manera muy inteligente de representar esta obra, porque así no pierdes a los personajes animales de la película y se pone de manifiesto que esta historia es una historia humana.




Además, la escenografía está increíble. Es una obra muy visual, pues tiene una gran variedad de texturas, colores y contrastes. También las voces de los artistas son muy fuertes e impactantes (tenían que ser negros: ¡mugres, cantan increíble!).

Si tienen la oportunidad, se las recomiendo ampliamente. A mí me fascinó. Y si no pueden, al menos escuchen el soundtrack, porque hay canciones muy buenas que no salen en la película.

¡Cuídense mucho y sigan disfrutando sus vacaciones!



Saturday, December 15, 2007

Los clásicos

Hace tiempo, conocí a un señor grande que trabajaba en un Mixup. Estaba en la zona de clásicos y sabía mucho sobre música o, al menos, lo que él consideraba música. No sé si todavía sigue ahí, pero todavía recuerdo perfectamente de lo que hablamos. Yo estaba buscando un cd de Maksim, un intérprete de piano joven y, a mi juicio, muy bueno. La señorita que me atendió me mandó con este señor, el cual me dio el disco que estaba buscando, pero me miró con una mezcla de desprecio y conmiseración. Francamente, me molestó mucho y, aunque en cualquier otra ocasión lo hubiera dejado pasar, decidí enfrentarme a esa mirada.

-¿Lo ha escuchado?-le pregunté.
El señor pareció complacido de que lo hubiera retado así. Sonrió con un toque de ironía en sus labios y me contestó.
-Sí, pero no vale la pena.
Me pareció bien. El hombre estaba dispuesto a seguirme el juego.
-¿No le parece un buen intérprete?
-No. Ni siquiera sé por qué debo tenerlo en esta sección. Ahorita están de moda los muchachos como Maksim. Hacen algunas modificaciones a la música que otros compusieron y se hacen famosos por eso. Para ustedes los jóvenes que no tienen oído musical están bien: al menos por este medio se acercan un poco a los clásicos.

Definitivamente este viejito no tenía pelos en la lengua.

-¿Con qué criterio califica usted a los clásicos?-le pregunté.
-Un clásico es aquel que nació con una habilidad y una sensibilidad superior a las de los demás-dijo él. Los ojos le brillaban de emoción. -Un clásico es aquel que trasciende el tiempo. Por eso su música se sigue escuchando durante la historia de la humanidad. La múscia pop que oyen ustedes se pone de moda por un ratito, pero no dura ni un año completo.

El "ustedes" que empleó me dolió en lo más hondo de mi orgullo, pero no quise sacarlo de su error. Dejé que pensara que yo era uno de esos "jóvenes" a los que se refería tan despectivamente. La verdad me caía mal, pero no podía evitar seguir escuchándolo. Me molestó lo cerrado y prejuicioso que se mostró conmigo de entrada, pero sentí que había algo en él de lo que podía aprender algo y me dije a mí misma: "no cometas el mismo error que él, dale una oportunidad".

El señor siguió hablando. Estaba encantado de poder darme una lección de música. Su actitud cambió un poco al ver que lo escuchaba y, en vez de dedicarse a bajarme la moral, se puso a darme un tour por su sección. Me enseñó varios discos y me habló de sus compositores favoritos. Estaba muy orgulloso, como un niño de cinco años que me presumía su juguete preferido. Hubo un momento en el que me dio mucha ternura, pero, a pesar de todas las cosas que aprendí de él y de la pasión tan desbordante que me transmitía, había algo con lo que todavía no estaba de acuerdo.

-Oiga, ¿y no cree que uno de estos músicos jóvenes que experimentan con los clásicos podrían llegar a componer algo que también trascienda al tiempo?
-No.
De nuevo, tajante y franco.
-¿Por qué?
-Porque un genio se hace desde la cuna. Uno puede llegar a ser un excelente intérprete sin ser un genio, porque uno puede conocer al autor y entender su música, pero un Beetoven, por ejemplo, nace con un don. Es gente que ya es así y desde pequeños empiezan a desarrollar su talento.

Hablamos de muchas otras cosas y finalmente no compré el cd de Maksim, pero me quedé pensando en todo esto. Es cierto que hay genios, pero no me parece que por eso debamos descalificar a los que no lo son. Se puede ser un gran artista sin ser Beethoven, de la misma manera que se puede ser un buen físico sin ser Einstein. Además, el arte es tan versátil, tan cambiante y llena de vida...

Puede ser que la historia del arte se resuma en los clásicos, pues son los que se recuerdan, pero hay algo que el señor olvidó: los clásicos trascienden el tiempo porque hubo gente que los admiró por hacer cosas nuevas y por romper esquemas. Estoy segura de que el mismo Beethoven experimentó con la música que ya había en su época: por más genios que sean, no pueden sacar sus obras ex nihilo. Deben tener una influencia previa.

¿Saben?, me dio gusto haber hablado con ese viejito, pero me parece que él no es un artista, a persar de que reconoce el arte. Si lo fuera, habría entendido que el arte es como un deporte de alto riesgo: uno tiene que atreverse a jugar y a experimentar. Estoy segura de que el mismo Beethoven habría hecho unas verdaderas maravillas con una guitarra eléctrica.


Tuesday, November 27, 2007

Breve carta a mi madre (va también para ustedes)




El tiempo es un jugador engañoso. Nos permite vivir, nos deja aprender, divertirnos y mejorarnos. Por él es que podemos pensar, cambiar y amar a los demás. Sin embargo, al igual que nos da, nos lo quita todo. Nos hace perder nuestra fuerza, nos quita la juventud, los sueños y hasta aquéllos a los que amamos.

El tiempo es nuestro más grande aliado y nuestro peor enemigo, pero somos nosotros los que decidimos qué hacer con él. Depende de nosotros aprovechar la vida y nunca perder la pasión, aunque ya estemos viejor y cansados.

Vivir no es correr ni "ahorrar tiempo", pues él no se deja acumular como el dinero en un banco. El tiempo es escurridizo, Se nos escapa como arena de las manos y, entre más nos aferramos a él, más rápido se acaba.

El tiempo se vive, se aprovecha en cada instante. Por favor, no lo olvides.

Monday, November 19, 2007

Sin convicciones, no somos nada.




Hace algunos días, una compañera de clase me dijo, bastante molesta, que ya no le gustaba la carrera de filosofía en la universidad en la que estamos. Yo le pregunté por qué y me dijo que la actitud de algunos profesores era muy "cerrada". "¿En qué aspecto?" quise saber yo, y ella me contestó: "Es que son muy mochos. Creen en una cosa y están llenos de prejuicios. Ya no pueden dar una clase sin salirse desde el punto de vista de la religión, y eso está mal".

Después de pensarlo, a mí no me parece que esté mal. Yo, en lo personal, no comparto muchas de las visiones de mis profesores, pero creo son congruentes con lo que piensan y lo que nos enseñan.

¿Saben?, creo que no es malo tener prejuicios. Estamos demasiado traumados con respecto a esa palabra: "prejuicio". Como el mismo nombre lo dice, se trata simplemente de un juicio previo, lo que significa que tenemos una manera de ver el mundo y de conocer las cosas. Yo creo que tener un juicio anterior no es malo, siempre y cuando tengamos la apertura para escuchar otras formas de pensar, pero, si nadie nos demuestra que estamos mal, podemos seguir creyendo lo que queramos.

Me parece que sería una contradicción no enseñar lo que se cree como verdadero. Un buen maestro no enseña un plan de estudios al pie de la letra, sino que da un interpretación. De este modo hay que vivir en todos los ámbitos de la vida: con pasión y convicción (mas no imposición).

Lo malo no es tener prejuicios, sino carecer de la humildad para reconocer que nos equivocamos o que tenemos la razón. Quitarse el miedo a los prejuicios es liberarse del relativismo enmascarado de tolerancia en el que vivimos. Hoy en día hay grupos de personas que se ostentan como "racionales" y de vanguardia, atacando, supuestamente, lo que es obsoleto, radical e "irracional" (como la ética, las creencias religiosas, etc.), cuando en realidad ellos son los radicales, pues nos prohíben pensar y nos imponen sus creencias, las cuales ni siquiera son impulsadas por una convicción personal, sino por intereses políticos y económicos.

Quien no esté de acuerdo con lo que digo, refúteme, pero, si van a defender algo, háganlo fundamentándose verdaderamente. Seguir una ideología porque "me suena" o "me late" es absurdo, ridículo y mediocre. No tengan flojera de pensar un poquito y cuestionarse. Y si ni siquiera dan este mínimo, entonces cállense y absténganse de opinar, pues solamente se están burlando de la inteligencia de los que sí se interesan. Una opinión dicha sin pensar es una pédida de tiempo y de saliva. Mejor ahórrensela.

Sunday, November 11, 2007

Gracias...

Me encanta Dios. Es un viejo magnifico que no se toma en serio. A él le gusta jugar y juega. Y a veces se le pasa la mano y nos rompe una pierna y nos aplasta definitivamente. Pero esto sucede porque es un poco cegatón y bastante torpe de las manos.
Nos ha enviado a algunos tipos excepcionales como Buda, o Cristo o Mahoma, o mi tía Chofi, para que nos digan que nos portemos bien. Pero eso a él no le preocupa mucho: nos conoce. Sabe que el pez grande se traga al chico, que la lagartija grande se traga a la pequeña, el hombre se traga al hombre. Y por eso inventó la muerte: para que la vida -no tú ni yo- la vida sea para siempre.
Ahora los científicos salen con su teoría del Bing Bang... Pero ¿qué importa si el universo se expande interminablemente o se contrae? Esto es asunto sólo para agencias de viajes.
A mi me encanta Dios. Ha puesto orden en las galaxias y distribuye bien el tránsito en el camino de las hormigas. Y es tan juguetón y travieso que el otro día descubrí que ha hecho -frente al ataque de los anbióticos- ¡bacterias mutantes!
Viejo sabio o niño explorador, cuando deja de jugar con sus soldaditos de plomo y de carne y hueso, hace campos de flores o pinta el cielo de manera increíble.
Mueve una mano y hace el mar, mueve otra y hace el bosque. Y cuando pasa por encima de nosotros, quedan las nubes, pedazos de su aliento.
Dicen que a veces se enfurece y hace terremotos, manda tormentas, caudales de fuego, vientos desatados, aguas alevosas, castigos y desastres. Pero esto es mentira.
Es la tierra que cambia -y se agita y crece- cuando Dios se aleja.
Dios siempre esta de buen humor. Por eso es el preferido de mis padres, el escogido de mis hijos, el más cercano de mis hermanos, la mujer más amada, el perrito y la pulga, la piedra más antigua, el pétalo más tierno, el aroma más dulce, la noche insondable, el borboteo de luz, el manantial que soy.
A mi me gusta, a mi me encanta Dios.
Que Dios bendiga a Dios.





(Proporcionado por el sr. Zoon Romanticón).

Monday, October 29, 2007

Another sabotage

Debo comenzar con un: lo siento. Diría que no deseaba sabotearte, pero sería mentir.

Me pregunto, qué puedo publicar en este ahora, que sea interesante para tus múltiples lectores y que, a la vez, funcione como una broma de buen gusto... entonces, recordando mi ánimo, se me ocurre publicar esto:




Tuesday, October 23, 2007

Una primera impresión


Hoy fui al doctor, pues ya llevaba un buen rato sintiéndome muy mal: me daban bajas de azúcar frecuentes, dolores de cabeza, mareos y mucho cansancio. Mi querida madre me propuso ir a ver a su ginecólogo, pues le preocupaba que tuviera un transtorno hormonal. Yo acepté y me pasó a recoger a la universidad para irnos las dos juntas.

Durante el camino me habló un poco del doctor, pues yo no lo conocía. Me contó que era un hombre muy serio, pero que había cambiado bastante desde la primera consulta que tuvo con él. Me dijo que era un muy buen médico que, después de muchos años de practicar la medicina tradicional, empezó a tomar algunos cursos de medicina alternativa y desde entonces lee mucho sobre los productos naturistas y trata de combinar los remedios tradicionales con los que él ha ido descubriendo. Me interesó bastante todo esto, pues me gusta que las personas (en especial los profesionistas) nunca pierdan la curiosidad y el criterio, y se sigan actualizando sobre las cosas que les interesan, sin dejar de lado todo aquello que es criticado por la sociedad sólo por ser diferente.

Estaba pensando en todo eso, cuando llegamos al consultorio. La sala de espera era un cuarto normal, con unos sillones bastante cómodos y una canastita con revistas. No había nada raro ni fuera de lo común. Por ser mi primera consulta, me hicieron llenar un expediente, el cual hacía las clásicas preguntas como "¿Es usted alérgico a algún medicamento?" y ese tipo de cosas. Pero al llegar al final había una pregunta que decía: "¿Estaría usted dispuesto a utilizar alguna clase de método naturista o acupuntura?" Yo puse que sí, pero me hizo gracia este detalle. Entonces llegó mi turno de pasar a consulta.

Mi mamá ya me había advertido sobre el "cambio" del doctor, pero no pude evitar sorprenderme al entrar. Más que un consultorio médico, la estancia parecía ser una mezcla de estudio y bazar exótico. Era un lugar bastante agradable y acogedor, he de reconocer, pero me llamó la atención que estuviera lleno de adornos y esculturas de todas clases (hindúes, africanas, sudamericanas, una virgen europea, etc.). También había un tapete muy colorido en el piso, un alebrije y un par de jarrones que adornaban la parte superior de un librero de madera rústica (repleto de libros y fotografías de su familia, por cierto). En uno de los extremos de la habitación, había un sillón de dos orejas de color blanco, en donde se encontraba sentado un señor de unos cincuenta y tantos años, chaparro, regordete y muy serio. Se paró para saludarnos y no pude evitar notar que traía puestas unas chanclas y que tenía el pelo chino y canoso largo y despeinado. Soy de mente muy abierta, pero creo que nada en el mundo puede prepararte para algo así. A menos de que te digan que vas con un chamán, la verdad creo que todos esperaríamos ver a un señor con bata blanca y con un estetoscopio alrededor del cuello. No digo que este doc sea malo, pero debo reconocer que sí me sorprendió.

Me senté en uno de los sillones de estampado alegre que tenía y esperé a que se me diera alguna instrucción. Sin embargo, el médico no me movió de lugar, no me tocó ni me revisó con ninguna clase de aparato. Se limitó sencillamente a preguntarme por qué iba a verlo. Le expliqué mis síntomas y él, después de escucharme antentamente, me explicó, con pelos y señales, las razones por las cuales yo podía padecer tres cosas: diabetes, ovario poloquístico o simplemente estrés. Yo me estremecí ante las dos primeras opciones, pero el doc no pareció alterarse en lo absoluto. Me contó toda clase de posibles remedios a las tres opciones, siempre mencionando a algún doctor chino, a algún experimento de un francés o a un cinetífico egipcio que había logrado x cosa. Me di cuenta de que me estaba dando mucha información (bastante interesante, por cierto), pero en realidad no me estaba diciendo nada acerca de mi estado. Me desesperé un poco, pues tengo el mal hábito de pensar que los doctores deberían ser como una especie de magos, los cuales te revisan, diagnostican y te dan un par de pastillas para acabar con tu problema. Pero este hombre se dedicó a informarme y a darme a entender que él no me iba a arreglar la vida, sino enseñarme a cuidarme por mí misma. Yo estaba enojada. Pensé para mis adentros: "este señor habla mucho, pero no me dice nada. Me está dejando en las mismas".

Creo que él se dio cuenta de mi molestia, porque en algún momento de la plática me dijo: "Si quieres puedo ser como cualquier otro médico y darte unos medicamentos para quitarte el dolor de cabeza y regularte. Tenemos la tecnología para hacerlo y no habría ningún problema." Yo lo miré por un momento, entendiendo que me lo decía con ironía. "Si eso es lo que quieres puedo hacerlo,-continuó-pero creo que sería mejor ver qué es lo que te está causando todo esto y ver si lo puedes corregir de otro modo". Me quedé callada, pues me habían dejado en mi lugar.

A continuación me recomendó que me hiciera unos estudios para tratar de descartar la diabetes y el ovario poliquístico, pero también me dijo que, en cualquiera de los tres casos, tenía que evitar estresarme tanto y que procurara cambiar mi dieta y comer más sano. Realmente se tomó la consulta con calma, utilizó todo el tiempo que le pareció necesario y cuando consideró que había hecho su trabajo, se despidió. Me llamó la atención que en todo el tiempo no mirara al reloj ni pareciera preocuparle cumplir con un horario.

Saliendo mi madre me preguntó: "¿Qué te parece?"
"Es un verdadero hippie" le contesté.

Es verdad. Pero es el primer hippie que realmente se preocupa por mi salud.

Saturday, October 06, 2007

Para pensar un rato

Francamente, no soy fan de Arjona (de hecho, no me gusta su música), pero encontré este video en youtube y creo que vale la pena compartirlo.





Yo sé que hay muchas cosas terribles en nuestra sociedad y que es muy difícil juzgar a una persona en una situación como esta. Sin embargo, yo no creo que el asesinato sea una solución, en especial cuando se trata de un inocente.

Tristemente, en nuestro mundo el aborto se ha convertido en un negocio y, nuestra ley, en mercadotecnia.

Thursday, October 04, 2007

Recordando por qué la vida vale la pena...





And now, the end is here
And so I face the final curtain
My friend, I'll say it clear
I'll state my case, of which I'm certain
I've lived a life that's full
I traveled each and ev'ry highway
And more, much more than this, I did it my way

Regrets, I've had a few
But then again, too few to mention
I did what I had to do and saw it through without exemption
I planned each charted course, each careful step along the byway
And more, much more than this, I did it my way

Yes, there were times, I'm sure you knew
When I bit off more than I could chew
But through it all, when there was doubt
I ate it up and spit it out
I faced it all and I stood tall and did it my way

I've loved, I've laughed and cried
I've had my fill, my share of losing
And now, as tears subside, I find it all so amusing
To think I did all that
And may I say, not in a shy way,
"Oh, no, oh, no, not me, I did it my way"

For what is a man, what has he got?
If not himself, then he has naught
To say the things he truly feels and not the words of one who kneels
The record shows I took the blows and did it my way!

[instrumental]

Yes, it was my way

Wednesday, September 26, 2007

Ahora es mi turno de hablarles sobre mi castillo

Mi castillo es bastante peculiar. Está construido sobre una saliente elevada que da al mar. No tiene un estilo determinado ni está compuesto de un mismo material. Hay partes que son de piedra, otras de madera, metales de diferentes aleaciones, ladridos, adobe, cemento y muchas otras cosas. Tampoco tiene una estructura común, sino que todas las habitaciones, de diferentes tamaños, están repartidas desordenadamente, construidas unas encima de las otras. Pero lo más característico de mi castillo es que desde su centro crece un árbol gigante, el más grande que haya existido jamás: lleno de hojas verdes y sanas, hermoso, frondoso y con unas ramas tan largas y anchas que se puede caminar por ellas como si fueran pasillos. Para subir a la copa, hay una serie de elevadores de madera atados con cuerdas, parecidos a los columpios, pero mucho más espaciosos. Suben muy despacio, de modo que uno puede admirar todo el castillo, el mar y los alrededores. Al verlo por fuera te da la impresión de ser una ciudad amurallada que rodea al fabuloso árbol.

El lugar en donde se levanta, es hermoso y tranquilo. Desde él se puede escuchar el sonido de las olas al romperse contra la saliente de piedra. Sin embargo, desde otro lado de la extraña construcción, uno puede ver un hermoso campo cubierto con geranios rojos que resplandecen al sol. Un camino de tierra atraviesa el campo, alejándose de la altura de la saliente y adentrándose en un bosque profundo y misterioso, tan antiguo que sus árboles de cortezas arrugadas se alzan infinitamente hacia las alturas, aunque nunca como mi adorado árbol. A veces, cuando quiero estar sola y pensar un poco, camino por ahí, escuchando el silencio del bosque, respirando el olor de la tierra húmeda, y sintiendo la vida que muere y se renueva a mi alrededor. También acostumbro visitar a mi flor azul; la que vive debajo de un sabio roble y que me habla acerca de Dios y del Amor. Por eso es que mi castillo no tiene jardines en su interior: no los necesito.

Mi castillo está lleno de puertas y ventanas de todos los tipos, tamaños y colores. Las hay grandes, pequeñas, feas, torcidas, elegantes, viejas, nuevas… Absolutamente todas están abiertas, pero no se puede entrar por cualquiera. Cada quien tiene que buscar un poco para encontrar la puerta indicada, la que tiene el tamaño y las características apropiadas para poder pasar por ella. Ya una vez adentro, el visitante podrá darse cuenta de que el interior de la extravagante fortaleza es bastante agradable. No es perfecto, pues es un lugar muy grande y siempre hay algún rinconcito que debe limpiarse mejor y algunas esquinas que necesitan ser pulidas, pero, en general, yo lo encuentro bastante acogedor. No hay una sala principal, como una especie de recibidor o algo así, porque cada persona entra por una puerta que lo lleva a una sala diferente, de modo que todos los que han entrado tienen una impresión diferente del lugar, pues conocen tan sólo algunos aspectos. Hay visitantes más frecuentes que han podido visitar más salas y conocerlo mejor. También los hay, aunque más escasos, que han decidido quedarse como huéspedes indefinidos en mi castillo. Por ellos es que intento tener todas las recámaras arregladas, limpias y en orden, pues quiero que se sientan cómodos y bien atendidos.

Entre las muchas curiosidades que tiene mi castillo, hay una biblioteca enorme en donde guardo mis conocimientos. Sin embargo, no es una biblioteca convencional: no hay libros ni estantes, sino un montón de hojas sueltas y dobladas a la mitad, las cuales vuelan tranquilamente utilizando sus extremos a modo de alas. Cada hoja es de un material diferente (pergamino, amate, papel…) y cada una tiene escrito algún pensamiento, recuerdo o aprendizaje que obtuve de al leer un libro, viendo una película o escuchando el consejo de algún amigo. Por lo general, las hojas son dóciles y se dejan leer sin problemas, pero también pasa que algún pensamiento desagradable te hace una cortada en la piel con sus afiladas esquinas cuando intentas acercarte. Lo bueno es que esos papeles son de muy mala calidad y se deshacen fácilmente con el tiempo.

También tengo una sala de música, en donde se puede escuchar de todo. No tengo discos ni reproductores de sonido, pero basta con pensar en alguna melodía para poder escucharla en vivo. Puede ser de alguna canción existente o tan sólo de una melodía improvisada por la inquieta mente de algún visitante. En ese cuarto, la música se llena de colores y las melodías vuelan por el aire, como ondas de pintura, y forman hermosas imágenes en las paredes blancas.

Mi cocina, curiosamente, es muy pequeña y de un estilo muy mexicano y conservador. Me encantan el barro y los azulejos, pero cuando cocino lo hago con los instrumentos propios de mi época (tengo que admitirlo: soy hija del teflón). No tengo chef ni ratas cocineras, pues prefiero cocinar yo, en especial cuando tengo invitados.

Otro lugar que visito con frecuencia, es el observatorio, desde donde puedo divertirme viendo los astros. Pero si de estrellas se trata, prefiero ir a mi lugar favorito de todo el castillo: la estancia que se encuentra en torre más alta. Para llegar a ella hay que subir una enorme escalera de piedra que rodea por dentro la pared de la torre circular conforme va subiendo. El centro de la torre es hueco, por lo que al subir uno se puede asomar al centro y ver la oscuridad del abismo interminable que uno va dejando atrás. Al llegar hasta arriba, uno se encuentra con una estancia casi en ruinas. No hay techo y las paredes están cubiertas casi por completo por una enredadera que se coló por entre las piedras y que creció con el transcurrir del tiempo. Lo único que hay en ese lugar es un enorme colchón de plumas, cubierto por una tela suave y agradable al tacto. Es casi como un edredón gigante, pero mucho más grueso y esponjado. Es tan grande que cubre casi todo el piso de la estancia. Ahí me gusta acostarme, a veces sola y a veces con mis amigos, a mirar las estrellas. Es un lugar que todos los que han entrado en mi castillo conocen y respetan. Incluso mi árbol suele quitar sus ramas de esa parte para no obstruirme la vista. Puedo pasar horas enteras en ese lugar, observando la bóveda celeste y platicando con la gente que quiero. En ocasiones hablamos de cosas serias, en otras reímos juntos y también nos consolamos, pero casi siempre compartimos sueños y promesas, hablamos de la vida, de países lejanos y de nuestras aventuras cotidianas. También es un lugar que funciona como santuario, en el cual descansamos del mundo y de las cosas que no nos gustan.

El único problema de ese cuarto es que no hay escaleras para bajar, pues los escalones de piedra sólo sirven para acercarse al cielo. Por eso hay que aventarse por el obscuro abismo del centro de la torre. Es difícil y da bastante miedo (a mí, en especial, me da mucho vértigo), pero vale la pena hacerlo, pues siempre que uno baja de esa torre, regresa transformado.

Tuesday, September 18, 2007

"Pero jamás te cures de quererme,
pues el amor es como Don Quijote:
sólo recobra la cordura
para morir.
Quiéreme en mi locura,
pues mi camisa de fuerza eres tú,
y eso me calma,
y eso me cura..."

Sunday, August 26, 2007






"¿Qué más necesitaba aquel anciano, que compartía los ocios de su vida, en la que había tan poco lugar para este ocio, entre cuidar su jardín de día, y la contemplación de la noche? ¿Aquel estrecho cercado, que tenía por bóveda los cielos, no era bastante para poder adorar a Dios, ya en sus obras más hermosas, ya en las cosas más sublimes?
¿Qué más podía desear? Un pequeño jardín para pasearse y la inmensidad para soñar. A sus pies, lo que podía cultivar y recoger; sobre su cabeza, lo que podía estudiar y meditar; algunas flores sobre la tierra y todas las estrellas del cielo."


Victor Hugo,
Les Misérables

Monday, August 20, 2007

Los ángeles sí existen




Alguna vez, una amiga me dijo que los ángeles son señores vestidos con camisas azules que uno se encuentra en la calle cuando tiene problemas. No sé si sea del todo cierto, pero es algo que funciona para ella. Y me consta.

Yo nunca me había encontrado con un ángel. Siempre pensé que eran seres imaginarios que representaban algunos sueños y deseos humanos y que se ponían de adorno en las iglesias. Jamás se me ocurrió que los ángeles pudieran existir y que fueran, como su nombre lo indica, mensajeros reales. ¿De quién o de qué? Aún tengo mis dudas, pero me gusta creer que de la verdad.

Hace poco conocí a un ángel. No tenía alas ni portaba una espada. Tampoco bajó del cielo ni estaba rodeado de un resplandor dorado. Sencillamente fue alguien que llegó a mi vida en el momento preciso y me dijo justamente lo que necesitaba escuchar.

El domingo pasado fui a casa de mi tía a una comida familiar. Algo aparentemente cotidiano y normal, pero en realidad fue algo tremendamente fuerte para mí, pues no había asistido a una de esas comidas en varios años por una serie de problemas familiares muy duros por los que me separé de la familia. No voy a entrar en detalles, pero durante mucho tiempo viví algo dolida y molesta por la situación. Sin embargo, después de tanto escuchar hablar del famoso perdón, pensé que valdría la pena intentar recuperar algo de la relación que perdí hace tantos años.

Estaba sentada en la sala de la casa, viendo cómo todos platicaban entre ellos y sintiéndome profundamente incómoda. Me sentía como un intruso. Yo ya no pertenecía a ese lugar, ya no conocía a las personas que me rodeaban y no sabía de qué hablar con ellos. Incluso había varios primos míos que nunca había visto, pues habían nacido y crecido durante el tiempo de mi ausencia.

Estaba en esas, pensando para mis adentros en lo mucho que deseaba desaparecer, cuando una pequeñita se me acercó de la nada y se sentó en mis piernas. Era una niña preciosa e inquieta, con unos ojos brillantes y curiosos que me recordaron mucho a los de mi hermana cuando era chiquita.

-Tú eres Emilia, ¿verdad?

Era más una afirmación que una pregunta. Yo le dije que sí y no pude evitar sonreírle. Pero ella no me devolvió el gesto, sino que permaneció seria. No era una seriedad que denotara enojo o preocupación. Más bien era de esos semblantes que demuestran una gran inteligencia y capacidad de reflexión. Me sorprendió bastante en una niña tan pequeña (tan sólo tiene siete años), pero también me tranquilizó mucho. De todas las personas que estaban presentes ese día, ella era la única que parecía comprender mi situación.

Me hizo muchas preguntas. Quería saber cosas de mí, conocerme. También le preocupaba el hecho de que fuéramos primas y que nunca nos hubiéramos visto. Me platicó de su vida, de sus juguetes y de las peleas infantiles con su hermana mayor. Hablamos de cosas sencillas como Harry Potter, la escuela y los juegos; pero también me preguntó sobre la vida, la adolescencia, el amor y la muerte.

En algún punto de la conversación me preguntó sobre mi papá. Es posible que a cualquier otra niña no le hubiera alcarado tanto la situación, pero, por alguna razón, pensé que ella se merecía la verdad.

-Murió hace muchos años, cuando yo era chiquita -le dije.

Ella guardó silencio por un momento. No fue un silencio incómodo, como esos que surgen cuando le digo esto a un adulto, sino que era más bien un breve momento de reflexión. No sé qué clase de cosas puedan pasar por una mente con tan poca experiencia, pero estoy segura de que eran pensamientos realmente profundos.

De repente, mi pequeña prima salió sus reflexiones y me miró. Me dijo, con su vocecita infantil, que mi papá era un ángel. Me llamó la atención la seguridad con la que hizo esta afirmación, así que le pregunté:

-¿Cómo sabes?

Ella reflexionó por un momento.

-Porque lo vi en una foto de mi mamá y tenía unas alas que le salían por detrás -me dijo al fin.

No sé a qué se refería ni de qué foto hablaba, pero, curiosamente, esa respuesta fue suficiente para mí. Por un breve instante, tuve la seguridad de que los ángeles existían.

No sé si mi pequeña prima se dio cuenta de todo lo que logró mover dentro de mí ese día, pero estoy absolutamente segura de que no me voy a perder la próxima comida familiar.

Tuesday, August 07, 2007

Determination...




"Determinación". ¿Qué significado tiene esta palabra para nosotros? Para mí es seguridad, pero no en el sentido de protección, sino más bien en el de convicción. Es llevar una creencia hasta sus últimas consecuencias. Es una forma de vida, un ideal.

Hace poco me pregunté si valía la pena sacrificarlo todo por un ideal. Al principio repelía la idea, pero ahora me doy cuenta de que no se trata de las cosas a las que vas a renunciar, sino el porqué de esta renuncia.

Después de muchas vueltas llegué a una conclusión: el único ideal por el cual valdría la pena morir (y vivir) es el amor. El amor a la vida, al conocimiento, a las personas, a la belleza... a todo cuanto nos rodea. Ahora entiendo a San Agustín: "ama y has lo que quieras"...

El amor nos hace libres.

Monday, July 16, 2007

Dualis





“Al emplear el dualis introducimos unas reglas completamente nuevas. <<¡Vamos a dar un paseo!>> Así de sencillo, Georg, nada más que cinco palabras, que, sin embargo, describen un proceso cargado de contenido y que interviene profundamente en la vida de dos seres sobre la Tierra. Y no sólo se trata de ahorro en número de palabras, sino también de un ahorro energético. <<¡Vamos a darnos una ducha!>>, decía Verónica. <<¡Vamos a comer!>>, <<¡Vamos a dormir!>>. Cuando se habla así no se necesita más que una sola ducha, cocina o cama.


Ese nuevo empleo del pronombre y de la forma del verbo me impactó. "Nosotros", era como si se hubiera cerrado un círculo. Era como si el mundo entero se hubiera fundido en una unidad superior.”



Jostein Gaarder, La joven de las naranjas.